Alec alzó la mano con la piedra de la luz mágica y unos rayos brillantes manaron entre sus dedos,
iluminando un rincón de la estación de City Hall y luego otro. Pegó un bote cuando un ratón chilló
mientras corría por el polvoriento andén. Alec era un cazador de sombras; había estado en muchos
lugares oscuros, pero el aire abandonado de aquella estación tenía algo que lo hacía estremecer.
Quizá fuera la desazón de la deslealtad que había sentido al abandonar su puesto de guardia en Staten
Island y dirigirse hacia el ferry en cuanto Magnus se había marchado. No había pensado lo que estaba
haciendo; simplemente lo había hecho, como si estuviera en piloto automático. Si se daba prisa, seguro
que podría estar de vuelta allí antes de que Jocelyn e Isabelle regresaran, antes de que nadie se diera
cuenta de que se había marchado.
Alec alzó la voz.
—¡Camille! —llamó—. ¡Camille Belcourt!
Oyó una suave risa, que reverberó en las paredes de la estación. Y luego ella estaba allí, en lo alto de la
escalera, mientras el brillo de la luz mágica perfilaba su silueta.
—Alexander Lightwood —dijo ella—. Sube.
Desapareció. Alec siguió su luz mágica escaleras arriba y encontró a Camille donde la vez anterior, en
el vestíbulo de la estación. Ella iba vestida a la moda de una época pasada: un largo vestido de
terciopelo pinzado en la cintura, el cabello crepado con rizos de rubio pálido, los labios de un rojo
oscuro. Alec supuso que era hermosa, aunque él no era el mejor juez del atractivo femenino, y tampoco
ayudaba que la odiase.
—¿A qué viene el disfraz? —preguntó él.
Camille sonrió. Su piel era muy fina y blanca, sin líneas oscuras; se había alimentado hacía poco.
—Un baile de disfraces en el centro. He comido muy bien. ¿Por qué estás aquí, Alexander?
¿Hambriento de buena conversación?
Alec pensó que si él fuera Jace, tendría la respuesta perfecta, alguna ironía o comentario sarcástico
astutamente camuflado. Alec sólo se mordió el labio.
—Te dije que volvería si me interesaba lo que me ofrecías.
Camille pasó una mano por el respaldo del diván, el único mueble de la estancia.
—Y has decidido que te interesa.
Alec asintió con la cabeza.
Camille soltó una risita.
—¿Entiendes lo que me estás pidiendo?
A Alec el corazón le golpeaba el pecho con fuerza. Se preguntó si Camille podría oírlo.
—Me dijiste que podía hacer a Magnus mortal. Como yo.
Los carnosos labios de Camille se afinaron.
—Así fue —repuso—. Debo admitir que dudaba que te interesara. Te marchaste con bastante
precipitación.
—No juegues conmigo —replicó él—. No tengo tanto interés en lo que me ofreces.
—Mentiroso —dijo ella como si nada—. O no estarías aquí. —Rodeó el diván y se acercó a él,
recorriéndole el rostro con la mirada—. Así de cerca, no te pareces tanto a Will como pensaba. Tienes
su tono de piel, pero la forma del rostro es distinta… Quizá, una ligera debilidad en el mentón…
—Cierra el pico —dijo él. De acuerdo, no era una ironía al nivel de Jace, pero era algo—. No quiero
oírte hablar de Will.
—Muy bien. —Camille se estiró perezosamente, como un gato—. Hace muchos años de eso, cuando
Magnus y yo éramos amantes. Estábamos juntos en la cama, después de una noche bastante
apasionada. —Vio que Alec se tensaba y sonrió—. Ya sabe de qué se habla en la cama. Se confiesan las debilidades. Magnus me habló de la existencia de un hechizo, uno que se podía emplear para
arrebatarle la inmortalidad a un brujo.
—¿Y por qué no busco yo qué hechizo es y lo hago? —La voz de Alec se alzó y se quebró—. ¿Para
qué te necesito?
—Primero, porque eres un cazador de sombras; no tienes ni idea de cómo realizar un hechizo —
contestó ella, muy tranquila—. Segundo, porque si tú lo haces, él sabrá que has sido tú. Si lo hago yo,
supondrá que se trata de una venganza. Por despecho. A mí no me importa lo que piense Magnus, pero
a ti sí.
Alec la miró fijamente.
—¿Y lo vas a hacer como un favor personal hacia mí?
Ella se rió, haciendo un sonido como de campanillas.
—Claro que no —contestó—. Tú me haces un favor, y yo te hago otro. Así es como se hacen estas
cosas.
Alec apretó la mano alrededor de la piedra de luz mágica hasta que los bordes se le clavaron.
—¿Y qué favor quieres que te haga?
—Es muy sencillo —respondió ella—. Quiero que mates a Raphael Santiago.
El puente que cruzaba el abismo hasta la Ciudadela Infracta estaba cubierto de cuchillos. Estaban
hundidos, con la punta hacia arriba, a intervalos irregulares a lo largo del puente, por lo que sólo se
podía cruzar muy despacio, eligiendo diestramente el camino. A Isabelle le costó poco, pero sorprendía
ver la agilidad con la que Jocelyn, que llevaba quince años sin ser una cazadora de sombras en activo,
avanzaba.
Para cuando Isabelle había llegado al otro lado del puente, su runa dexterita ya se le había borrado de la
piel y sólo quedaba una tenue marca blanca. Jocelyn sólo iba un paso por detrás de ella, y por muy
irritante que Isabelle encontrase a la madre de Clary, se alegró al momento cuando Jocelyn alzó la
mano y una piedra de luz mágica resplandeció, iluminando el espacio en el que se hallaban.
Las paredes estaban talladas en adamas, por lo que una tenue luz parecía brillar desde ellas. El suelo
también era de piedra demoníaca, y en el centro había un círculo negro. Dentro del círculo estaba
grabado el símbolo de las Hermanas de Hierro: un corazón atravesado por un cuchillo.
Unos susurros hicieron a Isabelle apartar la mirada del suelo y alzar los ojos. Una sombra apareció
dentro de una de las lisas paredes blancas; una sombra que se fue haciendo más nítida, más cercana. De
repente, una parte de la pared se deslizó hacia un lado y salió una mujer.
Llevaba un vestido blanco, largo y holgado, ajustado a las muñecas y bajo los pechos por una atadura
plateada clara de cordón demoníaco. Su rostro era al mismo tiempo terso y antiguo. Podría ser de
cualquier edad. Llevaba el largo cabello oscuro recogido en una gruesa trenza, que le caía por la
espalda. Sobre los ojos y las sienes tenía tatuada una intrincada máscara de florituras del color naranja
de las llamas al bailar.
—¿Quién visita a las Hermanas de Hierro? —preguntó—. Decid vuestros nombres.
Isabelle miró a Jocelyn, que le hizo un gesto para que hablara primero. La chica carraspeó.
—Soy Isabelle Lightwood, y ésta es Jocelyn Fr… Fairchild. Hemos venido a pediros ayuda.
—Jocelyn Morgenstern —repuso la mujer—. Nacida Fairchild, pero no puedes borrar tan fácilmente la
mancha de Valentine de tu pasado. ¿No le volviste la espalda a la Clave?
—Es cierto —contestó Jocelyn—. Soy una renegada. Pero Isabelle es una hija de la Clave. Su madre…
—Dirige el Instituto de Nueva York —concluyó la mujer—. Aquí estamos apartadas, pero no
carecemos de fuentes de información; no soy tonta. Mi nombre es hermana Cleophas, y soy una
Hacedora. Modelo el adamas para que las otras hermanas lo tallen. Reconozco ese látigo que te
enrollas tan astutamente en la muñeca. —Señaló a Isabelle—. Y en cuanto al adorno que llevas al
cuello…
—Si tanto sabes —la interrumpió Jocelyn, mientras Isabelle se llevaba la mano al rubí que le colgaba
del cuello—, entonces ¿sabes por qué estamos aquí? ¿Por qué hemos acudido a vosotras? La hermana Cleophas entrecerró los ojos y sonrió lentamente.
—A diferencia de nuestros hermanos mudos, en la Fortaleza no podemos leer el pensamiento. Por lo
tanto, dependemos de una red de información, por lo general muy eficaz. Supongo que esta visita tiene
algo que ver con la situación relacionada con Jace Lightwood, ya que su hermana está aquí, y con tu
hijo, Jonathan Morgenstern.
—Tenemos un enigma —repuso Jocelyn—. Jonathan Morgenstern conspira contra la Clave, al igual
que hizo su padre. La Clave lo ha condenado a muerte. Pero Jace, es decir, Jonathan Lightwood, es
muy querido por su familia, que no han hecho ningún mal, y por mi hija. El enigma es que Jace y
Jonathan están unidos por una magia de sangre muy antigua.
—¿Magia de sangre? ¿Qué clase de magia de sangre?
Jocelyn sacó las notas dobladas de Magnus del bolsillo de su uniforme y se las entregó. Cleophas las
revisó con su feroz mirada fija. Isabelle se sorprendió al ver que los dedos de sus manos eran muy
largos, no elegantemente largos sino grotescamente, como si los huesos se le hubieran estirado tanto
que cada mano parecía una araña albina. Las uñas estaban limadas en punta, cada una acabada con
electrum.
La hermana Cleophas meneó la cabeza.
—Las Hermanas tenemos poco que ver con la magia de sangre.
El color de llamas de sus ojos pareció bailotear y luego atenuarse, y un momento después apareció otra
sombra desde detrás de la superficie como vidrio empañado de la pared de adamas. Esa vez, Isabelle
observó más fijamente mientras la segunda Hermana de Hierro salía por el agujero. Era como ver a
alguien surgir de una nube de humo blanco.
—Hermana Dolores —dijo Cleophas, y le entregó las notas de Magnus a la recién llegada. Ésta se
parecía mucho a Cleophas; la misma constitución alta y estrecha, el mismo vestido blanco, el mismo
cabello largo, aunque en su caso era gris y sujeto al final de sus dos trenzas por un hilo de oro. A pesar
del cabello gris, su rostro no mostraba ninguna arruga; sus ojos, del color del fuego, eran brillantes—.
¿Puedes entender esto?
Dolores echó un vistazo a las páginas.
—Un hechizo de unión —contestó—. Muy parecido a nuestra propia ceremonia de parabatai, pero su
adscripción es demoníaca.
—¿Qué lo hace demoníaco? —preguntó Isabelle—. Si el hechizo de parabatai es inocuo…
—¿Lo es? —intervino Cleophas, pero Dolores le lanzó una mirada para acallarla.
—El ritual de parabatai une a dos individuos pero deja libres sus voluntades independientes —explicó
Dolores—. Éste une a dos, pero subordina uno a otro. Lo que crea el primario, el otro lo creerá; lo que
quiere el primero, el otro lo querrá. Básicamente elimina el libre albedrío del socio secundario del
hechizo, y por eso es demoníaco. Porque el libre albedrío es lo que nos convierte en criaturas del Cielo.
—También parece querer decir que cuando se hiere a uno, el otro también resulta herido —dijo Jocelyn
—. ¿Podemos presumir lo mismo respecto a la muerte?
—Sí. Ninguno sobrevive a la muerte del otro. Esto tampoco forma parte de nuestro ritual de parabatai,
porque es demasiado cruel.
—La pregunta que queremos plantearos es ésta —continuó Jocelyn—. ¿Existe alguna arma forjada, o
que podáis crear, que pueda dañar a uno sin dañar al otro? ¿O que pueda separarlos?
La hermana Dolores volvió a mirar las notas, y luego se las devolvió a Jocelyn. Sus manos, como las de
su colega, eran largas y delgadas, y tan blancas como la nieve.
—Ninguna arma que hayamos forjado o podamos forjar jamás tiene ese poder.
Isabelle apretó los puños en los costados, clavándose las uñas.
—¿Quieres decir que no hay nada?
—Nada en este mundo —respondió Dolores—. Una hoja del Cielo o del Infierno tal vez lo hiciera. La
espada del Arcángel Miguel, con la que Josué luchó en Jericó, porque está insuflada con el fuego celestial. Y hay hojas forjadas en la oscuridad del Pozo que podrían ayudaros, aunque cómo se podría
obtener alguna, es algo que desconozco.
—Y la Ley nos impediría decíroslo si lo supiéramos —añadió Cleophas con aspereza—.
Comprenderéis, naturalmente, que también tendremos que informar a la Clave de vuestra visita…
—¿Y qué hay de la espada de Josué? —la interrumpió Isabelle—. ¿Podéis conseguirla? ¿O podemos
nosotras?
—Sólo un ángel puede donaros esa espada —contestó Dolores—. Y convocar a un ángel representa ser
condenado con el fuego celestial.
—Pero Raziel… —comenzó Isabelle.
Los labios de Cleophas se convirtieron en una delgada línea.
—Raziel nos dejó los Instrumentos Mortales para que pudiéramos llamarlo en un momento de gran
necesidad. Esa única oportunidad se perdió cuando Valentine lo invocó. Nunca seremos capaces de
emplear su poder de nuevo. Fue un crimen emplear los Instrumentos de esa manera. La única razón por
la que Clarissa Morgenstern evita la culpabilidad es porque fue su padre quien lo invocó, no ella.
—Mi esposo también invocó a otro ángel —repuso Jocelyn. Habló en voz baja—. El ángel Ithuriel. Lo
mantuvo prisionero durante muchos años.
Ambas Hermanas vacilaron antes de que Dolores hablara.
—Hacer caer a un ángel en una trampa es el más negro de los delitos —afirmó—. La Clave no lo
aprobaría nunca. Incluso si invocaras a alguno, nunca podrías obligarlo a cumplir tu voluntad. No
existe ningún hechizo para eso. Nunca conseguirías que un ángel te diera la espada del Arcángel:
Puedes arrebatarle algo a un ángel a la fuerza, pero no hay crimen mayor. Es mejor que tu Jonathan
muera antes que mancillar así a un ángel.
Ante eso, Isabelle, que se había ido enfureciendo, estalló.
—Ése es el problema que tenéis vosotros, todos vosotros, las Hermanas de Hierro y los Hermanos
Silenciosos. Sea lo que sea que os hagan para cambiaros de cazadores de sombras a lo que sois, os
elimina todo sentimiento. Podemos ser en parte ángeles, pero también somos humanos. Vosotros no
entendéis el amor, o lo que la gente hace por amor, por la familia…
La llama saltó en los ojos naranja de Dolores.
—Tuve una familia —dijo—. Un esposo e hijos, todos asesinados por los demonios. No me quedó
nada. Siempre había sido hábil formando cosas con las manos, así que me convertí en una Hermana de
Hierro. La paz que eso me ha proporcionado es una paz que no creo que hubiera hallado en ningún otro
lugar. Por esa razón elegí el nombre de Dolores. Así que no quieras decirnos lo que sabemos o no
sabemos sobre el dolor, o sobre la humanidad.
—No sabéis nada —soltó Isabelle—. Sois tan duras como la piedra demoníaca. No me sorprende que
os rodeéis de ella.
—El fuego templa el oro, Isabelle Lightwood —dijo Cleophas.
—Oh, cierra el pico —replicó Isabelle—. Ambas habéis sido una pésima ayuda.
Se volvió sobre los talones y volvió a cruzar el puente, casi sin fijarse en los cuchillos que convertían el
camino en una trampa mortal, dejándose guiar por su entrenamiento. Llegó al otro lado y cruzó la
puerta; sólo cuando estuvo fuera se dejó vencer por el pesar. Cayó de rodillas sobre el musgo y las
rocas volcánicas, bajo el enorme cielo gris, y tembló en silencio, aunque ninguna lágrima acudió.
Le pareció que pasaban siglos hasta que oyó un suave paso a su lado y Jocelyn se arrodilló junto a ella,
rodeándola con los brazos. Curiosamente, Isabelle descubrió que no le importaba. Aunque nunca le
había caído muy bien Jocelyn, había algo tan universalmente maternal en ella que Isabelle se dejó
llevar, casi contra su voluntad.
—¿Quieres saber qué han dicho después de que te fueras? —le preguntó Jocelyn, cuando Isabelle dejó
de temblar.
—Estoy segura de que algo sobre que soy una deshonra para los cazadores de sombras de todas partes,
etcétera. —Lo cierto es que Cleophas ha dicho que serías una excelente Hermana de Hierro, y que si alguna vez
estás interesada, se lo hagas saber. —Jocelyn le acarició el cabello.
A pesar de todo, Isabelle contuvo una carcajada. Miró a Jocelyn.
—Dímelo.
La mano de la mujer se detuvo.
—¿Que te diga qué?
—Quién fue. Con quién tuvo mi padre una aventura. No lo entiendes. Siempre que veo a una mujer de
la edad de mi madre, me pregunto si fue con ella. La hermana de Luke. La Cónsul. Tú…
Jocelyn suspiró.
—Fue con Annamarie Highsmith. Murió durante el ataque de Valentine a Alacante. Dudo que la hayas
conocido.
Isabelle abrió la boca, luego la cerró de nuevo.
—Ni siquiera había oído su nombre nunca.
—Bien. —Jocelyn le sujetó un mechón suelto—. ¿Te sientes mejor, ahora que lo sabes?
—Claro —mintió Izzy, mirando al suelo—. Me siento mucho mejor.
Después de la comida, Clary había vuelto al dormitorio de abajo con la excusa de que estaba muy
cansada. Con la puerta bien cerrada, había tratado de conectar con Simon de nuevo, aunque se dio
cuenta de que, dada la diferencia horaria entre donde se hallaba, Venecia, y Nueva York, era muy
posible que estuviera durmiendo. Al menos, rogó por que estuviera dormido. Era mucho más preferible
esperar eso que considerar la posibilidad de que los anillos no funcionaran.
Sólo llevaba una media hora en el dormitorio cuando llamaron a la puerta. Dijo: «Entra», mientras se
apoyaba sobre las manos, con los dedos doblados como si así pudiera esconder el anillo.
La puerta se abrió despacio, y Jace la miró desde el umbral. Clary recordó otra noche, el calor de
verano y una llamada en la puerta.
«Jace. Limpio, en vaqueros y una camisa gris; el cabello recién lavado, un halo de oro húmedo. Los
hematomas de su rostro ya pasando del morado a un tenue gris, y las manos a la espalda.»
—Hola —saludó él. En esta ocasión tenía las manos a la vista y llevaba un jersey suave del color del
bronce que resaltaba el dorado de sus ojos. No tenía morados en el rostro, y las ojeras que casi se había
acostumbrado a verle bajo los ojos habían desaparecido.
«¿Él es feliz así? ¿Realmente feliz? Y si lo es, ¿de qué lo estás salvando?»
Clary apartó la vocecita de su cabeza y se obligó a sonreír.
—¿Qué pasa?
Él sonrió. Era una sonrisa pícara, de las que hacían que la sangre se le acelerara a Clary.
—¿Quieres que tengamos una cita?
—¿Una qu… qué? —tartamudeó ella, pillada desprevenida.
—Una cita —repitió Jace—. A menudo «una cosa aburrida que tienes que memorizar en una clase de
literatura», pero, en este caso, «una oferta de una noche de romance al rojo vivo con un servidor».
—¿De verdad? —Clary no estaba muy segura de cómo tomárselo—. ¿Al rojo vivo?
—Soy yo —repuso Jace—. Verme jugar al Scrabble es suficiente para que algunas mujeres se
desmayen. Así que imagínate si hago un pequeño esfuerzo.
Clary se incorporó y se miró. Vaqueros, blusa de seda verde. Pensó en los cosméticos que había en la
especie de santuario que era el dormitorio de arriba. No podía evitarlo; estaba deseando ponerse un
poco de pintalabios.
Jace le tendió la mano.
—Estás fabulosa —le dijo—. Vámonos.
Ella le cogió la mano y le dejó que la pusiera en pie.
—No sé…
—Vamos. —La voz de Jace tenía ese tono seductor y como burlándose de sí mismo que ella recordaba
de cuando empezaban a conocerse, cuando él la había llevado al invernadero para enseñarle la flor que florecía a medianoche—. Estamos en Italia. Venecia. Una de las ciudades más hermosas del mundo.
Sería una vergüenza no verla, ¿no te parece?
Jace tiró de ella, que chocó contra su pecho. La tela de su camisa era suave, y él olía a su jabón y
champú de siempre. El corazón de Clary latía fuerte.
—O podríamos quedarnos —propuso él, en un tono ligeramente entrecortado.
—¿Para que me desmaye viéndote hacer una palabra que puntúe triple? —Con un esfuerzo, se apartó
de él—. Y evítame los chistes sobre marcarte tantos.
—Maldita sea, me lees el pensamiento —replicó él—. ¿Es que no hay ningún juego de palabras guarro
que no puedas prever?
—Es mi magia especial. Cuando tienes malos pensamientos, te los puedo leer.
—O sea, el noventa y cinco por ciento del tiempo.
Ella alzó la cabeza para mirarlo a los ojos.
—¿Noventa y cinco por ciento? ¿Y qué pasa con el otro cinco por ciento?
—Oh, ya sabes, lo normal: demonios que tengo que matar, runas que debo aprender, gente que me ha
cabreado recientemente, gente que me ha cabreado no tan recientemente, patos.
—¿Patos?
Él le quitó importancia con un gesto.
—Muy bien. Ahora mira eso.
La cogió por los hombros y la hizo volverse para que ambos miraran hacia el mismo lado. Un momento
después, y sin que Clary supiera cómo, las paredes de la habitación parecieron deshacerse alrededor de
ellos, y se encontró encima de unos adoquines. Soltó un grito ahogado de sorpresa mientras se volvía
para mirar hacia atrás, y sólo vio una pared vacía con ventanas en lo alto, de un viejo edificio de
grandes carreos. Filas de casas similares se alineaban por el canal junto al que se hallaban. Si inclinaba
la cabeza hacia la izquierda, conseguía ver a lo lejos que el canal se abría hacia otro más grande,
flanqueado por grandiosos edificios. Por todas partes olía a agua y piedra.
—Guay, ¿eh? —dijo Jace con orgullo.
Ella lo miró.
—¿Patos? —repitió.
Una sonrisa tironeó de los labios de Jace.
—Odio los patos. No sé por qué; siempre los he odiado.
Por la mañana temprano, Maia y Jordan llegaron a la Mansión Praetor, el cuartel general del Praetor
Lupus. La camioneta traqueteó y botó sobre el largo camino blanco entre jardines recortados hasta dar a
una enorme casa que se alzaba en la distancia como la proa de un barco. Tras ella, Maia veía filas de
árboles, y más atrás aún, el agua azul del Sound en la distancia.
—¿Fue aquí donde te entrenaste? —preguntó—. Este lugar es maravilloso.
—No te dejes engañar —repuso Jordan sonriendo—. Es un campo de entrenamiento.
Ella lo miró de reojo. Él seguía sonriendo. Lo había estado haciendo, casi sin parar, desde que ella lo
había besado junto a la playa al amanecer. En parte, Maia se sentía como si una mano la hubiera
lanzado volando al pasado, cuando amaba a Jordan más de lo que se podía imaginar, pero por otra parte
se sentía totalmente a la deriva, como si se hubiera despertado en medio de un paraje totalmente
desconocido, lejos de la cotidianeidad de su vida normal y del calor de la manada.
Resultaba muy peculiar. No malo, pensó. Sólo… peculiar.
Jordan detuvo la camioneta en la plazoleta circular que se abría ante la casa que, de cerca, Maia pudo
ver que estaba construida con bloques de piedra dorada, del color de la piel del lobo. Una puerta doble
negra se hallaba en lo alto de una enorme escalera de piedra. En el centro de la plazoleta había un gran
reloj de sol, y en su esfera vio que eran las siete de la mañana. Alrededor del borde del reloj había unas
palabras grabadas: «SÓLO MARCO LAS HORAS QUE BRILLAN».
Maia abrió la puerta y saltó de la cabina justo cuando las puertas de la casa se abrían.
—¡Praetor Kyle! —se oyó decir a una voz.
Jordan y Maia alzaron la mirada. Por la escalera descendía un hombre maduro en un traje negro carbón;
tenía el rubio cabello mechado de gris. Jordan eliminó toda expresión de su rostro y se dirigió a él.
—Praetor Scott —saludó—. Te presento a Maia Roberts, de la manada de Garroway. Maia, éste es
Praetor Scott. Él dirige el Praetor Lupus.
—Desde 1800, los Scott siempre han dirigido el Praetor —explicó el hombre, mirando a Maia, que
inclinó la cabeza en señal de sumisión—. Jordan, debo admitir que no te esperaba tan pronto de vuelta.
La situación con el vampiro diurno en Manhattan…
—Está controlada —se apresuró a decir el chico—. Pero no es por eso que estamos aquí. Esto tiene que
ver con algo totalmente diferente.
Praetor Scott arqueó las cejas.
—Ahora me has picado la curiosidad.
—Es un asunto bastante urgente —intervino Maia—. Luke Garroway, el líder de nuestra manada…
Praetor Scott la miró con dureza, silenciándola. Aunque no tuviera manada, era un macho dominante;
eso resultaba evidente en todo él. Los ojos, bajo unas espesas cejas, eran gris verdoso; en el cuello, bajo
la camisa, destellaba el colgante de bronce de los Praetor, con sus marcas de patas de lobo.
—El Praetor decide qué asuntos considera urgentes —replicó él—. Y tampoco estamos en un hotel,
abierto a huéspedes que no han sido invitados. Jordan ha cometido un atrevimiento al traerte aquí, y de
no ser porque es uno de nuestros graduados más prometedores, os podría haber dicho que os fuerais.
Jordan se colgó los pulgares de la cintura de los vaqueros y miró al suelo. Un momento después,
Praetor Scott le puso la mano en el hombro.
—Pero —continuó éste— eres uno de nuestros graduados más prometedores. Y parecéis agotados; veo
que os habéis pasado toda la noche en vela. Entrad, y discutiremos este asunto tranquilamente en mi
despacho.
El despacho resultó estar al fondo de un pasillo largo y sinuoso, forrado de elegante madera oscura. En
la casa se oían animadas voces, y un letrero, donde ponía REGLAS DE LA CASA, estaba clavado en la
pared junto a la escalera.
REGLAS DE LA CASA
• No se permiten transformaciones en los pasillos.
• No se permite aullar.
• No se permite plata.
• Se debe permanecer vestido en todo momento. EN TODO MOMENTO.
• No se permite luchar ni morder.
• Etiquetar toda la comida antes de meterla en el refrigerador comunitario.
El aroma de la preparación del desayuno colgaba en el aire, e hizo que a Maia le rugiera el estómago.
Praetor Scott pareció divertirse.
—Haré que alguien prepare un plato con algo, si tenéis hambre.
—Gracias —murmuró la chica. Habían llegado al final del pasillo, y Praetor Scott abrió una puerta
donde ponía «DESPACHO».
El licántropo de más edad frunció el cejo.
—Rufus —exclamó—. ¿Qué estás haciendo aquí?
Maia miró más allá de él. El despacho era una sala grande, cómodamente revuelta. Había una ventana
rectangular que daba a los amplios jardines, donde un grupo de jóvenes estaban realizando lo que
parecían maniobras de entrenamiento, vestidos con ropa de ejercicio. Las paredes de la sala estaban
cubiertas de libros sobre licantropía, muchos en latín, aunque Maia pudo reconocer la palabra «lupus».
El escritorio era una losa de mármol colocada sobre las esculturas de dos lobos rugiendo.
Ante él había dos sillas. Encorvado en una de ellas y con las manos agarradas se hallaba sentado un
hombre de buen tamaño, otro licántropo.
—Praetor —dijo en una voz chirriante—. Esperaba poder hablar contigo sobre el incidente de Boston. —¿El incidente en el que le rompiste la pierna al joven de quien debías encargarte? —preguntó el
Praetor con sequedad—. Ya hablaremos de eso, Rufus, pero no ahora. Algo más urgente me requiere.
—Pero Praetor…
—Eso será todo por ahora, Rufus —dijo Scott en el tono vibrante de un lobo alfa cuyas órdenes son
incuestionables—. Recuerda, éste es un lugar de rehabilitación. Parte de ella es aprender a respetar la
autoridad.
Mascullando para sí, Rufus se levantó de la silla. Sólo cuando estuvo en pie, Maia se dio cuenta de su
enorme tamaño y reaccionó. Rufus se alzaba por encima de Jordan y de ella, con la camiseta negra
tirante sobre el pecho, con las mangas a punto de rajarse alrededor del bíceps. Llevaba el cabello
cortado al cero; tenía marca de garras cruzándole una mejilla, como surcos en un campo. Les lanzó una
fea mirada al pasar ante ellos y salir al pasillo.
—Claro que algunos de nosotros —comentó Jordan— somos más fáciles de rehabilitar que otros.
Cuando los pesados pasos de Rufus dejaron de oírse, Scott se sentó en el sillón detrás del escritorio y
apretó el botón de un intercomunicador sorprendentemente moderno. Después de pedir el desayuno con
una voz clara, se recostó con las manos tras la cabeza.
—Soy todo oídos —dijo.
Mientras Jordan explicaba la historia y su petición a Praetor Scott, Maia no pudo evitar que los ojos y
la cabeza se le fueran de un lado a otro. Se preguntó cómo habría sido criarse allí, en esa elegante casa
de reglas y normas, en vez de en la comparativa libertad de la manada. En algún momento, un
licántropo vestido de negro, que parecía ser el color oficial del Praetor, entró con lonchas de asado,
queso y bebidas proteínicas en una bandeja de alpaca. Maia miró el desayuno con cierto desánimo. Era
cierto que los licántropos necesitaban más proteínas que la gente normal, muchas más, pero ¿asado
para desayunar?
—Encontrarás —dijo Praetor Scott mientras Maia tomaba su bebida proteínica con cautela— que, en
realidad, el azúcar refinado es malo para los licántropos. Si dejas de consumirlo durante un cierto
tiempo, dejarás de echarlo en falta. ¿No te ha explicado eso el jefe de tu manada?
Maia trató de imaginarse a Luke, al que le gustaba hacer creps de formas divertidas, echándoles un
sermón sobre el azúcar, pero no lo consiguió. Sin embargo, ése no era el momento de mencionarlo.
—Sí, claro que lo ha hecho —contestó ella—. Yo suelo…, ah…, tener un desliz en momentos de
tensión.
—Entiendo tu preocupación por tu jefe de manada —repuso Scott. Un rolex le brilló en la muñeca—.
Por lo general, mantenemos una estricta política de no intervención en asuntos que no tengan que ver
con subterráneos recientes. En realidad, no damos prioridad a los licántropos sobre otros subterráneos,
aunque en el Praetor sólo se acepten licántropos.
—Pero por eso es exactamente por lo que necesitamos tu ayuda —explicó Jordan—. Por su carácter,
las manadas están siempre en movimiento, son nómadas. No tienen la oportunidad de crear cosas como
bibliotecas donde almacenar conocimientos. No estoy diciendo que no tengan saber, pero todo está en
forma de tradición oral y cada manada sabe cosas diferentes. Podríamos ir de manada en manada, y
quizá alguien supiera cómo curar a Luke, pero no tenemos tiempo. Esto —hizo un gesto hacia los
libros que cubrían las paredes— es lo más parecido que tienen los licántropos a, digamos, los archivos
de los Hermanos Silenciosos o el Laberinto Espiral de los brujos.
Scott no parecía convencido. Maia dejó su bebida proteínica.
—Y Luke no es sólo un jefe más —añadió—. Es el representante licántropo en el Consejo. Si le ayuda
a curarse, el Praetor siempre tendrá una voz a su favor en el Consejo.
A Scott le brillaron los ojos.
—Interesante —repuso—. Muy bien. Echaré una ojeada a los libros. Seguramente me llevará unas
cuantas horas. Jordan, te sugiero que descanses un poco, si vas a regresar a Manhattan. No nos gustaría
que estrellaras tu camioneta contra un árbol.
—Puedo conducir yo… —comenzó Maia. —Los dos parecéis agotados. Jordan, como sabes, siempre habrá una habitación para ti en la Casa
Praetor, aunque te hayas graduado. Y Nick está en una misión, así que hay una cama también para
Maia. ¿Por qué no descansáis los dos un poco, y os llamo cuando haya acabado? —Se volvió en la silla
para examinar los libros de las paredes.
Jordan hizo un gesto a Maia para indicarle que tenían que salir; ésta se puso en pie y se sacudió las
migas de los pantalones. Estaba a medio camino de la puerta cuando Praetor Scott habló de nuevo.
—Oh, y, Maia Roberts —dijo en una voz que contenía un cierto tono de advertencia—: Espero que
entiendas que cuando haces promesas en nombre de otros, es tu responsabilidad asegurarte de que las
cumplan.
Al despertar, Simon seguía sintiéndose agotado, y parpadeó en la oscuridad. Las gruesas cortinas sobre
las ventanas dejaban pasar muy poca luz, pero su reloj interno le dijo que era de día. Eso y que Isabelle
no estuviera; su lado de la cama estaba revuelto y las sábanas apartadas.
Era de día, y no había hablado con Clary desde que ésta se fue. Sacó la mano de debajo de las sábanas
y miró el anillo de oro en su mano derecha. Era muy delicado, y estaba grabado con lo que parecían o
dibujos o palabras en un alfabeto que él desconocía.
Apretó los dientes, se sentó en la cama y tocó el anillo.
«¿Clary?»
La respuesta fue inmediata y clara. Simon casi se cayó de la cama de alivio.
«Simon. Gracias a Dios.»
«¿Puedes hablar?»
«No —fue la respuesta. Simón notó más que oyó una tensa inquietud en la voz que sonaba en su cabeza
—. Me alegro de que me hayas hablado, pero ahora no me va bien. No estoy sola.»
«Pero ¿estás bien?»
«Sí. No ha pasado nada aún. Estoy tratando de reunir información. Te hablaré en cuanto oiga algo.»
«De acuerdo. Cuídate.»
«Tú también.»
Y se fue. Simon pasó las piernas por el borde de la cama, hizo lo que pudo para alisarse el revuelto
cabello y fue a ver si alguien más estaba despierto.
Lo estaban. Alec, Magnus, Jocelyn e Isabelle estaban sentados alrededor de la mesa del salón del brujo.
Mientras que Alec y Magnus iban en vaqueros, tanto Jocelyn como Isabelle llevaban el uniforme; la
chica con el látigo enrollado en el brazo derecho. Alzó la mirada cuando él entró, pero no le sonrió;
tenía los hombros tensos y la boca apretada en una fina línea. Todos tenían tazas de café delante.
—Hay una razón para que el ritual de los Instrumento Mortales fuera tan complicado. —Magnus se
acercó el azucarero haciéndolo flotar y se echó azúcar en el café—. Los ángeles actúan a instancias de
Dios, no de los humanos, ni siquiera de los cazadores de sombras. Invoca a uno, y lo más fácil es que
caiga sobre ti la ira divina. La idea del ritual de los Instrumentos Mortales no era permitir a alguien
invocar a Raziel. Era proteger al invocador de la ira del Ángel una vez apareciera.
—Valentine… —comenzó Alec.
—Sí, Valentine también invocó a un ángel menor. Y nunca le habló, ¿no? Nunca le dio ninguna ayuda,
aunque recolectara su sangre. E incluso así, debía de estar empleando hechizos increíblemente
poderosos para retenerlo. Según lo entiendo, enlazó su vida a la mansión Wayland, de forma que
cuando el ángel murió, la mansión se convirtió en ruinas. —Tamborileó su taza con una uña pintada de
azul—. Y se condenó a sí mismo. Tanto si crees en el Cielo y en el Infierno como si no, seguro que se
condenó. Cuando invocó a Raziel, éste lo mató. En parte como venganza por lo que Valentine había
hecho a su hermano ángel.
—¿Por qué estáis hablando de invocar a ángeles? —preguntó Simon, sentándose en el extremo de la
larga mesa.
—Isabelle y Jocelyn han ido a ver a las Hermanas de Hierro —explicó Alec—. En busca de una arma
que se pueda usar contra Sebastian sin que afecte a Jace. —¿Y no hay ninguna?
—Nada en este mundo —contestó Isabelle—. Una arma celestial podría servir, o algo con una gran
adscripción demoníaca. Estábamos considerando la primera opción.
—¿Invocar a un ángel para que os dé una arma?
—Ha pasando antes —dijo Magnus—. Raziel le dio la Espada Mortal a Jonathan Cazador de Sombras.
En las viejas historias, la noche antes de la batalla de Jericó apareció un ángel y le dio una espada a
Josué.
—Uh —masculló Simon—. Habría pensado que los ángeles se dedicaban a la paz, no a las armas.
Magnus resopló.
—Los ángeles no son sólo mensajeros. Son soldados. Se dice que Miguel levantó ejércitos. Los ángeles
no son pacientes. Sobre todo, con las vicisitudes de los seres humanos. Si alguien tratara de invocar a
Raziel sin los Instrumentos Mortales para protegerse, seguramente caería muerto al instante. Los
demonios son más fáciles de invocar. Hay más, y muchos son débiles. Pero claro, un demonio débil no
puede ayudarte mucho…
—No podemos invocar a un demonio —exclamó Jocelyn, horrorizada—. La Clave…
—Creía que hacía años que había dejado de importarte lo que la Clave pensara de ti —replicó Magnus.
—No es lo mismo —repuso Jocelyn—. El resto de vosotros. Luke. Mi hijo. Si la Clave supiera…
—Bueno, pues no lo sabrán, ¿verdad? —dijo Alec, con un cierto tono cortante en su voz, normalmente
amable—. A no ser que se lo digas.
Jocelyn pasó la mirada del serio rostro de Isabelle al inquisitivo de Magnus, y luego a los obstinados
ojos azules de Alec.
—¿Lo estáis pensando en serio? ¿Invocar a un demonio?
—Bueno, no a cualquier demonio —contestó Magnus—. Azazel.
Jocelyn sacó chispas por los ojos.
—¿Azazel? —Miró a todos los otros, como si buscara apoyo, pero Izzy y Alec miraban sus tazas, y
Simon sólo se encogió de hombros.
—No sé quién es Azazel —dijo éste—. ¿No es el gato de Los pitufos? —Miró alrededor, pero Isabelle
lo miró poniendo los ojos en blanco.
«¿Clary?», pensó.
Su voz le llegó, teñida de alarma.
«¿Qué pasa? ¿Qué ha ocurrido? ¿Ha descubierto mi madre que no estoy?»
«Aún no —pensó él, respondiendo—. ¿Azazel es el gato de Los pitufos?»
Un largo silencio.
«Eso es Azrael, Simon. Y no vuelvas a usar los anillos mágicos para preguntar por Los pitufos.»
Se fue. Simon alzó la mirada de su mano y vio a Magnus mirándolo inquisitivo.
—No es un gato, Silvestre —respondió—. Es un Demonio Mayor. Teniente del Infierno y Forjador de
Armas. Era el ángel que enseñó a los humanos a hacer armas, cuando antes había sido un conocimiento
que sólo los ángeles poseían. Eso causó su caída, y ahora es un demonio. «Y toda la Tierra se
corrompió por las obras que Azazel enseñó. Impútale todo pecado.»
Alec miró asombrado a su novio.
—¿Cómo sabes todo eso?
—Es amigo mío —contestó Magnus, y al ver sus expresiones, suspiró—. De acuerdo, no es cierto. Pero
está en el Libro de Enoc.
—Parece peligroso. —Alec frunció el ceño—. Incluso suena como si fuera más que un Demonio
Mayor. Como Lilith.
—Por suerte, ya está sometido —explicó Magnus—. Si lo invocas, su forma espiritual vendrá a ti, pero
su yo corpóreo permanecerá atado a las quebradas rocas de Duduael.
—La quebradas rocas de… O, lo que sea —replicó Isabelle, mientras se recogía su larga cabellera en
un moño—. Es un demonio de armas. Muy bien. Yo digo que lo intentemos. —No puedo creer que ni os lo estéis planteando —protestó Jocelyn—. Viendo a mi esposo, aprendí lo
que puede pasar si se juega a invocar demonios. Clary… —Se calló de golpe, como si notara la mirada
de Simon sobre ella, y se volvió—. Simon, ¿sabes si ya está despierta? La he dejado dormir, pero son
casi las once.
Simon vaciló un instante.
—No lo sé. —Eso, razonó, era cierto. Dondequiera que se hallara, Clary podría estar durmiendo.
Aunque acababa de hablar con ella.
Jocelyn pareció desconcertada.
—Pero ¿no estabas en la habitación con ella?
—No. Estaba… —Simon se interrumpió, al darse cuenta de que había metido la pata. Había tres
habitaciones de invitados. Jocelyn había dormido en una. Clary en la otra. Por lo tanto, él debía de
haber dormido en la tercera con…
—¿Isabelle? —preguntó Alec, alzando las cejas—. ¿Has dormido en el cuarto de mi hermana?
Isabelle agitó una mano.
—No te preocupes, hermano mayor. No ha pasado nada. Por supuesto —añadió mientras Alec relajaba
los hombros—. Yo tenía una borrachera de miedo, así que él podría haber hecho lo que quisiera y yo ni
me habría despertado.
—Oh, por favor —exclamó Simon—. Lo único que hice fue contarte toda la trama de La guerra de las
galaxias.
—Pues creo que no la recuerdo —repuso Isabelle, y cogió una galleta del plato que había sobre la
mesa.
—Ah, ¿sí? ¿Quién era el mejor amigo de la infancia de Luke Skywalker?
—Biggs Darklighter —contestó Isabelle de inmediato, y luego dio una fuerte palmada en la mesa—.
¡Eso es trampa! —Aun así, le sonrió, con la galleta ya en la boca.
—Ah —repuso Magnus—. Amor friki. Es algo muy hermoso, al mismo tiempo que un objeto de burla
e hilaridad para los que somos más sofisticados.
—Muy bien, ya basta. —Jocelyn se puso en pie—. Voy a buscar a Clary. Si vais a invocar a un
demonio, no quiero seguir aquí, y tampoco quiero que esté mi hija. —Fue hacia el pasillo.
Simon le cortó el paso.
—No lo hagas —advirtió.
Jocelyn lo miró muy seria.
—Sé que vas a decir que éste es el lugar más seguro para nosotras, Simon, pero si invocan a un
demonio, yo…
—No es eso. —El vampiro respiró hondo, lo que no le sirvió de nada, puesto que su sangre ya no
procesaba el oxígeno. Se notó ligeramente mareado—. No puedes ir a despertarla porque… porque no
está.
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