espero les haya gustado el libro el 6to libro sale en el 2014
lo unico que sabes es que es el final mas triste feliz!!!
estamos subiendo un nuevo libro al blog por si lo quieren leer
www.maravillosodesastre1.blogspot.com
Beutiful Disaster
Autor: Jamie McGurie
Ciudad De Almas Perdidas
lunes, 25 de noviembre de 2013
viernes, 22 de noviembre de 2013
EPILOGO
EPÍLOGO
Al principio, Jace no era consciente de nada. Luego hubo oscuridad y, en la oscuridad, un dolor
ardiente. Era como si hubiera tragado fuego, y lo ahogara y le quemara la garganta. Trató
desesperadamente de tragar aire, un aliento que le refrescara, y abrió los ojos.
Vio sombras y oscuridad; una habitación poco iluminada, conocida y desconocida, con filas de camas y
una ventana que dejaba entrar una luz azul sin fuerza, y él estaba en una de las camas, con las mantas y
las sábanas enredadas en su cuerpo como cuerdas. El pecho le dolía tanto como si tuviera un peso
muerto encima, y con la mano fue palpando para averiguar qué era. Sólo encontró un grueso vendaje
que le envolvía la piel desnuda. Tragó aire de nuevo, otro aliento refrescante.
—Jace. —La voz le resultaba tan conocida como la suya propia, y entonces notó una mano que lo
cogía, unos dedos entrelazados con los suyos. Con un reflejo nacido de años de amor y familiaridad, él
los apretó.
—Alec —dijo, y casi le sorprendió el sonido de su propia voz. No había cambiado. Se sentía como si se
hubiera quemado, derretido y recreado, como oro en un crisol, pero ¿como qué? ¿Podría volver a ser sí
mismo? Miró a los ansiosos ojos azules de Alec, y supo dónde estaba. La enfermería de Instituto. En
casa—. Lo siento…
Una mano delgada y callosa le acarició la mejilla, y oyó una segunda voz conocida.
—No te disculpes. No tienes nada de lo que disculparte.
Jace entrecerró los ojos. El peso en su pecho seguía ahí: medio herida, medio culpa.
—Izzy.
Ella tragó aire antes de preguntar:
—Eres tú de verdad, ¿no?
—Isabelle —comenzó Alec, como si fuera a advertirle de que no alterara a Jace, pero éste le tocó la
mano. Podía ver los oscuros ojos de Izzy brillando en la luz del amanecer, su rostro cargado de
esperanza. Ésa era la Izzy a quien sólo su familia conocía, cariñosa y preocupada.
—Soy yo —contestó Jace, y se aclaró la garganta—. Podría entender que no me creyeras, pero te lo
juro por el Ángel, Iz: soy yo.
Alec no dijo nada, pero apretó con más fuerza la mano de Jace.
—No hace falta que lo jures —repuso, y con su mano libre se tocó la runa de parabatai junto a la
clavícula—. Lo sé. Lo noto. Ya no me siento como si me faltara una parte.
—Yo también lo sentía. —A Jace le costaba respirar—. Que me faltaba algo. Lo notaba, incluso con
Sebastian, pero no sabía qué era. Eras tú. Mi parabatai. —Miró a Izzy—. Y tú. Mi hermana. Y… —De
repente, los párpados le escocieron con una fuerte luz: la herida del pecho le palpitó, y vio «su» rostro,
iluminado por las llamas de la espada. Un extraño ardor se le extendió por la venas, como fuego blanco
—. Clary. Por favor, decidme…
—Se encuentra perfectamente —se apresuró a contestar Isabelle. Había algo más en su voz: sorpresa e
inquietud.
—Júrame que no me lo estás diciendo sólo porque no quieres preocuparme.
—Ella te atravesó con la espada —indicó Isabelle.
Jace soltó una ahogada carcajada; le dolió.
—Me salvó.
—Lo hizo —afirmó Alec.
—¿Cuándo puedo verla? —Jace trató de no parecer muy ansioso.
—Realmente eres tú —repuso Isabelle, con voz divertida.
—Los Hermanos Silenciosos han estado entrando y saliendo, comprobando cómo estabas —le contó
Alec. Tocó el vendaje del pecho de Jace—, y para ver si te habías despertado. Cuando sepan que lo
estás, seguramente querrán hablar contigo antes de permitirte ver a Clary. —¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?
—Unos dos días —contestó Alec—. Desde que te trajimos del Burren y estuvimos bastante seguros de
que no ibas a morir. Resulta que no es tan fácil que la herida de una espada de un arcángel se cure por
completo.
—Lo que estás diciendo es que me va a quedar una cicatriz.
—Y una bien grande y fea —dijo Isabelle—. Por todo el pecho.
—Bueno, mierda —soltó Jace—. Y yo que contaba con el dinero de ese desfile para hacer de modelo
de ropa interior… —Hablaba con ironía, pero pensaba que, en cierto modo, era bueno que le quedara
una cicatriz: debía estar marcado por lo que le había ocurrido, tanto física como mentalmente. Casi
había perdido el alma, y la cicatriz le serviría para recordarle cuán frágil era la voluntad, y cuán difícil
la bondad.
Y cosas más tenebrosas. Lo que había por delante, y lo que no podría permitir que pasara. Estaba
recuperando la fuerza; lo notaba, y la pondría toda contra Sebastian. Pensar en eso le hizo sentirse
mejor, como si parte del peso se le hubiera quitado del pecho. Volvió la cabeza, lo suficiente para mirar
a Alec a los ojos.
—Nunca pensé que lucharía en el bando opuesto a ti en una batalla —dijo con voz ronca—. Nunca.
—Y nunca más lo harás —repuso Alec, muy serio.
—Jace —comenzó Isabelle—. Trata de mantener la calma, ¿vale? Es que…
—¿Hay alguna otra cosa mala?
—Bueno, brillas un poco —contestó Isabelle—. Quiero decir, sólo un pelín. De brillo.
—¿Brillo?
Alec alzó la mano con que sujetaba la de Jace. Éste lo vio, en la oscuridad, un leve resplandor en su
antebrazo que parecía trazarle las líneas de las venas como un mapa.
—Creemos que es un efecto residual de la espada del arcángel —explicó Alec—. Probablemente
desaparezca pronto, pero los Hermanos Silenciosos sienten curiosidad. Claro.
Jace suspiró y dejó caer la cabeza sobre la almohada. Estaba demasiado agotado para sentir mucho
interés por su nuevo estado de iluminación.
—¿Significa eso que tenéis que iros? —preguntó—. ¿Tenéis que ir a buscar a los Hermanos?
—Nos dijeron que los llamáramos en cuanto te despertaras —respondió Alec, pero negaba con la
cabeza incluso mientras lo decía—. Pero no si no quieres que lo hagamos.
—Me siento muy cansado —confesó Jace—. Si pudiera dormir unas cuantas horas más…
—Claro. Claro que sí. —Isabelle le echó el cabello hacia atrás, y se lo apartó de los ojos. Su tono era
firme, absoluto, feroz como una madre osa protegiendo a su osezno.
Jace comenzó a cerrar los ojos.
—¿Y no me dejaréis solo?
—No —contestó Alec—. No, no te dejaremos solo. Ya lo sabes.
—Nunca. —Isabelle le cogió la mano libre, y se la apretó con fuerza—. Lightwood, juntos —susurró.
De repente, la mano de Jace estaba húmeda por donde se la cogía, y éste se dio cuenta de que Isabelle
estaba llorando, y sus lágrimas le salpicaban. Lloraba por él, porque lo quería; incluso después de todo
lo que había sucedido, aún lo quería.
Ambos lo querían.
Se quedó dormido así, con Isabelle a un lado y Alec al otro, mientras el sol se alzaba con el alba.
—¿Qué quieres decir con que aún no puedo verlo? —quiso saber Clary. Estaba sentada en el borde del
sofá en el salón de Luke; tenía el cordón del teléfono enrollado tan apretado en los dedos que las yemas
se le estaban poniendo blancas.
—Sólo han pasado tres días, y ha estado inconsciente dos —contestó Isabelle. Había voces tras ella, y
Clary aguzó el oído para saber quién estaba hablando. Pensó que distinguía la voz de Maryse, pero
¿estaría hablando con Jace? ¿Alec?—. Los Hermanos Silenciosos siguen examinándolo. Dicen que aún
no debe tener visitas. —¡Jódete… con los Hermanos Silenciosos!
—No, gracias. Una cosa son los tíos fuertes y silenciosos, y otra, que seas un friki.
—¡Isabelle! —Clary se dejó caer contra los blandos cojines. Era un brillante día de otoño, y el sol
entraba a raudales por las ventanas de la sala, aunque eso no servía de nada para ponerla de buen humor
—. Sólo quiero saber si está bien. Que no tiene ninguna lesión permanente, que no se ha hinchado
como un melón…
—Claro que no se ha hinchado como un melón, no seas ridícula.
—¡Y yo qué sé! No lo sé porque nadie me cuenta nada.
—Se encuentra bien —explicó Isabelle, aunque había un deje en su voz que le dijo a Clary que se
estaba guardando algo—. Alec ha estado durmiendo en la cama junto a la suya, y mamá y yo hemos
hecho turnos para estar todo el día con él. Los Hermanos Silenciosos no lo están torturando. Sólo
tienen que averiguar lo que sabe. Sobre Sebastian, el apartamento…, todo eso.
—Pero no me puedo creer que Jace no me haya llamado. A no ser que no quiera verme.
—Igual no quiere —repuso Isabelle—. Puede haber sido todo eso de que le clavaras una espada.
—Isabelle…
—Sólo estaba bromeando, lo creas o no. En el nombre del Ángel, Clary, ¿por qué no tienes un poco de
paciencia? —Isabelle suspiró—. No importa. Me olvido de con quién estoy hablando. Mira, Jace
dijo…, aunque se supone que no debo repetir esto, tenlo en cuenta; dijo que necesitaba hablar contigo
en persona. Si pudieras esperar…
—Eso es todo lo que he estado haciendo —replicó Clary—. Esperar.
Era cierto. Se había pasado las dos últimas noches tumbada en su habitación de la casa de Luke,
esperando noticias sobre Jace y reviviendo la última semana de su vida una y otra vez, con doloroso
detalle. La Cacería Salvaje; la tienda de anticuarios de Praga; peceras llenas de sangre; los túneles que
eran los ojos de Sebastian; el cuerpo de Jace contra el suyo; Sebastian pegándole la Copa Infernal a los
labios, tratando de que los abriera, y el hedor amargo del icor de demonio. Gloriosa ardiendo en su
mano, atravesando a Jace como un rayo de fuego, y el calor del corazón de Jace bajo sus dedos. Ni
siquiera había abierto lo ojos, pero Clary había gritado que estaba vivo, que le latía el corazón, y su
familia se lanzó sobre ellos, incluso Alec, que había estado sujetando a medias a un Magnus
excepcionalmente pálido.
—No paro de darle vueltas a la cabeza. Me estoy volviendo loca.
—Y en eso estamos todos de acuerdo. ¿Sabes qué, Clary?
—¿Qué?
Hubo un silencio.
—No necesitas mi permiso para venir a ver a Jace —contestó Isabelle—. No necesitas el permiso de
nadie para hacer nada. Eres Clary Fray. Te lanzas a la carga en toda situación sin saber qué diablos va a
pasar, y luego la superas por puras narices y locura.
—No en lo que se refiere a mi vida personal, Izzy.
—Hum —masculló Isabelle—. Bueno, pues quizá deberías. —Y colgó el teléfono.
Clary se quedó mirando el auricular, oyendo el distante pitido de marcar. Luego, con un suspiro, colgó
y se fue a su dormitorio.
Simon estaba tumbado en la cama, con los pies sobre los cojines y la barbilla apoyada en las manos. Su
portátil estaba abierto a los pies de la cama, detenido en una escena de Matrix. Alzó la mirada cuando
Clary entró.
—¿Ha habido suerte?
—No exactamente. —Clary fue al armario. Ya se había vestido para la posibilidad de ir a ver a Jace ese
día, con vaqueros y un suave jersey azul que le gustaba a él. Se puso una chaqueta de pana y se sentó
en la cama junto a Simon; luego se puso las botas—. Isabelle no me dice nada. Los Hermanos
Silenciosos no quieren que Jace reciba visitas, pero me da igual. Voy a ir de todos modos.
Simon cerró el portátil y rodó hasta ponerse de espaldas. —Ésa es mi valiente acosadora.
—Cierra el pico —replicó ella—. ¿Quieres venir conmigo? ¿Ver a Isabelle?
—Voy a ver a Becky —contestó él—. En el apartamento.
—Bien. Dale un beso de mi parte. —Acabó de abrocharse los cordones de las botas y se inclinó para
apartarle a Simon el flequillo de la frente—. Primero tuve que acostumbrarme a que tuvieras la Marca.
Ahora tendré que acostumbrarme a que no la tengas.
Él le recorrió el rostro con sus oscuros ojos.
—Con o sin ella, sigo siendo yo.
—Simon, ¿recuerdas qué había escrito en la hoja de la espada? ¿De Gloriosa?
—«Quis ut Deus?»
—Es latín —dijo ella—. Lo he buscado. Significa: «¿Quién es como Dios?». Es una pregunta con
trampa. La respuesta es que nadie: nadie es como Dios. ¿No lo ves?
Él la miró.
—¿Ver qué?
—Lo has dicho. Deus. Dios.
Simon abrió la boca y luego volvió a cerrarla.
—Yo…
—Y sé que Camille te dijo que ella podía decir el nombre de Dios porque no creía en Dios, pero me
parece que tiene que ver lo que crees sobre ti mismo. Si crees que estás maldito, entonces lo estás. Pero
si no lo crees…
Le tocó la mano; él le apretó los dedos brevemente y se los soltó, preocupado.
—Necesito tiempo para pensar en esto.
—Lo que necesites. Pero aquí estoy si necesitas hablar.
—Y yo aquí, si lo necesitas tú. Lo que fuera que pasó entre Jace y tú en el Instituto… Sabes que puedes
venir a casa si quieres hablar.
—¿Cómo está Jordan?
—Bastante bien —contestó Simon—. Maia y él están saliendo juntos. Están en esa fase babosa en la
que creo que debo dejarles espacio todo el tiempo. —Arrugó la nariz—. Cuando ella no está, él no para
de darle vueltas a que se siente inseguro, porque ella ha salido con un puñado de tíos, y él se ha pasado
los últimos tres años entrenando al estilo militar para el Praetor, y tratando de creer que era asexual.
—Oh, vamos. Dudo mucho que a ella le importe eso.
—Ya sabes cómo somos los hombres. Tenemos el ego muy delicado.
—No describiría el ego de Jace como delicado.
—No, Jace es una especie de tanque de artillería antiaérea de los egos masculinos —admitió Simon.
Estaba estirado con la mano derecha sobre el estómago, y el anillo de oro de las hadas relucía en su
dedo. Como el otro había sido destruido, ya no parecía tener ningún poder, pero de todas maneras,
Simon lo llevaba. Clary se inclinó de manera impulsiva, y lo besó en la frente.
—Eres el mejor amigo que nadie podría tener, ¿lo sabes?
—Lo sabía, pero siempre es agradable volver a oírlo.
Clary se echó a reír y se puso en pie.
—Bueno, será mejor que vayamos juntos hasta el metro. A no ser que quieras quedarte por aquí con
mis padres en vez de estar en tu pisito de soltero del centro.
—Bien. Con mi compañero enamorado y mi hermana. —Se levantó de la cama y la siguió al salón—.
¿No vas a usar ningún Portal?
Clary se encogió de hombros.
—No sé. Parece… un gasto inútil. —Cruzó el pasillo, y después de llamar, metió la cabeza en el cuarto
principal—. ¿Luke?
—Pasa. Clary entró, con Simon a su lado. Luke estaba sentado en la cama. El bulto del vendaje que le cubría el
pecho se notaba bajo la camisa de franela. Había una pila de revistas en la cama frente a él. Simon
cogió una.
—Brilla como una Princesa del Hielo: La novia de invierno —leyó en voz alta—. No sé, tío. No sé si
una tiara de copos de nieve te quedaría muy bien.
Luke miró la cama y suspiró.
—Jocelyn pensó que planear la boda nos sentaría bien. Volver a la normalidad y todo eso. —Tenía
bolsas bajo los ojos. Jocelyn había sido la encargada de informarle sobre Amatis, mientras él aún estaba
en la comisaría. Aunque Clary lo había recibido con un abrazo cuando volvió a casa, él no había
mencionado ni una vez a su hermana, y ella tampoco—. Si por mí fuera, me escaparía a Las Vegas y
tendríamos una boda temática de piratas por quince dólares con Elvis presidiendo.
—Y yo podría ser la buscona de honor —sugirió Clary. Miró a Simon expectante—. Y tú podrías ser…
—Oh, no —repuso él—. Soy moderno. Soy demasiado guay para bodas temáticas.
—Juegas a Dragones y Mazmorras. Eres un friki —le corrigió Clary con cariño.
—Ser friki mola —afirmó Simon—. A las damas les encantan los frikis.
Luke carraspeó.
—Supongo que habéis entrado para decirme algo, ¿no?
—Me voy al Instituto a ver a Jace —dijo Clary—. ¿Quieres que te traiga algo?
Él negó con la cabeza.
—Tu madre está en la tienda, cargando. —Se inclinó para alborotarle el cabello e hizo una mueca de
dolor. Se estaba curando, pero poco a poco—. Que te diviertas.
Clary pensó en lo que seguramente le esperaba en el Instituto: una Maryse enfadada, una Isabelle
cansada, un Alec despistado y un Jace que no quería verla; suspiró.
—¿Qué te apuestas?
El túnel del metro olía al invierno que por fin había llegado a la ciudad: metal frío, humedad, suciedad
mojada y un ligero toque de humo. Alec, caminando por las vías, vio que el aliento se le condensaba
ante el rostro formando nubecillas blancas, y se metió la mano libre en el bolsillo del chaquetón
marinero para mantenerla caliente. La luz mágica que sujetaba con la otra mano iluminaba el túnel:
azulejos verdes y crema, descoloridos por el tiempo, y cables sueltos, que colgaban de la pared como
telarañas. Ese túnel llevaba mucho sin ver ningún tren en movimiento.
Alec se había levantado antes de que Magnus se despertara, de nuevo. Esos últimos días, Magnus había
estado durmiendo hasta tarde; estaba descansando de la batalla en el Burren. Había empleado una gran
cantidad de energía para curarse, pero aún no estaba del todo bien. Los brujos eran inmortales, pero no
invulnerables, y «un par de centímetros más arriba, y todo se habría acabado para mí», como había
dicho Magnus, compungido, mientras examinaba la herida de cuchillo. «Me habría parado el corazón.»
Había habido unos instantes, incluso minutos, en los que Alec había creído realmente que Magnus
había muerto. Y después de perder tanto tiempo preocupándose de que envejecería y moriría antes de
Magnus. ¡Qué amarga ironía habría sido! La clase de cosa que merecía reflexionar seriamente, aunque
fuera por un segundo, en la oferta que le había hecho Camille.
Veía luz más adelante: la estación de City Hall, iluminada por arañas y claraboyas. Estaba a punto de
apagar su luz mágica cuando oyó tras él una voz que conocía.
—Alec —oyó—. Alexander Gideon Lightwood.
Alec notó que el corazón le daba un brinco. Se volvió lentamente.
—¿Magnus?
Magnus entró en el círculo iluminado que creaba la luz mágica de Alec. Parecía sombrío, algo poco
habitual en él, con los ojos oscurecidos. Las puntas de su cabello estaban revueltas. Sólo llevaba una
americana sobre una camiseta, y Alec no pudo evitar pensar si tendría frío.
—Magnus —repitió Alec—. Pensaba que estabas dormido.
—Evidentemente —replicó Magnus. Alec tragó con fuerza. Nunca había visto a Magnus enfadado, no de verdad. No así. Los ojos de gato
del brujo miraban remotos, imposibles de descifrar.
—¿Me has seguido? —preguntó Alec.
—Podría decirlo así. Aunque me ha ayudado saber adónde ibas. —Con un rápido movimiento, Magnus
sacó un papel doblado del bolsillo. Bajo la tenue luz, Alec vio que estaba cubierto por una escritura
minuciosa y elegante—. ¿Sabes?, cuando me dijo dónde habías estado y me habló del trato que había
hecho contigo, no la creí. No quería creerla, pero aquí estás.
—Camille te ha dicho…
Magnus alzó una mano para que callara.
—Mejor para ella —dijo con tono cansado—. Claro que me lo ha dicho. Te advertí que era una maestra
de la manipulación y las intrigas, pero no quisiste escucharme. ¿A quién crees que prefiere tener a su
lado? ¿a ti o a mí? Tú tienes dieciocho años, Alexander. No eres exactamente un aliado de gran poder.
—Ya se lo dije —repuso Alec—. No iba a matar a Raphael. Vine y le dije que no había trato, que no
podría hacerlo…
—¿Y tuviste que venir hasta aquí, a esta estación de metro abandonada, para darle ese mensaje? —
Magnus alzó las cejas—. ¿No crees que podrías haberle dado básicamente el mismo mensaje si tan
sólo, quizá, te hubieras mantenido alejado de ella?
—Era…
—Y aunque hubieras venido aquí, que no era necesario, para decirle que no había trato —siguió
Magnus con una calma letal—, ¿por qué estás aquí ahora? ¿Una visita de compromiso? ¿Te iba de
camino? Explícame, Alexander, si hay algo que se me esté escapando.
Alec tragó saliva. Sin duda debía de haber alguna manera de explicárselo. Había estado yendo ahí
abajo, a visitar a Camille, porque era la única persona con la que podía hablar de Magnus. La única
persona que conocía a Magnus, como él, no sólo como el Gran Mago de Brooklyn, sino como a alguien
que podía amar y ser amado, que tenía fragilidades humanas, peculiaridades y diferentes humores,
extraños e irregulares, que Alec no sabía cómo manejar sin consejo.
—Magnus… —Alec dio un paso hacia su novio, y por primera vez (que recordara), Magnus se apartó
de él. Su postura era erguida y hostil. Miraba a Alec como si estuviera mirando a un desconocido, a
alguien que no le cayera muy bien—. Lo siento mucho —continuó Alec. Su voz le sonó rasposa e
insegura—. Nunca pretendí…
—Basta con pensar en ello, ¿sabes? —repuso Magnus—. Eso explica en parte por qué quería el Libro
de lo Blanco. La inmortalidad puede ser una carga. Piensas en los días que se extienden ante ti, cuando
ya has estado en todas partes y lo has visto todo. Lo único que no he vivido ha sido envejecer con
alguien, con alguien a quien amara. Pensé que quizá podrías ser tú. Pero eso no te da derecho a decidir
por mí la extensión de mi vida.
—Lo sé. —El corazón de Alec latía desbocado—. Lo sé, y no iba a hacerlo…
—Estaré fuera todo el día —dijo Magnus—. Ve y recoge tus cosas del apartamento. Deja la llave en la
mesa del comedor. —Sus ojos escrutaron el rostro de Alec—. Se ha acabado. No quiero volver a verte,
Alec. Ni a ti, ni a ninguno de tus amigos. Estoy harto de ser un brujo mascota.
A Alec le habían comenzado a temblar las manos, con tal fuerza que se le había caído la luz mágica. La
luz se apagó, y él cayó de rodillas, palpando el suelo entre la basura y la porquería. Al final, algo se
iluminó delante de él, y al levantarse vio a Magnus ante sí, con la luz mágica en la mano. Brillaba y
parpadeaba con una luz de un extraño color.
—No debería encenderse así —dijo Alec, automáticamente—. Para nadie excepto para un cazador de
sombras.
Magnus la alzó. El corazón de la piedra de luz mágica brillaba de un color rojo oscuro, como el carbón
en el fuego.
—¿Es por tu padre? —preguntó Alec. Magnus no respondió. Se limitó a ponerle la piedra mágica a Alec en la palma. Cuando sus manos se
tocaron, el rostro de Magnus cambió.
—Estás helado.
—¿Sí?
—Alexander… —Magnus lo acercó a sí, y la luz mágica parpadeó entre ellos, cambiando de color
rápidamente. Alec nunca había visto una piedra de luz mágica hacer eso. Puso la cabeza en el hombro
de Magnus y le dejó que lo cogiera. El corazón de Magnus no latía como un corazón humano. Latía
más lento, pero con mayor firmeza. A veces, Alec pensaba que era la cosa más firme que había en su
vida.
—Bésame —pidió Alec.
Magnus le puso la mano en el costado del rostro y con ternura, casi perdido en sus pensamientos, le
acarició la mejilla con el pulgar. Cuando se inclinó para besarlo, olía a madera de sándalo. Alec agarró
la manga de la chaqueta de Magnus, y la luz mágica, entre sus cuerpos, lanzó colores rosa, azul y
verde.
Fue un beso lento y triste. Cuando Magnus se separó, Alec encontró que, de algún modo, sólo él
sujetaba la luz mágica.
—Alu cinta kamu —dijo Magnus en voz baja.
—¿Qué quiere decir?
Magnus se soltó del abrazo de Alec.
—Quiere decir que te amo. Pero eso no cambia nada.
—Pero si me amas…
—Claro que te amo. Más de lo que pensé que podría. Pero aun así hemos acabado —repuso Magnus—.
No cambia lo que has hecho.
—Pero fue sólo un error —susurró Alec—. Un error…
Magnus rió secamente.
—¿Un error? Eso es como decir que el viaje del Titanic fue un pequeño accidente en un bote. Alec,
trataste de acortarme la vida.
—Era que… Ella me lo ofreció, pero lo pensé y no pude hacerlo… No podía hacerte eso.
—Pero tuviste que pensártelo. Y nunca me lo mencionaste. —Magnus meneó la cabeza—. No
confiabas en mí. Nunca lo has hecho.
—Sí que confío —replicó Alec—. Lo haré… Lo intentaré. Dame otra oportunidad…
—No —contestó Magnus—. Y si te puedo dar un consejo, evita a Camille. Hay una guerra en ciernes,
Alexander, y no quieres que se cuestione tu lealtad, ¿cierto?
Se volvió y se alejó lentamente, con las manos en los bolsillos, caminando despacio, como si estuviera
herido, y no sólo por el corte del costado. Pero se alejaba de todos modos. Alec lo observó hasta que
traspasó el brillo de la luz mágica y se perdió de vista.
Dentro del Instituto la temperatura había sido fresca durante el verano, pero en ese momento, con el
invierno ya encima, Clary pensó que se estaba bastante caliente. La nave brillaba con filas de
candelabros, y las vidrieras coloreadas refulgían suavemente. Dejó que la puerta principal se cerrara
tras ella y fue hacia el ascensor. Estaba a mitad del pasillo principal cuando oyó reír a alguien.
Se volvió. Isabelle estaba sentada en uno de los viejos bancos de iglesia, con las largas piernas
apoyadas en el respaldo del banco que tenía enfrente. Llevaba botas que le llegaban a medio muslo,
vaqueros ajustados y un jersey rojo que le dejaba un hombro al descubierto. En la piel tenía dibujos
negros; Clary recordó que Sebastian había dicho que no le gustaba que las mujeres se desfiguraran la
piel con las Marcas, y se estremeció por dentro.
—¿No me has oído llamarte? —preguntó Izzy—. La verdad es que puedes ser increíblemente
obcecada.
Clary se detuvo y se apoyó en un banco.
—No he pasado de ti a propósito. Isabelle bajó las piernas y se puso en pie. Los tacones de las botas eran altos, y hacían que le pasara un
buen trozo a Clary.
—Oh, ya lo sé. Por eso no he dicho «grosera» sino «obcecada».
—¿Estás aquí para decirme que me vaya? —A Clary le complació que no le temblara la voz. Quería
ver a Jace. Quería verlo más que nada en el mundo. Pero después de todo por lo que había pasado ese
mes, sabía que lo que importaba era que estuviera vivo, y que fuera él mismo. Todo lo demás era
secundario.
—No —contestó Izzy, y comenzó a caminar hacia el ascensor. Clary fue con ella—. Creo que todo esto
es ridículo. Le salvaste la vida.
Clary tragó para sacarse la sensación fría que tenía en la garganta.
—Antes has dicho que había cosas que yo no entendía.
—Y las hay. —Isabelle apretó el botón del ascensor—. Jace podrá explicártelas. He bajado porque creo
que hay otras cosas que debes saber.
Clary escuchó esperando los familiares crujidos, gruñidos y traqueteos del viejo ascensor.
—¿Como cuáles?
—Mi padre ha vuelto —contestó Isabelle, sin mirarla a los ojos.
—¿De visita o para quedarse?
—Para quedarse. —Isabelle parecía calmada, pero Clary recordaba lo dolida que se había sentido
Isabelle al descubrir que Robert se había presentado para el cargo de Inquisidor—. Básicamente, Aline
y Helen nos salvaron de meternos en un auténtico lío por lo que pasó en Irlanda. Cuando fuimos a
ayudarte, lo hicimos sin decírselo a la Clave. Mi madre estaba segura de que, si se lo decíamos,
enviarían guerreros para matar a Jace. No podía hacerlo. Me refiero a que ésta es nuestra familia.
El ascensor se paró con un repiqueteo y un golpe antes de que Clary pudiera decir nada. Siguió adentro
a la otra chica, mientras contenía el extraño impulso de abrazar a Isabelle. Dudaba que a Izzy le
gustara.
—Así que Aline le explicó a la Cónsul, ya que a fin de cuentas es su madre, que no había habido
tiempo de avisar a la Clave, que a ella la habíamos dejado aquí con órdenes estrictas de avisar a Jia,
pero que había pasado algo con los teléfonos y no habían funcionado. Básicamente, mintió todo lo que
pudo. De todas formas, ésa es nuestra historia y nos mantenemos en ella. No creo que Jia la creyera,
pero no importa; tampoco es que Jia fuera a castigar a mamá. Pero tenía que tener alguna explicación a
la que aferrarse para no tener que sancionarnos. Después de todo, la operación no fue ningún desastre.
Fuimos, recuperamos a Jace, matamos a la mayoría de los nefilim oscuros e hicimos huir a Sebastian.
El ascensor dejó de subir y se paró con una buena sacudida.
—Hicimos huir a Sebastian —repitió Clary—. Así que no tenemos ni idea de dónde está, ¿verdad?
Pensé que, como destruí el apartamento, el agujero dimensional, lo podríais localizar.
—Lo hemos intentado —explicó Isabelle—. Dondequiera que esté, sigue hallándose más allá de
nuestras capacidades de rastreo. Y según los Hermanos Silenciosos, la magia que hizo Lilith… Bueno,
Sebastian es fuerte, Clary. Muy fuerte. Tenemos que suponer que está por ahí, con la Copa Infernal,
planeando su siguiente paso. —Abrió la puerta del ascensor y salió—. ¿Crees que volverá a por ti, o
Jace?
Clary pensó un momento.
—No ahora mismo —contestó por fin—. Para él éramos las últimas piezas de un puzzle. Primero
querrá tenerlo todo organizado. Querrá un ejército. Querrá estar preparado. Nosotros somos… como los
premios que puede ganar. Para no tener que estar solo.
—La verdad es que debe de sentirse muy solo —dijo Isabelle. No había compasión en su voz; era
únicamente una observación.
Clary pensó en él, en el rostro que había tratado de olvidar, que le perseguía en sus pesadillas nocturnas
y sus ensoñaciones diurnas.
«Me preguntaste a quién pertenecía yo.» —No tienes ni idea.
Llegaron a la escalera que daba a la enfermería. Isabelle se detuvo, con la mano en el cuello. Clary vio
la silueta cuadrada de su colgante con el rubí bajo el jersey.
—Clary…
De repente, Clary se sintió incómoda. Se enderezó, sin querer mirar a Isabelle.
—¿Cómo es? —preguntó Isabelle de repente.
—¿Cómo es qué?
—Estar enamorada —contestó Isabelle—. ¿Cómo sabes si lo estás? ¿Y cómo sabes si la otra persona te
ama?
—Hum…
—Como Simon —añadió Isabelle—. ¿Cómo viste que estaba enamorado de ti?
—Bueno —respondió Clary—. Eso me dijo.
—Eso te dijo.
Clary se encogió de hombros.
—Y antes de eso, ¿no tenías ni idea?
—No, la verdad es que no —contestó Clary, recordando el momento—. Izzy… Si sientes algo por
Simon, o si quieres saber si él siente algo por ti… quizá deberías decírselo.
Isabelle jugueteó con un inexistente hilillo en el puño del jersey.
—¿Decirle qué?
—Lo que sientes por él.
Isabelle pareció rebelarse.
—No debería tener que hacerlo.
Clary meneó la cabeza.
—¡Dios! ¡Alec y tú os parecéis mucho!
Isabelle la miró abriendo mucho los ojos.
—¡No es cierto! Somos totalmente diferentes. Yo salgo con diferentes chicos, y él nunca había salido
con nadie antes de Magnus. Él es celoso, y yo no.
—Todo el mundo es celoso —sentenció Clary—. Y ambos sois muy estoicos. Es amor, no la batalla de
las Termópilas. No tenéis por qué tomároslo todo como si fuera el último bastión. No tenéis que
guardároslo todo dentro.
Isabelle alzó las manos.
—Y de repente, tú eres la experta, ¿no?
—No soy experta —replicó Clary—. Pero conozco a Simon. Si no le dices nada, él supondrá que no
estás interesada, y se dará por vencido. Te necesita, Izzy, y tú a él. Sólo que él también necesita que
seas tú quien lo diga.
Isabelle suspiró y comenzó a subir la escalera. Clary la oía mascullar mientras avanzaban.
—Es culpa tuya, ¿sabes? Si no le hubieras roto el corazón…
—¡Isabelle!
—Bueno, se lo rompiste.
—Sí, y me parece recordar que cuando se convirtió en rata fuiste tú quien sugirió que lo dejáramos en
forma de rata, permanentemente.
—No lo hice.
—Sí que lo hiciste… —Clary se calló de golpe. Habían llegado al piso siguiente, donde un largo
pasillo se abría en ambos sentidos. Ante la puerta doble de la enfermería se hallaba un Hermano
Silencioso, en su hábito de color pergamino, con las manos juntas y la cabeza gacha como en una
postura meditativa.
Isabelle lo señaló con un gesto exagerado.
—Aquí estás —dijo—. Buena suerte. Te hará falta para pasar ante él y ver a Jace.
Y se fue por el pasillo, con los tacones repiqueteando sobre el suelo de madera. Clary suspiró por dentro y se sacó la estela del cinturón. Dudaba que existiera alguna runa de glamour
que pudiera engañar a un Hermano Silencioso pero, quizá, si podía acercarse lo suficiente para
marcarle una runa de sueño sobre la piel…
«Clary Fray.» La voz que sonó en su cabeza era divertida, y también conocida. No tenía sonido, pero
Clary reconoció la forma de los pensamientos, igual que se puede reconocer a alguien por el modo en
que ríe o respira.
—Hermano Zachariah. —Resignada, volvió a guardar la estela y se acercó a él, deseando que Isabelle
se hubiera quedado con ella.
«Supongo que estás aquí para ver a Jonathan —dijo él alzando la cabeza de su postura de meditación.
Su rostro seguía bajo las sombras de la capucha, aunque Clary le alcanzaba a ver el contorno anguloso
del pómulo—. A pesar de las órdenes de la Hermandad.»
—Por favor, llámalo Jace. De otro modo resulta muy confuso.
«Jonathan es un buen nombre para un cazador de sombras; fue el primer nombre. Los Herondale
siempre han mantenido los nombres en la familia…»
—No fue un Herondale quien le puso ese nombre —indicó Clary—. Aunque tiene una daga de su
padre. Pone S. W. H. en la hoja.
«Stephen William Herondale.»
Clary dio otro paso hacia la puerta, y hacia Zachariah.
—Sabes mucho de los Herondale —comentó—. Y de todos los Hermanos Silenciosos, pareces el más
humano. La mayoría de ellos no muestran ninguna emoción. Son como estatuas. Pero tú pareces sentir
las cosas. Recuerdas tu vida.
«Ser un Hermano Silencioso es mi vida, Clary Fray. Pero si te refieres a mi vida antes de la
Hermandad, es cierto.»
Clary respiró hondo.
—¿Alguna vez estuviste enamorado? ¿Antes de la Hermandad? ¿Hubo alguna vez alguien por quien
habrías muerto?
Sobrevino un largo silencio.
«Dos personas —contestó el hermano Zachariah finalmente—. Son recuerdos que el tiempo no borra,
Clarissa. Pregunta a tu amigo Magnus Bane, si no me crees. La eternidad no hace que se olvide la
pérdida, sólo la hace soportable.»
—Bueno, yo no tengo una eternidad —repuso Clary en voz baja—. Por favor, déjame ver a Jace.
El hermano Zachariah no se movió. Clary seguía sin poder verle el rostro, sólo sombras y planos bajo
la capucha de su hábito. Sólo las manos, cogidas ante sí.
—Por favor —rogó Clary.
Alec saltó al andén de la estación de metro de City Hall y fue hacia la escalera. Había bloqueado en su
mente la imagen de Magnus marchándose de él con un pensamiento y sólo uno: iba a matar a Camille
Belcourt.
Subió la escalera mientras sacaba un cuchillo serafín del cinturón. La luz era tenue y vacilante; llegó a
vestíbulo bajo el City Hall Park, donde unas claraboyas tintadas permitían el paso a la luz invernal. Se
metió la piedra de luz mágica en el bolsillo y alzó el cuchillo serafín.
—Amriel —susurró, y la hoja se encendió como un rayo en sus manos. Alzó la barbilla y pasó la
mirada por todo el vestíbulo. El sofá de respaldo alto estaba allí, pero Camille no se hallaba en él. Le
había enviado un mensaje diciéndole que iría, así que no debía sorprenderle que ella no se hubiera
quedado a esperarlo. Furioso, cruzó el vestíbulo y le dio una patada al sofá, con fuerza. Éste se volcó
con un crujido de madera y una nube de polvo; una de las patas se quebró.
Desde un rincón de la estancia le llegó una tintineante risita plateada.
Alec se volvió en redondo, con el cuchillo serafín ardiéndole en la mano. Las sombras de los rincones
eran profundas y densas; incluso la luz de Amriel no podía penetrarlas.
—¿Camille? —llamó, con una voz peligrosamente tranquila—. Camille Belcourt. Ven aquí ahora Otra risita, y una forma salió de la oscuridad. Pero no era Camille.
Era una niña, seguramente de no más de doce o trece años, muy delgada, con un par de vaqueros
gastados y una camiseta rosa de manga corta con un brillante unicornio. También llevaba una larga
bufanda rosa, con los extremos manchados de sangre. La sangre le cubría la parte inferior del rostro y
le manchaba el cuello de la camiseta. Miró a Alec con ojos muy abiertos y alegres.
—Te conozco —susurró ella, y cuando habló, Alec vio un destello de sus afilados incisivos. Vampira
—. Alec Lightwood. Eres amigo de Simon. Te he visto en los conciertos.
Él se la quedó mirando. ¿La había visto antes? Quizá; el paso de un rostro entre las sombras de un bar,
una de esas actuaciones a las que Isabelle lo arrastraba. No estaba seguro. Pero eso no significaba que
no supiera quién era.
—Maureen —dijo—. Eres la Maureen de Simon.
Ella se miró las manos, que estaban enguantadas en sangre, como si las hubiera hundido en un charco
de ella. Y tampoco era sangre humana, pensó Alec. Era la sangre oscura, roja como un rubí, de un
vampiro.
—Estás buscando a Camille —dijo en un sonsonete—. Pero ella ya no está aquí. Oh, no. Se ha ido.
—¿Se ha ido? —preguntó Alec—. ¿Qué quieres decir con que se ha ido?
Maureen soltó una risita.
—Ya sabes cómo funcionan las leyes de los vampiros, ¿no? Quien mata al jefe del clan se convierte en
su jefe. Y Camille era la jefa del clan de Nueva York. Oh, sí, era.
—¿Al… alguien la ha matado?
Maureen se puso a reír alegremente.
—No alguien, tonto —repuso ella—. He sido yo.
El techo arqueado de la enfermería estaba pintado de azul, con un dibujo rococó de querubines
extendiendo cintas de oro, y nubes blancas al viento. Filas de camas de metal se alineaban contra las
paredes de la izquierda y la derecha, dejando un pasillo en medio. Dos altas claraboyas permitían pasar
la luz del sol invernal, aunque eso de poco servía para calentar la fría habitación.
Jace se hallaba sentado en una de las camas, apoyado en un montón de almohadas que había cogido de
las otras camas. Llevaba unos vaqueros con los bajos deshilachados y una camiseta gris. Tenía un libro
sobre las rodillas. Alzó la mirada cuando Clary entró en la sala, pero no dijo nada mientras ésta se
acercaba a la cama.
El corazón de Clary había comenzado a latirle con fuerza. El silencio era casi opresivo; Jace la siguió
con la mirada mientras ella llegaba a los pies de la cama y se detenía allí, con las manos en el metal de
la estructura. Ella le observó el rostro. En muchas ocasiones había tratado de dibujarlo, había tratado de
capturar aquella inefable cualidad que hacía que Jace fuera Jace, pero sus dedos nunca habían sido
capaces de plasmar en el papel lo que ella veía. Ahí estaba ahora, donde no había estado cuando él se
hallaba bajo el control de Sebastian, o como quisieran llamarlo, alma o espíritu, mirándola desde sus
ojos.
Ella apretó la mano en la cama.
—Jace…
Él se puso un mechón de cabello tras la oreja.
—Es… ¿Te han dicho los Hermanos Silenciosos que puedes estar aquí?
—No exactamente.
La comisura de la boca de Jace le tironeó.
—¿Así que los has noqueado con un leño y te has colado? La Clave no ve nada bien esa clase de cosas,
¿sabes?
—Guau. De verdad que no me dejas pasar ni una, ¿no? —Se sentó en la cama junto a él, en parte para
estar a la misma altura, y en parte para disimular que le temblaban las rodillas.
—He aprendido a no hacerlo —repuso él, y dejó el libro a un lado.
Clary sintió como si la hubiera abofeteado. —No quería hacerte daño —dijo en una voz que le salió casi como un susurro—. Lo siento.
Él se irguió y pasó las piernas sobre el borde de la cama. No estaban muy apartados, compartiendo la
cama, pero él se retenía; Clary lo veía. Podía ver que había secretos tras sus ojos, notaba su vacilación.
Deseaba tenderle la mano, pero se mantuvo inmóvil y con la voz tranquila.
—Nunca he tratado de hacerte daño. Y no me refiero sólo en el Burren. Me refiero al momento en que
tú, el auténtico tú, me dijiste lo que querías. Debería haberte escuchado, pero en lo único que pensaba
era en salvarte, en sacarte de allí. No te escuché cuando dijiste que querías entregarte a la Clave y, por
eso, ambos casi acabamos como Sebastian. Y cuando hice lo que hice con Gloriosa… Alec e Isabelle
deben de haberte explicado que la espada estaba destinada a Sebastian. Pero no pude llegar a él en
medio de la batalla. No pude. Y pensé en lo que me habías dicho, en que preferías morir que vivir bajo
el influjo de Sebastian. —Se le cortó la voz—. El auténtico tú, me refiero. No podía preguntártelo.
Tuve que suponerlo. Tienes que saber que fue terrible herirte así. Saber que podrías haber muerto y que
habría sido mi mano la que había sostenido la espada que te mató, pero arriesgué tu vida porque
pensaba que era lo que me habrías pedido y, después de traicionarte una vez, pensé que te lo debía.
Pero si me equivoqué… —Se calló, pero él siguió en silencio. El estómago se le retorció de inquietud
—. Entonces, lo lamento. No puedo hacer nada para compensarte. Pero quería que supieras que lo
siento.
Se calló de nuevo, y esta vez el silencio se alargó más y más, como un hilo tensado al máximo.
—Ya puedes hablar —soltó ella finalmente—. La verdad es que sería magnífico que lo hicieras.
Jace la miraba incrédulo.
—Déjame ver si lo he entendido bien —comenzó—. ¿Has venido aquí a disculparte conmigo?
Ella se sorprendió.
—Claro que sí.
—¡Clary, me salvaste la vida!
—Te apuñalé. Con una enorme espada. Te pusiste a arder.
Los labios de Jace se curvaron de manera casi imperceptible.
—De acuerdo —dijo él—. Quizá nuestros problemas no sean como los de las otras parejas. —Alzó una
mano como si fuera a acariciarle el rostro, pero la bajó rápidamente—. Te oí, ¿sabes? —continuó más
bajo—. Diciéndome que no estaba muerto. Pidiéndome que abriera los ojos.
Se miraron el uno al otro en medio de un silencio que seguramente sólo durara unos instantes, pero que
a Clary le parecieron horas. Se alegraba tanto de verlo así, completamente él, que casi olvidó el miedo
de que todo iba a ir fatal en los próximos minutos.
—¿Por qué crees que me enamoré de ti? —preguntó Jace finalmente.
Eso era lo que ella menos esperaba que le preguntara.
—No lo sé… Ésa no es una pregunta justa.
—A mí me lo parece —replicó él—. ¿Crees que no te conozco, Clary? ¿La chica que entró en un hotel
lleno de vampiros porque su mejor amigo estaba allí y necesitaba que lo salvaran? ¿Que abrió un Portal
y se transportó a Idris porque no soportaba la idea de no participar en la acción?
—Me gritaste por eso…
—Me estaba gritando a mí —repuso él—. Nos parecemos mucho en algunos aspectos. Somos
temerarios. No pensamos antes de actuar. Hacemos lo que sea por la gente a la que queremos. Y nunca
pensé lo que eso asustaba a la gente que me quería hasta que lo vi en ti y me aterrorizó. ¿Cómo podía
protegerte si no me dejabas? —Se inclinó hacia ella—. Eso, por cierto, es una pregunta retórica.
—Bien. Porque no necesito que me protejan.
—Sabía que dirías eso. Pero la cuestión es que, a veces, sí. Y, a veces, yo también. Se supone que
debemos protegernos el uno al otro, pero no de todo. No de la verdad. Eso es lo que significa amar a
alguien pero dejar que sea quien es.
Clary se miró las manos. Deseaba tanto tocarlo. Era como visitar a alguien en prisión, donde se podía
ver al otro claramente, pero había un cristal irrompible de separación. —Me enamoré de ti —continuó él— porque eras una de las personas más valientes a quienes había
conocido. Entonces, ¿cómo podía pedirte que dejaras de ser valiente sólo porque te amaba? —Se pasó
las manos por el cabello, que le quedó revuelto y de punta con rizos que Clary ansiaba alisar—. Viniste
a buscarme. Me salvaste cuando casi todos los demás se habían rendido, e incluso los que no se habían
rendido no sabían qué hacer. ¿Crees que no sé por lo que pasaste? —Se le velaron los ojos—. ¿Cómo
puedes creer que podría estar enfadado contigo?
—Entonces, ¿por qué no has querido verme?
—Porque… —Jace sacó aire—. Muy bien, buena observación, pero hay algo que no sabes. La espada
que empleaste, la que Raziel le dio a Simon…
—Gloriosa —repuso Clary—. La espada del Arcángel Miguel. Se destruyó.
—No se destruyó. Volvió a su lugar de procedencia una vez que el fuego celestial la consumió. —Jace
sonrió levemente—. De otro modo, nuestro Ángel habría tenido que dar muchas explicaciones cuando
Miguel se enterara de que su colega Raziel había prestado su espada favorita a un puñado de humanos
descuidados. Pero me voy por las ramas. La espada…, la forma en que ardía… no era fuego normal.
—Eso ya lo supuse. —Clary deseaba que Jace la rodeara con los brazos y la apretara contra sí. Pero él
parecía querer mantener el espacio entre ellos, así que se quedó donde estaba. Era como un dolor físico,
estar tan cerca de él y no poder tocarlo.
—Ojalá no te hubieras puesto ese jersey —murmuró Jace.
—¿Qué? —Ella se miró—. Creía que te gustaba.
—Y me gusta —respondió él, y sacudió la cabeza—. No importa. Ese fuego… era fuego celestial. El
matorral ardiente, el fuego y el azufre, la columna de fuego que guió a los hijos de Israel… ése es el
fuego del que estamos hablando. «Porque un fuego se ha encendido en mi ira, y arderá hasta las
profundidades del Infierno; devorará la tierra y sus frutos, y abrasará las bases de los montes.» Ése es el
fuego que abrasó lo que Lilith me había hecho. —Cogió el borde de la camiseta y se la levantó. Clary
tragó aire, porque sobre el corazón, en la fina piel del pecho, ya no había Marca, sólo una cicatriz
blanca cerrada donde la espada le había penetrado.
Clary extendió la mano, queriendo tocarlo, pero él se apartó, negando con la cabeza. Ella notó la
expresión dolida apareciendo en su rostro antes de poder esconderla. Él se bajó la camiseta.
—Clary, ese fuego… aún está dentro de mí.
Ella lo miró fijamente.
—¿Qué quieres decir?
Jace respiró hondo y tendió las manos, con las palmas arriba. Ella las miró, delgadas y conocidas, con
la runa de visión en su mano derecha desdibujada y cicatrices blancas sobre ella. Mientras ambos las
miraban, las manos comenzaron a temblarle ligeramente, y luego, bajo la mirada incrédula de Clary, se
fueron volviendo transparentes. Como si la hoja de Gloriosa hubiera comenzado a arder, la piel de Jace
pareció volverse de cristal, cristal que contenía en su interior un oro que se movía, se oscurecía y ardía.
Clary vio el contorno de su esqueleto a través de la piel trasparente, huesos dorados conectados a
tendones de fuego.
Lo oyó tragar aire secamente. Entonces, él alzó la cabeza y la miró a los ojos. Los de él eran dorados.
Siempre habían sido dorados, pero Clary podría jurar que ese dorado también vivía y ardía. Jace
respiraba pesadamente, y el sudor le relucía sobre las mejillas y la clavícula.
—Tienes razón —dijo Clary—. Nuestros problemas no son como los de las otras parejas.
Jace la miró incrédulo. Lentamente, cerró los puños, y el fuego se desvaneció, dejando sólo sus manos
de siempre, intactas.
—¿Eso es todo lo que tienes que decir? —preguntó él, medio ahogado por la risa.
—No, tengo mucho más que decir. ¿Qué está pasando? ¿Ahora tus manos son armas? ¿Eres la
Antorcha Humana? ¿Qué diablos…?
—No sé qué es la Antorcha Humana, pero… Muy bien, mira, los Hermanos Silenciosos me han dicho
que ahora porto dentro el fuego celestial. En mis venas. En mi alma. Cuando me desperté, sentí como si respirara fuego. Alec e Isabelle pensaron que sería un efecto temporal de la espada, pero al ver que no
desaparecía, llamaron a los Hermanos Silenciosos. El hermano Zachariah me dijo que no sabría cuán
temporal sería. Y lo quemé; me estaba tocando con la mano cuando lo dijo, y sentí una descarga de
energía pasando a través de mí.
—¿Una quemadura grave?
—No. Menor, pero aun así…
—Por eso no quieres tocarme. —Clary se dio cuenta de repente—. Tienes miedo de quemarme.
Él asintió.
—Nadie ha visto nunca nada igual, Clary. Ni antes, ni nunca. La espada no me mató. Pero me dejó
esto…, esta parte de algo letal dentro de mí. A veces es tan fuerte que probablemente mataría a un
humano corriente, quizá incluso a un cazador de sombras. —Exhaló un profundo suspiro—. Los
Hermanos Silenciosos están trabajando para ver cómo podría controlarlo, o librarme de ello. Pero como
puedes imaginar, no soy su principal prioridad.
—Porque lo es Sebastian. Has oído que destruí el apartamento. Sé que tiene otras maneras de ir por ahí,
pero…
—¡Ésa es mi chica! Pero tiene reservas. Otros escondites. No sé cuáles son. No me lo dijo nunca. —Se
inclinó hacia ella, tan cerca que Clary pudo ver los colores cambiantes de sus ojos—. Desde que
desperté, los Hermanos Silenciosos no han dejado de acompañarme. Tuvieron que realizar de nuevo la
ceremonia, la que les hacen a los cazadores de sombras al nacer para mantenerlos a salvo. Y luego se
me metieron en la cabeza. Buscando, tratando de sacar el más mínimo detalle de información sobre
Sebastian, cualquier cosa que yo haya podido saber pero que no recuerdo. Pero… —Jace movió la
cabeza, frustrado—. No hay nada. Conocía sus planes hasta la ceremonia en el Burren. Más allá de eso,
no tengo ni idea de lo que va a hacer ahora. Dónde puede atacar. Saben que ha estado trabajando con
demonios, así que están reforzando las salvaguardas, sobre todo alrededor de Idris. Pero me siento
como si nos hubiéramos olvidado de algo importante en todo este asunto, algún conocimiento secreto
que yo tengo…, y ni siquiera tenemos eso.
—Pero si supieras algo, Jace, él cambiaría sus planes —objetó Clary—. Sabe que te ha perdido. Los
dos estabais atados. Oí un grito terrible cuando te clavé la espada. —Se estremeció—. Era un terrible
sonido de pérdida. De algún modo extraño, sí que le importabas, creo. Y aunque todo fuera horroroso,
ambos sacamos algo que puede resultar útil.
—¿Que es…?
—Lo entendemos. Quiero decir, tanto como alguien pueda llegar a entenderlo. Y eso no se puede borrar
con un cambio de planes.
Jace asintió lentamente.
—¿Sabes a quién creo que entiendo ahora también? A mi padre.
—Valen… No —dijo Clary, observando su expresión—. Te refieres a Stephen.
—He estado leyendo sus cartas. Las cosas de la caja que me dio Amatis. Escribió una carta para mí,
¿sabes?, que pretendía que leyera después de su muerte. Me dijo que fuera un hombre mejor de lo que
él había sido.
—Lo eres —repuso Clary—. Es esos momentos, en el apartamento, cuando eras tú, te importaba más
hacer lo que debías hacer que tu propia vida.
—Lo sé —dijo Jace, mirándose los marcados nudillos—. Eso es lo raro. Lo sé. Tenía muchas dudas
sobre mí mismo, siempre, pero ahora entiendo la diferencia entre Sebastian y yo. Entre Valentine y yo.
Incluso la diferencia entre ellos dos. Valentine creía de verdad que estaba haciendo lo correcto. Odiaba
a los demonios. Pero para Sebastian, la criatura que considera su madre es uno. Gobernaría contento
sobre una raza de cazadores de sombras oscuros que obedecieran a los demonios, mientras éstos
masacraran a su voluntad a los humanos corrientes de este mundo. Valentine aún creía que la misión de
los cazadores de sombras era proteger a los seres humanos; Sebastian los considera cucarachas. Y no quiere proteger a nadie. Sólo quiere lo que quiere en el momento en que lo quiere. Y lo único que siente
es enfado cuando se frustra.
Clary no estaba tan segura. Había visto a Sebastian mirar a Jace, incluso a sí misma, y sabía que había
algo en él tan solitario como el más oscuro vacío del espacio. La soledad lo guiaba tanto como el deseo
de poder; la soledad y la necesidad de ser amado sin tener la comprensión correspondiente de que el
amor era algo que uno se ganaba. Sin embargo, se calló esas ideas.
—Bueno, entonces vamos a frustrarlo —dijo en su lugar.
Una sonrisa asomó en el rostro de Jace.
—Sabes que te quiero rogar que te quedes al margen de esto, ¿verdad? Va a ser una batalla despiadada.
Más despiadada de lo que creo que la Clave ni siquiera comienza a comprender.
—Pero no vas a hacerlo —repuso Clary—. Porque eso te convertiría en un idiota.
—¿Te refieres a que necesitamos tu poder con las runas?
—Bueno, eso y… ¿Has escuchado algo de lo que acabas de decir? ¿Todo eso de protegernos el uno al
otro?
—Te informo de que he practicado ese discurso. Delante del espejo, antes de que llegaras.
—¿Y qué crees que significa?
—No estoy seguro —admitió Jace—, pero sé que he quedado de lo mejor soltándotelo.
—Dios, había olvidado lo irritante que eres cuando no estás poseído —masculló Clary—. ¿Necesito
recordarte que has dicho que tienes que aceptar que no me puedes proteger de todo? La única manera
en que podemos protegernos es si estamos juntos. Si nos enfrentamos juntos a lo que sea. Si confiamos
el uno en el otro. —Lo miró directamente a los ojos—. No debería haberte impedido que fueras a la
Clave llamando a Sebastian. Debería haber respetado tu decisión. Y tú debes respetar la mía. Porque
vamos a estar juntos mucho tiempo, y ésta es la única manera de que funcione.
Él acercó la mano hacia ella sobre la manta.
—Estar bajo la influencia de Sebastian… —dijo él con voz ronca—. Ahora me parece una pesadilla.
Aquel lugar de locos, aquellos armarios llenos de ropa para tu madre…
—Así que lo recuerdas —susurró ella.
Jace le rozó las yemas de los dedos con las suyas, y Clary casi dio un bote. Ambos contuvieron el
aliento mientras él la acariciaba; ella no se movió, pues observaba cómo a Jace poco a poco se le iban
relajando los hombros y desaparecía la mirada ansiosa de su rostro.
—Lo recuerdo todo —contestó él—. Recuerdo el bote en Venecia, el club en Praga. Aquella noche en
París, cuando era yo.
Clary notó que la sangre se le aceleraba bajo la piel, y le ardió la cara.
—En cierto sentido, hemos pasado por algo que nadie más puede entender —continuó él—. Y me ha
hecho darme cuenta de algo. Siempre hemos estado absolutamente mejor juntos. Alzó el rostro hacia
ella. Estaba pálido, y el fuego le destellaba en los ojos—. Voy a matar a Sebastian. Voy a matarlo por lo
que me hizo, por lo que te hizo a ti, y por lo que le hizo a Max. Voy a matarlo por lo que ha hecho y por
lo que hará. La Clave lo quiere muerto, y ellos lo perseguirán. Pero quiero que sea mi mano la que
acabe con él.
Entonces ella tendió la mano y se la puso en la mejilla. Él se estremeció y entrecerró los ojos. Clary se
esperaba que tuviera la piel caliente, pero la notó fría bajo la mano.
—¿Y si soy yo quien lo mata?
—Mi corazón es tu corazón —contestó él—. Mis manos son tus manos.
Sus ojos eran del color de la miel y se deslizaron tan lentamente como la miel sobre el cuerpo de Clary
cuando él la miró de arriba abajo por primera vez desde que ella había entrado en la enfermería, desde
el cabello alborotado hasta las botas de los pies. Cuando sus ojos se encontraron de nuevo, Clary tenía
la boca seca. —¿Recuerdas —preguntó él— cuando nos conocimos y te dije que estaba seguro, al noventa por
ciento, de que dibujarte la runa no te mataría, y tú me diste una bofetada y me dijiste que era por el otro
diez por ciento?
Clary asintió con la cabeza.
—Siempre había supuesto que me mataría algún demonio —prosiguió Jace—. Un subterráneo
renegado. Una batalla. Pero entonces me di cuenta de que podía morirme si no lograba besarte, y
pronto.
Clary chasqueó los secos labios.
—Bueno, lo hiciste —dijo ella—. Lo de besarme, me refiero.
Él le cogió un rizo entre los dedos. Estaba tan cerca como para que ella notara el calor de su cuerpo, el
olor a jabón, piel y cabello.
—No lo suficiente —replicó él, mientras dejaba que el rizo se le escapara de la mano—. Si te besara
todo el día durante todos los días que me quedan de vida, no sería suficiente.
Él inclinó la cabeza. Ella no pudo evitar inclinar también la suya. Los recuerdos de París le llenaban la
cabeza: abrazarlo como si fuera a ser la última vez que lo abrazaba; y casi lo había sido. Su sabor, su
respiración, sus caricias. Lo oyó respirar. Las pestañas de Jace le cosquillearon la mejilla. Sólo unos
milímetros separaban sus labios, y luego ya no fueron ni milímetros; se rozaron levemente primero, y
luego con mayor presión. Se acercaron el uno al otro…
Y Clary notó una chispa; no dolorosa, sino más bien como una ligera sacudida de electricidad estática.
Pasó entre ellos, y Jace se apartó rápidamente. Estaba sonrojado.
—Quizá tengamos que trabajar esto un poco.
A Clary aún le daba vueltas la cabeza.
—De acuerdo.
Él miraba hacia delante, aún jadeante.
—Quiero darte una cosa.
—Ya me lo imagino.
Él la miro de golpe y, casi sin querer, sonrió.
—Eso no. —Se metió la mano por el cuello de la camiseta y sacó el anillo Morgenstern con la cadena.
Se lo sacó por la cabeza y se lo puso en la mano a Clary. Conservaba el calor de su piel.
—Alec se lo pidió a Magnus para mí. ¿Volverás a llevarlo?
Ella cerró el puño sobre el anillo.
—Siempre.
Su sonrisa irónica se suavizó. Ella se atrevió a ponerle la mano en el hombro. Notó que él contenía el
aliento, pero permaneció inmóvil. Al principio Jace se tensó, pero el cuerpo se le fue relajando
lentamente, y se quedaron así. Era duro y caliente, pero dulce y amigable.
Jace carraspeó.
—¿Sabes que esto significa que lo que hicimos…, lo que casi hicimos en París…?
—¿Subir a la Torre Eiffel?
Él le puso un mechón tras la oreja.
—No me dejas pasar ni una, ¿verdad? No importa. Eso es una de las cosas que me gustan de ti. Bueno,
pues la otra cosa que casi hicimos en París…, seguramente eso quede aparcado durante un tiempo. A no
ser que quieras que ese rollo de «me consumo de pasión y ardo en deseos por ti» se convierta en algo
literal de un modo bastante desagradable.
—¿Nada de besos?
—Bueno…, besos, quizá. Pero el resto…
Ella rozó la mejilla contra la de él.
—Me parece bien si te lo parece a ti.
—Claro que no me parece bien. Soy un adolescente. Por lo que a mí respecta, es lo peor que ha pasado
desde que descubrí por qué Magnus tiene prohibida la entrada en Perú. —Los ojos se le suavizaron—. Pero eso no cambia lo que somos el uno para el otro. Es como si siempre me faltara un trozo de alma, y
está dentro de ti, Clary. Sé que una vez te dije que tanto si Dios existe como si no, estamos solos. Pero
cuando estoy contigo, no estoy solo.
Ella cerró los ojos para que él no le viera las lágrimas; lagrimas de alegría por primera vez en mucho
tiempo. A pesar de todo, a pesar de que las manos de Jace seguían en su regazo, Clary sintió un alivio
tan intenso que apagó todo lo demás: la inquietud por dónde estaría Sebastian, y el miedo al futuro
incierto pasaron a un segundo plano. Nada importaba. Estaban juntos, y Jace volvía a ser él. Notó que
él volvía el rostro y la besaba suavemente en la cabeza.
—De verdad me gustaría que no te hubieras puesto ese jersey —le susurró al oído.
—Es para que practiques —replicó ella, moviendo los labios contra la piel de él—. Mañana, medias de
rejilla.
A su lado, cálido y reconfortante, Clary lo notó reír.
—Hermano Enoch —saludó Maryse mientras se levantaba detrás del escritorio—. Gracias por reunirte
con el hermano Zachariah y conmigo habiéndote avisado con tan poco tiempo.
«¿Tiene esto que ver con Jace? —preguntó Zachariah y, si Maryse no hubiera sabido que era imposible,
le habría parecido que había un toque de ansiedad en su voz mental—. Lo he visitado varias veces hoy.
Su estado no ha variado.»
Enoch se removió bajo su hábito.
«Y yo he estado revisando los archivos y los documentos antiguos relativos al fuego celestial. Hay
alguna información sobre el modo en que puede liberarse, pero debes ser paciente. No hay motivo para
llamarnos. Si tenemos alguna novedad, nosotros te llamaremos.»
—No es sobre Jace —repuso Maryse, y salió de detrás del escritorio, con los tacones resonando sobre
el suelo de piedra de la biblioteca—. Es sobre algo totalmente diferente. —Miró hacia abajo. Habían
colocado una alfombra de cualquier manera en el suelo, donde no solía haber ninguna alfombra. Cubría
en parte el delicado dibujo hecho con losetas que formaba la silueta de la Copa, la Espada y el Ángel.
Se agachó, cogió una punta de la alfombra y estiró.
Los Hermanos Silenciosos no ahogaron un grito, claro; no podían emitir ningún sonido. Pero una
cacofonía llenó la cabeza de Maryse, el eco psíquico de su impresión y su horror. El hermano Enoch
retrocedió un paso, mientras que el hermano Zachariah alzó una mano de largos dedos para cubrirse el
rostro, como si pudiera impedir que sus ojos vieran lo que tenían delante.
—No estaba aquí esta mañana —explicó Maryse—. Pero cuando volví esta tarde, estaba esperándome.
Al primer vistazo había pensado que era algún pájaro grande que había encontrado la manera de colarse
en la biblioteca y había muerto ahí, quizá al romperse el cuello contra uno de los altos ventanales. No
dijo nada de la desesperación visceral que la había traspasado como una flecha, ni de la manera en que
había llegado tambaleándose a la ventana y había vomitado por ella en cuanto se había dado cuenta de
lo que estaba viendo.
Un par de alas blancas; no blancas del todo, sino una amalgama de colores que se movían y
parpadeaban al mirarlas: plata claro, reflejos violeta, azul oscuro, ambas alas delineadas en oro. Y
luego, en la raíz, un feo corte que había mutilado hueso y tendón. Alas de ángel: las alas seccionadas de
un ángel vivo. Icor de angélico, del color del oro líquido, manchaba el suelo.
Sobre las alas, un trozo de papel doblado, dirigido al Instituto de Nueva York. Después de echarse agua
en la cara, Maryse había cogido la nota y la había leído. Era corta: una única frase, y estaba firmada
con un nombre en una escritura que le resultaba extrañamente familiar, porque era un eco de la cursiva
de Valentine: las florituras de las letras, la mano fuerte y firme. Pero no era el nombre de Valentine. Era
el nombre de su hijo.
Jonathan Christopher Morgenstern.
Le pasó la nota al hermano Zachariah. Él la cogió y la abrió; leyó, al igual que ella, la única palabra de
griego clásico trazada en una complicada escritura en lo alto de la página.
Erchomai, decía. Voy de camino.
Al principio, Jace no era consciente de nada. Luego hubo oscuridad y, en la oscuridad, un dolor
ardiente. Era como si hubiera tragado fuego, y lo ahogara y le quemara la garganta. Trató
desesperadamente de tragar aire, un aliento que le refrescara, y abrió los ojos.
Vio sombras y oscuridad; una habitación poco iluminada, conocida y desconocida, con filas de camas y
una ventana que dejaba entrar una luz azul sin fuerza, y él estaba en una de las camas, con las mantas y
las sábanas enredadas en su cuerpo como cuerdas. El pecho le dolía tanto como si tuviera un peso
muerto encima, y con la mano fue palpando para averiguar qué era. Sólo encontró un grueso vendaje
que le envolvía la piel desnuda. Tragó aire de nuevo, otro aliento refrescante.
—Jace. —La voz le resultaba tan conocida como la suya propia, y entonces notó una mano que lo
cogía, unos dedos entrelazados con los suyos. Con un reflejo nacido de años de amor y familiaridad, él
los apretó.
—Alec —dijo, y casi le sorprendió el sonido de su propia voz. No había cambiado. Se sentía como si se
hubiera quemado, derretido y recreado, como oro en un crisol, pero ¿como qué? ¿Podría volver a ser sí
mismo? Miró a los ansiosos ojos azules de Alec, y supo dónde estaba. La enfermería de Instituto. En
casa—. Lo siento…
Una mano delgada y callosa le acarició la mejilla, y oyó una segunda voz conocida.
—No te disculpes. No tienes nada de lo que disculparte.
Jace entrecerró los ojos. El peso en su pecho seguía ahí: medio herida, medio culpa.
—Izzy.
Ella tragó aire antes de preguntar:
—Eres tú de verdad, ¿no?
—Isabelle —comenzó Alec, como si fuera a advertirle de que no alterara a Jace, pero éste le tocó la
mano. Podía ver los oscuros ojos de Izzy brillando en la luz del amanecer, su rostro cargado de
esperanza. Ésa era la Izzy a quien sólo su familia conocía, cariñosa y preocupada.
—Soy yo —contestó Jace, y se aclaró la garganta—. Podría entender que no me creyeras, pero te lo
juro por el Ángel, Iz: soy yo.
Alec no dijo nada, pero apretó con más fuerza la mano de Jace.
—No hace falta que lo jures —repuso, y con su mano libre se tocó la runa de parabatai junto a la
clavícula—. Lo sé. Lo noto. Ya no me siento como si me faltara una parte.
—Yo también lo sentía. —A Jace le costaba respirar—. Que me faltaba algo. Lo notaba, incluso con
Sebastian, pero no sabía qué era. Eras tú. Mi parabatai. —Miró a Izzy—. Y tú. Mi hermana. Y… —De
repente, los párpados le escocieron con una fuerte luz: la herida del pecho le palpitó, y vio «su» rostro,
iluminado por las llamas de la espada. Un extraño ardor se le extendió por la venas, como fuego blanco
—. Clary. Por favor, decidme…
—Se encuentra perfectamente —se apresuró a contestar Isabelle. Había algo más en su voz: sorpresa e
inquietud.
—Júrame que no me lo estás diciendo sólo porque no quieres preocuparme.
—Ella te atravesó con la espada —indicó Isabelle.
Jace soltó una ahogada carcajada; le dolió.
—Me salvó.
—Lo hizo —afirmó Alec.
—¿Cuándo puedo verla? —Jace trató de no parecer muy ansioso.
—Realmente eres tú —repuso Isabelle, con voz divertida.
—Los Hermanos Silenciosos han estado entrando y saliendo, comprobando cómo estabas —le contó
Alec. Tocó el vendaje del pecho de Jace—, y para ver si te habías despertado. Cuando sepan que lo
estás, seguramente querrán hablar contigo antes de permitirte ver a Clary. —¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?
—Unos dos días —contestó Alec—. Desde que te trajimos del Burren y estuvimos bastante seguros de
que no ibas a morir. Resulta que no es tan fácil que la herida de una espada de un arcángel se cure por
completo.
—Lo que estás diciendo es que me va a quedar una cicatriz.
—Y una bien grande y fea —dijo Isabelle—. Por todo el pecho.
—Bueno, mierda —soltó Jace—. Y yo que contaba con el dinero de ese desfile para hacer de modelo
de ropa interior… —Hablaba con ironía, pero pensaba que, en cierto modo, era bueno que le quedara
una cicatriz: debía estar marcado por lo que le había ocurrido, tanto física como mentalmente. Casi
había perdido el alma, y la cicatriz le serviría para recordarle cuán frágil era la voluntad, y cuán difícil
la bondad.
Y cosas más tenebrosas. Lo que había por delante, y lo que no podría permitir que pasara. Estaba
recuperando la fuerza; lo notaba, y la pondría toda contra Sebastian. Pensar en eso le hizo sentirse
mejor, como si parte del peso se le hubiera quitado del pecho. Volvió la cabeza, lo suficiente para mirar
a Alec a los ojos.
—Nunca pensé que lucharía en el bando opuesto a ti en una batalla —dijo con voz ronca—. Nunca.
—Y nunca más lo harás —repuso Alec, muy serio.
—Jace —comenzó Isabelle—. Trata de mantener la calma, ¿vale? Es que…
—¿Hay alguna otra cosa mala?
—Bueno, brillas un poco —contestó Isabelle—. Quiero decir, sólo un pelín. De brillo.
—¿Brillo?
Alec alzó la mano con que sujetaba la de Jace. Éste lo vio, en la oscuridad, un leve resplandor en su
antebrazo que parecía trazarle las líneas de las venas como un mapa.
—Creemos que es un efecto residual de la espada del arcángel —explicó Alec—. Probablemente
desaparezca pronto, pero los Hermanos Silenciosos sienten curiosidad. Claro.
Jace suspiró y dejó caer la cabeza sobre la almohada. Estaba demasiado agotado para sentir mucho
interés por su nuevo estado de iluminación.
—¿Significa eso que tenéis que iros? —preguntó—. ¿Tenéis que ir a buscar a los Hermanos?
—Nos dijeron que los llamáramos en cuanto te despertaras —respondió Alec, pero negaba con la
cabeza incluso mientras lo decía—. Pero no si no quieres que lo hagamos.
—Me siento muy cansado —confesó Jace—. Si pudiera dormir unas cuantas horas más…
—Claro. Claro que sí. —Isabelle le echó el cabello hacia atrás, y se lo apartó de los ojos. Su tono era
firme, absoluto, feroz como una madre osa protegiendo a su osezno.
Jace comenzó a cerrar los ojos.
—¿Y no me dejaréis solo?
—No —contestó Alec—. No, no te dejaremos solo. Ya lo sabes.
—Nunca. —Isabelle le cogió la mano libre, y se la apretó con fuerza—. Lightwood, juntos —susurró.
De repente, la mano de Jace estaba húmeda por donde se la cogía, y éste se dio cuenta de que Isabelle
estaba llorando, y sus lágrimas le salpicaban. Lloraba por él, porque lo quería; incluso después de todo
lo que había sucedido, aún lo quería.
Ambos lo querían.
Se quedó dormido así, con Isabelle a un lado y Alec al otro, mientras el sol se alzaba con el alba.
—¿Qué quieres decir con que aún no puedo verlo? —quiso saber Clary. Estaba sentada en el borde del
sofá en el salón de Luke; tenía el cordón del teléfono enrollado tan apretado en los dedos que las yemas
se le estaban poniendo blancas.
—Sólo han pasado tres días, y ha estado inconsciente dos —contestó Isabelle. Había voces tras ella, y
Clary aguzó el oído para saber quién estaba hablando. Pensó que distinguía la voz de Maryse, pero
¿estaría hablando con Jace? ¿Alec?—. Los Hermanos Silenciosos siguen examinándolo. Dicen que aún
no debe tener visitas. —¡Jódete… con los Hermanos Silenciosos!
—No, gracias. Una cosa son los tíos fuertes y silenciosos, y otra, que seas un friki.
—¡Isabelle! —Clary se dejó caer contra los blandos cojines. Era un brillante día de otoño, y el sol
entraba a raudales por las ventanas de la sala, aunque eso no servía de nada para ponerla de buen humor
—. Sólo quiero saber si está bien. Que no tiene ninguna lesión permanente, que no se ha hinchado
como un melón…
—Claro que no se ha hinchado como un melón, no seas ridícula.
—¡Y yo qué sé! No lo sé porque nadie me cuenta nada.
—Se encuentra bien —explicó Isabelle, aunque había un deje en su voz que le dijo a Clary que se
estaba guardando algo—. Alec ha estado durmiendo en la cama junto a la suya, y mamá y yo hemos
hecho turnos para estar todo el día con él. Los Hermanos Silenciosos no lo están torturando. Sólo
tienen que averiguar lo que sabe. Sobre Sebastian, el apartamento…, todo eso.
—Pero no me puedo creer que Jace no me haya llamado. A no ser que no quiera verme.
—Igual no quiere —repuso Isabelle—. Puede haber sido todo eso de que le clavaras una espada.
—Isabelle…
—Sólo estaba bromeando, lo creas o no. En el nombre del Ángel, Clary, ¿por qué no tienes un poco de
paciencia? —Isabelle suspiró—. No importa. Me olvido de con quién estoy hablando. Mira, Jace
dijo…, aunque se supone que no debo repetir esto, tenlo en cuenta; dijo que necesitaba hablar contigo
en persona. Si pudieras esperar…
—Eso es todo lo que he estado haciendo —replicó Clary—. Esperar.
Era cierto. Se había pasado las dos últimas noches tumbada en su habitación de la casa de Luke,
esperando noticias sobre Jace y reviviendo la última semana de su vida una y otra vez, con doloroso
detalle. La Cacería Salvaje; la tienda de anticuarios de Praga; peceras llenas de sangre; los túneles que
eran los ojos de Sebastian; el cuerpo de Jace contra el suyo; Sebastian pegándole la Copa Infernal a los
labios, tratando de que los abriera, y el hedor amargo del icor de demonio. Gloriosa ardiendo en su
mano, atravesando a Jace como un rayo de fuego, y el calor del corazón de Jace bajo sus dedos. Ni
siquiera había abierto lo ojos, pero Clary había gritado que estaba vivo, que le latía el corazón, y su
familia se lanzó sobre ellos, incluso Alec, que había estado sujetando a medias a un Magnus
excepcionalmente pálido.
—No paro de darle vueltas a la cabeza. Me estoy volviendo loca.
—Y en eso estamos todos de acuerdo. ¿Sabes qué, Clary?
—¿Qué?
Hubo un silencio.
—No necesitas mi permiso para venir a ver a Jace —contestó Isabelle—. No necesitas el permiso de
nadie para hacer nada. Eres Clary Fray. Te lanzas a la carga en toda situación sin saber qué diablos va a
pasar, y luego la superas por puras narices y locura.
—No en lo que se refiere a mi vida personal, Izzy.
—Hum —masculló Isabelle—. Bueno, pues quizá deberías. —Y colgó el teléfono.
Clary se quedó mirando el auricular, oyendo el distante pitido de marcar. Luego, con un suspiro, colgó
y se fue a su dormitorio.
Simon estaba tumbado en la cama, con los pies sobre los cojines y la barbilla apoyada en las manos. Su
portátil estaba abierto a los pies de la cama, detenido en una escena de Matrix. Alzó la mirada cuando
Clary entró.
—¿Ha habido suerte?
—No exactamente. —Clary fue al armario. Ya se había vestido para la posibilidad de ir a ver a Jace ese
día, con vaqueros y un suave jersey azul que le gustaba a él. Se puso una chaqueta de pana y se sentó
en la cama junto a Simon; luego se puso las botas—. Isabelle no me dice nada. Los Hermanos
Silenciosos no quieren que Jace reciba visitas, pero me da igual. Voy a ir de todos modos.
Simon cerró el portátil y rodó hasta ponerse de espaldas. —Ésa es mi valiente acosadora.
—Cierra el pico —replicó ella—. ¿Quieres venir conmigo? ¿Ver a Isabelle?
—Voy a ver a Becky —contestó él—. En el apartamento.
—Bien. Dale un beso de mi parte. —Acabó de abrocharse los cordones de las botas y se inclinó para
apartarle a Simon el flequillo de la frente—. Primero tuve que acostumbrarme a que tuvieras la Marca.
Ahora tendré que acostumbrarme a que no la tengas.
Él le recorrió el rostro con sus oscuros ojos.
—Con o sin ella, sigo siendo yo.
—Simon, ¿recuerdas qué había escrito en la hoja de la espada? ¿De Gloriosa?
—«Quis ut Deus?»
—Es latín —dijo ella—. Lo he buscado. Significa: «¿Quién es como Dios?». Es una pregunta con
trampa. La respuesta es que nadie: nadie es como Dios. ¿No lo ves?
Él la miró.
—¿Ver qué?
—Lo has dicho. Deus. Dios.
Simon abrió la boca y luego volvió a cerrarla.
—Yo…
—Y sé que Camille te dijo que ella podía decir el nombre de Dios porque no creía en Dios, pero me
parece que tiene que ver lo que crees sobre ti mismo. Si crees que estás maldito, entonces lo estás. Pero
si no lo crees…
Le tocó la mano; él le apretó los dedos brevemente y se los soltó, preocupado.
—Necesito tiempo para pensar en esto.
—Lo que necesites. Pero aquí estoy si necesitas hablar.
—Y yo aquí, si lo necesitas tú. Lo que fuera que pasó entre Jace y tú en el Instituto… Sabes que puedes
venir a casa si quieres hablar.
—¿Cómo está Jordan?
—Bastante bien —contestó Simon—. Maia y él están saliendo juntos. Están en esa fase babosa en la
que creo que debo dejarles espacio todo el tiempo. —Arrugó la nariz—. Cuando ella no está, él no para
de darle vueltas a que se siente inseguro, porque ella ha salido con un puñado de tíos, y él se ha pasado
los últimos tres años entrenando al estilo militar para el Praetor, y tratando de creer que era asexual.
—Oh, vamos. Dudo mucho que a ella le importe eso.
—Ya sabes cómo somos los hombres. Tenemos el ego muy delicado.
—No describiría el ego de Jace como delicado.
—No, Jace es una especie de tanque de artillería antiaérea de los egos masculinos —admitió Simon.
Estaba estirado con la mano derecha sobre el estómago, y el anillo de oro de las hadas relucía en su
dedo. Como el otro había sido destruido, ya no parecía tener ningún poder, pero de todas maneras,
Simon lo llevaba. Clary se inclinó de manera impulsiva, y lo besó en la frente.
—Eres el mejor amigo que nadie podría tener, ¿lo sabes?
—Lo sabía, pero siempre es agradable volver a oírlo.
Clary se echó a reír y se puso en pie.
—Bueno, será mejor que vayamos juntos hasta el metro. A no ser que quieras quedarte por aquí con
mis padres en vez de estar en tu pisito de soltero del centro.
—Bien. Con mi compañero enamorado y mi hermana. —Se levantó de la cama y la siguió al salón—.
¿No vas a usar ningún Portal?
Clary se encogió de hombros.
—No sé. Parece… un gasto inútil. —Cruzó el pasillo, y después de llamar, metió la cabeza en el cuarto
principal—. ¿Luke?
—Pasa. Clary entró, con Simon a su lado. Luke estaba sentado en la cama. El bulto del vendaje que le cubría el
pecho se notaba bajo la camisa de franela. Había una pila de revistas en la cama frente a él. Simon
cogió una.
—Brilla como una Princesa del Hielo: La novia de invierno —leyó en voz alta—. No sé, tío. No sé si
una tiara de copos de nieve te quedaría muy bien.
Luke miró la cama y suspiró.
—Jocelyn pensó que planear la boda nos sentaría bien. Volver a la normalidad y todo eso. —Tenía
bolsas bajo los ojos. Jocelyn había sido la encargada de informarle sobre Amatis, mientras él aún estaba
en la comisaría. Aunque Clary lo había recibido con un abrazo cuando volvió a casa, él no había
mencionado ni una vez a su hermana, y ella tampoco—. Si por mí fuera, me escaparía a Las Vegas y
tendríamos una boda temática de piratas por quince dólares con Elvis presidiendo.
—Y yo podría ser la buscona de honor —sugirió Clary. Miró a Simon expectante—. Y tú podrías ser…
—Oh, no —repuso él—. Soy moderno. Soy demasiado guay para bodas temáticas.
—Juegas a Dragones y Mazmorras. Eres un friki —le corrigió Clary con cariño.
—Ser friki mola —afirmó Simon—. A las damas les encantan los frikis.
Luke carraspeó.
—Supongo que habéis entrado para decirme algo, ¿no?
—Me voy al Instituto a ver a Jace —dijo Clary—. ¿Quieres que te traiga algo?
Él negó con la cabeza.
—Tu madre está en la tienda, cargando. —Se inclinó para alborotarle el cabello e hizo una mueca de
dolor. Se estaba curando, pero poco a poco—. Que te diviertas.
Clary pensó en lo que seguramente le esperaba en el Instituto: una Maryse enfadada, una Isabelle
cansada, un Alec despistado y un Jace que no quería verla; suspiró.
—¿Qué te apuestas?
El túnel del metro olía al invierno que por fin había llegado a la ciudad: metal frío, humedad, suciedad
mojada y un ligero toque de humo. Alec, caminando por las vías, vio que el aliento se le condensaba
ante el rostro formando nubecillas blancas, y se metió la mano libre en el bolsillo del chaquetón
marinero para mantenerla caliente. La luz mágica que sujetaba con la otra mano iluminaba el túnel:
azulejos verdes y crema, descoloridos por el tiempo, y cables sueltos, que colgaban de la pared como
telarañas. Ese túnel llevaba mucho sin ver ningún tren en movimiento.
Alec se había levantado antes de que Magnus se despertara, de nuevo. Esos últimos días, Magnus había
estado durmiendo hasta tarde; estaba descansando de la batalla en el Burren. Había empleado una gran
cantidad de energía para curarse, pero aún no estaba del todo bien. Los brujos eran inmortales, pero no
invulnerables, y «un par de centímetros más arriba, y todo se habría acabado para mí», como había
dicho Magnus, compungido, mientras examinaba la herida de cuchillo. «Me habría parado el corazón.»
Había habido unos instantes, incluso minutos, en los que Alec había creído realmente que Magnus
había muerto. Y después de perder tanto tiempo preocupándose de que envejecería y moriría antes de
Magnus. ¡Qué amarga ironía habría sido! La clase de cosa que merecía reflexionar seriamente, aunque
fuera por un segundo, en la oferta que le había hecho Camille.
Veía luz más adelante: la estación de City Hall, iluminada por arañas y claraboyas. Estaba a punto de
apagar su luz mágica cuando oyó tras él una voz que conocía.
—Alec —oyó—. Alexander Gideon Lightwood.
Alec notó que el corazón le daba un brinco. Se volvió lentamente.
—¿Magnus?
Magnus entró en el círculo iluminado que creaba la luz mágica de Alec. Parecía sombrío, algo poco
habitual en él, con los ojos oscurecidos. Las puntas de su cabello estaban revueltas. Sólo llevaba una
americana sobre una camiseta, y Alec no pudo evitar pensar si tendría frío.
—Magnus —repitió Alec—. Pensaba que estabas dormido.
—Evidentemente —replicó Magnus. Alec tragó con fuerza. Nunca había visto a Magnus enfadado, no de verdad. No así. Los ojos de gato
del brujo miraban remotos, imposibles de descifrar.
—¿Me has seguido? —preguntó Alec.
—Podría decirlo así. Aunque me ha ayudado saber adónde ibas. —Con un rápido movimiento, Magnus
sacó un papel doblado del bolsillo. Bajo la tenue luz, Alec vio que estaba cubierto por una escritura
minuciosa y elegante—. ¿Sabes?, cuando me dijo dónde habías estado y me habló del trato que había
hecho contigo, no la creí. No quería creerla, pero aquí estás.
—Camille te ha dicho…
Magnus alzó una mano para que callara.
—Mejor para ella —dijo con tono cansado—. Claro que me lo ha dicho. Te advertí que era una maestra
de la manipulación y las intrigas, pero no quisiste escucharme. ¿A quién crees que prefiere tener a su
lado? ¿a ti o a mí? Tú tienes dieciocho años, Alexander. No eres exactamente un aliado de gran poder.
—Ya se lo dije —repuso Alec—. No iba a matar a Raphael. Vine y le dije que no había trato, que no
podría hacerlo…
—¿Y tuviste que venir hasta aquí, a esta estación de metro abandonada, para darle ese mensaje? —
Magnus alzó las cejas—. ¿No crees que podrías haberle dado básicamente el mismo mensaje si tan
sólo, quizá, te hubieras mantenido alejado de ella?
—Era…
—Y aunque hubieras venido aquí, que no era necesario, para decirle que no había trato —siguió
Magnus con una calma letal—, ¿por qué estás aquí ahora? ¿Una visita de compromiso? ¿Te iba de
camino? Explícame, Alexander, si hay algo que se me esté escapando.
Alec tragó saliva. Sin duda debía de haber alguna manera de explicárselo. Había estado yendo ahí
abajo, a visitar a Camille, porque era la única persona con la que podía hablar de Magnus. La única
persona que conocía a Magnus, como él, no sólo como el Gran Mago de Brooklyn, sino como a alguien
que podía amar y ser amado, que tenía fragilidades humanas, peculiaridades y diferentes humores,
extraños e irregulares, que Alec no sabía cómo manejar sin consejo.
—Magnus… —Alec dio un paso hacia su novio, y por primera vez (que recordara), Magnus se apartó
de él. Su postura era erguida y hostil. Miraba a Alec como si estuviera mirando a un desconocido, a
alguien que no le cayera muy bien—. Lo siento mucho —continuó Alec. Su voz le sonó rasposa e
insegura—. Nunca pretendí…
—Basta con pensar en ello, ¿sabes? —repuso Magnus—. Eso explica en parte por qué quería el Libro
de lo Blanco. La inmortalidad puede ser una carga. Piensas en los días que se extienden ante ti, cuando
ya has estado en todas partes y lo has visto todo. Lo único que no he vivido ha sido envejecer con
alguien, con alguien a quien amara. Pensé que quizá podrías ser tú. Pero eso no te da derecho a decidir
por mí la extensión de mi vida.
—Lo sé. —El corazón de Alec latía desbocado—. Lo sé, y no iba a hacerlo…
—Estaré fuera todo el día —dijo Magnus—. Ve y recoge tus cosas del apartamento. Deja la llave en la
mesa del comedor. —Sus ojos escrutaron el rostro de Alec—. Se ha acabado. No quiero volver a verte,
Alec. Ni a ti, ni a ninguno de tus amigos. Estoy harto de ser un brujo mascota.
A Alec le habían comenzado a temblar las manos, con tal fuerza que se le había caído la luz mágica. La
luz se apagó, y él cayó de rodillas, palpando el suelo entre la basura y la porquería. Al final, algo se
iluminó delante de él, y al levantarse vio a Magnus ante sí, con la luz mágica en la mano. Brillaba y
parpadeaba con una luz de un extraño color.
—No debería encenderse así —dijo Alec, automáticamente—. Para nadie excepto para un cazador de
sombras.
Magnus la alzó. El corazón de la piedra de luz mágica brillaba de un color rojo oscuro, como el carbón
en el fuego.
—¿Es por tu padre? —preguntó Alec. Magnus no respondió. Se limitó a ponerle la piedra mágica a Alec en la palma. Cuando sus manos se
tocaron, el rostro de Magnus cambió.
—Estás helado.
—¿Sí?
—Alexander… —Magnus lo acercó a sí, y la luz mágica parpadeó entre ellos, cambiando de color
rápidamente. Alec nunca había visto una piedra de luz mágica hacer eso. Puso la cabeza en el hombro
de Magnus y le dejó que lo cogiera. El corazón de Magnus no latía como un corazón humano. Latía
más lento, pero con mayor firmeza. A veces, Alec pensaba que era la cosa más firme que había en su
vida.
—Bésame —pidió Alec.
Magnus le puso la mano en el costado del rostro y con ternura, casi perdido en sus pensamientos, le
acarició la mejilla con el pulgar. Cuando se inclinó para besarlo, olía a madera de sándalo. Alec agarró
la manga de la chaqueta de Magnus, y la luz mágica, entre sus cuerpos, lanzó colores rosa, azul y
verde.
Fue un beso lento y triste. Cuando Magnus se separó, Alec encontró que, de algún modo, sólo él
sujetaba la luz mágica.
—Alu cinta kamu —dijo Magnus en voz baja.
—¿Qué quiere decir?
Magnus se soltó del abrazo de Alec.
—Quiere decir que te amo. Pero eso no cambia nada.
—Pero si me amas…
—Claro que te amo. Más de lo que pensé que podría. Pero aun así hemos acabado —repuso Magnus—.
No cambia lo que has hecho.
—Pero fue sólo un error —susurró Alec—. Un error…
Magnus rió secamente.
—¿Un error? Eso es como decir que el viaje del Titanic fue un pequeño accidente en un bote. Alec,
trataste de acortarme la vida.
—Era que… Ella me lo ofreció, pero lo pensé y no pude hacerlo… No podía hacerte eso.
—Pero tuviste que pensártelo. Y nunca me lo mencionaste. —Magnus meneó la cabeza—. No
confiabas en mí. Nunca lo has hecho.
—Sí que confío —replicó Alec—. Lo haré… Lo intentaré. Dame otra oportunidad…
—No —contestó Magnus—. Y si te puedo dar un consejo, evita a Camille. Hay una guerra en ciernes,
Alexander, y no quieres que se cuestione tu lealtad, ¿cierto?
Se volvió y se alejó lentamente, con las manos en los bolsillos, caminando despacio, como si estuviera
herido, y no sólo por el corte del costado. Pero se alejaba de todos modos. Alec lo observó hasta que
traspasó el brillo de la luz mágica y se perdió de vista.
Dentro del Instituto la temperatura había sido fresca durante el verano, pero en ese momento, con el
invierno ya encima, Clary pensó que se estaba bastante caliente. La nave brillaba con filas de
candelabros, y las vidrieras coloreadas refulgían suavemente. Dejó que la puerta principal se cerrara
tras ella y fue hacia el ascensor. Estaba a mitad del pasillo principal cuando oyó reír a alguien.
Se volvió. Isabelle estaba sentada en uno de los viejos bancos de iglesia, con las largas piernas
apoyadas en el respaldo del banco que tenía enfrente. Llevaba botas que le llegaban a medio muslo,
vaqueros ajustados y un jersey rojo que le dejaba un hombro al descubierto. En la piel tenía dibujos
negros; Clary recordó que Sebastian había dicho que no le gustaba que las mujeres se desfiguraran la
piel con las Marcas, y se estremeció por dentro.
—¿No me has oído llamarte? —preguntó Izzy—. La verdad es que puedes ser increíblemente
obcecada.
Clary se detuvo y se apoyó en un banco.
—No he pasado de ti a propósito. Isabelle bajó las piernas y se puso en pie. Los tacones de las botas eran altos, y hacían que le pasara un
buen trozo a Clary.
—Oh, ya lo sé. Por eso no he dicho «grosera» sino «obcecada».
—¿Estás aquí para decirme que me vaya? —A Clary le complació que no le temblara la voz. Quería
ver a Jace. Quería verlo más que nada en el mundo. Pero después de todo por lo que había pasado ese
mes, sabía que lo que importaba era que estuviera vivo, y que fuera él mismo. Todo lo demás era
secundario.
—No —contestó Izzy, y comenzó a caminar hacia el ascensor. Clary fue con ella—. Creo que todo esto
es ridículo. Le salvaste la vida.
Clary tragó para sacarse la sensación fría que tenía en la garganta.
—Antes has dicho que había cosas que yo no entendía.
—Y las hay. —Isabelle apretó el botón del ascensor—. Jace podrá explicártelas. He bajado porque creo
que hay otras cosas que debes saber.
Clary escuchó esperando los familiares crujidos, gruñidos y traqueteos del viejo ascensor.
—¿Como cuáles?
—Mi padre ha vuelto —contestó Isabelle, sin mirarla a los ojos.
—¿De visita o para quedarse?
—Para quedarse. —Isabelle parecía calmada, pero Clary recordaba lo dolida que se había sentido
Isabelle al descubrir que Robert se había presentado para el cargo de Inquisidor—. Básicamente, Aline
y Helen nos salvaron de meternos en un auténtico lío por lo que pasó en Irlanda. Cuando fuimos a
ayudarte, lo hicimos sin decírselo a la Clave. Mi madre estaba segura de que, si se lo decíamos,
enviarían guerreros para matar a Jace. No podía hacerlo. Me refiero a que ésta es nuestra familia.
El ascensor se paró con un repiqueteo y un golpe antes de que Clary pudiera decir nada. Siguió adentro
a la otra chica, mientras contenía el extraño impulso de abrazar a Isabelle. Dudaba que a Izzy le
gustara.
—Así que Aline le explicó a la Cónsul, ya que a fin de cuentas es su madre, que no había habido
tiempo de avisar a la Clave, que a ella la habíamos dejado aquí con órdenes estrictas de avisar a Jia,
pero que había pasado algo con los teléfonos y no habían funcionado. Básicamente, mintió todo lo que
pudo. De todas formas, ésa es nuestra historia y nos mantenemos en ella. No creo que Jia la creyera,
pero no importa; tampoco es que Jia fuera a castigar a mamá. Pero tenía que tener alguna explicación a
la que aferrarse para no tener que sancionarnos. Después de todo, la operación no fue ningún desastre.
Fuimos, recuperamos a Jace, matamos a la mayoría de los nefilim oscuros e hicimos huir a Sebastian.
El ascensor dejó de subir y se paró con una buena sacudida.
—Hicimos huir a Sebastian —repitió Clary—. Así que no tenemos ni idea de dónde está, ¿verdad?
Pensé que, como destruí el apartamento, el agujero dimensional, lo podríais localizar.
—Lo hemos intentado —explicó Isabelle—. Dondequiera que esté, sigue hallándose más allá de
nuestras capacidades de rastreo. Y según los Hermanos Silenciosos, la magia que hizo Lilith… Bueno,
Sebastian es fuerte, Clary. Muy fuerte. Tenemos que suponer que está por ahí, con la Copa Infernal,
planeando su siguiente paso. —Abrió la puerta del ascensor y salió—. ¿Crees que volverá a por ti, o
Jace?
Clary pensó un momento.
—No ahora mismo —contestó por fin—. Para él éramos las últimas piezas de un puzzle. Primero
querrá tenerlo todo organizado. Querrá un ejército. Querrá estar preparado. Nosotros somos… como los
premios que puede ganar. Para no tener que estar solo.
—La verdad es que debe de sentirse muy solo —dijo Isabelle. No había compasión en su voz; era
únicamente una observación.
Clary pensó en él, en el rostro que había tratado de olvidar, que le perseguía en sus pesadillas nocturnas
y sus ensoñaciones diurnas.
«Me preguntaste a quién pertenecía yo.» —No tienes ni idea.
Llegaron a la escalera que daba a la enfermería. Isabelle se detuvo, con la mano en el cuello. Clary vio
la silueta cuadrada de su colgante con el rubí bajo el jersey.
—Clary…
De repente, Clary se sintió incómoda. Se enderezó, sin querer mirar a Isabelle.
—¿Cómo es? —preguntó Isabelle de repente.
—¿Cómo es qué?
—Estar enamorada —contestó Isabelle—. ¿Cómo sabes si lo estás? ¿Y cómo sabes si la otra persona te
ama?
—Hum…
—Como Simon —añadió Isabelle—. ¿Cómo viste que estaba enamorado de ti?
—Bueno —respondió Clary—. Eso me dijo.
—Eso te dijo.
Clary se encogió de hombros.
—Y antes de eso, ¿no tenías ni idea?
—No, la verdad es que no —contestó Clary, recordando el momento—. Izzy… Si sientes algo por
Simon, o si quieres saber si él siente algo por ti… quizá deberías decírselo.
Isabelle jugueteó con un inexistente hilillo en el puño del jersey.
—¿Decirle qué?
—Lo que sientes por él.
Isabelle pareció rebelarse.
—No debería tener que hacerlo.
Clary meneó la cabeza.
—¡Dios! ¡Alec y tú os parecéis mucho!
Isabelle la miró abriendo mucho los ojos.
—¡No es cierto! Somos totalmente diferentes. Yo salgo con diferentes chicos, y él nunca había salido
con nadie antes de Magnus. Él es celoso, y yo no.
—Todo el mundo es celoso —sentenció Clary—. Y ambos sois muy estoicos. Es amor, no la batalla de
las Termópilas. No tenéis por qué tomároslo todo como si fuera el último bastión. No tenéis que
guardároslo todo dentro.
Isabelle alzó las manos.
—Y de repente, tú eres la experta, ¿no?
—No soy experta —replicó Clary—. Pero conozco a Simon. Si no le dices nada, él supondrá que no
estás interesada, y se dará por vencido. Te necesita, Izzy, y tú a él. Sólo que él también necesita que
seas tú quien lo diga.
Isabelle suspiró y comenzó a subir la escalera. Clary la oía mascullar mientras avanzaban.
—Es culpa tuya, ¿sabes? Si no le hubieras roto el corazón…
—¡Isabelle!
—Bueno, se lo rompiste.
—Sí, y me parece recordar que cuando se convirtió en rata fuiste tú quien sugirió que lo dejáramos en
forma de rata, permanentemente.
—No lo hice.
—Sí que lo hiciste… —Clary se calló de golpe. Habían llegado al piso siguiente, donde un largo
pasillo se abría en ambos sentidos. Ante la puerta doble de la enfermería se hallaba un Hermano
Silencioso, en su hábito de color pergamino, con las manos juntas y la cabeza gacha como en una
postura meditativa.
Isabelle lo señaló con un gesto exagerado.
—Aquí estás —dijo—. Buena suerte. Te hará falta para pasar ante él y ver a Jace.
Y se fue por el pasillo, con los tacones repiqueteando sobre el suelo de madera. Clary suspiró por dentro y se sacó la estela del cinturón. Dudaba que existiera alguna runa de glamour
que pudiera engañar a un Hermano Silencioso pero, quizá, si podía acercarse lo suficiente para
marcarle una runa de sueño sobre la piel…
«Clary Fray.» La voz que sonó en su cabeza era divertida, y también conocida. No tenía sonido, pero
Clary reconoció la forma de los pensamientos, igual que se puede reconocer a alguien por el modo en
que ríe o respira.
—Hermano Zachariah. —Resignada, volvió a guardar la estela y se acercó a él, deseando que Isabelle
se hubiera quedado con ella.
«Supongo que estás aquí para ver a Jonathan —dijo él alzando la cabeza de su postura de meditación.
Su rostro seguía bajo las sombras de la capucha, aunque Clary le alcanzaba a ver el contorno anguloso
del pómulo—. A pesar de las órdenes de la Hermandad.»
—Por favor, llámalo Jace. De otro modo resulta muy confuso.
«Jonathan es un buen nombre para un cazador de sombras; fue el primer nombre. Los Herondale
siempre han mantenido los nombres en la familia…»
—No fue un Herondale quien le puso ese nombre —indicó Clary—. Aunque tiene una daga de su
padre. Pone S. W. H. en la hoja.
«Stephen William Herondale.»
Clary dio otro paso hacia la puerta, y hacia Zachariah.
—Sabes mucho de los Herondale —comentó—. Y de todos los Hermanos Silenciosos, pareces el más
humano. La mayoría de ellos no muestran ninguna emoción. Son como estatuas. Pero tú pareces sentir
las cosas. Recuerdas tu vida.
«Ser un Hermano Silencioso es mi vida, Clary Fray. Pero si te refieres a mi vida antes de la
Hermandad, es cierto.»
Clary respiró hondo.
—¿Alguna vez estuviste enamorado? ¿Antes de la Hermandad? ¿Hubo alguna vez alguien por quien
habrías muerto?
Sobrevino un largo silencio.
«Dos personas —contestó el hermano Zachariah finalmente—. Son recuerdos que el tiempo no borra,
Clarissa. Pregunta a tu amigo Magnus Bane, si no me crees. La eternidad no hace que se olvide la
pérdida, sólo la hace soportable.»
—Bueno, yo no tengo una eternidad —repuso Clary en voz baja—. Por favor, déjame ver a Jace.
El hermano Zachariah no se movió. Clary seguía sin poder verle el rostro, sólo sombras y planos bajo
la capucha de su hábito. Sólo las manos, cogidas ante sí.
—Por favor —rogó Clary.
Alec saltó al andén de la estación de metro de City Hall y fue hacia la escalera. Había bloqueado en su
mente la imagen de Magnus marchándose de él con un pensamiento y sólo uno: iba a matar a Camille
Belcourt.
Subió la escalera mientras sacaba un cuchillo serafín del cinturón. La luz era tenue y vacilante; llegó a
vestíbulo bajo el City Hall Park, donde unas claraboyas tintadas permitían el paso a la luz invernal. Se
metió la piedra de luz mágica en el bolsillo y alzó el cuchillo serafín.
—Amriel —susurró, y la hoja se encendió como un rayo en sus manos. Alzó la barbilla y pasó la
mirada por todo el vestíbulo. El sofá de respaldo alto estaba allí, pero Camille no se hallaba en él. Le
había enviado un mensaje diciéndole que iría, así que no debía sorprenderle que ella no se hubiera
quedado a esperarlo. Furioso, cruzó el vestíbulo y le dio una patada al sofá, con fuerza. Éste se volcó
con un crujido de madera y una nube de polvo; una de las patas se quebró.
Desde un rincón de la estancia le llegó una tintineante risita plateada.
Alec se volvió en redondo, con el cuchillo serafín ardiéndole en la mano. Las sombras de los rincones
eran profundas y densas; incluso la luz de Amriel no podía penetrarlas.
—¿Camille? —llamó, con una voz peligrosamente tranquila—. Camille Belcourt. Ven aquí ahora Otra risita, y una forma salió de la oscuridad. Pero no era Camille.
Era una niña, seguramente de no más de doce o trece años, muy delgada, con un par de vaqueros
gastados y una camiseta rosa de manga corta con un brillante unicornio. También llevaba una larga
bufanda rosa, con los extremos manchados de sangre. La sangre le cubría la parte inferior del rostro y
le manchaba el cuello de la camiseta. Miró a Alec con ojos muy abiertos y alegres.
—Te conozco —susurró ella, y cuando habló, Alec vio un destello de sus afilados incisivos. Vampira
—. Alec Lightwood. Eres amigo de Simon. Te he visto en los conciertos.
Él se la quedó mirando. ¿La había visto antes? Quizá; el paso de un rostro entre las sombras de un bar,
una de esas actuaciones a las que Isabelle lo arrastraba. No estaba seguro. Pero eso no significaba que
no supiera quién era.
—Maureen —dijo—. Eres la Maureen de Simon.
Ella se miró las manos, que estaban enguantadas en sangre, como si las hubiera hundido en un charco
de ella. Y tampoco era sangre humana, pensó Alec. Era la sangre oscura, roja como un rubí, de un
vampiro.
—Estás buscando a Camille —dijo en un sonsonete—. Pero ella ya no está aquí. Oh, no. Se ha ido.
—¿Se ha ido? —preguntó Alec—. ¿Qué quieres decir con que se ha ido?
Maureen soltó una risita.
—Ya sabes cómo funcionan las leyes de los vampiros, ¿no? Quien mata al jefe del clan se convierte en
su jefe. Y Camille era la jefa del clan de Nueva York. Oh, sí, era.
—¿Al… alguien la ha matado?
Maureen se puso a reír alegremente.
—No alguien, tonto —repuso ella—. He sido yo.
El techo arqueado de la enfermería estaba pintado de azul, con un dibujo rococó de querubines
extendiendo cintas de oro, y nubes blancas al viento. Filas de camas de metal se alineaban contra las
paredes de la izquierda y la derecha, dejando un pasillo en medio. Dos altas claraboyas permitían pasar
la luz del sol invernal, aunque eso de poco servía para calentar la fría habitación.
Jace se hallaba sentado en una de las camas, apoyado en un montón de almohadas que había cogido de
las otras camas. Llevaba unos vaqueros con los bajos deshilachados y una camiseta gris. Tenía un libro
sobre las rodillas. Alzó la mirada cuando Clary entró en la sala, pero no dijo nada mientras ésta se
acercaba a la cama.
El corazón de Clary había comenzado a latirle con fuerza. El silencio era casi opresivo; Jace la siguió
con la mirada mientras ella llegaba a los pies de la cama y se detenía allí, con las manos en el metal de
la estructura. Ella le observó el rostro. En muchas ocasiones había tratado de dibujarlo, había tratado de
capturar aquella inefable cualidad que hacía que Jace fuera Jace, pero sus dedos nunca habían sido
capaces de plasmar en el papel lo que ella veía. Ahí estaba ahora, donde no había estado cuando él se
hallaba bajo el control de Sebastian, o como quisieran llamarlo, alma o espíritu, mirándola desde sus
ojos.
Ella apretó la mano en la cama.
—Jace…
Él se puso un mechón de cabello tras la oreja.
—Es… ¿Te han dicho los Hermanos Silenciosos que puedes estar aquí?
—No exactamente.
La comisura de la boca de Jace le tironeó.
—¿Así que los has noqueado con un leño y te has colado? La Clave no ve nada bien esa clase de cosas,
¿sabes?
—Guau. De verdad que no me dejas pasar ni una, ¿no? —Se sentó en la cama junto a él, en parte para
estar a la misma altura, y en parte para disimular que le temblaban las rodillas.
—He aprendido a no hacerlo —repuso él, y dejó el libro a un lado.
Clary sintió como si la hubiera abofeteado. —No quería hacerte daño —dijo en una voz que le salió casi como un susurro—. Lo siento.
Él se irguió y pasó las piernas sobre el borde de la cama. No estaban muy apartados, compartiendo la
cama, pero él se retenía; Clary lo veía. Podía ver que había secretos tras sus ojos, notaba su vacilación.
Deseaba tenderle la mano, pero se mantuvo inmóvil y con la voz tranquila.
—Nunca he tratado de hacerte daño. Y no me refiero sólo en el Burren. Me refiero al momento en que
tú, el auténtico tú, me dijiste lo que querías. Debería haberte escuchado, pero en lo único que pensaba
era en salvarte, en sacarte de allí. No te escuché cuando dijiste que querías entregarte a la Clave y, por
eso, ambos casi acabamos como Sebastian. Y cuando hice lo que hice con Gloriosa… Alec e Isabelle
deben de haberte explicado que la espada estaba destinada a Sebastian. Pero no pude llegar a él en
medio de la batalla. No pude. Y pensé en lo que me habías dicho, en que preferías morir que vivir bajo
el influjo de Sebastian. —Se le cortó la voz—. El auténtico tú, me refiero. No podía preguntártelo.
Tuve que suponerlo. Tienes que saber que fue terrible herirte así. Saber que podrías haber muerto y que
habría sido mi mano la que había sostenido la espada que te mató, pero arriesgué tu vida porque
pensaba que era lo que me habrías pedido y, después de traicionarte una vez, pensé que te lo debía.
Pero si me equivoqué… —Se calló, pero él siguió en silencio. El estómago se le retorció de inquietud
—. Entonces, lo lamento. No puedo hacer nada para compensarte. Pero quería que supieras que lo
siento.
Se calló de nuevo, y esta vez el silencio se alargó más y más, como un hilo tensado al máximo.
—Ya puedes hablar —soltó ella finalmente—. La verdad es que sería magnífico que lo hicieras.
Jace la miraba incrédulo.
—Déjame ver si lo he entendido bien —comenzó—. ¿Has venido aquí a disculparte conmigo?
Ella se sorprendió.
—Claro que sí.
—¡Clary, me salvaste la vida!
—Te apuñalé. Con una enorme espada. Te pusiste a arder.
Los labios de Jace se curvaron de manera casi imperceptible.
—De acuerdo —dijo él—. Quizá nuestros problemas no sean como los de las otras parejas. —Alzó una
mano como si fuera a acariciarle el rostro, pero la bajó rápidamente—. Te oí, ¿sabes? —continuó más
bajo—. Diciéndome que no estaba muerto. Pidiéndome que abriera los ojos.
Se miraron el uno al otro en medio de un silencio que seguramente sólo durara unos instantes, pero que
a Clary le parecieron horas. Se alegraba tanto de verlo así, completamente él, que casi olvidó el miedo
de que todo iba a ir fatal en los próximos minutos.
—¿Por qué crees que me enamoré de ti? —preguntó Jace finalmente.
Eso era lo que ella menos esperaba que le preguntara.
—No lo sé… Ésa no es una pregunta justa.
—A mí me lo parece —replicó él—. ¿Crees que no te conozco, Clary? ¿La chica que entró en un hotel
lleno de vampiros porque su mejor amigo estaba allí y necesitaba que lo salvaran? ¿Que abrió un Portal
y se transportó a Idris porque no soportaba la idea de no participar en la acción?
—Me gritaste por eso…
—Me estaba gritando a mí —repuso él—. Nos parecemos mucho en algunos aspectos. Somos
temerarios. No pensamos antes de actuar. Hacemos lo que sea por la gente a la que queremos. Y nunca
pensé lo que eso asustaba a la gente que me quería hasta que lo vi en ti y me aterrorizó. ¿Cómo podía
protegerte si no me dejabas? —Se inclinó hacia ella—. Eso, por cierto, es una pregunta retórica.
—Bien. Porque no necesito que me protejan.
—Sabía que dirías eso. Pero la cuestión es que, a veces, sí. Y, a veces, yo también. Se supone que
debemos protegernos el uno al otro, pero no de todo. No de la verdad. Eso es lo que significa amar a
alguien pero dejar que sea quien es.
Clary se miró las manos. Deseaba tanto tocarlo. Era como visitar a alguien en prisión, donde se podía
ver al otro claramente, pero había un cristal irrompible de separación. —Me enamoré de ti —continuó él— porque eras una de las personas más valientes a quienes había
conocido. Entonces, ¿cómo podía pedirte que dejaras de ser valiente sólo porque te amaba? —Se pasó
las manos por el cabello, que le quedó revuelto y de punta con rizos que Clary ansiaba alisar—. Viniste
a buscarme. Me salvaste cuando casi todos los demás se habían rendido, e incluso los que no se habían
rendido no sabían qué hacer. ¿Crees que no sé por lo que pasaste? —Se le velaron los ojos—. ¿Cómo
puedes creer que podría estar enfadado contigo?
—Entonces, ¿por qué no has querido verme?
—Porque… —Jace sacó aire—. Muy bien, buena observación, pero hay algo que no sabes. La espada
que empleaste, la que Raziel le dio a Simon…
—Gloriosa —repuso Clary—. La espada del Arcángel Miguel. Se destruyó.
—No se destruyó. Volvió a su lugar de procedencia una vez que el fuego celestial la consumió. —Jace
sonrió levemente—. De otro modo, nuestro Ángel habría tenido que dar muchas explicaciones cuando
Miguel se enterara de que su colega Raziel había prestado su espada favorita a un puñado de humanos
descuidados. Pero me voy por las ramas. La espada…, la forma en que ardía… no era fuego normal.
—Eso ya lo supuse. —Clary deseaba que Jace la rodeara con los brazos y la apretara contra sí. Pero él
parecía querer mantener el espacio entre ellos, así que se quedó donde estaba. Era como un dolor físico,
estar tan cerca de él y no poder tocarlo.
—Ojalá no te hubieras puesto ese jersey —murmuró Jace.
—¿Qué? —Ella se miró—. Creía que te gustaba.
—Y me gusta —respondió él, y sacudió la cabeza—. No importa. Ese fuego… era fuego celestial. El
matorral ardiente, el fuego y el azufre, la columna de fuego que guió a los hijos de Israel… ése es el
fuego del que estamos hablando. «Porque un fuego se ha encendido en mi ira, y arderá hasta las
profundidades del Infierno; devorará la tierra y sus frutos, y abrasará las bases de los montes.» Ése es el
fuego que abrasó lo que Lilith me había hecho. —Cogió el borde de la camiseta y se la levantó. Clary
tragó aire, porque sobre el corazón, en la fina piel del pecho, ya no había Marca, sólo una cicatriz
blanca cerrada donde la espada le había penetrado.
Clary extendió la mano, queriendo tocarlo, pero él se apartó, negando con la cabeza. Ella notó la
expresión dolida apareciendo en su rostro antes de poder esconderla. Él se bajó la camiseta.
—Clary, ese fuego… aún está dentro de mí.
Ella lo miró fijamente.
—¿Qué quieres decir?
Jace respiró hondo y tendió las manos, con las palmas arriba. Ella las miró, delgadas y conocidas, con
la runa de visión en su mano derecha desdibujada y cicatrices blancas sobre ella. Mientras ambos las
miraban, las manos comenzaron a temblarle ligeramente, y luego, bajo la mirada incrédula de Clary, se
fueron volviendo transparentes. Como si la hoja de Gloriosa hubiera comenzado a arder, la piel de Jace
pareció volverse de cristal, cristal que contenía en su interior un oro que se movía, se oscurecía y ardía.
Clary vio el contorno de su esqueleto a través de la piel trasparente, huesos dorados conectados a
tendones de fuego.
Lo oyó tragar aire secamente. Entonces, él alzó la cabeza y la miró a los ojos. Los de él eran dorados.
Siempre habían sido dorados, pero Clary podría jurar que ese dorado también vivía y ardía. Jace
respiraba pesadamente, y el sudor le relucía sobre las mejillas y la clavícula.
—Tienes razón —dijo Clary—. Nuestros problemas no son como los de las otras parejas.
Jace la miró incrédulo. Lentamente, cerró los puños, y el fuego se desvaneció, dejando sólo sus manos
de siempre, intactas.
—¿Eso es todo lo que tienes que decir? —preguntó él, medio ahogado por la risa.
—No, tengo mucho más que decir. ¿Qué está pasando? ¿Ahora tus manos son armas? ¿Eres la
Antorcha Humana? ¿Qué diablos…?
—No sé qué es la Antorcha Humana, pero… Muy bien, mira, los Hermanos Silenciosos me han dicho
que ahora porto dentro el fuego celestial. En mis venas. En mi alma. Cuando me desperté, sentí como si respirara fuego. Alec e Isabelle pensaron que sería un efecto temporal de la espada, pero al ver que no
desaparecía, llamaron a los Hermanos Silenciosos. El hermano Zachariah me dijo que no sabría cuán
temporal sería. Y lo quemé; me estaba tocando con la mano cuando lo dijo, y sentí una descarga de
energía pasando a través de mí.
—¿Una quemadura grave?
—No. Menor, pero aun así…
—Por eso no quieres tocarme. —Clary se dio cuenta de repente—. Tienes miedo de quemarme.
Él asintió.
—Nadie ha visto nunca nada igual, Clary. Ni antes, ni nunca. La espada no me mató. Pero me dejó
esto…, esta parte de algo letal dentro de mí. A veces es tan fuerte que probablemente mataría a un
humano corriente, quizá incluso a un cazador de sombras. —Exhaló un profundo suspiro—. Los
Hermanos Silenciosos están trabajando para ver cómo podría controlarlo, o librarme de ello. Pero como
puedes imaginar, no soy su principal prioridad.
—Porque lo es Sebastian. Has oído que destruí el apartamento. Sé que tiene otras maneras de ir por ahí,
pero…
—¡Ésa es mi chica! Pero tiene reservas. Otros escondites. No sé cuáles son. No me lo dijo nunca. —Se
inclinó hacia ella, tan cerca que Clary pudo ver los colores cambiantes de sus ojos—. Desde que
desperté, los Hermanos Silenciosos no han dejado de acompañarme. Tuvieron que realizar de nuevo la
ceremonia, la que les hacen a los cazadores de sombras al nacer para mantenerlos a salvo. Y luego se
me metieron en la cabeza. Buscando, tratando de sacar el más mínimo detalle de información sobre
Sebastian, cualquier cosa que yo haya podido saber pero que no recuerdo. Pero… —Jace movió la
cabeza, frustrado—. No hay nada. Conocía sus planes hasta la ceremonia en el Burren. Más allá de eso,
no tengo ni idea de lo que va a hacer ahora. Dónde puede atacar. Saben que ha estado trabajando con
demonios, así que están reforzando las salvaguardas, sobre todo alrededor de Idris. Pero me siento
como si nos hubiéramos olvidado de algo importante en todo este asunto, algún conocimiento secreto
que yo tengo…, y ni siquiera tenemos eso.
—Pero si supieras algo, Jace, él cambiaría sus planes —objetó Clary—. Sabe que te ha perdido. Los
dos estabais atados. Oí un grito terrible cuando te clavé la espada. —Se estremeció—. Era un terrible
sonido de pérdida. De algún modo extraño, sí que le importabas, creo. Y aunque todo fuera horroroso,
ambos sacamos algo que puede resultar útil.
—¿Que es…?
—Lo entendemos. Quiero decir, tanto como alguien pueda llegar a entenderlo. Y eso no se puede borrar
con un cambio de planes.
Jace asintió lentamente.
—¿Sabes a quién creo que entiendo ahora también? A mi padre.
—Valen… No —dijo Clary, observando su expresión—. Te refieres a Stephen.
—He estado leyendo sus cartas. Las cosas de la caja que me dio Amatis. Escribió una carta para mí,
¿sabes?, que pretendía que leyera después de su muerte. Me dijo que fuera un hombre mejor de lo que
él había sido.
—Lo eres —repuso Clary—. Es esos momentos, en el apartamento, cuando eras tú, te importaba más
hacer lo que debías hacer que tu propia vida.
—Lo sé —dijo Jace, mirándose los marcados nudillos—. Eso es lo raro. Lo sé. Tenía muchas dudas
sobre mí mismo, siempre, pero ahora entiendo la diferencia entre Sebastian y yo. Entre Valentine y yo.
Incluso la diferencia entre ellos dos. Valentine creía de verdad que estaba haciendo lo correcto. Odiaba
a los demonios. Pero para Sebastian, la criatura que considera su madre es uno. Gobernaría contento
sobre una raza de cazadores de sombras oscuros que obedecieran a los demonios, mientras éstos
masacraran a su voluntad a los humanos corrientes de este mundo. Valentine aún creía que la misión de
los cazadores de sombras era proteger a los seres humanos; Sebastian los considera cucarachas. Y no quiere proteger a nadie. Sólo quiere lo que quiere en el momento en que lo quiere. Y lo único que siente
es enfado cuando se frustra.
Clary no estaba tan segura. Había visto a Sebastian mirar a Jace, incluso a sí misma, y sabía que había
algo en él tan solitario como el más oscuro vacío del espacio. La soledad lo guiaba tanto como el deseo
de poder; la soledad y la necesidad de ser amado sin tener la comprensión correspondiente de que el
amor era algo que uno se ganaba. Sin embargo, se calló esas ideas.
—Bueno, entonces vamos a frustrarlo —dijo en su lugar.
Una sonrisa asomó en el rostro de Jace.
—Sabes que te quiero rogar que te quedes al margen de esto, ¿verdad? Va a ser una batalla despiadada.
Más despiadada de lo que creo que la Clave ni siquiera comienza a comprender.
—Pero no vas a hacerlo —repuso Clary—. Porque eso te convertiría en un idiota.
—¿Te refieres a que necesitamos tu poder con las runas?
—Bueno, eso y… ¿Has escuchado algo de lo que acabas de decir? ¿Todo eso de protegernos el uno al
otro?
—Te informo de que he practicado ese discurso. Delante del espejo, antes de que llegaras.
—¿Y qué crees que significa?
—No estoy seguro —admitió Jace—, pero sé que he quedado de lo mejor soltándotelo.
—Dios, había olvidado lo irritante que eres cuando no estás poseído —masculló Clary—. ¿Necesito
recordarte que has dicho que tienes que aceptar que no me puedes proteger de todo? La única manera
en que podemos protegernos es si estamos juntos. Si nos enfrentamos juntos a lo que sea. Si confiamos
el uno en el otro. —Lo miró directamente a los ojos—. No debería haberte impedido que fueras a la
Clave llamando a Sebastian. Debería haber respetado tu decisión. Y tú debes respetar la mía. Porque
vamos a estar juntos mucho tiempo, y ésta es la única manera de que funcione.
Él acercó la mano hacia ella sobre la manta.
—Estar bajo la influencia de Sebastian… —dijo él con voz ronca—. Ahora me parece una pesadilla.
Aquel lugar de locos, aquellos armarios llenos de ropa para tu madre…
—Así que lo recuerdas —susurró ella.
Jace le rozó las yemas de los dedos con las suyas, y Clary casi dio un bote. Ambos contuvieron el
aliento mientras él la acariciaba; ella no se movió, pues observaba cómo a Jace poco a poco se le iban
relajando los hombros y desaparecía la mirada ansiosa de su rostro.
—Lo recuerdo todo —contestó él—. Recuerdo el bote en Venecia, el club en Praga. Aquella noche en
París, cuando era yo.
Clary notó que la sangre se le aceleraba bajo la piel, y le ardió la cara.
—En cierto sentido, hemos pasado por algo que nadie más puede entender —continuó él—. Y me ha
hecho darme cuenta de algo. Siempre hemos estado absolutamente mejor juntos. Alzó el rostro hacia
ella. Estaba pálido, y el fuego le destellaba en los ojos—. Voy a matar a Sebastian. Voy a matarlo por lo
que me hizo, por lo que te hizo a ti, y por lo que le hizo a Max. Voy a matarlo por lo que ha hecho y por
lo que hará. La Clave lo quiere muerto, y ellos lo perseguirán. Pero quiero que sea mi mano la que
acabe con él.
Entonces ella tendió la mano y se la puso en la mejilla. Él se estremeció y entrecerró los ojos. Clary se
esperaba que tuviera la piel caliente, pero la notó fría bajo la mano.
—¿Y si soy yo quien lo mata?
—Mi corazón es tu corazón —contestó él—. Mis manos son tus manos.
Sus ojos eran del color de la miel y se deslizaron tan lentamente como la miel sobre el cuerpo de Clary
cuando él la miró de arriba abajo por primera vez desde que ella había entrado en la enfermería, desde
el cabello alborotado hasta las botas de los pies. Cuando sus ojos se encontraron de nuevo, Clary tenía
la boca seca. —¿Recuerdas —preguntó él— cuando nos conocimos y te dije que estaba seguro, al noventa por
ciento, de que dibujarte la runa no te mataría, y tú me diste una bofetada y me dijiste que era por el otro
diez por ciento?
Clary asintió con la cabeza.
—Siempre había supuesto que me mataría algún demonio —prosiguió Jace—. Un subterráneo
renegado. Una batalla. Pero entonces me di cuenta de que podía morirme si no lograba besarte, y
pronto.
Clary chasqueó los secos labios.
—Bueno, lo hiciste —dijo ella—. Lo de besarme, me refiero.
Él le cogió un rizo entre los dedos. Estaba tan cerca como para que ella notara el calor de su cuerpo, el
olor a jabón, piel y cabello.
—No lo suficiente —replicó él, mientras dejaba que el rizo se le escapara de la mano—. Si te besara
todo el día durante todos los días que me quedan de vida, no sería suficiente.
Él inclinó la cabeza. Ella no pudo evitar inclinar también la suya. Los recuerdos de París le llenaban la
cabeza: abrazarlo como si fuera a ser la última vez que lo abrazaba; y casi lo había sido. Su sabor, su
respiración, sus caricias. Lo oyó respirar. Las pestañas de Jace le cosquillearon la mejilla. Sólo unos
milímetros separaban sus labios, y luego ya no fueron ni milímetros; se rozaron levemente primero, y
luego con mayor presión. Se acercaron el uno al otro…
Y Clary notó una chispa; no dolorosa, sino más bien como una ligera sacudida de electricidad estática.
Pasó entre ellos, y Jace se apartó rápidamente. Estaba sonrojado.
—Quizá tengamos que trabajar esto un poco.
A Clary aún le daba vueltas la cabeza.
—De acuerdo.
Él miraba hacia delante, aún jadeante.
—Quiero darte una cosa.
—Ya me lo imagino.
Él la miro de golpe y, casi sin querer, sonrió.
—Eso no. —Se metió la mano por el cuello de la camiseta y sacó el anillo Morgenstern con la cadena.
Se lo sacó por la cabeza y se lo puso en la mano a Clary. Conservaba el calor de su piel.
—Alec se lo pidió a Magnus para mí. ¿Volverás a llevarlo?
Ella cerró el puño sobre el anillo.
—Siempre.
Su sonrisa irónica se suavizó. Ella se atrevió a ponerle la mano en el hombro. Notó que él contenía el
aliento, pero permaneció inmóvil. Al principio Jace se tensó, pero el cuerpo se le fue relajando
lentamente, y se quedaron así. Era duro y caliente, pero dulce y amigable.
Jace carraspeó.
—¿Sabes que esto significa que lo que hicimos…, lo que casi hicimos en París…?
—¿Subir a la Torre Eiffel?
Él le puso un mechón tras la oreja.
—No me dejas pasar ni una, ¿verdad? No importa. Eso es una de las cosas que me gustan de ti. Bueno,
pues la otra cosa que casi hicimos en París…, seguramente eso quede aparcado durante un tiempo. A no
ser que quieras que ese rollo de «me consumo de pasión y ardo en deseos por ti» se convierta en algo
literal de un modo bastante desagradable.
—¿Nada de besos?
—Bueno…, besos, quizá. Pero el resto…
Ella rozó la mejilla contra la de él.
—Me parece bien si te lo parece a ti.
—Claro que no me parece bien. Soy un adolescente. Por lo que a mí respecta, es lo peor que ha pasado
desde que descubrí por qué Magnus tiene prohibida la entrada en Perú. —Los ojos se le suavizaron—. Pero eso no cambia lo que somos el uno para el otro. Es como si siempre me faltara un trozo de alma, y
está dentro de ti, Clary. Sé que una vez te dije que tanto si Dios existe como si no, estamos solos. Pero
cuando estoy contigo, no estoy solo.
Ella cerró los ojos para que él no le viera las lágrimas; lagrimas de alegría por primera vez en mucho
tiempo. A pesar de todo, a pesar de que las manos de Jace seguían en su regazo, Clary sintió un alivio
tan intenso que apagó todo lo demás: la inquietud por dónde estaría Sebastian, y el miedo al futuro
incierto pasaron a un segundo plano. Nada importaba. Estaban juntos, y Jace volvía a ser él. Notó que
él volvía el rostro y la besaba suavemente en la cabeza.
—De verdad me gustaría que no te hubieras puesto ese jersey —le susurró al oído.
—Es para que practiques —replicó ella, moviendo los labios contra la piel de él—. Mañana, medias de
rejilla.
A su lado, cálido y reconfortante, Clary lo notó reír.
—Hermano Enoch —saludó Maryse mientras se levantaba detrás del escritorio—. Gracias por reunirte
con el hermano Zachariah y conmigo habiéndote avisado con tan poco tiempo.
«¿Tiene esto que ver con Jace? —preguntó Zachariah y, si Maryse no hubiera sabido que era imposible,
le habría parecido que había un toque de ansiedad en su voz mental—. Lo he visitado varias veces hoy.
Su estado no ha variado.»
Enoch se removió bajo su hábito.
«Y yo he estado revisando los archivos y los documentos antiguos relativos al fuego celestial. Hay
alguna información sobre el modo en que puede liberarse, pero debes ser paciente. No hay motivo para
llamarnos. Si tenemos alguna novedad, nosotros te llamaremos.»
—No es sobre Jace —repuso Maryse, y salió de detrás del escritorio, con los tacones resonando sobre
el suelo de piedra de la biblioteca—. Es sobre algo totalmente diferente. —Miró hacia abajo. Habían
colocado una alfombra de cualquier manera en el suelo, donde no solía haber ninguna alfombra. Cubría
en parte el delicado dibujo hecho con losetas que formaba la silueta de la Copa, la Espada y el Ángel.
Se agachó, cogió una punta de la alfombra y estiró.
Los Hermanos Silenciosos no ahogaron un grito, claro; no podían emitir ningún sonido. Pero una
cacofonía llenó la cabeza de Maryse, el eco psíquico de su impresión y su horror. El hermano Enoch
retrocedió un paso, mientras que el hermano Zachariah alzó una mano de largos dedos para cubrirse el
rostro, como si pudiera impedir que sus ojos vieran lo que tenían delante.
—No estaba aquí esta mañana —explicó Maryse—. Pero cuando volví esta tarde, estaba esperándome.
Al primer vistazo había pensado que era algún pájaro grande que había encontrado la manera de colarse
en la biblioteca y había muerto ahí, quizá al romperse el cuello contra uno de los altos ventanales. No
dijo nada de la desesperación visceral que la había traspasado como una flecha, ni de la manera en que
había llegado tambaleándose a la ventana y había vomitado por ella en cuanto se había dado cuenta de
lo que estaba viendo.
Un par de alas blancas; no blancas del todo, sino una amalgama de colores que se movían y
parpadeaban al mirarlas: plata claro, reflejos violeta, azul oscuro, ambas alas delineadas en oro. Y
luego, en la raíz, un feo corte que había mutilado hueso y tendón. Alas de ángel: las alas seccionadas de
un ángel vivo. Icor de angélico, del color del oro líquido, manchaba el suelo.
Sobre las alas, un trozo de papel doblado, dirigido al Instituto de Nueva York. Después de echarse agua
en la cara, Maryse había cogido la nota y la había leído. Era corta: una única frase, y estaba firmada
con un nombre en una escritura que le resultaba extrañamente familiar, porque era un eco de la cursiva
de Valentine: las florituras de las letras, la mano fuerte y firme. Pero no era el nombre de Valentine. Era
el nombre de su hijo.
Jonathan Christopher Morgenstern.
Le pasó la nota al hermano Zachariah. Él la cogió y la abrió; leyó, al igual que ella, la única palabra de
griego clásico trazada en una complicada escritura en lo alto de la página.
Erchomai, decía. Voy de camino.
21. AL INFIERNO
21
AL INFIERNO
La hermana de Luke alzó la mirada. Sus ojos azules, tan parecidos a los de Luke, se clavaron en Clary.
Parecía mareada y aturdida, y su expresión estaba un poco descentrada, como si la hubieran drogado.
Trató de ponerse en pie, pero Cartwright la sujetó de nuevo. Sebastian los miró, con la copa en la mano.
Clary intentó avanzar, pero Jace la cogió por el brazo y tiró de ella hacia atrás. Ella le dio una patada,
pero él ya la había cogido en brazos y le tapaba la boca con la mano. Sebastian estaba hablando a
Amatis con un tono de voz grave e hipnótico. Ésta sacudía la cabeza violentamente, pero Cartwright la
cogió por el largo cabello y le tiró la cabeza hacia atrás. Clary la oyó gritar; fue un sonido agudo sobre
el viento.
Clary pensó en la noche que se había quedado despierta viendo a Jace dormir tranquilamente, pensando
en cómo podría acabar con todo aquello con una simple cuchillada. Pero «todo aquello» no había
tenido ninguna cara, ninguna voz, ningún plan. Sin embargo, en ese momento en que tenía la cara de la
hermana de Luke, en ese momento en que Clary sabía el plan, ya era demasiado tarde.
Sebastian agarraba a Amatis por el pelo y le metía la Copa contra la boca. Mientras la obligaba a beber,
ella sufría arcadas y tosía, y un líquido negro le caía por la barbilla.
Sebastian apartó la Copa de golpe, pero ya había hecho su trabajo. Amatis hizo un horrible sonido
áspero y seco, y su cuerpo se irguió de golpe. Los ojos le sobresalían, tan negros como los de
Sebastian. Se golpeó el rostro con las manos, mientras un agudo gemido se le escapaba, y Clary vio
atónita que la runa de visión le iba palideciendo en la mano y luego desaparecía.
Amatis bajó las manos. Su expresión se había suavizado, y sus ojos volvían a ser azules. Los clavó en
Sebastian.
—Suéltala —le dijo el hermano de Clary a Cartwright, mirando a Amatis—. Déjala que venga
conmigo.
Cartwright abrió la cadena que lo unía a Amatis y dio un paso atrás, con una curiosa mezcla de
aprensión y fascinación en el rostro.
Amatis permaneció inmóvil durante un momento, balanceando las manos a los costados. Luego se puso
en pie y fue hacia Sebastian. Se postró ante él, con el cabello rozando el suelo.
—Señor —dijo—. ¿Cómo puedo serviros?
—Levántate —contestó Sebastian, y Amatis se levantó ágilmente del suelo. De repente, parecía
moverse de una manera diferente. Todos los cazadores de sombras eran ágiles, pero ella se movía con
una gracilidad silenciosa que Clary encontró extrañamente escalofriante. Amatis se quedó de pie ante
Sebastian. Por primera vez, Clary vio que lo que había tomado por un largo vestido blanco era un
camisón, como si la hubieran despertado y se la hubieran llevado de la cama. Qué pesadilla, despertarse
allí, entre aquellas siluetas encapuchadas, en aquel lugar amargo y abandonado.
—Ven aquí conmigo —la llamó Sebastian, y Amatis avanzó hacia él. Era, al menos, una cabeza más
baja que él, y tuvo que echar la cabeza hacia atrás mientras él le susurraba algo. Una fría sonrisa se
dibujó en el rostro de Amatis.
Sebastian alzó la mano.
—¿Te gustaría luchar contra Cartwright?
Cartwright tiró la cadena que había estado sujetando y se llevó la mano al cinturón de las armas a
través de una abertura en la capa. Era un hombre joven, con el cabello claro y un rostro ancho y
cuadrado.
—Pero yo…
—Sin duda sería adecuada una demostración de su poder —repuso Sebastian—. Vamos, Cartwright, es
una mujer, y mayor que tú. ¿Tienes miedo?
Cartwright parecía perplejo, pero sacó una larga daga de su cinturón. —Jonathan…
Los ojos de Sebastian destellaron.
—Lucha contra él, Amatis.
Ella curvó los labios.
—Estaré encantada —repuso, y se lanzó. Su velocidad era increíble. Dio un salto en el aire, lanzó el pie
hacia delante y le sacó la daga de las manos a Cartwright. Clary la observó atónita mientras Amatis le
subía por el cuerpo y le clavaba una rodilla en el estómago. Él se tambaleó hacia atrás, y ella le golpeó
en la cabeza con la suya; luego se le puso a la espalda y lo agarró con fuerza por la parte de atrás de la
túnica, tirándolo al suelo. Él cayó a sus pies con un desagradable crujido, y gimió de dolor.
—Y esto es por sacarme de la cama en medio de la noche —dijo Amatis, y le dio un tortazo de revés en
la boca, que ya le sangraba ligeramente.
Un leve murmullo de risas contenidas recorrió la muchedumbre.
—Y ya lo veis —dijo Sebastian—. Incluso un cazador de sombras sin grandes habilidades ni fuerza,
con perdón, Amatis, se puede volver más fuerte y más rápido que su homólogo con adscripción
seráfica. —Se dio con el puño en la palma de la otra mano—. Poder. Auténtico poder. ¿Quién está
preparado para tenerlo?
Hubo un momento de vacilación, y luego Cartwright se puso trabajosamente en pie.
—Yo —contestó, mientras le lanzaba una venenosa mirada a Amatis, que tan sólo sonrió.
Sebastian alzó la Copa Infernal.
—Entonces, acércate.
Cartwright fue hacia Sebastian y, mientras lo hacía, los otros cazadores de sombras rompieron la
formación, fueron hacia donde se hallaba Sebastian y formaron una cola irregular. Amatis se quedó
tranquilamente a un lado, con las manos cogidas. Era la hermana de Luke. Si las cosas hubieran ido
según lo planeado, en ese momento habría sido la tía de Clary.
Amatis. Clary pensó en su casita del canal en Idris, en lo amable que había sido con ella, lo mucho que
había amado al padre de Jace.
«Por favor, mírame —pensó—. Por favor, muéstrame que sigues siendo tú.»
Como si Amatis hubiera oído su silencioso ruego, alzó la cabeza y miró directamente a Clary.
Y sonrió. No era una sonrisa tranquilizadora, sino oscura, fría y ligeramente burlona. Era la sonrisa de
alguien que mira cómo te ahogas, pensó Clary, y no levanta un dedo para ayudarte. No era la sonrisa de
Amatis. No era Amatis en absoluto. Amatis ya no estaba.
Jace le había sacado la mano de la boca, pero Clary no sintió ningún deseo de gritar. Nadie allí la
ayudaría, y la persona que la rodeaba con los brazos, aprisionándola con su cuerpo, no era Jace. Del
mismo modo que las ropas retenían la forma de su dueño aunque éste no las hubiera llevado durante
años, o que una almohada conservaba el contorno de la cabeza de quien había dormido sobre ella
incluso si hacía tiempo que había muerto, Jace conservaba su exterior. Pero eso era todo lo que había,
una cáscara vacía que ella había llenado con sus deseos, su amor y sus sueños.
Y al hacerlo, le había causado un gran daño al auténtico Jace. En su intento de salvarlo, casi había
olvidado a quién estaba salvando. Y recordó lo que él había dicho durante aquellos breves momentos en
que había sido él mismo: «Odio la idea de que él esté contigo». Él. «Ese otro Jace.» Jace había sabido
que eran dos personas diferentes, y que él, con su alma borrada, no era él en absoluto.
Había tratado de entregarse a la Clave, y ella no le había dejado. No había prestado atención a lo que él
quería. Había decidido por él, sin darse cuenta de que su Jace preferiría morir que estar así, y que en
realidad no le había salvado la vida sino que lo había condenado a una existencia que él despreciaría.
Ella se dejó caer sobre él, y Jace, que tomó ese repentino cambio como una señal de que ella había
dejado de luchar, aflojó la fuerza con que la sujetaba. El último de los cazadores de sombras estaba ante
Sebastian, esperando ansioso la Copa Infernal que éste le tendía.
—Clary… —comenzó Jace Ella nunca supo lo que él le habría dicho. Se oyó un grito, y el cazador de sombras que esperaba la
Copa se tambaleó hacia atrás, con una flecha en el cuello. Sin poder creérselo, Clary volvió la cabeza y
vio, en lo alto del dolmen, a Alec, uniformado, sujetando su arco. Éste sonrió satisfecho y se llevó la
mano a la espalda para coger otra flecha.
Y entonces, detrás de él, el resto de ellos fueron apareciendo sobre la llanura. Una manada de lobos,
corriendo cerca del suelo, con el moteado pelaje brillando bajo la luz cambiante. Clary supuso que
Maia y Jordan estarían entre ellos. Detrás caminaban varios cazadores de sombras en una línea
continua, todos conocidos suyos: Isabelle y Maryse Lightwood, Helen Blackthorn y Aline Penhallow, y
Jocelyn, con su cabello rojo visible incluso a esa distancia. Con ellos se hallaba Simon, con la
empuñadura de una espada plateada sobresaliéndole del hombro, y Magnus, con un fuego azul
crepitándole en las manos.
El corazón le saltó en el pecho.
—¡Estoy aquí! —gritó hacia ellos—. ¡Estoy aquí!
—¿La ves? —preguntó Jocelyn—. ¿Está ahí?
Simon trató de centrar la vista en la moviente oscuridad que tenía delante; sus sentidos vampíricos se
aguzaron al notar el claro olor de la sangre, diferentes tipos de sangre mezclada: sangre de cazador de
sombras, sangre de demonio y el amargor de la sangre de Sebastian.
—La veo —exclamó—. Jace la está sujetando. La está arrastrando detrás de esa fila de cazadores de
sombras de allí.
—Si son leales a Jonathan como el Círculo lo era a Valentine, harán un muro de cuerpos para
protegerlos, y a Clary y a Jace junto con él. —Jo celyn era toda una fría furia maternal; sus ojos verdes
ardían—. Tendremos que atravesarlo para llegar a ellos.
—Lo que necesitamos es llegar a Sebastian —dijo Isabelle—. Simon, nosotros te abriremos paso. Tú
ve hasta Sebastian y atraviésalo con Gloriosa. Cuando él caiga…
—Es posible que los otros se dispersen —concluyó Magnus—. O, dependiendo de lo unidos que estén
a Sebastian, puede que mueran o caigan con él. Al menos, podemos albergar esa esperanza. —Echó la
cabeza atrás—. Y hablando de esperanza, ¿habéis visto el disparo de Alec con su arco? ¡Ése es mi
novio! —Sonrió de oreja a oreja y agitó los dedos; chispas azules le salieron de ellos. Todo él brillaba.
Sólo Magnus, pensó Simon con resignación, podría tener acceso a una armadura de combate de
lentejuelas.
Isabelle se desenrolló el látigo de la cintura. Lo hizo restallar ante ella en una lengua de fuego dorado.
—Muy bien, Simon. —Preguntó—: ¿Estás preparado?
A Simon se le tensaron los hombros. Aún los separaba cierta distancia de la línea del ejército contrario
(no sabía de qué otra manera pensar en ellos), que mantenía su posición con túnicas rojas y uniformes,
con las manos erizadas de armas. Algunos de ellos se exclamaban en voz alta, confusos. Simon no pudo
contener una sonrisa.
—En el nombre del Ángel, Simon —exclamó Izzy—. ¿Por qué estás sonriendo?
—Sus cuchillos serafines ya no les funcionan —contestó Simon—. Están tratando de averiguar por
qué. Sebastian acaba de gritarles que usen otras armas.
Se oyó un grito en la línea cuando otra flecha descendió desde la tumba y se hundió en la espalda de un
corpulento cazador de sombras, que se desplomó hacia delante. La línea se movió y se abrió
ligeramente, como una grieta en una pared. Simon, viendo una oportunidad, corrió hacia delante, y los
otros le siguieron.
Era como lanzarse a un océano negro en la noche, un océano lleno de tiburones y criaturas de grandes
dientes chocando unos contra otros. No era la primera batalla en la que Simon participaba, pero durante
la Guerra Mortal acababa de recibir la Marca de Caín. Aún no había comenzado a funcionar, pero
muchos demonios se habían echado atrás con sólo verla. Simon nunca había pensado que llegaría a
echarla de menos, pero en ese momento, mientras trataba de avanzar entre los apiñados cazadores de
sombras, que lo atacaban con sus cuchillos, lo hacía. Tenía a Isabelle a un lado y a Magnus al otro, protegiéndolo, protegiendo a Gloriosa. El látigo de Isabelle estallaba certero y fuerte, y las manos de
Magnus escupían fuego rojo, verde y azul. Látigos de fuego coloreado golpeaban a los nefilim oscuros,
abrasándolos allí mismo. Otros cazadores de sombras gritaron cuando los lobos de Luke se metieron
entre ellos, mordiendo y arañando, saltándoles al cuello.
Una daga cortó el aire con una velocidad increíble, y rasgó a Simon en el costado. Éste gritó pero
continuó avanzando, sabiendo que la herida se le cerraría en segundos. Siguió adelante…
Y se quedó helado. Un rostro conocido estaba ante él. La hermana de Luke. Amatis. Cuando ella lo vio,
Simon notó que lo reconocía. ¿Qué estaba haciendo ella allí? ¿Había ido a luchar con ellos? Pero…
Ella se lanzó contra él, con una daga destellando oscura en la mano. Era rápida, pero no tanto como
para que sus reflejos de vampiro no lo salvaran, si no hubiera estado demasiado atónito para moverse.
Amatis era la hermana de Luke, la conocía, y ese momento de incredulidad bien podría haber sido su
perdición si Magnus no hubiera saltado frente a él y lo hubiera empujado hacia atrás. De la mano de
Magnus salió fuego azul, pero Amatis fue más rápida que el brujo. Esquivó la llama y pasó bajo el
brazo de Magnus, y Simon captó el destello de luna de la hoja de su cuchillo. Magnus abrió los ojos de
sorpresa cuando la hoja negra bajó sobre él, traspasándole la armadura. Ella la arrancó de golpe, con la
hoja pegajosa de sangre reflectante, e Isabelle gritó mientras Magnus caía de rodillas. Simon trató de ir
hacia él, pero el impulso y la presión de los guerreros lo estaban alejando. Gritó el nombre de Magnus
mientras Amatis se inclinaba sobre el brujo caído y alzaba la daga por segunda vez, buscándole el
corazón.
—¡Suéltame! —gritó Clary, forcejeando y lanzando patadas para tratar de liberarse del abrazo de Jace.
Casi no podía ver nada por encima de la marea de cazadores de sombras vestidos de rojo que se
hallaban ante ella, Jace y Sebastian, bloqueando el paso a su familia y amigos. Los tres se encontraban
a unos cuantos pasos de la línea de batalla. Jace la agarraba con fuerza mientras ella se debatía, y
Sebastian, junto a ellos, observaba cómo se desarrollaban los acontecimientos con una expresión de
sombría furia en el rostro. Movía los labios. Clary no podía decir si estaba maldiciendo, rezando o
salmodiando las palabras de algún hechizo—. Suéltame, cab…
Sebastian se volvió, con una expresión pavorosa en el rostro, algo entre una sonrisa y una mueca de
furia.
—Hazla callar, Jace.
—¿Nos vamos a quedar aquí —preguntó Jace, aún sujetando a Clary— dejando que nos protejan? —
indicó con la barbilla la línea de cazadores de sombras.
—Sí —contestó Sebastian—. Tú y yo somos demasiado importantes como para arriesgarnos a que nos
hieran.
Jace negó con la cabeza.
—No me gusta. Hay muchos del otro lado. —Estiró el cuello para mirar por encima del gentío—. ¿Y
qué hay de Lilith? ¿No la puedes volver a llamar, hacer que nos ayude?
—¿Dónde?, ¿aquí? —Había desprecio en la voz de Sebastian—. No. Además, está demasiado débil
para ser de gran ayuda. Hubo un tiempo en que podría haber aplastado a un ejército, pero esa mierda de
subterráneo con su Marca de Caín esparció su esencia por los vacíos entre los mundos. Ya ha hecho
mucho consiguiendo aparecer y dándonos su sangre.
—Cobarde —le escupió Clary—. Has convertido a esa gente en esclavos, y ni siquiera piensas luchar
para protegerlos…
Sebastian alzó la mano como si fuera a abofetearla. Clary deseó que lo hiciera, deseó que Jace pudiera
verlo si lo hacía, pero una sonrisa malévola se dibujó en el rostro de su hermano. Bajó la mano.
—Y si Jace te soltara, ¿debo suponer que lucharías?
—Claro que sí…
—¿De qué lado? —Sebastian dio un rápido paso hacia ella y alzó la Copa Infernal. Clary pudo ver lo
que había dentro. Aunque muchos habían bebido de ella, la sangre permanecía al mismo nivel—.
Levántale la cabeza, Jace. —¡No! —Clary redobló sus esfuerzos por soltarse. Jace le puso la mano bajo la barbilla, aunque ella
creyó notar cierta vacilación en su acción.
—Sebastian —dijo Jace—. No…
—Ahora —ordenó Sebastian—. No tenemos por qué seguir aquí. Nosotros somos los importantes, no
esa carne de cañón. Ya hemos comprobado que la Copa Infernal funciona. Eso es lo que importa. —
Agarró a Clary por el vestido—. Será mucho más fácil escapar —continuó— sin ésta pataleando,
gritando y pegándote a cada paso que demos.
—Podemos hacer que beba después…
—No —rugió Sebastian—. Sujétala. —Alzó la copa y se la metió a Clary en los labios, tratando de
abrirle la boca. Ella se resistió, apretando los dientes—. Bebe —le ordenó Sebastian en un susurro
maligno, tan bajo que ella dudó de que Jace lo hubiera oído—. Ya te dije que al final de esta noche
harías lo que yo quisiera. —Los ojos se le oscurecieron, y le apretó más la Copa, cortándole el labio
inferior.
Clary notó sabor a sangre mientras echaba las manos hacia atrás, agarraba a Jace por los hombros y se
apoyaba en él para lanzar una patada con ambas piernas. Notó que se le rompía la costura del vestido
por el lado, y sus pies se estrellaron con fuerza contra las costillas de Sebastian. Él se tambaleó hacia
atrás sin aliento, justo cuando ella echaba la cabeza hacia atrás y golpeaba a Jace en el rostro con el
cráneo. Él gritó y aflojó su abrazo lo suficiente para que ella consiguiera soltarse. Se apartó de él y se
lanzó a la batalla sin mirar atrás.
Maia corrió por el suelo rocoso, con la luz de las estrellas arañándole con sus fríos dedos el pelaje, y los
intensos olores de la batalla asaltando su sensible nariz: sangre, sudor y el hedor a goma quemada de la
magia negra.
La manada se había desplegado por el campo, saltando y matando con dientes y garras letales. Maia se
mantenía al lado de Jordan, no porque necesitara su protección, sino porque acababa de descubrir que
juntos luchaban mejor y con más eficacia. Sólo había estado en una batalla antes, en la llanura de
Brocelind, y aquello había sido un caótico remolino de demonios y subterráneos. Había muchos menos
combatientes ahí, en el Burren, pero los cazadores de sombras oscuros eran formidables, y blandían sus
espadas y dagas con una fuerza veloz y terrible. Maia había visto a un hombre delgado usar una daga
corta para segar la cabeza a un lobo a medio salto; lo que había caído al suelo había sido un cuerpo
humano sin cabeza, ensangrentado e irreconocible.
Mientras pensaba en eso, un nefilim en túnica roja se alzó ante ellos, con una espada de doble filo
agarrada con ambas manos. La hoja estaba manchada de rojo oscuro. Junto a Maia, Jordan rugió, pero
fue ella la que se lanzó contra el hombre. Éste la esquivó y blandió la espada. Maia notó un agudo
pinchazo en el hombro y cayó al suelo sobre las cuatro patas, mientras el dolor se le clavaba por todo el
cuerpo. Se oyó un repiqueteo metálico y supo que le había sacado al hombre la espada de la mano.
Gruñó de satisfacción y se dio la vuelta, pero Jordan ya estaba saltando hacia el cuello del hombre…
Y el hombre lo agarró en pleno salto, como si sujetara a un cachorro rebelde.
—Escoria subterránea —espetó, y aunque no era la primera vez que Maia había oído esos insultos, algo
en el gélido odio del tono la hizo estremecerse—. Deberías ser un abrigo. Debería estar llevándote.
Maia le clavó los dientes en la pierna. Su sangre cobriza le estalló en la boca mientras el hombre
gritaba de dolor y se tambaleaba hacia atrás, lanzándole una patada y soltando a Jordan. Maia siguió
apretando los dientes con fuerza mientras Jordan saltaba de nuevo, y esa vez el grito de rabia del
cazador de sombras se cortó de golpe cuando las garras del licántropo le destrozaron el cuello.
Amatis bajaba el cuchillo hacia el corazón de Magnus justo cuando una flecha silbó cortando el aire y
se le clavó en el hombro, haciéndola caer de lado con tal fuerza que le hizo dar media vuelta y acabar
boca abajo sobre el suelo rocoso. Ella gritó, pero el sonido pronto quedó apagado por el entrechocar de
armas a su alrededor. Isabelle se arrodilló junto a Magnus; Simon alzó los ojos y vio a Alec sobre la
tumba de piedra, inmóvil con el arco en la mano. Seguramente estaba demasiado lejos como para ver a
Magnus con claridad; Isabel tenía las manos sobre el pecho del brujo, pero Magnus, Magnus, siempre en movimiento, siempre cargado de energía, estaba totalmente inmóvil. Isabelle alzó los ojos y vio a
Simon mirándolos; ella tenía las manos rojas de sangre, pero agitó la cabeza violentamente en su
dirección.
—¡Sigue! —le gritó—. ¡Encuentra a Sebastian!
Simon se volvió y se lanzó de nuevo a la lucha. La apretada línea de cazadores de sombras vestidos de
rojo había comenzado a deshacerse. Los lobos atacaban aquí y allí, separando a los cazadores de
sombras. Jocelyn estaba espada contra espada con un hombre que rugía y por cuyo brazo libre manaba
la sangre, y Simon se dio cuenta de algo muy extraño mientras avanzaba, colándose por los estrechos
espacios entre los duelos: ninguno de los nefilim vestidos de rojo estaba Marcado. Su piel estaba libre
de toda decoración.
Y mientras con el rabillo del ojo veía a un cazador de sombras enemigo ir a por Aline con una maza, y
a Helen destriparlo, también se dio cuenta de que eran mucho más rápidos que cualquier nefilim que
hubiera visto antes, excepto Jace y Sebastian. Se movían con la rapidez de los vampiros, pensó,
mientras uno de ellos lanzaba un tajo a un lobo que saltaba hacia él y le abría la barriga de arriba abajo.
El licántropo muerto se estrelló contra el suelo, transformado en el cadáver de un hombre corpulento
con cabello claro rizado.
«Ni Maia ni Jordan», pensó aliviado, y luego se sintió culpable; avanzó dando traspiés, con el olor a
sangre cubriéndolo todo, y de nuevo echó en falta la Marca de Caín. Si aún la portara, podría haber
hecho arder a todos esos nefilim enemigos ahí mismo…
Uno de los nefilim oscuros se plantó frente a él blandiendo una espada ancha de un solo filo. Simon la
esquivó, pero no le habría hecho falta. Cuando el hombre estaba a punto de atacarlo, una flecha se le
clavó en el cuello y cayó, borbotando sangre. Simon alzó la cabeza y vio a Alec, aún sobre la tumba; su
rostro era una máscara pétrea, y estaba disparando flechas con la precisión de una máquina; echaba
atrás la mano para coger una, la ponía en el arco y la dejaba volar. Cada una daba en el blanco, pero
Alec casi no parecía notarlo. Mientras una flecha volaba, ya estaba cogiendo otra. Simon oyó otro
silbido pasar ante él y otra flecha atravesar un cuerpo. Se lanzó hacia delante, hacia una parte abierta
del campo de batalla…
Se quedó helado. Ahí estaba Clary, una pequeña figura que se abría paso entre los luchadores con las
manos desnudas, pegando patadas y empujando. Llevaba un vestido roto, y el cabello era una masa
revuelta. Cuando lo vio, una mirada de incrédula sorpresa le cruzó el rostro. Formó el nombre de
Simon con los labios.
Justo detrás estaba Jace. Tenía el rostro ensangrentado. La gente se apartaba mientras él avanzaba,
dejándolo pasar. Tras de sí, en el espacio que dejaba al pasar, Simon vio un destello de rojo y plata; una
silueta conocida, coronada por cabello blanco dorado como el de Valentine.
Sebastian. Aún escondido detrás de la última línea de defensa de los cazadores de sombras oscuros. Al
verlo, Simon se llevó la mano al hombro y sacó a Gloriosa de su vaina. Un momento después, el oleaje
de la multitud empujó a Clary hacia él. Ésta tenía los ojos casi negros de adrenalina, pero era evidente
su alegría al verlo. Simon sintió que el alivio le recorría el cuerpo, y se dio cuenta de que se había
estado preguntando si ella seguiría siendo ella o habría Cambiado, como Amatis.
—¡Dame la espada! —gritó ella, y su voz casi apagó el estruendo del metal contra metal. Ella alargó el
brazo para cogerla, y en ese momento ya no era Clary, su amiga de la infancia, sino una cazadora de
sombras, un ángel vengador al que correspondía blandir esa espada.
Él se la tendió por el mango.
La batalla era como un remolino, pensó Jocelyn, mientras se abría paso a tajos a través de los
enemigos, blandiendo el kindjal de Luke hacia cada punto rojo que veía. Todo se acercaba y luego se
alejaba con tal velocidad que sólo se podía ser consciente de una sensación de peligro incontrolable, de
la lucha por mantenerse a flote y no ahogarse.
Sus ojos iban de un lado a otro entre la masa de luchadores, buscando a su hija, buscando un destello de
cabello rojo, o incluso a Jace, porque donde estuviera él, también estaría Clary. Había grandes rocas que salpicaban la planicie, como icebergs en un mar inmóvil. Se subió a una, tratando de tener una
visión mejor del campo de batalla, pero sólo pudo distinguir cuerpos apiñados, el destello de las armas
y las oscuras siluetas de los lobos que corrían entre los guerreros.
Se volvió para bajar de la roca…
Y se encontró con alguien esperándola abajo. Jocelyn se quedó parada, mirándolo.
Llevaba una túnica escarlata y tenía una pálida cicatriz en una de las mejillas, un recuerdo de alguna
batalla que ella desconocía. Tenía el rostro chupado y ya no era joven, pero resultaba inconfundible.
—Jeremy —dijo ella lentamente, con la voz casi inaudible entre el clamor de la batalla—. Jeremy
Pontmercy.
El hombre que fuera el miembro más joven del Círculo la miró con ojos inyectados en sangre.
—Jocelyn Morgenstern. ¿Has venido a unirte a nosotros?
—¿Unirme a vosotros? Jeremy, no…
—Una vez formaste parte del Círculo —dijo él y se acercó más a ella. Un larga daga con un filo tan
afilado como una navaja de afeitar le colgaba de la mano derecha—. Fuiste una de los nuestros. Y
ahora seguimos a tu hijo.
—Rompí con vosotros cuando seguisteis a mi esposo —replicó Jocelyn—. ¿Por qué crees que os
seguiré ahora que os manda mi hijo?
—O estás con nosotros o contra nosotros, Jocelyn. —Su rostro se endureció—. No puedes luchar
contra tu propio hijo.
—Jonathan —repuso ella lentamente— es el mayor mal que jamás cometió Valentine. Nunca podría
estar con él. Al final, dejé a Valentine. Por lo tanto, ¿qué esperanza tienes de convencerme ahora?
Él negó con la cabeza.
—Me malinterpretas —afirmó—. Me refiero que no puedes luchar contra él. Contra nosotros. La Clave
no puede. No están preparados. No para lo que podemos hacer. Lo que estamos dispuestos a hacer. La
sangre correrá en las calles de todas las ciudades. El mundo arderá. Todo lo que conoces será destruido.
Y nosotros nos alzaremos de las cenizas de vuestra derrota, como un fénix triunfal. Ésta es tu única
oportunidad. Dudo que tu hijo te dé otra.
—Jeremy —dijo Jocelyn—, eras muy joven cuando Valentine te reclutó. Podrías volver, incluso
regresar a la Clave. Serían clementes…
—Nunca podré volver a la Clave —dijo con satisfacción—. ¿No lo entiendes? Aquellos de nosotros
que estamos con tu hijo ya no somos nefilim.
«Ya no somos nefilim.» Jocelyn iba a responderle, pero antes de que pudiera decir nada, él comenzó a
sacar sangre por la boca. Se desplomó y, mientras lo hacía, Jocelyn vio, tras él y armada con una
espada ancha, a Maryse.
Las dos mujeres se miraron durante un momento sobre el cadáver de Jeremy. Luego Maryse se dio la
vuelta y regresó a la batalla.
En cuanto Clary aferró la empuñadura, la espada estalló con una luz dorada. El fuego ardió por la hoja
desde la punta, iluminó las palabras que estaban grabadas en la hoja: «Quis ut Deus?», e hizo brillar la
empuñadura como si contuviera la luz del sol. Clary casi la dejó caer, pensando que se le había
prendido fuego, pero la llama parecía contenida dentro de la espada, y el metal estaba frío bajo sus
manos.
Después de eso, todo pareció ocurrir muy despacio. Se volvió, con la espada ardiendo en su mano.
Buscó desesperadamente a Sebastian entre la gente. No pudo verlo, pero sabía que estaba detrás del
estrecho nudo de cazadores de sombras que ella había tenido que apartar para llegar allí. Agarró la
espada con fuerza y fue hacia ellos, pero se encontró el camino bloqueado.
Por Jace.
—Clary —dijo éste. Parecía imposible que pudiera oírlo; el ruido alrededor era ensordecedor: gritos y
rugidos, y el estruendo del metal contra metal. Pero la marea de luchadores parecía haberse abierto a
ambos lados, como el mar Rojo, y dejaba un espacio vacío alrededor de Jace y de ella. La espada ardía, resbaladiza en su mano.
—Jace. Apártate de mi camino.
Clary oyó a Simon gritar algo a su espalda; Jace estaba negando con la cabeza. Sus ojos dorados eran
neutros, inescrutables. Tenía la cara ensangrentada por el cabezazo que ella le había dado en el pómulo,
y la piel se le estaba hinchando y amoratando.
—Dame esa espada, Clary.
—No. —Ella negó con la cabeza y retrocedió un paso. Gloriosa iluminaba el espacio en el que se
hallaban, iluminaba la hierba pisoteada y manchada de sangre que la rodeaba e iluminaba el rostro de
Jace mientras se acercaba a ella—. Jace. Puedo separarte de Sebastian. Puedo matarlo sin matarte a ti.
Él hizo una mueca. Sus ojos eran del mismo color que el fuego de la espada, o lo estaban reflejando,
Clary no estaba segura de qué, pero cuando lo miró se dio cuenta de que no importaba. Estaba viendo a
Jace y no a Jace; sus recuerdos de él, el guapo muchacho que había conocido, temerario consigo mismo
y con los demás, aprendiendo a ser cuidadoso y a pensar en la gente. Recordó la noche que habían
pasado juntos en Idris, con las manos cogidas en la estrecha cama, y el chico cubierto de sangre que la
había mirado con ojos angustiados y le había confesado que era un asesino en París.
—¿Matarlo? —preguntó Jace que no era Jace—. ¿Estás loca?
Y también recordó la noche en el lago Lyn, Valentine atravesándolo con la espada, y el modo en que la
propia vida de Clary pareció desangrarse junto con la sangre de él.
Y lo había visto morir, allí en la orilla del lago en Idris. Y después, cuando lo había vuelto a la vida, él
se había arrastrado hasta ella y la había mirado con aquellos ojos que ardían como la Espada, como la
sangre incandescente de un ángel.
«Estaba perdido en la oscuridad —había dicho él—. No había nada excepto sombras, y yo era una
sombra. Y entonces oí tu voz.»
Pero esa voz se mezcló con otra, más reciente: Jace frente a Sebastian en el salón del apartamento de
Valentine, diciéndole que preferiría morir que vivir de aquella manera. Lo oía perfectamente en ese
momento, hablando, diciéndole a ella que le diera la espada y que, si no, se la arrebataría. Su voz era
dura, impaciente, la voz de alguien hablándole a un niño. Y supo que, en ese momento, igual que él no
era Jace, la Clary que él amaba no era ella. Era sólo un recuerdo de ella, desvaído y distorsionado: la
imagen de alguien dócil y obediente, alguien que no entendía que el amor dado sin libre albedrío o
sinceridad no era amor en absoluto.
—Dame la espada. —Él tenía la mano extendida, la barbilla alzada y el tono imperioso—. Dámela,
Clary.
—¿La quieres?
Alzó Gloriosa, de la forma en que él le había enseñado a hacerlo, equilibrando su peso, aunque la
notaba pesada en la mano. La llama se hizo más brillante, hasta que pareció llegar a lo alto y tocar las
estrellas. Jace estaba sólo a la distancia de la espada, con los ojos dorados mirándola incrédulos.
Incluso en ese momento, él no creía que ella fuera a hacerle daño, daño de verdad. Incluso en ese
momento.
Ella inspiró hondo.
—Tómala.
Clary vio que los ojos de Jace se encendían de la misma manera que lo habían hecho el día del lago, y
entonces lo atravesó con la espada, de la misma forma que lo había hecho Valentine. En ese momento
entendió que así era como debía ser. Él había muerto así, y ella se lo había arrancado a la muerte. Pero
ésta había vuelto de nuevo.
«No puedes engañar a la muerte. Al final, tendrá lo que es suyo.»
Gloriosa se le hundió en el pecho, y Clary notó que la mano ensangrentada le resbalaba en la
empuñadura cuando la hoja chocó contra las costillas y se fue hundiendo hasta que el puño de Clary
chocó con el cuerpo de él y se quedó inmóvil. Él no se había movido, y ella estaba pegada a él,
aferrando Gloriosa mientras la sangre comenzaba a manar de la herida del pecho. Se oyó un grito, un alarido de furia, dolor y terror: el sonido de alguien a quien estaban despedazando
brutalmente.
«Sebastian», pensó Clary. Sebastian gritando al cortarse el lazo que lo unía a Jace.
Pero Jace no. Jace no hizo ningún ruido. A pesar de todo, su rostro estaba aclamado y tranquilo, como
el rostro de una estatua. Miró a Clary, y los ojos le brillaron, como si estuvieran llenos de luz.
Y entonces, Jace comenzó a arder.
Alec no recordaba haber bajado de lo alto de la piedra de la tumba, o abrirse paso por la planicie rocosa
entre los cuerpos caídos: cazadores de sombras oscuros, licántropos muertos y heridos. Sus ojos
buscaban sólo a una persona. Tropezó y casi cayó; cuando alzó la mirada y barrió el campo que tenía
delante, vio a Isabelle, arrodillada junto a Magnus sobre el suelo pedregoso.
Alec se sintió como si no tuviera aire en los pulmones. Nunca había visto a Magnus tan pálido, tan
quieto. Había sangre en el cuero de su armadura, y también en el suelo bajo él. Pero era imposible,
Magnus hacía tanto tiempo que vivía… Era permanente. Un hito. Magnus no moría antes que él en
ningún mundo que la imaginación de Alec pudiera concebir.
—Alec. —Era la voz de Izzy, que nadaba hacia él como si estuviera en el agua—. Alec, Magnus
respira.
Alec dejó escapar el aliento en una especie de suspiro tembloroso. Le tendió la mano a su hermana.
—Daga.
Ella se la pasó en silencio. Nunca había prestado tanta atención como él a las clases de primeros
auxilios; siempre había dicho que las runas ya harían el trabajo. Alec abrió por delante la armadura de
cuero de Magnus, y luego la camisa que llevaba debajo, apretando los dientes. Podría ser que la
armadura fuera lo que lo estaba manteniendo vivo.
Luego apartó los lados con sumo cuidado, sorprendido ante la firmeza de sus propias manos. Había
mucha sangre, y una amplia herida de cuchillo bajo el lado derecho de las costillas de Magnus. Pero
por el ritmo con que respiraba, era evidente que no le había perforado el pulmón. Alec se sacó la
chaqueta, la enrolló y la presionó sobre la herida, que aún sangraba.
Magnus abrió los ojos con dificultad.
—Au —dijo con voz débil—. Deja de apoyarte en mí.
—¡Por Raziel! —exclamó Alec, agradecido—. Estás bien. —Pasó la mano libre bajo la cabeza de
Magnus, acariciándole la mejilla con el pulgar—. Pensab…
Miró a su hermana antes de decir algo demasiado embarazoso, pero ella se había alejado en silencio.
—Te vi caer —dijo Alec en voz baja. Se inclinó y le dio un ligero beso en la boca, no queriendo hacerle
daño—. Pensaba que habías muerto.
Magnus sonrió de medio lado.
—¿Qué? ¿de un arañazo? —Miró a la chaqueta de Alec, que se iba enrojeciendo bajo la mano—. Vale,
un arañazo profundo. Como de un gato muy, muy grande.
—¿Estás delirando? —preguntó Alec.
—No. —Magnus juntó las cejas—. Amatis buscaba el corazón, pero no me ha alcanzado en ningún
punto vital. El problema es que la pérdida de sangre me está quitando la energía y mi capacidad para
curarme a mí mismo. —Respiró hondo y acabó tosiendo—. Ven, dame la mano—. Alzó la mano y Alec
entrelazó sus dedos con los de él, la palma de Magnus dura contra la suya—. ¿Recuerdas la noche de la
batalla en el barco de Valentine, cuando necesité parte de tu fuerza?
—¿La necesitas de nuevo? —preguntó Alec—. Porque puedes tenerla.
—Siempre necesito tu fuerza, Alec —repuso Magnus, y cerró los ojos mientras sus dedos unidos
comenzaban a brillar, como si entre ambos sujetaran una estrella.
El fuego estalló a través de la empuñadura y por la hoja de la espada del Ángel. La llama lanzó a Clary
una especie de descarga eléctrica que la tiró al suelo. El calor del rayo le ardió corriéndole por la venas,
y ella se retorció de dolor, agarrándose como si así pudiera evitar que el cuerpo le estallara en pedazos. Jace cayó de rodillas. Aún tenía clavada la espada, pero ésta ardía con una llama blanco dorada, y el
fuego le llenaba el cuerpo como agua coloreada llenando una jarra de cristal. Llamas doradas lo
recorrían y le volvían la piel traslúcida. Su cabello era de bronce; sus huesos eran yesca dura y
brillante, visibles bajo la piel. La propia Gloriosa estaba quemándose, se disolvía en gotas líquidas
como el oro fundiéndose en un crisol. Jace tenía la cabeza echada hacia atrás y el cuerpo tirante
formando un arco, mientras el incendio seguía en su interior. Clary trató de acercase a él por el suelo
pedregoso, pero el calor que salía del cuerpo de Jace era excesivo. Él se apretaba las manos contra el
pecho, y un río de sangre dorada se le derramaba entre los dedos. La piedra en la que se arrodillaba se
estaba ennegreciendo, quebrándose, convirtiéndose en cenizas. Y luego Gloriosa se consumió como el
final de una hoguera, soltando una lluvia de chispas, y Jace se desplomó hacia delante sobre la piedra.
Clary trató de ponerse en pie, pero las piernas no le aguantaron. Aún sentía las venas como si el fuego
las estuviera atravesando, y el dolor se le disparaba por la superficie de la piel como si fueran
atizadores ardientes. Se arrastró hacia delante, ensangrentándose los dedos y oyendo como se le rajaba
el vestido de ceremonias, hasta que llegó a a donde estaba Jace.
Éste yacía de lado con la cabeza apoyada en un brazo, y el otro extendido. Ella se desplomó junto a él.
El calor manaba del cuerpo de Jace como si fuera un lecho de ascuas, pero a ella no le importó. Podía
verle la raja en la espalda del uniforme, donde Gloriosa lo había atravesado. Había cenizas de las rocas
quemadas mezcladas con su cabello dorado, y sangre.
Despacio, con cada movimiento doliéndole como si fuera muy anciana, como si hubiera envejecido un
año por cada segundo que Jace había estado ardiendo, Clary tiró de él, y acabó poniéndolo de espaldas
sobre la piedra manchada de sangre y ennegrecida. Le miró el rostro, ya no de oro, pero aún hermoso.
Clary le puso la mano en la mejilla, donde el rojo de la sangre de él contrastaba con el rojo más oscuro
de su vestimenta. Ella había notado los filos de la espada rasgarle los huesos de las costillas. Había
visto la sangre derramársele entre los dedos, tanta sangre que había manchado las rocas bajo él de
negro y le había endurecido las puntas del cabello.
Y sin embargo…
«No, si en él hay más Cielo que Infierno.»
—Jace —susurró ella. Por todas partes a su alrededor había pies que corrían. Los destrozados restos del
pequeño ejército de Sebastian estaban huyendo por el Burren, dejando caer las armas mientras
escapaban. Clary no les prestó atención—. Jace.
Él no se movió. Su rostro estaba inmóvil, en paz bajo la luz de la luna. Las pestañas parecían finas
sombras de telaraña sobre lo alto de los pómulos.
—Por favor —rogó ella, y le pareció que la voz le rasgaba el cuello al salir. Cuando respiró, los
pulmones le ardieron—. Mírame.
Clary cerró los ojos. Cuando los volvió a abrir, su madre estaba arrodillada junto a ella, tocándole el
hombro. Las lágrimas caían por el rostro de Jocelyn. Pero eso no podía ser… ¿Por qué iba a estar
llorando su madre?
—Clary —susurró Jocelyn—. Suéltalo. Está muerto.
En la distancia, Clary vio a Alec junto a Magnus.
—No —contestó—. La espada… quema la maldad. Aún podría estar vivo..
Su madre le pasó una mano por la espalda, y los dedos se le engancharon en los sucios rizos de Clary.
—Clary, no…
«Jace —pensó ésta con fiereza, apretándole los brazos con las manos—. Eres más fuerte que todo esto.
Si eres tú, realmente tú, abrirás los ojos y me mirarás.»
De repente, Simon estaba allí, arrodillado al otro lado de Jace, con el rostro manchado de sangre y
suciedad. Fue a coger a Clary. Ella movió la cabeza secamente para mirarlo, a él y a su madre, y vio a
Isabelle acercándose tras ellos, con los ojos muy abiertos, caminando despacio. La parte delantera de su
traje estaba manchada de sangre. Incapaz de enfrentarse a Izzy, Clary torció la cabeza y clavó los ojos
en el cabello dorado de Jace. —Sebastian —exclamó Clary, o trató de exclamar. La voz le salió como un graznido—. Alguien
debería buscarlo.
«Y dejarme en paz.»
«…y»
—Ya lo están buscando. —Su madre se inclinó hacia ella, con ojos abiertos y ansiosos—. Clary,
suéltalo. Clary, cariño…
—Déjala —oyó Clary que decía, cortante, Isabelle. Oyó también la protesta de su madre, pero todo lo
que hacían parecía suceder a una gran distancia, como si Clary estuviera contemplando una obra de
teatro desde la última fila. Nada importaba excepto Jace. Jace ardiendo. Las lágrimas le abrasaron los
ojos.
—Jace, maldita sea —exclamó con una voz que le salía a trompicones—. No estás muerto.
—Clary —repuso Simon con suavidad—. Si hubiera una oportunidad…
«Apártate de él.» Eso era lo que le estaba pidiendo Simon, pero ella no podía. No pensaba hacerlo.
—Jace —susurró. Era como un mantra, de la misma forma que una vez él la había abrazado en
Renwick y había repetido su nombre una y otra vez—. Jace Lightwood…
Se quedó helada. Allí. Un movimiento tan minúsculo que casi no era movimiento. La agitación de una
pestaña. Se inclinó sobre él, casi perdiendo el equilibrio, y le apretó con la mano la rajada tela escarlata
que le cubría el pecho, como si pudiera sanarle la herida que ella le había abierto. En vez de eso, notó
bajo los dedos, y tan maravilloso que por un momento no pareció tener sentido, que era imposible que
fuera, el ritmo del corazón de Jace.
AL INFIERNO
La hermana de Luke alzó la mirada. Sus ojos azules, tan parecidos a los de Luke, se clavaron en Clary.
Parecía mareada y aturdida, y su expresión estaba un poco descentrada, como si la hubieran drogado.
Trató de ponerse en pie, pero Cartwright la sujetó de nuevo. Sebastian los miró, con la copa en la mano.
Clary intentó avanzar, pero Jace la cogió por el brazo y tiró de ella hacia atrás. Ella le dio una patada,
pero él ya la había cogido en brazos y le tapaba la boca con la mano. Sebastian estaba hablando a
Amatis con un tono de voz grave e hipnótico. Ésta sacudía la cabeza violentamente, pero Cartwright la
cogió por el largo cabello y le tiró la cabeza hacia atrás. Clary la oyó gritar; fue un sonido agudo sobre
el viento.
Clary pensó en la noche que se había quedado despierta viendo a Jace dormir tranquilamente, pensando
en cómo podría acabar con todo aquello con una simple cuchillada. Pero «todo aquello» no había
tenido ninguna cara, ninguna voz, ningún plan. Sin embargo, en ese momento en que tenía la cara de la
hermana de Luke, en ese momento en que Clary sabía el plan, ya era demasiado tarde.
Sebastian agarraba a Amatis por el pelo y le metía la Copa contra la boca. Mientras la obligaba a beber,
ella sufría arcadas y tosía, y un líquido negro le caía por la barbilla.
Sebastian apartó la Copa de golpe, pero ya había hecho su trabajo. Amatis hizo un horrible sonido
áspero y seco, y su cuerpo se irguió de golpe. Los ojos le sobresalían, tan negros como los de
Sebastian. Se golpeó el rostro con las manos, mientras un agudo gemido se le escapaba, y Clary vio
atónita que la runa de visión le iba palideciendo en la mano y luego desaparecía.
Amatis bajó las manos. Su expresión se había suavizado, y sus ojos volvían a ser azules. Los clavó en
Sebastian.
—Suéltala —le dijo el hermano de Clary a Cartwright, mirando a Amatis—. Déjala que venga
conmigo.
Cartwright abrió la cadena que lo unía a Amatis y dio un paso atrás, con una curiosa mezcla de
aprensión y fascinación en el rostro.
Amatis permaneció inmóvil durante un momento, balanceando las manos a los costados. Luego se puso
en pie y fue hacia Sebastian. Se postró ante él, con el cabello rozando el suelo.
—Señor —dijo—. ¿Cómo puedo serviros?
—Levántate —contestó Sebastian, y Amatis se levantó ágilmente del suelo. De repente, parecía
moverse de una manera diferente. Todos los cazadores de sombras eran ágiles, pero ella se movía con
una gracilidad silenciosa que Clary encontró extrañamente escalofriante. Amatis se quedó de pie ante
Sebastian. Por primera vez, Clary vio que lo que había tomado por un largo vestido blanco era un
camisón, como si la hubieran despertado y se la hubieran llevado de la cama. Qué pesadilla, despertarse
allí, entre aquellas siluetas encapuchadas, en aquel lugar amargo y abandonado.
—Ven aquí conmigo —la llamó Sebastian, y Amatis avanzó hacia él. Era, al menos, una cabeza más
baja que él, y tuvo que echar la cabeza hacia atrás mientras él le susurraba algo. Una fría sonrisa se
dibujó en el rostro de Amatis.
Sebastian alzó la mano.
—¿Te gustaría luchar contra Cartwright?
Cartwright tiró la cadena que había estado sujetando y se llevó la mano al cinturón de las armas a
través de una abertura en la capa. Era un hombre joven, con el cabello claro y un rostro ancho y
cuadrado.
—Pero yo…
—Sin duda sería adecuada una demostración de su poder —repuso Sebastian—. Vamos, Cartwright, es
una mujer, y mayor que tú. ¿Tienes miedo?
Cartwright parecía perplejo, pero sacó una larga daga de su cinturón. —Jonathan…
Los ojos de Sebastian destellaron.
—Lucha contra él, Amatis.
Ella curvó los labios.
—Estaré encantada —repuso, y se lanzó. Su velocidad era increíble. Dio un salto en el aire, lanzó el pie
hacia delante y le sacó la daga de las manos a Cartwright. Clary la observó atónita mientras Amatis le
subía por el cuerpo y le clavaba una rodilla en el estómago. Él se tambaleó hacia atrás, y ella le golpeó
en la cabeza con la suya; luego se le puso a la espalda y lo agarró con fuerza por la parte de atrás de la
túnica, tirándolo al suelo. Él cayó a sus pies con un desagradable crujido, y gimió de dolor.
—Y esto es por sacarme de la cama en medio de la noche —dijo Amatis, y le dio un tortazo de revés en
la boca, que ya le sangraba ligeramente.
Un leve murmullo de risas contenidas recorrió la muchedumbre.
—Y ya lo veis —dijo Sebastian—. Incluso un cazador de sombras sin grandes habilidades ni fuerza,
con perdón, Amatis, se puede volver más fuerte y más rápido que su homólogo con adscripción
seráfica. —Se dio con el puño en la palma de la otra mano—. Poder. Auténtico poder. ¿Quién está
preparado para tenerlo?
Hubo un momento de vacilación, y luego Cartwright se puso trabajosamente en pie.
—Yo —contestó, mientras le lanzaba una venenosa mirada a Amatis, que tan sólo sonrió.
Sebastian alzó la Copa Infernal.
—Entonces, acércate.
Cartwright fue hacia Sebastian y, mientras lo hacía, los otros cazadores de sombras rompieron la
formación, fueron hacia donde se hallaba Sebastian y formaron una cola irregular. Amatis se quedó
tranquilamente a un lado, con las manos cogidas. Era la hermana de Luke. Si las cosas hubieran ido
según lo planeado, en ese momento habría sido la tía de Clary.
Amatis. Clary pensó en su casita del canal en Idris, en lo amable que había sido con ella, lo mucho que
había amado al padre de Jace.
«Por favor, mírame —pensó—. Por favor, muéstrame que sigues siendo tú.»
Como si Amatis hubiera oído su silencioso ruego, alzó la cabeza y miró directamente a Clary.
Y sonrió. No era una sonrisa tranquilizadora, sino oscura, fría y ligeramente burlona. Era la sonrisa de
alguien que mira cómo te ahogas, pensó Clary, y no levanta un dedo para ayudarte. No era la sonrisa de
Amatis. No era Amatis en absoluto. Amatis ya no estaba.
Jace le había sacado la mano de la boca, pero Clary no sintió ningún deseo de gritar. Nadie allí la
ayudaría, y la persona que la rodeaba con los brazos, aprisionándola con su cuerpo, no era Jace. Del
mismo modo que las ropas retenían la forma de su dueño aunque éste no las hubiera llevado durante
años, o que una almohada conservaba el contorno de la cabeza de quien había dormido sobre ella
incluso si hacía tiempo que había muerto, Jace conservaba su exterior. Pero eso era todo lo que había,
una cáscara vacía que ella había llenado con sus deseos, su amor y sus sueños.
Y al hacerlo, le había causado un gran daño al auténtico Jace. En su intento de salvarlo, casi había
olvidado a quién estaba salvando. Y recordó lo que él había dicho durante aquellos breves momentos en
que había sido él mismo: «Odio la idea de que él esté contigo». Él. «Ese otro Jace.» Jace había sabido
que eran dos personas diferentes, y que él, con su alma borrada, no era él en absoluto.
Había tratado de entregarse a la Clave, y ella no le había dejado. No había prestado atención a lo que él
quería. Había decidido por él, sin darse cuenta de que su Jace preferiría morir que estar así, y que en
realidad no le había salvado la vida sino que lo había condenado a una existencia que él despreciaría.
Ella se dejó caer sobre él, y Jace, que tomó ese repentino cambio como una señal de que ella había
dejado de luchar, aflojó la fuerza con que la sujetaba. El último de los cazadores de sombras estaba ante
Sebastian, esperando ansioso la Copa Infernal que éste le tendía.
—Clary… —comenzó Jace Ella nunca supo lo que él le habría dicho. Se oyó un grito, y el cazador de sombras que esperaba la
Copa se tambaleó hacia atrás, con una flecha en el cuello. Sin poder creérselo, Clary volvió la cabeza y
vio, en lo alto del dolmen, a Alec, uniformado, sujetando su arco. Éste sonrió satisfecho y se llevó la
mano a la espalda para coger otra flecha.
Y entonces, detrás de él, el resto de ellos fueron apareciendo sobre la llanura. Una manada de lobos,
corriendo cerca del suelo, con el moteado pelaje brillando bajo la luz cambiante. Clary supuso que
Maia y Jordan estarían entre ellos. Detrás caminaban varios cazadores de sombras en una línea
continua, todos conocidos suyos: Isabelle y Maryse Lightwood, Helen Blackthorn y Aline Penhallow, y
Jocelyn, con su cabello rojo visible incluso a esa distancia. Con ellos se hallaba Simon, con la
empuñadura de una espada plateada sobresaliéndole del hombro, y Magnus, con un fuego azul
crepitándole en las manos.
El corazón le saltó en el pecho.
—¡Estoy aquí! —gritó hacia ellos—. ¡Estoy aquí!
—¿La ves? —preguntó Jocelyn—. ¿Está ahí?
Simon trató de centrar la vista en la moviente oscuridad que tenía delante; sus sentidos vampíricos se
aguzaron al notar el claro olor de la sangre, diferentes tipos de sangre mezclada: sangre de cazador de
sombras, sangre de demonio y el amargor de la sangre de Sebastian.
—La veo —exclamó—. Jace la está sujetando. La está arrastrando detrás de esa fila de cazadores de
sombras de allí.
—Si son leales a Jonathan como el Círculo lo era a Valentine, harán un muro de cuerpos para
protegerlos, y a Clary y a Jace junto con él. —Jo celyn era toda una fría furia maternal; sus ojos verdes
ardían—. Tendremos que atravesarlo para llegar a ellos.
—Lo que necesitamos es llegar a Sebastian —dijo Isabelle—. Simon, nosotros te abriremos paso. Tú
ve hasta Sebastian y atraviésalo con Gloriosa. Cuando él caiga…
—Es posible que los otros se dispersen —concluyó Magnus—. O, dependiendo de lo unidos que estén
a Sebastian, puede que mueran o caigan con él. Al menos, podemos albergar esa esperanza. —Echó la
cabeza atrás—. Y hablando de esperanza, ¿habéis visto el disparo de Alec con su arco? ¡Ése es mi
novio! —Sonrió de oreja a oreja y agitó los dedos; chispas azules le salieron de ellos. Todo él brillaba.
Sólo Magnus, pensó Simon con resignación, podría tener acceso a una armadura de combate de
lentejuelas.
Isabelle se desenrolló el látigo de la cintura. Lo hizo restallar ante ella en una lengua de fuego dorado.
—Muy bien, Simon. —Preguntó—: ¿Estás preparado?
A Simon se le tensaron los hombros. Aún los separaba cierta distancia de la línea del ejército contrario
(no sabía de qué otra manera pensar en ellos), que mantenía su posición con túnicas rojas y uniformes,
con las manos erizadas de armas. Algunos de ellos se exclamaban en voz alta, confusos. Simon no pudo
contener una sonrisa.
—En el nombre del Ángel, Simon —exclamó Izzy—. ¿Por qué estás sonriendo?
—Sus cuchillos serafines ya no les funcionan —contestó Simon—. Están tratando de averiguar por
qué. Sebastian acaba de gritarles que usen otras armas.
Se oyó un grito en la línea cuando otra flecha descendió desde la tumba y se hundió en la espalda de un
corpulento cazador de sombras, que se desplomó hacia delante. La línea se movió y se abrió
ligeramente, como una grieta en una pared. Simon, viendo una oportunidad, corrió hacia delante, y los
otros le siguieron.
Era como lanzarse a un océano negro en la noche, un océano lleno de tiburones y criaturas de grandes
dientes chocando unos contra otros. No era la primera batalla en la que Simon participaba, pero durante
la Guerra Mortal acababa de recibir la Marca de Caín. Aún no había comenzado a funcionar, pero
muchos demonios se habían echado atrás con sólo verla. Simon nunca había pensado que llegaría a
echarla de menos, pero en ese momento, mientras trataba de avanzar entre los apiñados cazadores de
sombras, que lo atacaban con sus cuchillos, lo hacía. Tenía a Isabelle a un lado y a Magnus al otro, protegiéndolo, protegiendo a Gloriosa. El látigo de Isabelle estallaba certero y fuerte, y las manos de
Magnus escupían fuego rojo, verde y azul. Látigos de fuego coloreado golpeaban a los nefilim oscuros,
abrasándolos allí mismo. Otros cazadores de sombras gritaron cuando los lobos de Luke se metieron
entre ellos, mordiendo y arañando, saltándoles al cuello.
Una daga cortó el aire con una velocidad increíble, y rasgó a Simon en el costado. Éste gritó pero
continuó avanzando, sabiendo que la herida se le cerraría en segundos. Siguió adelante…
Y se quedó helado. Un rostro conocido estaba ante él. La hermana de Luke. Amatis. Cuando ella lo vio,
Simon notó que lo reconocía. ¿Qué estaba haciendo ella allí? ¿Había ido a luchar con ellos? Pero…
Ella se lanzó contra él, con una daga destellando oscura en la mano. Era rápida, pero no tanto como
para que sus reflejos de vampiro no lo salvaran, si no hubiera estado demasiado atónito para moverse.
Amatis era la hermana de Luke, la conocía, y ese momento de incredulidad bien podría haber sido su
perdición si Magnus no hubiera saltado frente a él y lo hubiera empujado hacia atrás. De la mano de
Magnus salió fuego azul, pero Amatis fue más rápida que el brujo. Esquivó la llama y pasó bajo el
brazo de Magnus, y Simon captó el destello de luna de la hoja de su cuchillo. Magnus abrió los ojos de
sorpresa cuando la hoja negra bajó sobre él, traspasándole la armadura. Ella la arrancó de golpe, con la
hoja pegajosa de sangre reflectante, e Isabelle gritó mientras Magnus caía de rodillas. Simon trató de ir
hacia él, pero el impulso y la presión de los guerreros lo estaban alejando. Gritó el nombre de Magnus
mientras Amatis se inclinaba sobre el brujo caído y alzaba la daga por segunda vez, buscándole el
corazón.
—¡Suéltame! —gritó Clary, forcejeando y lanzando patadas para tratar de liberarse del abrazo de Jace.
Casi no podía ver nada por encima de la marea de cazadores de sombras vestidos de rojo que se
hallaban ante ella, Jace y Sebastian, bloqueando el paso a su familia y amigos. Los tres se encontraban
a unos cuantos pasos de la línea de batalla. Jace la agarraba con fuerza mientras ella se debatía, y
Sebastian, junto a ellos, observaba cómo se desarrollaban los acontecimientos con una expresión de
sombría furia en el rostro. Movía los labios. Clary no podía decir si estaba maldiciendo, rezando o
salmodiando las palabras de algún hechizo—. Suéltame, cab…
Sebastian se volvió, con una expresión pavorosa en el rostro, algo entre una sonrisa y una mueca de
furia.
—Hazla callar, Jace.
—¿Nos vamos a quedar aquí —preguntó Jace, aún sujetando a Clary— dejando que nos protejan? —
indicó con la barbilla la línea de cazadores de sombras.
—Sí —contestó Sebastian—. Tú y yo somos demasiado importantes como para arriesgarnos a que nos
hieran.
Jace negó con la cabeza.
—No me gusta. Hay muchos del otro lado. —Estiró el cuello para mirar por encima del gentío—. ¿Y
qué hay de Lilith? ¿No la puedes volver a llamar, hacer que nos ayude?
—¿Dónde?, ¿aquí? —Había desprecio en la voz de Sebastian—. No. Además, está demasiado débil
para ser de gran ayuda. Hubo un tiempo en que podría haber aplastado a un ejército, pero esa mierda de
subterráneo con su Marca de Caín esparció su esencia por los vacíos entre los mundos. Ya ha hecho
mucho consiguiendo aparecer y dándonos su sangre.
—Cobarde —le escupió Clary—. Has convertido a esa gente en esclavos, y ni siquiera piensas luchar
para protegerlos…
Sebastian alzó la mano como si fuera a abofetearla. Clary deseó que lo hiciera, deseó que Jace pudiera
verlo si lo hacía, pero una sonrisa malévola se dibujó en el rostro de su hermano. Bajó la mano.
—Y si Jace te soltara, ¿debo suponer que lucharías?
—Claro que sí…
—¿De qué lado? —Sebastian dio un rápido paso hacia ella y alzó la Copa Infernal. Clary pudo ver lo
que había dentro. Aunque muchos habían bebido de ella, la sangre permanecía al mismo nivel—.
Levántale la cabeza, Jace. —¡No! —Clary redobló sus esfuerzos por soltarse. Jace le puso la mano bajo la barbilla, aunque ella
creyó notar cierta vacilación en su acción.
—Sebastian —dijo Jace—. No…
—Ahora —ordenó Sebastian—. No tenemos por qué seguir aquí. Nosotros somos los importantes, no
esa carne de cañón. Ya hemos comprobado que la Copa Infernal funciona. Eso es lo que importa. —
Agarró a Clary por el vestido—. Será mucho más fácil escapar —continuó— sin ésta pataleando,
gritando y pegándote a cada paso que demos.
—Podemos hacer que beba después…
—No —rugió Sebastian—. Sujétala. —Alzó la copa y se la metió a Clary en los labios, tratando de
abrirle la boca. Ella se resistió, apretando los dientes—. Bebe —le ordenó Sebastian en un susurro
maligno, tan bajo que ella dudó de que Jace lo hubiera oído—. Ya te dije que al final de esta noche
harías lo que yo quisiera. —Los ojos se le oscurecieron, y le apretó más la Copa, cortándole el labio
inferior.
Clary notó sabor a sangre mientras echaba las manos hacia atrás, agarraba a Jace por los hombros y se
apoyaba en él para lanzar una patada con ambas piernas. Notó que se le rompía la costura del vestido
por el lado, y sus pies se estrellaron con fuerza contra las costillas de Sebastian. Él se tambaleó hacia
atrás sin aliento, justo cuando ella echaba la cabeza hacia atrás y golpeaba a Jace en el rostro con el
cráneo. Él gritó y aflojó su abrazo lo suficiente para que ella consiguiera soltarse. Se apartó de él y se
lanzó a la batalla sin mirar atrás.
Maia corrió por el suelo rocoso, con la luz de las estrellas arañándole con sus fríos dedos el pelaje, y los
intensos olores de la batalla asaltando su sensible nariz: sangre, sudor y el hedor a goma quemada de la
magia negra.
La manada se había desplegado por el campo, saltando y matando con dientes y garras letales. Maia se
mantenía al lado de Jordan, no porque necesitara su protección, sino porque acababa de descubrir que
juntos luchaban mejor y con más eficacia. Sólo había estado en una batalla antes, en la llanura de
Brocelind, y aquello había sido un caótico remolino de demonios y subterráneos. Había muchos menos
combatientes ahí, en el Burren, pero los cazadores de sombras oscuros eran formidables, y blandían sus
espadas y dagas con una fuerza veloz y terrible. Maia había visto a un hombre delgado usar una daga
corta para segar la cabeza a un lobo a medio salto; lo que había caído al suelo había sido un cuerpo
humano sin cabeza, ensangrentado e irreconocible.
Mientras pensaba en eso, un nefilim en túnica roja se alzó ante ellos, con una espada de doble filo
agarrada con ambas manos. La hoja estaba manchada de rojo oscuro. Junto a Maia, Jordan rugió, pero
fue ella la que se lanzó contra el hombre. Éste la esquivó y blandió la espada. Maia notó un agudo
pinchazo en el hombro y cayó al suelo sobre las cuatro patas, mientras el dolor se le clavaba por todo el
cuerpo. Se oyó un repiqueteo metálico y supo que le había sacado al hombre la espada de la mano.
Gruñó de satisfacción y se dio la vuelta, pero Jordan ya estaba saltando hacia el cuello del hombre…
Y el hombre lo agarró en pleno salto, como si sujetara a un cachorro rebelde.
—Escoria subterránea —espetó, y aunque no era la primera vez que Maia había oído esos insultos, algo
en el gélido odio del tono la hizo estremecerse—. Deberías ser un abrigo. Debería estar llevándote.
Maia le clavó los dientes en la pierna. Su sangre cobriza le estalló en la boca mientras el hombre
gritaba de dolor y se tambaleaba hacia atrás, lanzándole una patada y soltando a Jordan. Maia siguió
apretando los dientes con fuerza mientras Jordan saltaba de nuevo, y esa vez el grito de rabia del
cazador de sombras se cortó de golpe cuando las garras del licántropo le destrozaron el cuello.
Amatis bajaba el cuchillo hacia el corazón de Magnus justo cuando una flecha silbó cortando el aire y
se le clavó en el hombro, haciéndola caer de lado con tal fuerza que le hizo dar media vuelta y acabar
boca abajo sobre el suelo rocoso. Ella gritó, pero el sonido pronto quedó apagado por el entrechocar de
armas a su alrededor. Isabelle se arrodilló junto a Magnus; Simon alzó los ojos y vio a Alec sobre la
tumba de piedra, inmóvil con el arco en la mano. Seguramente estaba demasiado lejos como para ver a
Magnus con claridad; Isabel tenía las manos sobre el pecho del brujo, pero Magnus, Magnus, siempre en movimiento, siempre cargado de energía, estaba totalmente inmóvil. Isabelle alzó los ojos y vio a
Simon mirándolos; ella tenía las manos rojas de sangre, pero agitó la cabeza violentamente en su
dirección.
—¡Sigue! —le gritó—. ¡Encuentra a Sebastian!
Simon se volvió y se lanzó de nuevo a la lucha. La apretada línea de cazadores de sombras vestidos de
rojo había comenzado a deshacerse. Los lobos atacaban aquí y allí, separando a los cazadores de
sombras. Jocelyn estaba espada contra espada con un hombre que rugía y por cuyo brazo libre manaba
la sangre, y Simon se dio cuenta de algo muy extraño mientras avanzaba, colándose por los estrechos
espacios entre los duelos: ninguno de los nefilim vestidos de rojo estaba Marcado. Su piel estaba libre
de toda decoración.
Y mientras con el rabillo del ojo veía a un cazador de sombras enemigo ir a por Aline con una maza, y
a Helen destriparlo, también se dio cuenta de que eran mucho más rápidos que cualquier nefilim que
hubiera visto antes, excepto Jace y Sebastian. Se movían con la rapidez de los vampiros, pensó,
mientras uno de ellos lanzaba un tajo a un lobo que saltaba hacia él y le abría la barriga de arriba abajo.
El licántropo muerto se estrelló contra el suelo, transformado en el cadáver de un hombre corpulento
con cabello claro rizado.
«Ni Maia ni Jordan», pensó aliviado, y luego se sintió culpable; avanzó dando traspiés, con el olor a
sangre cubriéndolo todo, y de nuevo echó en falta la Marca de Caín. Si aún la portara, podría haber
hecho arder a todos esos nefilim enemigos ahí mismo…
Uno de los nefilim oscuros se plantó frente a él blandiendo una espada ancha de un solo filo. Simon la
esquivó, pero no le habría hecho falta. Cuando el hombre estaba a punto de atacarlo, una flecha se le
clavó en el cuello y cayó, borbotando sangre. Simon alzó la cabeza y vio a Alec, aún sobre la tumba; su
rostro era una máscara pétrea, y estaba disparando flechas con la precisión de una máquina; echaba
atrás la mano para coger una, la ponía en el arco y la dejaba volar. Cada una daba en el blanco, pero
Alec casi no parecía notarlo. Mientras una flecha volaba, ya estaba cogiendo otra. Simon oyó otro
silbido pasar ante él y otra flecha atravesar un cuerpo. Se lanzó hacia delante, hacia una parte abierta
del campo de batalla…
Se quedó helado. Ahí estaba Clary, una pequeña figura que se abría paso entre los luchadores con las
manos desnudas, pegando patadas y empujando. Llevaba un vestido roto, y el cabello era una masa
revuelta. Cuando lo vio, una mirada de incrédula sorpresa le cruzó el rostro. Formó el nombre de
Simon con los labios.
Justo detrás estaba Jace. Tenía el rostro ensangrentado. La gente se apartaba mientras él avanzaba,
dejándolo pasar. Tras de sí, en el espacio que dejaba al pasar, Simon vio un destello de rojo y plata; una
silueta conocida, coronada por cabello blanco dorado como el de Valentine.
Sebastian. Aún escondido detrás de la última línea de defensa de los cazadores de sombras oscuros. Al
verlo, Simon se llevó la mano al hombro y sacó a Gloriosa de su vaina. Un momento después, el oleaje
de la multitud empujó a Clary hacia él. Ésta tenía los ojos casi negros de adrenalina, pero era evidente
su alegría al verlo. Simon sintió que el alivio le recorría el cuerpo, y se dio cuenta de que se había
estado preguntando si ella seguiría siendo ella o habría Cambiado, como Amatis.
—¡Dame la espada! —gritó ella, y su voz casi apagó el estruendo del metal contra metal. Ella alargó el
brazo para cogerla, y en ese momento ya no era Clary, su amiga de la infancia, sino una cazadora de
sombras, un ángel vengador al que correspondía blandir esa espada.
Él se la tendió por el mango.
La batalla era como un remolino, pensó Jocelyn, mientras se abría paso a tajos a través de los
enemigos, blandiendo el kindjal de Luke hacia cada punto rojo que veía. Todo se acercaba y luego se
alejaba con tal velocidad que sólo se podía ser consciente de una sensación de peligro incontrolable, de
la lucha por mantenerse a flote y no ahogarse.
Sus ojos iban de un lado a otro entre la masa de luchadores, buscando a su hija, buscando un destello de
cabello rojo, o incluso a Jace, porque donde estuviera él, también estaría Clary. Había grandes rocas que salpicaban la planicie, como icebergs en un mar inmóvil. Se subió a una, tratando de tener una
visión mejor del campo de batalla, pero sólo pudo distinguir cuerpos apiñados, el destello de las armas
y las oscuras siluetas de los lobos que corrían entre los guerreros.
Se volvió para bajar de la roca…
Y se encontró con alguien esperándola abajo. Jocelyn se quedó parada, mirándolo.
Llevaba una túnica escarlata y tenía una pálida cicatriz en una de las mejillas, un recuerdo de alguna
batalla que ella desconocía. Tenía el rostro chupado y ya no era joven, pero resultaba inconfundible.
—Jeremy —dijo ella lentamente, con la voz casi inaudible entre el clamor de la batalla—. Jeremy
Pontmercy.
El hombre que fuera el miembro más joven del Círculo la miró con ojos inyectados en sangre.
—Jocelyn Morgenstern. ¿Has venido a unirte a nosotros?
—¿Unirme a vosotros? Jeremy, no…
—Una vez formaste parte del Círculo —dijo él y se acercó más a ella. Un larga daga con un filo tan
afilado como una navaja de afeitar le colgaba de la mano derecha—. Fuiste una de los nuestros. Y
ahora seguimos a tu hijo.
—Rompí con vosotros cuando seguisteis a mi esposo —replicó Jocelyn—. ¿Por qué crees que os
seguiré ahora que os manda mi hijo?
—O estás con nosotros o contra nosotros, Jocelyn. —Su rostro se endureció—. No puedes luchar
contra tu propio hijo.
—Jonathan —repuso ella lentamente— es el mayor mal que jamás cometió Valentine. Nunca podría
estar con él. Al final, dejé a Valentine. Por lo tanto, ¿qué esperanza tienes de convencerme ahora?
Él negó con la cabeza.
—Me malinterpretas —afirmó—. Me refiero que no puedes luchar contra él. Contra nosotros. La Clave
no puede. No están preparados. No para lo que podemos hacer. Lo que estamos dispuestos a hacer. La
sangre correrá en las calles de todas las ciudades. El mundo arderá. Todo lo que conoces será destruido.
Y nosotros nos alzaremos de las cenizas de vuestra derrota, como un fénix triunfal. Ésta es tu única
oportunidad. Dudo que tu hijo te dé otra.
—Jeremy —dijo Jocelyn—, eras muy joven cuando Valentine te reclutó. Podrías volver, incluso
regresar a la Clave. Serían clementes…
—Nunca podré volver a la Clave —dijo con satisfacción—. ¿No lo entiendes? Aquellos de nosotros
que estamos con tu hijo ya no somos nefilim.
«Ya no somos nefilim.» Jocelyn iba a responderle, pero antes de que pudiera decir nada, él comenzó a
sacar sangre por la boca. Se desplomó y, mientras lo hacía, Jocelyn vio, tras él y armada con una
espada ancha, a Maryse.
Las dos mujeres se miraron durante un momento sobre el cadáver de Jeremy. Luego Maryse se dio la
vuelta y regresó a la batalla.
En cuanto Clary aferró la empuñadura, la espada estalló con una luz dorada. El fuego ardió por la hoja
desde la punta, iluminó las palabras que estaban grabadas en la hoja: «Quis ut Deus?», e hizo brillar la
empuñadura como si contuviera la luz del sol. Clary casi la dejó caer, pensando que se le había
prendido fuego, pero la llama parecía contenida dentro de la espada, y el metal estaba frío bajo sus
manos.
Después de eso, todo pareció ocurrir muy despacio. Se volvió, con la espada ardiendo en su mano.
Buscó desesperadamente a Sebastian entre la gente. No pudo verlo, pero sabía que estaba detrás del
estrecho nudo de cazadores de sombras que ella había tenido que apartar para llegar allí. Agarró la
espada con fuerza y fue hacia ellos, pero se encontró el camino bloqueado.
Por Jace.
—Clary —dijo éste. Parecía imposible que pudiera oírlo; el ruido alrededor era ensordecedor: gritos y
rugidos, y el estruendo del metal contra metal. Pero la marea de luchadores parecía haberse abierto a
ambos lados, como el mar Rojo, y dejaba un espacio vacío alrededor de Jace y de ella. La espada ardía, resbaladiza en su mano.
—Jace. Apártate de mi camino.
Clary oyó a Simon gritar algo a su espalda; Jace estaba negando con la cabeza. Sus ojos dorados eran
neutros, inescrutables. Tenía la cara ensangrentada por el cabezazo que ella le había dado en el pómulo,
y la piel se le estaba hinchando y amoratando.
—Dame esa espada, Clary.
—No. —Ella negó con la cabeza y retrocedió un paso. Gloriosa iluminaba el espacio en el que se
hallaban, iluminaba la hierba pisoteada y manchada de sangre que la rodeaba e iluminaba el rostro de
Jace mientras se acercaba a ella—. Jace. Puedo separarte de Sebastian. Puedo matarlo sin matarte a ti.
Él hizo una mueca. Sus ojos eran del mismo color que el fuego de la espada, o lo estaban reflejando,
Clary no estaba segura de qué, pero cuando lo miró se dio cuenta de que no importaba. Estaba viendo a
Jace y no a Jace; sus recuerdos de él, el guapo muchacho que había conocido, temerario consigo mismo
y con los demás, aprendiendo a ser cuidadoso y a pensar en la gente. Recordó la noche que habían
pasado juntos en Idris, con las manos cogidas en la estrecha cama, y el chico cubierto de sangre que la
había mirado con ojos angustiados y le había confesado que era un asesino en París.
—¿Matarlo? —preguntó Jace que no era Jace—. ¿Estás loca?
Y también recordó la noche en el lago Lyn, Valentine atravesándolo con la espada, y el modo en que la
propia vida de Clary pareció desangrarse junto con la sangre de él.
Y lo había visto morir, allí en la orilla del lago en Idris. Y después, cuando lo había vuelto a la vida, él
se había arrastrado hasta ella y la había mirado con aquellos ojos que ardían como la Espada, como la
sangre incandescente de un ángel.
«Estaba perdido en la oscuridad —había dicho él—. No había nada excepto sombras, y yo era una
sombra. Y entonces oí tu voz.»
Pero esa voz se mezcló con otra, más reciente: Jace frente a Sebastian en el salón del apartamento de
Valentine, diciéndole que preferiría morir que vivir de aquella manera. Lo oía perfectamente en ese
momento, hablando, diciéndole a ella que le diera la espada y que, si no, se la arrebataría. Su voz era
dura, impaciente, la voz de alguien hablándole a un niño. Y supo que, en ese momento, igual que él no
era Jace, la Clary que él amaba no era ella. Era sólo un recuerdo de ella, desvaído y distorsionado: la
imagen de alguien dócil y obediente, alguien que no entendía que el amor dado sin libre albedrío o
sinceridad no era amor en absoluto.
—Dame la espada. —Él tenía la mano extendida, la barbilla alzada y el tono imperioso—. Dámela,
Clary.
—¿La quieres?
Alzó Gloriosa, de la forma en que él le había enseñado a hacerlo, equilibrando su peso, aunque la
notaba pesada en la mano. La llama se hizo más brillante, hasta que pareció llegar a lo alto y tocar las
estrellas. Jace estaba sólo a la distancia de la espada, con los ojos dorados mirándola incrédulos.
Incluso en ese momento, él no creía que ella fuera a hacerle daño, daño de verdad. Incluso en ese
momento.
Ella inspiró hondo.
—Tómala.
Clary vio que los ojos de Jace se encendían de la misma manera que lo habían hecho el día del lago, y
entonces lo atravesó con la espada, de la misma forma que lo había hecho Valentine. En ese momento
entendió que así era como debía ser. Él había muerto así, y ella se lo había arrancado a la muerte. Pero
ésta había vuelto de nuevo.
«No puedes engañar a la muerte. Al final, tendrá lo que es suyo.»
Gloriosa se le hundió en el pecho, y Clary notó que la mano ensangrentada le resbalaba en la
empuñadura cuando la hoja chocó contra las costillas y se fue hundiendo hasta que el puño de Clary
chocó con el cuerpo de él y se quedó inmóvil. Él no se había movido, y ella estaba pegada a él,
aferrando Gloriosa mientras la sangre comenzaba a manar de la herida del pecho. Se oyó un grito, un alarido de furia, dolor y terror: el sonido de alguien a quien estaban despedazando
brutalmente.
«Sebastian», pensó Clary. Sebastian gritando al cortarse el lazo que lo unía a Jace.
Pero Jace no. Jace no hizo ningún ruido. A pesar de todo, su rostro estaba aclamado y tranquilo, como
el rostro de una estatua. Miró a Clary, y los ojos le brillaron, como si estuvieran llenos de luz.
Y entonces, Jace comenzó a arder.
Alec no recordaba haber bajado de lo alto de la piedra de la tumba, o abrirse paso por la planicie rocosa
entre los cuerpos caídos: cazadores de sombras oscuros, licántropos muertos y heridos. Sus ojos
buscaban sólo a una persona. Tropezó y casi cayó; cuando alzó la mirada y barrió el campo que tenía
delante, vio a Isabelle, arrodillada junto a Magnus sobre el suelo pedregoso.
Alec se sintió como si no tuviera aire en los pulmones. Nunca había visto a Magnus tan pálido, tan
quieto. Había sangre en el cuero de su armadura, y también en el suelo bajo él. Pero era imposible,
Magnus hacía tanto tiempo que vivía… Era permanente. Un hito. Magnus no moría antes que él en
ningún mundo que la imaginación de Alec pudiera concebir.
—Alec. —Era la voz de Izzy, que nadaba hacia él como si estuviera en el agua—. Alec, Magnus
respira.
Alec dejó escapar el aliento en una especie de suspiro tembloroso. Le tendió la mano a su hermana.
—Daga.
Ella se la pasó en silencio. Nunca había prestado tanta atención como él a las clases de primeros
auxilios; siempre había dicho que las runas ya harían el trabajo. Alec abrió por delante la armadura de
cuero de Magnus, y luego la camisa que llevaba debajo, apretando los dientes. Podría ser que la
armadura fuera lo que lo estaba manteniendo vivo.
Luego apartó los lados con sumo cuidado, sorprendido ante la firmeza de sus propias manos. Había
mucha sangre, y una amplia herida de cuchillo bajo el lado derecho de las costillas de Magnus. Pero
por el ritmo con que respiraba, era evidente que no le había perforado el pulmón. Alec se sacó la
chaqueta, la enrolló y la presionó sobre la herida, que aún sangraba.
Magnus abrió los ojos con dificultad.
—Au —dijo con voz débil—. Deja de apoyarte en mí.
—¡Por Raziel! —exclamó Alec, agradecido—. Estás bien. —Pasó la mano libre bajo la cabeza de
Magnus, acariciándole la mejilla con el pulgar—. Pensab…
Miró a su hermana antes de decir algo demasiado embarazoso, pero ella se había alejado en silencio.
—Te vi caer —dijo Alec en voz baja. Se inclinó y le dio un ligero beso en la boca, no queriendo hacerle
daño—. Pensaba que habías muerto.
Magnus sonrió de medio lado.
—¿Qué? ¿de un arañazo? —Miró a la chaqueta de Alec, que se iba enrojeciendo bajo la mano—. Vale,
un arañazo profundo. Como de un gato muy, muy grande.
—¿Estás delirando? —preguntó Alec.
—No. —Magnus juntó las cejas—. Amatis buscaba el corazón, pero no me ha alcanzado en ningún
punto vital. El problema es que la pérdida de sangre me está quitando la energía y mi capacidad para
curarme a mí mismo. —Respiró hondo y acabó tosiendo—. Ven, dame la mano—. Alzó la mano y Alec
entrelazó sus dedos con los de él, la palma de Magnus dura contra la suya—. ¿Recuerdas la noche de la
batalla en el barco de Valentine, cuando necesité parte de tu fuerza?
—¿La necesitas de nuevo? —preguntó Alec—. Porque puedes tenerla.
—Siempre necesito tu fuerza, Alec —repuso Magnus, y cerró los ojos mientras sus dedos unidos
comenzaban a brillar, como si entre ambos sujetaran una estrella.
El fuego estalló a través de la empuñadura y por la hoja de la espada del Ángel. La llama lanzó a Clary
una especie de descarga eléctrica que la tiró al suelo. El calor del rayo le ardió corriéndole por la venas,
y ella se retorció de dolor, agarrándose como si así pudiera evitar que el cuerpo le estallara en pedazos. Jace cayó de rodillas. Aún tenía clavada la espada, pero ésta ardía con una llama blanco dorada, y el
fuego le llenaba el cuerpo como agua coloreada llenando una jarra de cristal. Llamas doradas lo
recorrían y le volvían la piel traslúcida. Su cabello era de bronce; sus huesos eran yesca dura y
brillante, visibles bajo la piel. La propia Gloriosa estaba quemándose, se disolvía en gotas líquidas
como el oro fundiéndose en un crisol. Jace tenía la cabeza echada hacia atrás y el cuerpo tirante
formando un arco, mientras el incendio seguía en su interior. Clary trató de acercase a él por el suelo
pedregoso, pero el calor que salía del cuerpo de Jace era excesivo. Él se apretaba las manos contra el
pecho, y un río de sangre dorada se le derramaba entre los dedos. La piedra en la que se arrodillaba se
estaba ennegreciendo, quebrándose, convirtiéndose en cenizas. Y luego Gloriosa se consumió como el
final de una hoguera, soltando una lluvia de chispas, y Jace se desplomó hacia delante sobre la piedra.
Clary trató de ponerse en pie, pero las piernas no le aguantaron. Aún sentía las venas como si el fuego
las estuviera atravesando, y el dolor se le disparaba por la superficie de la piel como si fueran
atizadores ardientes. Se arrastró hacia delante, ensangrentándose los dedos y oyendo como se le rajaba
el vestido de ceremonias, hasta que llegó a a donde estaba Jace.
Éste yacía de lado con la cabeza apoyada en un brazo, y el otro extendido. Ella se desplomó junto a él.
El calor manaba del cuerpo de Jace como si fuera un lecho de ascuas, pero a ella no le importó. Podía
verle la raja en la espalda del uniforme, donde Gloriosa lo había atravesado. Había cenizas de las rocas
quemadas mezcladas con su cabello dorado, y sangre.
Despacio, con cada movimiento doliéndole como si fuera muy anciana, como si hubiera envejecido un
año por cada segundo que Jace había estado ardiendo, Clary tiró de él, y acabó poniéndolo de espaldas
sobre la piedra manchada de sangre y ennegrecida. Le miró el rostro, ya no de oro, pero aún hermoso.
Clary le puso la mano en la mejilla, donde el rojo de la sangre de él contrastaba con el rojo más oscuro
de su vestimenta. Ella había notado los filos de la espada rasgarle los huesos de las costillas. Había
visto la sangre derramársele entre los dedos, tanta sangre que había manchado las rocas bajo él de
negro y le había endurecido las puntas del cabello.
Y sin embargo…
«No, si en él hay más Cielo que Infierno.»
—Jace —susurró ella. Por todas partes a su alrededor había pies que corrían. Los destrozados restos del
pequeño ejército de Sebastian estaban huyendo por el Burren, dejando caer las armas mientras
escapaban. Clary no les prestó atención—. Jace.
Él no se movió. Su rostro estaba inmóvil, en paz bajo la luz de la luna. Las pestañas parecían finas
sombras de telaraña sobre lo alto de los pómulos.
—Por favor —rogó ella, y le pareció que la voz le rasgaba el cuello al salir. Cuando respiró, los
pulmones le ardieron—. Mírame.
Clary cerró los ojos. Cuando los volvió a abrir, su madre estaba arrodillada junto a ella, tocándole el
hombro. Las lágrimas caían por el rostro de Jocelyn. Pero eso no podía ser… ¿Por qué iba a estar
llorando su madre?
—Clary —susurró Jocelyn—. Suéltalo. Está muerto.
En la distancia, Clary vio a Alec junto a Magnus.
—No —contestó—. La espada… quema la maldad. Aún podría estar vivo..
Su madre le pasó una mano por la espalda, y los dedos se le engancharon en los sucios rizos de Clary.
—Clary, no…
«Jace —pensó ésta con fiereza, apretándole los brazos con las manos—. Eres más fuerte que todo esto.
Si eres tú, realmente tú, abrirás los ojos y me mirarás.»
De repente, Simon estaba allí, arrodillado al otro lado de Jace, con el rostro manchado de sangre y
suciedad. Fue a coger a Clary. Ella movió la cabeza secamente para mirarlo, a él y a su madre, y vio a
Isabelle acercándose tras ellos, con los ojos muy abiertos, caminando despacio. La parte delantera de su
traje estaba manchada de sangre. Incapaz de enfrentarse a Izzy, Clary torció la cabeza y clavó los ojos
en el cabello dorado de Jace. —Sebastian —exclamó Clary, o trató de exclamar. La voz le salió como un graznido—. Alguien
debería buscarlo.
«Y dejarme en paz.»
«…y»
—Ya lo están buscando. —Su madre se inclinó hacia ella, con ojos abiertos y ansiosos—. Clary,
suéltalo. Clary, cariño…
—Déjala —oyó Clary que decía, cortante, Isabelle. Oyó también la protesta de su madre, pero todo lo
que hacían parecía suceder a una gran distancia, como si Clary estuviera contemplando una obra de
teatro desde la última fila. Nada importaba excepto Jace. Jace ardiendo. Las lágrimas le abrasaron los
ojos.
—Jace, maldita sea —exclamó con una voz que le salía a trompicones—. No estás muerto.
—Clary —repuso Simon con suavidad—. Si hubiera una oportunidad…
«Apártate de él.» Eso era lo que le estaba pidiendo Simon, pero ella no podía. No pensaba hacerlo.
—Jace —susurró. Era como un mantra, de la misma forma que una vez él la había abrazado en
Renwick y había repetido su nombre una y otra vez—. Jace Lightwood…
Se quedó helada. Allí. Un movimiento tan minúsculo que casi no era movimiento. La agitación de una
pestaña. Se inclinó sobre él, casi perdiendo el equilibrio, y le apretó con la mano la rajada tela escarlata
que le cubría el pecho, como si pudiera sanarle la herida que ella le había abierto. En vez de eso, notó
bajo los dedos, y tan maravilloso que por un momento no pareció tener sentido, que era imposible que
fuera, el ritmo del corazón de Jace.
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