TERCERA PARTE
Todo cambiado
Todo cambiado, cambiado del todo:
Una terrible belleza ha nacido.
WILLIAM BUTLER YEATS, «Pascua, 1916»
18
RAZIEL
«¿Clary?»
Simon se hallaba sentado en los escalones del porche trasero de la casa de la granja, mirando hacia el
camino que atravesaba el manzanar y llevaba al lago. Isabelle y Magnus estaba en el sendero; Magnus
miraba hacia el lago y luego hacia las colinas que rodeaban la zona. Estaba tomando notas con una
pluma cuya punta brillaba de un chisporroteante verde azul. Alec estaba un poco más lejos, mirando los
árboles que bordeaban la cresta de las colinas que separaban la granja de la carretera. Parecía querer
estar lo más lejos de Magnus, pero manteniéndose a una distancia que le permitiera oírlos. A Simon le
parecía, aunque era el primero en admitir que no resultaba ser un gran observador en esos temas, que a
pesar de las bromas en el coche, desde hacía poco existía una perceptible distancia entre Alec y
Magnus; era algo que no podía explicar, pero que sabía que estaba ahí.
La mano derecha de Simon estaba apoyada en la izquierda, y los dedos sobre el anillo de oro.
«Clary, por favor.»
Había tratado de contactar con ella cada hora desde que recibió el mensaje de Maia sobre Luke. No
había conseguido nada. Ni la más leve sensación de respuesta.
«Clary. Estoy en la granja. Me acuerdo de ti aquí, conmigo.»
Era un día sorprendentemente cálido para la estación, y un leve viento removía las últimas hojas en las
ramas de los árboles. Después de pasar mucho rato preguntándose qué ropa debía ponerse para un
encuentro con los ángeles (un traje le parecía excesivo, aunque tuviera uno de la fiesta de compromiso
de Jocelyn y Luke), iba en vaqueros y camiseta, con los brazos al aire bajo la luz del sol. Tenía tantos
recuerdos felices en aquel lugar, en aquella casa. Clary y él habían ido allí con Jocelyn casi todos los
veranos desde que podía recordar. Se bañaban en el lago. Simon se bronceaba, y la pálida piel de Clary
se quemaba una y otra vez. Le salían un millón más de pecas en los hombros y los brazos. Jugaban al
«béisbol manzana» en el manzanar, que era pringoso y divertido, y al Scrabble y al póquer en la casa, y
Luke siempre ganaba.
«Clary, estoy a punto de hacer algo estúpido, peligroso y quizá suicida. ¿Tan malo es que quiera hablar
contigo por última vez? Hago esto para que estés a salvo, y ni siquiera sé si sigues viva para ayudarte.
Pero si estás muerta lo sabría, ¿verdad? Lo sentiría.»
—Muy bien. Vamos —dijo Magnus, que apareció al pie de los escalones. Miró el anillo que Simon
llevaba en el dedo, pero no hizo ningún comentario.
Simon se puso en pie y se sacudió los vaqueros; luego fue en cabeza por el serpenteante camino a
través del manzanar. El lago relucía por delante como una fría moneda azul. Al acercarse, Simon vio el
viejo muelle que se metía en el agua, donde en un tiempo se ataban kayaks, antes de que un gran trozo
del muelle se rompiera y se fuera a la deriva. Pensó que casi podía oír el perezoso zumbido de las
abejas y notar el peso del verano en los hombros. Cuando llegaron a la orilla del lago, se volvió y miró
la casa, de listones pintados de blanco con contraventanas verdes y un viejo porche cubierto con
cansados muebles de mimbre blanco.
—Te gusta esto, ¿eh? —comentó Isabelle. Su cabello negro ondeaba como una bandera bajo la brisa
del lago.
—¿Cómo lo sabes?
—Por tu expresión —contestó ella—. Como si estuvieras recordando algo bueno.
—Fue bueno —afirmó Simon. Se fue a subir las gafas por la nariz, recordó que ya no las llevaba y bajó
la mano—. Fui muy afortunado.
Isabelle miró el lago. Llevaba unos pequeños pendientes dorados de aro; en uno se le había enredado
un poco de pelo, y Simon tuvo ganas de soltárselo y de tocarle el rostro con los dedos.
—¿Y ahora ya no? Simon se encogió de hombros. Estaba observando a Magnus, que sujetaba lo que parecía una vara larga
y flexible, y estaba dibujando en la arena mojada al borde del lago. Tenía abierto un libro de hechizos y
salmodiaba mientras tanto. Alec lo contemplaba, con la expresión de alguien que mira a un
desconocido.
—¿Tienes miedo? —le preguntó Isabelle, mientras se acercaba a Simon.
Él notó el calor del brazo de ella contra el suyo.
—No lo sé. Gran parte de estar asustado consiste en la sensación física. El corazón se acelera, sudas y
el pulso late con fuerza. No tengo nada de eso.
—Es una pena —murmuró Isabelle, mirando al agua—. Los tíos sudados son sexis.
Él le dedicó una media sonrisa; era más difícil de lo que había pensado que sería. Quizá sí estuviera
asustado.
—Ya basta de tu descaro e impertinencia, señorita.
A Isabelle le tembló el labio como si fuera a sonreír. Luego suspiró.
—¿Sabes lo que nunca se me pasó por la cabeza que pudiera querer? —preguntó—. Un tío que me
hiciera reír.
Simon se volvió hacia ella y le cogió la mano, sin importarle en ese momento que su hermano los
estuviera mirando.
—Izzy…
—Muy bien —exclamó Magnus—. Ya he acabado. Simon, ven aquí.
Se volvieron. Magnus estaba dentro del círculo, que relucía con una leve luz blanca. En realidad eran
dos círculos concéntricos, uno un poco más pequeño dentro del mayor, y en el espacio entre ellos,
había docenas de símbolos dibujados. Éstos también relucían, de un color azul blanquecino acerado,
como el reflejo del lago.
Simon oyó inspirar a Isabelle, y se alejó procurando no mirarla. Eso sólo lo haría todo más difícil.
Avanzó, cruzó el borde del círculo y se situó en el centro, junto a Magnus. Mirar hacia fuera desde el
centro del círculo era como mirar a través de agua. El resto del mundo resultaba confuso y parecía
agitarse.
—Toma. —Magnus le puso el libro en las manos. El papel era fino, cubierto con runas dibujadas, pero
Magnus había pegado una copia impresa de las palabras, tal y como se pronunciaban, sobre el propio
encantamiento—. Limítate a decir esto —masculló—. Debería funcionar.
Simon sujetó el libro contra el pecho, se sacó el anillo de oro que lo conectaba con Clary y se lo pasó a
Magnus.
—Si no… —dijo, preguntándose de dónde le venía esa extraña tranquilidad—, alguien debe tener esto.
Es nuestra única conexión con Clary y con lo que sabe.
Magnus asintió y se puso el anillo en el dedo.
—¿Preparado, Simon?
—¡Eh! —exclamó éste—. Te has acordado de mi nombre.
Magnus le lanzó una mirada indescifrable desde sus ojos verde dorado, y salió del círculo. Al instante,
él también fue una mancha confusa. Alec se puso a un lado de él e Isabelle al otro; ésta se cogía por los
codos y, aun a través del ondulante aire, Simon vio lo triste que parecía.
Simon carraspeó para aclararse la garganta.
—Supongo que será mejor que os marchéis, chicos.
Pero no se movieron. Parecían estar esperando a que él dijera algo más.
—Gracias por venir aquí conmigo —añadió finalmente, después de haberse estrujado el cerebro para
decir algo trascendente; parecían estar esperándolo. No era de los que hacían grandes discursos de
despedida o decían adiós de una manera dramática. Primero miró a Alec.
»Hum, Alec. Siempre me has caído mejor que Jace. —Se volvió hacia Magnus—. Magnus, me gustaría
tener el valor de ponerme pantalones como los que tú llevas. Y la última, Izzy. La podía ver observándolo a través de aquella especie de bruma, con los ojos tan
negros como la obsidiana.
—Isabelle —comenzó Simon. La miró. Vio la pregunta en sus ojos, pero no parecía haber nada que
pudiera decir delante de Alec y Magnus, nada que pudiera expresar todo lo que sentía. Retrocedió hacia
el centro del círculo, inclinando la cabeza—. Adiós, supongo.
Le pareció que le contestaban, pero la ondulante neblina entre ellos apagó sus palabras. Les observó
volverse, retroceder por el camino cruzando el manzanar e ir hacia la casa, hasta que se convirtieron en
motitas oscuras. Hasta que no pudo verlos más.
No acababa de aceptar no hablar con Clary una última vez antes de morir; ni siquiera podía recordar las
últimas palabras que se habían dicho. Y sin embargo, si cerraba los ojos, podía oír su risa flotando
sobre el manzanar; recordaba cómo había sido entonces, antes de que crecieran y todo cambiara. Si
moría ahí, quizá resultara apropiado. Algunos de sus mejores recuerdos estaban en ese lugar, a fin de
cuentas. Si el Ángel lo abatía con fuego, sus cenizas se esparcirían por el manzanar y sobre el lago.
Algo en esa idea le resultó tranquilizador.
Pensó en Isabelle. Luego en su familia: su madre, su padre y Becky.
«Clary —pensó por último—. Dondequiera que estés, eres mi mejor amiga. Siempre serás mi mejor
amiga.»
Alzó el libro de hechizos y comenzó a recitar.
—¡No! —Clary se puso en pie, y dejó caer la toalla mojada—. Jace, no puedes hacerlo. Te matarán.
Él cogió la camisa limpia y se la puso sin mirarla, mientras se abrochaba los botones.
—Primero tratarán de separarme de Sebastian —dijo él, aunque no parecía creerlo realmente—. Pero si
eso no funciona, entonces me matarán.
—No me vale. —Fue a cogerle, pero él se apartó y se puso las botas. Cuando se volvió hacia ella, su
expresión era sombría.
—No tengo elección, Clary. Es lo que debo hacer.
—Es una locura. Aquí estás seguro. No puedes tirar tu vida por…
—Salvarme es traición. Es poner una arma en manos del enemigo.
—¿A quién le importa la traición? ¿O la Ley? —quiso saber Clary—. A mí me importas tú.
Solucionaremos esto juntos…
—Nosotros no podemos solucionarlo. —Jace se metió en el bolsillo la estela que estaba en la mesilla, y
luego cogió la Copa Mortal—. Porque yo sólo voy a ser yo un rato más. Te amo, Clary. —Inclinó el
rostro y le dio un prolongado beso—. Hazlo por mí —le susurró.
—Ni hablar —replicó ella—. No voy a ayudarte a que hagas que te maten.
Pero él ya estaba yendo hacia la puerta. La arrastró con él, y juntos avanzaron a trompicones por el
pasillo, hablando en susurros.
—Esto es una locura —siseó Clary—. Ponerte así en peligro…
Él soltó un resoplido exasperado.
—Como si tú no lo hicieras.
—Vale, y a ti te pone furioso —le susurró ella mientras corría tras él por la escalera—. Recuerda lo que
me dijiste en Alacante…
Habían llegado a la cocina. Él dejó la Copa sobre la barra y sacó la estela.
—No tenía ningún derecho a decirte aquello —le aseguró—. Clary, esto es lo que somos. Somos
cazadores de sombras. Esto es lo que hacemos. Corremos riesgos que no son sólo los inherentes a la
lucha.
Clary negó con la cabeza, y lo agarró por ambas muñecas.
—No te lo permitiré.
Una expresión de dolor cruzó el rostro de Jace.
—Clarissa…Ella respiró hondo, casi incapaz de creer lo que estaba a punto de hacer. Pero en su cabeza estaba la
imagen de la morgue de la Ciudad Silenciosa, los cadáveres de los cazadores de sombras sobre losas de
mármol, y no pudo soportar que Jace fuera uno de ellos. Todo lo que había hecho: ir ahí, aguantar todo
lo que había soportado, había sido para salvarle la vida, y no sólo para sí. Pensó en Alec e Isabelle, que
la habían ayudado, y en Maryse, que lo quería y, casi sin saber lo que estaba a punto de hacer, alzó la
voz y llamó:
—¡Jonathan! —gritó—. ¡Jonathan Cristopher Morgenstern!
Los ojos de Jace se abrieron como esferas.
—Clary… —comenzó, pero ya era demasiado tarde. Ella lo había soltado y estaba retrocediendo.
Sebastian podría estar llegando; no había manera de decirle a Jace que no era que ella confiara en
Sebastian, sino que Sebastian era la única arma de la que disponía que podía lograr que se quedara.
Hubo un destello de movimiento, y Sebastian apareció allí. No se molestó en bajar corriendo la escalera
saltó por el lado y aterrizó entre ellos. Tenía el cabello desordenado por haber estado durmiendo;
llevaba una camiseta oscura y pantalones negros, y Clary se preguntó sin pensar si habría estado
durmiendo vestido. Él miró a su hermana y luego a Jace, mientras sus ojos negros valoraban la
situación.
—¿Una pelea de amantes? —preguntó. Algo le brilló en la mano. ¿Un cuchillo?
—Su runa está dañada —dijo Clary con voz trémula. Le puso la mano sobre el corazón a Jace—. Está
tratando de volver, para entregarse a la Clave…
Como un rayo, Sebastian le arrebató a Jace la Copa de la mano. La dejó con fuerza sobre la barra de la
cocina. Jace, aún blanco por la sorpresa, lo observó; no movió ni un músculo cuando Sebastian se
acercó a él y lo agarró por la pechera de la camisa. Los botones altos saltaron, y el cuello le quedó al
descubierto; Sebastian pasó el punto a su estela por él, grabándole un iratze en la piel. Jace se mordió el
labio, con los ojos cargados de odio mientras Sebastian lo soltaba y daba un paso atrás, estela en mano.
—La verdad, Jace —dijo Sebastian—. Me sorprende que llegaras a pensar que podrías conseguirlo.
Jace apretó los puños mientras el iratze, negro como el carbón, comenzó a hundírsele en la piel. Las
palabras le fueron saliendo con gran esfuerzo, sin aliento.
—La próxima vez… que quieras sorprenderte… me encantará ayudarte. Quizá con un ladrillo.
Sebastian chasqueó la lengua.
—Más tarde me lo agradecerás. Incluso tú tienes que admitir que ese deseo de suicidarte es un poco
exagerado.
Clary esperaba que Jace le replicara de nuevo. Pero no lo hizo. Su mirada recorrió el rostro de
Sebastian. Por un momento, estuvieron los dos solos en la habitación, y cuando Jace habló, las palabras
le salieron claras y frías.
—Más tarde no recordaré esto —repuso—. Pero tú sí. Esa persona que actúa como si fuera tu amigo…
—Dio un paso adelante y cubrió el espacio que lo separaba de Sebastian—. Esa persona que actúa
como si tú le gustaras… Esa persona no es real. Esto es real. Esto soy yo. Y te odio. Te odiaré siempre.
Y no hay magia ni hechizos en este mundo, ni en ningún otro, que pueda cambiar eso.
Por un momento, la sonrisita de suficiencia de Sebastian se desdibujó. Jace, sin embargo, seguía
impertérrito. Apartó la mirada de Sebastian y miró a Clary.
—Necesito que sepas la verdad —le explicó—: No te la he dicho toda.
—La verdad es peligrosa —intervino Sebastian, con la estela sujeta ante él como un cuchillo—. Ten
cuidado con lo que dices.
Jace hizo una mueca de dolor. El pecho le subía y bajaba con rapidez; era evidente que la curación de la
runa del pecho le estaba causando dolor.
—El plan… —consiguió decir—. Invocar a Lilith, hacer una nueva Copa, crear un ejército oscuro… no
se le ocurrió a Sebastian. Se me ocurrió a mí.
Clary se quedó helada.
—¿Qué?—Sebastian sabía lo que quería —contestó Jace—. Pero yo ideé cómo hacerlo. Una nueva Copa
Mortal. Yo le di la idea. —Se sacudió de dolor; Clary podía imaginar lo que estaba ocurriendo bajo la
tela de la camisa: la carne uniéndosele, sanando, la runa de Lilith entera y brillante una vez más—. ¿O
debería decir que se la dio él? ¿Esa cosa que es como yo pero no soy yo? Él arrasará el mundo con
fuego si Sebastian quiere que lo haga, y se reirá mientras lo hace. Eso es lo que estás salvando, Clary.
Eso. ¿No lo entiendes? Preferiría estar muerto…
Se le estranguló la voz mientras se doblaba por la mitad. Los músculos de los hombros se le tensaron
mientras ondas de lo que parecía dolor lo recorrían. Clary recordó la vez que lo había sujetado en la
Ciudad Silenciosa mientras los Hermanos le rebuscaban respuestas en la mente… Y, de repente, Jace
alzó los ojos, con una expresión de sorpresa.
Sus ojos fueron primero hacia Sebastian, no hacia ella. Clary sintió que el corazón se le caía a los pies,
aunque sabía que ella se lo había buscado.
—¿Qué está pasando? —preguntó Jace.
Sebastian le sonrió.
—Bienvenido a casa.
Jace parpadeó, confuso por un momento; y luego su mirada pareció ir hacia dentro, como lo hacía
siempre que Clary sacaba algún tema que él no podía procesar: el asesinato de Max, la guerra en
Alacante, o el dolor que estaba causando a su familia.
—¿Es la hora? —preguntó.
Sebastian se miró el reloj de forma exagerada.
—Casi. ¿Por qué no vas delante y nosotros te seguimos? Puedes comenzar a prepararlo todo.
Jace miró alrededor.
—La Copa… ¿Dónde está?
Sebastian la cogió de la barra.
—Aquí. Estás un poco despistado.
La boca de Jace se curvó en la comisura y cogió la Copa. Con buen humor. No había ni rastro del chico
que había estado ante Sebastian unos minutos antes y le había dicho que lo odiaba.
—Muy bien. Nos veremos allí. —Se volvió hacia Clary, que seguía parada por la impresión, y la besó
en la mejilla—. Y a ti también.
Jace se apartó y le guiñó el ojo. Había cariño en su mirada, pero no importaba. Ése no era su Jace, en
absoluto su Jace, y lo observó como atontada mientras cruzaba la sala. Su estela destelló, y una puerta
se abrió en la pared; Clary captó un vistazo de cielo y una planicie rocosa, y luego él cruzó la puerta y
desapareció.
Ella se clavó las uñas en las palmas.
«¿Esa cosa que es como yo pero no soy yo? Él arrasará el mundo con fuego si Sebastian quiere que lo
haga, y se reirá mientras lo hace. Eso es lo que estás salvando, Clary. Eso. ¿No lo entiendes? Preferiría
estar muerto.»
Las lágrimas le quemaban en la garganta, e hizo todo lo que pudo por contenerlas mientras su hermano
se volvía hacia ella, con ojos muy brillantes.
—Me has llamado —dijo.
—Quería entregarse a la Clave —susurró, sin saber muy bien ante quién se estaba justificando. Había
hecho lo que tenía que hacer, había usado la única arma que tenía disponible, aunque fuera una que
despreciaba—. Lo habrían matado.
—Me has llamado a mí —repitió él, y dio un paso hacia ella. Tendió la mano, le apartó un largo rizo
del rostro y se lo puso tras la oreja—. Entonces, ¿te lo ha contado? ¿El plan? ¿Entero?
Ella contuvo un escalofrío de asco.
—No todo. No sé qué va a ocurrir esta noche. ¿Qué quería decir Jace con «Es la hora»?
Él se inclinó y le besó la frente; ella notó que le quemaba el beso, como una marca de fuego entre los
ojos. —Ya lo verás —contestó él—. Te has ganado el derecho a estar ahí, Clarissa. Puedes verlo desde tu
lugar a mi lado, esta noche, en el Séptimo Sitio Sagrado. Los dos hijos de Valentine, juntos… por fin.
Simon mantuvo los ojos sobre el papel, repitiendo las palabras que Magnus había escrito para él.
Tenían un ritmo que era como música, ligero, aguado, fino. Le recordó a cuando leía en voz alta su
parte de haftará durante su bar mitzvá, aunque entonces había sabido lo que significaban las palabras, y
en ese momento no.
Mientras proseguía con el cántico, notó una tensión a su alrededor, como si el aire se estuviera
volviendo más denso y pesado. Le presionaba el pecho y los hombros. Cada vez se sentía más
sofisticado. De haber sido humano, el calor en aumento le habría resultado insoportable. Pero tal como
era, podía notar el ardor en la piel, cómo le chamuscaba las pestañas y la camisa. Siguió con los ojos
fijos en el papel que tenía ante sí mientras una gota de sangre le resbalaba por el nacimiento del pelo y
caía sobre el libro.
Y entonces acabó. La última palabra, «Raziel», fue pronunciada, y Simon alzó la cabeza. Notaba que le
corría sangre por la cara. La niebla alrededor había aclarado y delante de sí vio el agua del lago, azul y
brillante, tan plana como un cristal.
Y entonces estalló.
El centro del lago se volvió dorado, y luego negro. El agua se apartó de él, vertiéndose hacia las orillas,
derramándose a los lados y volando por el aire, hasta que Simon quedó mirando a un anillo de agua,
como un círculo de cascadas continuas, todas brillando y vertiendo agua de arriba abajo, un efecto raro
y extrañamente hermoso. Gotitas de agua se estremecían sobre él y le enfriaban la piel ardiente. Echó la
cabeza hacia atrás, justo cuando el cielo se oscurecía; todo el azul se había ido, tragado por un súbito
impacto de oscuridad y grises nubes clamorosas. El agua volvió a caer al lago, y de su centro, de la
mayor densidad de su plata, se alzó una figura de oro.
A Simon se le secó la boca. Había visto incontables cuadros de ángeles, creía en ellos, había oído la
advertencia de Magnus. Y aun así, se sintió como si lo hubiera atravesado una lanza cuando un par de
alas se desplegaron ante él. Parecían cubrir todo el cielo. Eran enormes, blancas, doradas y plateadas;
las plumas con ardientes ojos dorados, que lo miraron con desprecio. Luego las alas se agitaron,
deshaciendo las nubes, y se volvieron a plegar; un hombre, o mejor, una forma humana, de varios pisos
de alto, se desplegó sobre sí mismo y se alzó.
A Simon le habían comenzado a castañetear los dientes. No estaba seguro de por qué. Pero oleadas de
poder, y de algo más que poder, de las fuerzas elementales del universo, parecían manar del Ángel
cuando éste se alzó en toda su altura. El primer pensamiento de Simon, algo extravagante, fue que
parecía como si alguien hubiera cogido a Jace y lo hubiera ampliado al tamaño de una valla
publicitaria. Sólo que no se parecía en nada a Jace. Era dorado por todas partes: las alas, la piel y los
ojos, que no tenían blanco, sino sólo un brillo de oro, como una membrana. Su cabello era oro y parecía
hecho de piezas de metal cortado que se curvaban como hierro forjado. Era ajeno y terrorífico.
«Demasiado de cualquier cosa puede acabar contigo», pensó Simon. Demasiada oscuridad podría
matar, pero demasiada luz podría cegar.
«¿Quién osa invocarme?», dijo el Ángel sobre la cabeza de Simon, con una voz que era como de
grandes campanas repicando.
«Pregunta complicada», pensó Simon. Si fuera Jace, diría: «Uno de los nefilim», y si fuera Magnus,
podría decir que era uno de los hijos de Lilith y Gran Mago. Clary y el Ángel ya se conocían, así que
supuso que se tutearían. Pero él era Simon, sin ningún título que unir a su nombres o grandes gestas en
el pasado.
—Simon Lewis —contestó finalmente, mientras dejaba el libro en el suelo y se erguía—. Hijo de la
Noche y… tu sirviente.
«¿Mi sirviente? —La voz de Raziel estaba cargada de helada desaprobación—. ¿Me haces acudir como
a un perro y osas llamarte mi sirviente? Serás borrado de este mundo, y tu destino servirá de advertencia para otros que pretendan hacer lo mismo. Está prohibido que mis propios nefilim me
invoquen. ¿Por qué iba a ser diferente contigo, vampiro diurno?»
Simon supuso que no debía sorprenderle que el Ángel supiera quien era él, pero de todas formas era
asombroso, tan asombroso como el tamaño del Ángel. De alguna manera, había pensado que Raziel
sería más humano.
—Yo…
«¿Crees que por el hecho de llevar la sangre de uno de mis descendientes debo mostrarte piedad? En tal
caso, has jugado y has perdido. La misericordia del Cielo es para quien la merece. No para aquellos que
violan nuestras Leyes de Alianza.»
El Ángel alzó la mano, y apuntó a Simon directamente con un dedo.
Simon se preparó. Esa vez no trató de decir las palabras, sólo las pensó.
«¡Escucha, oh, Israel! El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno…»
«¿Qué Marca es ésa? —Raziel sonaba confundido—. En tu frente, criatura.»
—Es la Marca —tartamudeó Simon—. La primera Marca. La Marca de Caín.
El gran brazo de Raziel descendió lentamente.
«Te mataría, pero la Marca me lo impide. Esa Marca debería haber sido colocada en tu ceño por la
mano del Cielo, mas sé que no es así. ¿Cómo es posible?»
La evidente perplejidad del Ángel envalentonó a Simon.
—Una de tus hijos, los nefilim —contestó—. Una con un don especial. Ella la puso ahí para
protegerme. —Dio un paso hacia el borde del círculo—. Raziel, he venido a pedirte un favor, en
nombre de esos nefilim. Se enfrentan a un grave peligro. Uno de ellos ha… ha sido vuelto hacia la
oscuridad y amenaza al resto. Necesitan tu ayuda.
«Yo no intervengo.»
—Pero sí interviniste —replicó Simon—. Cuando Jace estaba muerto, lo volviste a la vida. No es que
no te lo agradezcamos, pero si no lo hubieras hecho, nada de esto habría ocurrido. Así que, en cierto
modo, te toca a ti arreglarlo.
«Quizá no pueda matarte —planteó Raziel—, pero no hay ninguna razón por la que deba prestarte la
ayuda que me pides.»
—Ni siquiera he dicho lo que pido —indicó Simon.
«Quieres una arma. Algo que pueda separar a Jonathan Morgenstern de Jonathan Herondale. Matarías a
uno y preservarías la vida del otro. El modo más fácil es matarlos a los dos. Jonathan estuvo muerto, y
quizá la muerte aún lo ansía, y él a ella. ¿Se te ha pasado por la cabeza?»
—No —contestó Simon—. Sé que no somos mucho comparado contigo, pero no matamos a nuestros
amigos. Intentamos salvarlos. Si el Cielo no lo quiere así, nunca debería habernos dado la capacidad de
amar. —Se echó el pelo hacia atrás para dejar al descubierto toda la Marca—. No, no tienes por qué
ayudarme. Pero si no lo haces, nada me impide llamarte una y otra vez, ahora que sé que no puedes
matarme. Piensa en mí apoyado en tu puerta celestial… por toda la eternidad.
Por increíble que pareciera, Raziel pareció reír por lo bajo.
«Eres obstinado —afirmó—. Un auténtico guerrero de tu gente, como aquel cuyo nombre llevas,
Simón Macabeo. Y al igual que él lo dio todo por su hermano Jonathan, todo lo darás tú por tu
Jonathan. ¿O acaso no estás dispuesto?»
—No es sólo por él —respondió Simon, un poco sorprendido—. Pero sí, lo que quieras. Te lo daré.
«Si te doy lo que quieres, ¿me juras también que no volverás a molestarme?»
—No creo que eso vaya a ser ningún problema —contestó Simon.
—Muy bien —repuso el Ángel—.Te diré lo que deseo. Deseo esa Marca blasfema de tu frente. Te
borraré la Marca de Caín, porque nunca fuiste quién para llevarla.
—Pero… si me sacas la Marca, entonces puedes matarme —replicó Simon—. ¿No es lo único que se
interpone entre mí y tu furia divina?
El Ángel se lo pensó un momento. «Juraré no herirte. Tanto si llevas la Marca como si no.»
Simon vaciló. La expresión del Ángel se volvió tormentosa.
«El juramento de un Ángel del Cielo es lo más sagrado que existe. ¿Te atreves a no fiarte de mí,
subterráneo?»
—Yo… —Simon calló durante un penoso momento. Ante sus ojos tenía el recuerdo de Clary de
puntillas, con la estela sobre su frente; la primera vez que había visto funcionar a la Marca, cuando se
había sentido como el conductor de un rayo, energía pura atravesándolo con una fuerza letal. Era una
maldición, una que lo había aterrorizado y lo había convertido en objeto de deseo y de miedo. La
odiaba. Y sin embargo, en ese momento, ante la idea de renunciar a ella, a lo que le hacía especial…
Respiró hondo.
—Bien. Sí, acepto.
El Ángel sonrió, y su sonrisa fue terrible, como mirar directamente al sol.
«Entonces, juro que no te haré ningún daño, Simón Macabeo.»
—Lewis —corrigió Simon—. Mi apellido es Lewis.
«Pero eras de la sangre y la fe de los Macabeos. Algunos dicen que los Macabeos fueron marcados por
la mano de Dios. En cualquier caso, eres un guerrero del Cielo, vampiro diurno, te guste o no.»
El Ángel se movió. A Simon se le humedecieron los ojos, porque Raziel parecía llevar el cielo consigo
como una capa, en remolinos negros, plateados y blancos como nubes. El aire alrededor se estremeció.
Algo destelló en lo alto como el reflejo de la luz sobre el metal, y un objeto cayó sobre la arena y las
rocas junto a Simon, con un ruido metálico.
Era una espada; nada muy llamativo a simple vista: sólo una gastada espada de hierro viejo con un
mango ennegrecido. Los bordes estaban dentados, como comidos por ácido, aunque la punta era
afilada. Parecía algo que un arqueólogo podría haber desenterrado y aún no hubiera acabado de limpiar.
El Ángel habló.
«En una ocasión, cuando Josué estaba cerca de Jericó, alzó la mirada y vio a un hombre ante él con una
espada desenvainada en la mano. Josué fue a él y le dijo: “¿Eres uno de los nuestros, o uno de nuestros
adversarios?” Él contestó: “Ninguno, sino un comandante del ejército del Señor, y he venido ahora”.»
Simon miró el modesto objeto que tenía a los pies.
—¿Y ésta es esa espada?
—Es la espada del Arcángel Miguel, comandante de los ejércitos del Cielo. Posee el poder del fuego
celestial. Hiere a tu enemigo con esta arma y le quemará la maldad. Si es más malo que bueno, más del
Infierno que del Cielo, también le quemará la vida. Sin duda cortará el lazo de tu amigo, y sólo puede
herir a cada uno por separado.
Simon se agachó y recogió la espada. Ésta pareció enviarle una descarga por la mano, por el brazo,
hasta su inmóvil corazón. Instintivamente, la alzó, y las nubes en lo alto parecieron abrirse durante un
instante, y un rayo de luz cayó sobre el apagado metal de la espada y la hizo cantar.
El Ángel lo miró con ojos fríos.
«El nombre de la espada no puede ser pronunciado por tu lengua humana. Puedes llamarla Gloriosa.
—Te… —comenzó Simon—. Te doy las gracias.
«No me lo agradezcas. Yo te habría matado, vampiro diurno, pero tu Marca, y ahora mi voto, me lo
impiden. La Marca de Caín era para que Dios la impusiera, y no fue así. Te la borraré de la frente y su
protección desaparecerá. Y si me llamas de nuevo, no te ayudaré.»
Al instante, el rayo de luz que caía entre las nubes se intensificó, cayó sobre la espada como un látigo
de fuego y rodeó a Simon en una jaula de luz brillante y calor. La espada ardía; Simon gritó y cayó al
suelo, mientras el dolor le atravesaba la cabeza. Era como si alguien le estuviera clavando un hierro al
rojo vivo entre los ojos. Se cubrió el rostro, ocultó la cabeza entre los brazos, y dejó que le traspasara el
dolor. Era la peor agonía que había sentido desde la noche en que murió.
El dolor fue cediendo lentamente, y se alejó como la marea. Simon se volvió para ponerse de espaldas,
mirando a lo alto, con la cabeza aún dolorida. Las nubes negras comenzaban a deshacerse, y cada vez se veía más azul; el Ángel había desaparecido; el lago se hinchaba bajo la creciente luz como si el agua
hirviera.
Simon comenzó a sentarse lentamente, y guiñó los ojos dolorosamente para protegerlos del sol. Vio a
alguien que corría por el camino que llevaba de la casa al lago. Alguien con largo cabello negro y una
chaqueta púrpura que se le abría hacia atrás como las alas. Llegó al final del camino y saltó a la orilla
del lago, levantando arena con las botas tras ella. Llegó a él y se tiró al suelo, rodeándolo con los
brazos.
—Simon —susurró.
Éste notó el fuerte y firme latido del corazón de Isabelle.
—Pensaba que estabas muerto —continuó ella—. Te vi caer, y… pensaba que habías muerto.
Simon la dejó abrazarlo mientras se incorporaba apoyado en las manos. Se dio cuenta de que se
escoraba como un barco con un agujero en el casco, y trató de no moverse. Temía que si lo hacía, se
caería.
—Ya estoy muerto.
—Lo sé —replicó Izzy—. Me refería a más muerto de lo normal.
—Izzy —Alzó el rostro hacia ella. Isabelle estaba arrodillada sobre él, con una pierna a cada lado, y le
rodeaba el cuello con los brazos. Parecía una posición incómoda. Él se dejó caer de nuevo sobre la
arena, llevándola consigo. Cayó sobre la espada en la fría arena con ella encima y miró a sus negros
ojos. Parecía ocupar todo el cielo.
Ella le tocó la frente, maravillada.
—Tu Marca ya no está.
—Raziel me la ha quitado. A cambio de la espada. —Hizo un gesto hacia el arma. En la casa, vio dos
manchas negras de pie en el porche, observándolos. Alec y Magnus—. Es la espada del Arcángel
Miguel. Se llama Gloriosa.
—Simon… —Isabelle le besó en la mejilla—. Lo has logrado. Has visto al Ángel. Has conseguido la
espada.
Magnus y Alec habían comenzado a recorrer el camino hacia el lago. Simon cerró los ojos, agotado.
Isabelle se inclinó sobre él, con el cabello rozándole las mejillas.
—No hables. —Isabelle olía a lágrimas—. Ya no estás maldito —susurró—. No estás maldito.
Simon entrelazó los dedos con los de ella. Se sentía como si estuviera flotando en un río negro, con las
sombras cerrándose sobre él. Sólo la mano de Isabelle lo anclaba a la tierra.
—Lo sé.
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