15
MAGDALENA
Las náuseas y el dolor iban y venían como un torbellino cada vez más cerrado. Clary sólo podía ver
manchas de colores; se daba cuenta de que su hermano la estaba arrastrando, y cada uno de sus pasos se
le clavaba a Clary en la cabeza como un picahielos. Se daba cuenta de que se colgaba de él y de que la
fuerza de sus brazos la reconfortaba; le resultaba casi grotesco que algo de Sebastian la reconfortara, y
que él pareciera ir con cuidado de no sacudirla demasiado al andar. De forma muy distante, supo que le
costaba respirar, y oyó a su hermano decir su nombre.
Luego todo se quedó en silencio. Por un momento, Clary pensó que era el final, que había muerto
luchando contra demonios, del modo en que morían la mayoría de los cazadores de sombras. Luego
notó otro pinchazo ardiente en el interior del brazo, y una ráfaga de algo que parecía hielo recorriéndole
las venas. Apretó los ojos para soportar el dolor, pero el frío de lo que fuera que Sebastian le había
hecho fue como si le hubiera echado un vaso de agua a la cara. Lentamente, el mundo dejó de rodar; los
remolinos de náusea y dolor fueron disminuyendo hasta ser sólo ondas en la marea de su sangre. Podía
respirar de nuevo.
Con una exhalación, abrió los ojos.
Cielo azul.
Estaba tumbada de espaldas, mirando a un cielo azul infinito, moteado de nubes de algodón, como el
techo pintado de la enfermería del Instituto. Estiró los doloridos brazos. El derecho aún llevaba las
marcas de su brazalete de heridas, aunque ya eran sólo de un rosa tenue. En el izquierdo tenía un iratze,
que estaba volviéndose invisible, y también un mendellin para el dolor en el interior del codo.
Respiró hondo. Olió aire de otoño, mezclado con el olor de las hojas. Veía las copas de los árboles, oía
el murmullo del tráfico y…
Sebastian. Clary oyó una risita grave y se dio cuenta de que no sólo estaba tumbada, sino que estaba
tumbada apoyada en su hermano. Sebastian, que estaba caliente y respiraba, y en cuyo brazo reposaba
su cabeza. El resto de ella estaba estirada sobre un banco ligeramente húmedo.
Se incorporó de golpe. Sebastian volvió a reír; se hallaba sentado en el extremo de un banco con unos
elaborados apoyabrazos, en un parque. Tenía la bufanda doblada sobre su regazo, donde ella había
estado apoyada, y estiraba el brazo que no la había estado rodeando sobre el respaldo del banco. Se
había desbrochado la camisa blanca para ocultar las manchas de icor. Debajo llevaba una camiseta gris
lisa. El brazalete plateado brillaba en su muñeca. La contemplaba divertido con sus ojos negros,
mientras ella se apartaba de él tanto como podía en el banco.
—Es bueno que seas de baja estatura —dijo él—. Si fueras más alta, cargarte habría sido muy molesto.
—¿Dónde estamos? —Clary tuvo que esforzase para mantener la voz firme.
—En los jardines de Luxemburgo —contestó él—. Es un parque muy bonito. Tenía que llevarte a algún
lugar donde pudieras estirarte, y en medio de la calle no me pareció una buena idea.
—Sí, claro, existe una palabra para dejar a alguien morir en medio de la calle. «Homicidio vehicular.»
—Eso son dos palabras, y creo que, técnicamente, sólo es homicidio vehicular si atropellas a alguien.
—Se frotó las manos como para calentárselas—. Y de todas formas, ¿por qué iba a dejarte morir en
medio de la calle después de esforzarme tanto en salvarte?
Ella tragó saliva y se miró el brazo. Las heridas eran aún más tenues. Si no hubiera sabido dónde
buscarlas, seguramente ni las habría notado.
—¿Y por qué?
—¿Por qué qué?
—Me has salvado la vida.
—Eres mi hermana. Ella volvió a tragar. Bajo la luz de la mañana, el rostro de Sebastian tenía algo de color. Vio unas leves
quemaduras en el cuello, donde el icor del demonio le había salpicado.
—Nunca antes te había importado que fuera tu hermana.
—¿De verdad? —Sus negros ojos la recorrieron de arriba abajo. Clary recordó la vez que Jace había
entrado en su casa cuando ella se estaba muriendo por el veneno del demonio rapiñador contra el que
había luchado. Quizá ellos dos se parecían más de lo que nunca había querido pensar, incluso antes del
hechizo que los había unido.
—Nuestro padre está muerto —continuó él—. No tenemos más parientes. Tú y yo, somos los últimos.
Los últimos Morgenstern. Eres mi única oportunidad de tener a alguien cuya sangre también corra por
mis venas. Alguien como yo.
—Sabías que te estaba siguiendo —afirmó Clary.
—Claro que sí.
—Y me has dejado.
—Quería ver cómo te las arreglabas. Y admito que no pensaba que llegaras a seguirme allá abajo. Eres
más valiente de lo que pensaba. —Cogió la bufanda del regazo y se la echó al cuello. El parque estaba
comenzando a llenarse de turistas con mapas, padres con hijos de la mano, viejos que fumaban en pipa
sentados en otros bancos como aquél—. Nunca habrías podido ganar esa pelea.
—Quizá sí.
Él sonrió de medio lado, un instante, como si no pudiera evitarlo.
—Tal vez.
Ella se restregó las botas en la hierba, que estaba mojada de rocío. No iba a darle las gracias a
Sebastian. No por nada.
—¿Por qué tratas con demonios? —preguntó—. Los oí hablando de ti. Sé lo que estás haciendo…
—No, no lo sabes. —La sonrisa había desaparecido, y el tono de superioridad estaba de vuelta—.
Primero, ésos no eran los demonios con los que estaba tratando. Ésos eran sus guardias. Por eso estaban
en otra sala y por eso yo no estaba allí. Los demonios dahak no son muy listos, aunque son crueles,
duros y protectores. Así que tampoco es que estuvieran muy informados de lo que pasaba. Sólo repetían
comentarios que habían oído a sus amos. Demonios Mayores. Con ésos era con los que me estaba
reuniendo.
—¿Y se supone que eso debe tranquilizarme?
Él se inclinó hacia ella sobre el banco.
—No estoy tratando de tranquilizarte. Estoy tratando de decirte la verdad.
—Entonces, no me extraña que parezcas tener un ataque de alergia —replicó ella, aunque eso no era
precisamente cierto. Sebastian parecía molestamente tranquilo, aunque la curva del mentón y el pulso
en la sien le dijeron a Clary que aquella calma era fingida—. Los dahak dijeron que ibas a darles este
mundo a los demonios.
—Bueno, ¿eso suena a algo que yo fuera a hacer?
Ella sólo lo miró.
—Pensaba que habías dicho que me darías una oportunidad —continuó él—. No soy el mismo que
cuando me conociste en Alacante. —Su mirada era clara—. Además, no soy la única persona a la que
has conocido que creía en Valentine. Era mi padre. Nuestro padre. No es fácil dudar de las cosas en las
que te han enseñado a creer de niño.
Clary se cruzó de brazos; el aire era claro y frío, con un toque invernal.
—Bueno, eso es cierto.
—Valentine se equivocaba —dijo él—. Estaba tan obsesionado con el mal que creía que la Clave le
había hecho que lo único que quería era demostrarles quién era. Quería que el Ángel se alzara y les
dijera que él era Jonathan Cazador de Sombras reencarnado, que era su líder y que su camino era el
camino correcto.
—Eso no fue exactamente lo que pasó. —Ya sé lo que pasó. Lilith me lo contó —dijo con toda naturalidad, como si todo el mundo tuviera de
vez en cuando una conversación con la madre de todos los brujos—. No te engañes pensando que lo
que ocurrió fue porque el Ángel tiene una gran compasión, Clary. Los ángeles son fríos como el hielo.
Raziel se enfadó porque Valentine había olvidado la misión de todos los cazadores de sombras.
—¿Que es…?
—Matar a demonios. Ésa es nuestra obligación. Sin duda debes de haber oído que, en los últimos años,
están entrando cada vez más demonios en nuestro mundo, y que no tenemos ni idea de cómo
mantenerlos fuera, ¿no?
Un vago recuerdo le vino a la cabeza, algo que había dicho Jace hacía casi toda una vida, la primera
vez que habían ido a la Ciudad Silenciosa.
«Tal vez podamos evitar que entren aquí, pero nadie ha conseguido nunca averiguar cómo hacer eso.
De hecho, cada vez llegan más. En el pasado sólo se trataba de pequeñas invasiones demoníacas, que
podían contenerse fácilmente. Pero desde que tengo uso de razón, cada vez son más los que se filtran a
través de las salvaguardas. La Clave se pasa el tiempo enviando a cazadores de sombras, y en muchas
ocasiones no regresan.»
—Se aproxima una gran guerra contra los demonios, y la preparación de la Clave es absolutamente
deplorable —explicó Sebastian—. En eso mi padre tenía razón. Están tan aferrados a sus costumbres
que son incapaces de prestar atención a los avisos y cambiar. Yo no deseo la destrucción de los
subterráneos, como hacía Valentine, pero me preocupa que la ceguera de la Clave condene el propio
mundo que protegen los cazadores de sombras.
—¿Quieres que me crea que te importa que se destruya este mundo?
—Bueno, vivo aquí —contestó Sebastian, más amable de lo que ella se esperaba—. Y a veces, las
situaciones extremas exigen medidas extremas. Para destruir al enemigo puede ser necesario
comprenderlo, incluso tratar con él. Si logro que esos Demonios Mayores confíen en mí, entonces
podré atraerlos aquí, donde pueden ser destruidos, y a sus seguidores también. Eso debería cambiar las
cosas. Los demonios sabrían que este mundo no es tan fácil para ellos como se habían pensado.
Clary negó con la cabeza.
—¿Y con qué vas a hacerlo…? ¿Sólo Jace y tú? Sois bastante impresionantes, no me malinterpretes,
pero incluso vosotros dos…
Sebastian se puso en pie.
—De verdad no te imaginas que pueda haber pensado esto al detalle, ¿verdad? —La miró; el viento del
otoño le revolvía el cabello por el rostro—. Ven conmigo. Quiero enseñarte algo.
Clary vaciló un instante.
—Jace…
—Sigue durmiendo. Créeme, lo sé. —Le tendió la mano—. Ven conmigo, Clary. Si no puedo hacerte
creer que tengo un plan, quizá pueda demostrártelo.
Ella lo miró fijamente. Le pasaban por la cabeza imágenes como confeti revuelto: la tienda de trastos
en Praga, su anillo de oro con forma de hoja cayendo en la oscuridad, Jace cogiéndola en el reservado
del club, las peceras de cadáveres. Sebastian con un cuchillo serafín en la mano.
«Demostrártelo.»
Ella lo cogió de la mano y dejó que él la ayudara a ponerse en pie.
Se decidió, aunque no sin mucha discusión, que para hacer la invocación a Raziel, el Equipo Bueno
tendría de buscar un lugar bastante escondido.
—No podemos hacer aparecer a un ángel de veinte metros en medio de Central Park —observó
Magnus con sequedad—. La gente podría fijarse, incluso en Nueva York.
—¿Raziel mide veinte metros? —preguntó Isabelle. Estaba tirada en un sillón que había acercado a la
mesa. Tenía unas ojeras muy oscuras: ella, como Alec, Magnus y Simon, estaba agotada. Llevaban
horas despiertos, rebuscando en libros de Magnus, tan viejos que las páginas eran finas como piel de
cebolla. Tanto Isabelle como Alec podían leer griego y latín, y Alec conocía mejor los idiomas de los demonios que Izzy, pero aún había muchos que sólo Magnus podía comprender. Maia y Jordan, al
darse cuenta de que podían ser más útiles en otra parte, se habían ido a la comisaría de policía a ver
cómo estaba Luke. Mientras tanto, Simon había tratado de ser útil de otras maneras: les llevaba comida
y café, copiaba símbolos siguiendo las instrucciones de Magnus, buscaba más papel y lápices, e incluso
dio de comer a Presidente Miau, que se lo agradeció vomitando una bola de pelo en el suelo de la
cocina de Magnus.
—En realidad sólo mide dieciocho metros, pero le gusta exagerar —contestó Magnus. El cansancio no
estaba mejorando su humor. Tenía el cabello de punta y manchas de purpurina en el dorso de las
manos, por haberse frotado los ojos—. Es un ángel, Isabelle. ¿Es que nunca has estudiado nada?
Isabelle chasqueó la lengua, molesta.
—Valentine invocó a un ángel en su sótano. No veo por qué necesitas tú todo ese espacio…
—¡Porque Valentine era MUCHO MÁS FORMIDABLE que yo! —replicó Magnus, y dejó caer su pluma—.
Mira…
—No le grites a mi hermana —lo reprendió Alec. Lo dijo en voz baja, pero con fuerza en las palabras.
Magnus lo miró sorprendido. Alec continuó—: Isabelle, el tamaño de los ángeles, cuando aparecen en
la dimensión terrenal, varía dependiendo de su poder. El ángel a quien invocó Valentine era de un rango
inferior a Raziel. Y si fuera a invocar a un ángel de un rango superior, como Miguel o Gabriel…
—Yo no podría hacer ningún hechizo que los atara, ni siquiera un momento —aportó Magnus con voz
apagada—. En parte, invocamos a Raziel porque esperamos que, como creador de los cazadores de
sombras, tenga una compasión especial, o al menos alguna compasión, por vuestra situación. Un ángel
menos poderoso tal vez no podría ayudarnos, pero un ángel más poderoso… Bueno, si algo fuera
mal…
—Podría no ser yo el único en morir —concluyó Simon.
Magnus parecía afligido, y Alec miró hacia los papeles que se acumulaban en la mesa. Isabelle puso la
mano sobre la de Simon.
—No me puedo creer que realmente estemos sentados aquí hablando de invocar a un ángel —dijo ella
—. Durante toda mi vida he jurado por el nombre del Ángel. Sabemos que nuestro poder procede de los
ángeles. Pero la idea de ver uno… No me lo puedo ni imaginar. Cuando trato de pensarlo, la idea me
resulta demasiado grande.
Se hizo el silencio en la mesa. Había cierta oscuridad en los ojos de Magnus que hizo pensar a Simon si
habría visto alguna vez a un ángel. Se le ocurrió que quizá debería preguntárselo, pero el timbre de su
móvil le evitó tener que decidir.
—Un segundo —murmuró, y se puso en pie. Abrió la tapa del móvil y se apoyó en una de las columnas
del loft. Era un mensaje de texto, varios en realidad, de Maia.
«¡BUENAS NOTICIAS! LUKE ESTÁ DESPIERTO Y HABLANDO. PARECE QUE SE VA A PONER BIEN.»
Simon sintió un gran alivio. Por fin, buenas noticias. Cerró el móvil y se tocó el anillo que llevaba en el
dedo.
«¿Clary?»
Nada.
Se tragó los nervios. Seguramente estaría dormida. Alzó los ojos y se encontró a los otros tres
mirándolo fijamente.
—¿Quién era? —preguntó Isabelle.
—Maia. Dice que Luke está despierto y hablando. Que se va a poner bien. —Hubo un resonar de voces
aliviadas, pero Simon aún seguía mirándose el anillo—. Me ha dado una idea.
Isabelle se había puesto en pie para ir hacia él; al oír aquello, se detuvo, preocupada. Simon supuso que
no podía culparla. En los últimos tiempos, sus ideas habían sido suicidas.
—¿Cuál? —preguntó ella.
—¿Qué necesitamos para invocar a Raziel? ¿Cuánto espacio? —inquirió Simon.
Magnus dejó de mirar el libro. —Como un par de kilómetros cuadrados, al menos. Estaría bien que hubiera agua, como en el lago
Lyn…
—La granja de Luke —sugirió Simon—. A las afueras. Una o dos horas. Ahora debería estar cerrada,
pero sé cómo llegar allí. Y hay un lago. No tan grande como el Lyn, pero…
Magnus cerró el libro que tenía en la mano.
—No es mala idea, Seamus.
—¿Unas pocas horas? —dijo Isabelle, mirando el reloj—. Podríamos estar allí a…
—Oh, no —la cortó Magnus. Apartó el libro—. Aunque tu entusiasmo sea impresionante e ilimitado,
Isabelle, por ahora estoy demasiado agotado para hacer bien un hechizo de invocación. Y esto no es
algo con lo que quiera correr ningún riesgo. Creo que todos estaremos de acuerdo.
—Entonces, ¿cuándo? —preguntó Alec.
—Al menos necesitamos dormir un poco —contestó Magnus—. Propongo que nos marchemos a
primera hora de la tarde. Sherlock, perdón, Simon, llama mientras tanto, a ver si Jordan te presta la
camioneta. Y ahora… —Apartó el resto de papeles—. Me voy a dormir. Isabelle, Simon, podéis usar de
nuevo la habitación, si queréis.
—Habitaciones diferentes sería mejor —murmuró Alec.
Isabelle miró a Simon con ojos oscuros e interrogantes, pero él ya estaba sacando el móvil del bolsillo.
—De acuerdo —dijo—. Volveré al mediodía, pero por ahora tengo algo importante que hacer.
De día, París era una ciudad de calles estrechas y curvas que daban a amplias avenidas, añejos edificios
dorados con techos de tejas de colores y un brillante río que la cortaba como la cicatriz de un duelo.
Sebastian, a pesar de haber dicho que iba a demostrar a Clary que tenía un plan, no habló demasiado
mientras recorrían una calle flanqueada de galerías de arte y tiendas donde vendían libros viejos y
polvorientos, hasta llegar al Quai des Grands Augustins, en la orilla del río.
Un viento fresco soplaba desde el Sena, y Clary se estremeció. Sebastian se sacó la bufanda del cuello
y se la pasó a Clary. Era de tweed blanco y negro entremezclado, aún caliente de haber estado en su
cuello.
—No seas estúpida —dijo él—. Tienes frío. Póntela.
Clary se la enrolló en el cuello.
—Gracias —dijo instintivamente, e hizo una mueca.
Ya estaba. Le había dado las gracias a Sebastian. Esperó que un rayo cayera desde las nubes y la
partiera. Pero no pasó nada.
Él le echó una extraña mirada.
—¿Estás bien? Parece que vayas a estornudar.
—Estoy bien. —La bufanda olía a colonia de cítricos y a chico. No estaba segura de a qué había
pensado que iba a oler.
Siguieron caminando. Esta vez Sebastian acortó el paso y caminó a su lado, explicándole que los
barrios de París iban por números y que estaban cruzando del sexto al quinto, el Barrio Latino, y que el
puente que veían en la distancia, era el pont Saint-Michel. Clary se fijó en que se cruzaban con muchos
jóvenes; chicas de su edad o un poco mayores, muy elegantes en pantalones ajustados y tacones altos, y
cabello largo volando al viento del Sena. Bastantes se detuvieron para mirar a Sebastian con
admiración, pero él no pareció notarlo.
Jace lo habría notado, pensó Clary. Sebastian era despampanante, con su cabello blanco como el hielo y
los ojos negros. La primera vez que lo había visto ya lo había encontrado atractivo, aunque entonces
llevaba el cabello teñido de negro y no le quedaba tan bien, la verdad. Estaba mejor así. La palidez del
pelo le daba un poco de color a la piel, le resaltaba los ojos, los altos pómulos y la elegante forma del
rostro. Sus pestañas eran increíblemente largas, de un tono más oscuro que el cabello, y se le curvaban
ligeramente, igual que las de Jocelyn… era tan injusto. ¿Por qué ella no había heredado las pestañas
curvadas de la familia? ¿Y por qué él no tenía ni una sola peca?
—Y bien —dijo ella de repente, cortándole en medio de una frase—, ¿qué somos? Él la miró con el rabillo del ojo.
—¿Qué quieres decir con «qué somos»?
—Has dicho que éramos los últimos de los Morgenstern. Morgenstern es un nombre alemán —explicó
Clary—. Entonces, ¿qué somos? ¿Alemanes? ¿Cuál es la historia? ¿Por qué no queda nadie más que
nosotros?
—¿No sabes nada sobre la familia de Valentine? —La incredulidad teñía la voz de Sebastian. Se había
detenido ante un muro que corría junto al Sena, al lado de la acera—. ¿Acaso tu madre no te ha contado
nunca nada?
—También es tu madre, y no, no me ha contado nada. Valentine no es su tema favorito.
—Los nombres de los cazadores de sombras son compuestos —explicó Sebastian despacio, y se subió
a lo alto del muro. Le tendió una mano, y al cabo de un instante, ella le dejó que la ayudara a subir a su
lado. El Sena fluía de un color gris verdoso bajo ellos, salpicado de botes turísticos que avanzaban
lentamente—. «Fair-child», «Lightwood», «White-law». «Morgenstern» significa «estrella matutina».
Es un apellido alemán, pero la familia era suiza.
—¿Era?
—Valentine era hijo único —respondió Sebastian—. A su padre, nuestro abuelo, lo mataron los
subterráneos, y nuestro tío abuelo murió en combate. No tenía hijos. Esto —le tocó el cabello— es del
lado Fairchild. Ahí está la sangre inglesa. Yo he salido más al lado suizo, como Valentine.
—¿Sabes algo de nuestros abuelos? —preguntó Clary, fascinada a pesar de todo.
Sebastian bajó la mano y saltó del muro. Le tendió la mano, y ella la cogió, equilibrándose al saltar. Por
un momento, Clary chocó contra el pecho de Sebastian, duro y cálido bajo la camisa. Una chica que
pasaba le lanzó una mirada divertida y celosa, y Clary se apartó rápidamente. Quiso chillarle a la chica
que Sebastian era su hermano, y que de todas formas lo odiaba. Pero no lo hizo.
—No sé nada de nuestros abuelos maternos —respondió él—. ¿Cómo iba a saber? —Esbozó una
sonrisa torcida—. Vamos. Quiero enseñarte uno de mis lugares favoritos.
Clary se quedó atrás.
—Pensaba que me ibas a demostrar que tenías un plan.
—Todo en su momento. —Sebastian comenzó a caminar, y ella lo siguió al cabo de un instante.
«Para descubrir su plan. Hazte la simpática hasta entonces», pensó ella.
—El padre de Valentine se parecía mucho a él —continuó Sebastian—. Tenía fe en la fuerza. «Somos
los guerreros elegidos de Dios.» Eso era lo que creía. El dolor te hace fuerte. La pérdida te hace
poderoso. Cuando murió…
—Valentine cambió —concluyó Clary—. Me lo dijo Luke.
—Amaba a su padre, y también lo odiaba. Algo que puedes entender conociendo a Jace. Valentine nos
crió como su padre lo había criado a él. Siempre se vuelve a lo que se conoce.
—Pero Jace… —repuso Clary—. Valentine le enseñó más cosas aparte de luchar. Le enseñó idiomas, y
a tocar el piano…
—Eso fue la influencia de Jocelyn. —Sebastian dijo ese nombre a regañadientes, como si odiara oírlo
—. Ella pensaba que Valentine tenía que poder hablar de libros, arte, música…, no sólo matar cosas. Él
le transmitió eso a Jace.
Una verja azul de hierro forjado se alzó a su izquierda a media altura. Sebastian se agachó y pasó por
debajo; luego hizo un gesto a Clary para que lo siguiera. Ella no tuvo que agacharse, pero fue tras él,
con las manos metidas en los bolsillos.
—¿Y tú, qué? —preguntó ella.
Él alzó las manos. Eran inconfundiblemente las manos de su madre; hábiles, de dedos largos,
destinadas a sujetar un pincel o una pluma.
—Yo aprendí a tocar los instrumentos de la guerra —contestó él—, y a pintar con sangre. No soy como
Jace. Había un estrecho callejón entre dos filas de edificios hechos de la misma piedra dorada que muchos
otros edificios de París, con los techos reluciendo de color verde cobre bajo el sol. La calle tenía
adoquines, y no pasaban coches ni motos. A la izquierda había un café; un cartel de madera colgado de
una barra de hierro forjado era la única indicación de que había un negocio en aquella sinuosa calleja.
—Me gusta esto —dijo Sebastian, siguiendo la mirada de Clary—, porque es como si tú y yo
estuviéramos en el siglo pasado. No hay ruido de coches, ni luces de neón. Sólo… calma.
Clary lo miró.
«Está mintiendo —pensó—. Sebastian no piensa así. A Sebastian, que trató de quemar Alacante hasta
reducirla a cenizas, no le gusta la “calma”.»
Entonces pensó en dónde había crecido él. Nunca lo había visto, pero Jace se lo había descrito. Una
casita, un cabaña en realidad, en un valle a las afueras de Alacante. Las noches habrían sido silenciosas
allí y el cielo, lleno de estrellas por la noche. Pero ¿lo echaría de menos? ¿Podía? ¿Era la clase de
emoción que se podía tener cuando no se era ni siquiera realmente humano?
«¿No te molesta? —quiso decirle—. ¿Estar en el lugar donde el auténtico Sebastian Verlac creció y
vivió hasta que tú acabaste con su vida? ¿Recorrer estas calles, llevando su nombre, sabiendo que, en
alguna parte, su tía le llora? ¿Y qué querías decir cuando dijiste que se suponía que no iba a
defenderse?»
Los ojos negros de Sebastian la miraron pensativos. Ella sabía que tenía sentido del humor; tenía una
vena mordaz que a veces no era muy diferente de la de Jace. Pero no sonreía.
—Vamos —dijo él entonces, y Clary volvió a la realidad—. Este sitio tiene el mejor chocolate caliente
de todo París.
Clary no estaba segura de cómo iba a saber si eso era cierto o no, dado que era la primera vez que
estaba en la ciudad, pero cuando se sentaron, tuvo que admitir que el chocolate era excelente. Lo
preparaban en la mesa (que era pequeña y de madera, al igual que las sillas, antiguas y de respaldo
alto), en un pote de cerámica azul, usando nata, chocolate en polvo y azúcar. El resultado era un
chocolate deshecho tan espeso que la cuchara se quedaba derecha en él. También pidieron cruasanes y
los mojaron en el chocolate.
—¿Sabes?, si quieres otro cruasán, te lo traerán —informó Sebastian, recostándose en la silla. Eran los
más jóvenes del local por décadas—. Estás atacando éste como un lobezno.
—Tengo hambre. —Clary se encogió de hombros—. Mira, si quieres hablarme, háblame. Convénceme.
Él se inclinó hacia delante y apoyó los codos en la mesa. Ella recordó haberlo mirado a los ojos la
noche anterior, haber notado el anillo de plata alrededor del iris de los ojos.
—Estaba pensando en lo que dijiste anoche.
—Anoche estaba alucinando. No recuerdo lo que te dije.
—Me preguntaste a quién pertenecía —respondió Sebastian.
Clary se detuvo con la taza de chocolate a medio camino de la boca.
—¿Ah, sí?
—Sí. —Él le escrutó el rostro—. Y no tengo la respuesta.
Clary dejó la taza; de repente se sentía muy incómoda.
—No tienes que pertenecer a nadie —repuso—. Es sólo una manera de hablar.
—Bueno, déjame que te pregunte algo —dijo Sebastian—. ¿Crees que puedes perdonarme? Quiero
decir, ¿crees que el perdón es posible para alguien como yo?
—No lo sé. —Clary agarró el borde de la mesa—. Qui…, quiero decir, no sé mucho sobre el perdón
como concepto religioso, sólo del tipo normal de perdonar a la gente. —Respiró hondo, sabiendo que
estaba farfullando. Había algo en la fija mirada de Sebastian sobre ella, como si esperara que Clary le
diera la respuesta a preguntas que nadie más podía responder—. Sé que tienes que hacer cosas, ganarte
el perdón. Cambiar. Confesarte, arrepentirte y… compensar.
—Compensar —repitió Sebastian. —Compensar lo que has hecho. —Miró su taza. No había manera de compensar las cosas que
Sebastian había hecho, al menos no de una manera que tuviera sentido.
—Ave atque vale —dijo Sebastian, mirando también su taza.
Clary reconoció las palabras tradicionales que los cazadores de sombras decían sobre sus muertos.
—¿Por qué dices eso? No me estoy muriendo.
—Sabes que es de un poema —explicó él—. De Catulo. «Frater, ave atque vale.» «Saludos y adiós,
hermano.» Habla de cenizas, de los ritos de los muertos y de su propio dolor por su hermano. Tuve que
aprenderme el poema cuando era pequeño, pero no lo sentía; ni su dolor ni su pérdida, o incluso la
cuestión de cómo sería morir y no tener a nadie que te llore. —La miró fijamente—. ¿Cómo crees que
habrían sido las cosas si Valentine te hubiera criado conmigo? ¿Me habrías querido?
Clary se alegró de haber dejado la taza, porque si no se le habría caído de la mano. Sebastian no la
estaba mirando con la timidez o la incomodidad natural que suele acompañar a una pregunta tan rara,
sino como si ella fuera una forma de vida extraña, curiosa.
—Bueno —contestó ella—. Eres mi hermano. Te habría querido. Tendría que… haberlo hecho.
Él la siguió mirando con los mismos ojos fijos e intensos. A Clary se le ocurrió pensar que quizá
debería preguntarle si él creía que eso significaba que él también la habría querido. Como hermana.
Pero le daba la sensación de que él no tendría ni idea de lo que quería decir eso.
—Pero Valentine no me crió —añadió ella—. Y yo lo maté.
No estaba segura de por qué había dicho eso. Quizá quisiera ver si era posible ponerle nervioso.
Después de todo, Jace le había dicho una vez que pensaba que Valentine podía haber sido lo único por
lo que Sebastian había sentido cariño en toda su vida.
Pero él no reaccionó.
—La verdad —repuso el chico— es que fue el Ángel quien lo mató. Aunque fue debido a ti. —Trazaba
dibujos con los dedos sobre la mesa gastada—. ¿Sabes?, cuando te conocí, en Idris, tuve esperanzas;
pensé que te caería bien. Y cuando vi que no te parecías en nada a mí, te odié. Pero luego, cuando me
trajeron de vuelta, y Jace me contó lo que habías hecho, me di cuenta de que me había equivocado.
Eres como yo.
—Ya lo dijiste anoche —replicó Clary—. Pero no soy…
—Mataste a nuestro padre —la cortó él. Su voz era tranquila—. Y no te importa. Ni has vuelto a pensar
en ello, ¿verdad? Valentine le dio unas palizas de muerte a Jace durante los primeros diez años de su
vida, y Jace aún lo echa de menos. Sufrió por su pérdida, aunque no comparten la sangre. Pero él era tu
padre y tú lo mataste, y no has perdido ni una sola noche de sueño por ello.
Clary se lo quedó mirando boquiabierta. No era justo. No era nada justo. Valentine nunca había sido un
padre para ella, no la había querido, había sido un monstruo que tenía que morir. Lo había matado
porque no tenía elección.
Sin quererlo, se le apareció la imagen de Valentine, clavándole la daga en el pecho a Jace y luego
cogiéndolo ya muerto. Valentine había llorado por el hijo al que había asesinado. Pero ella nunca había
llorado por su padre. Ni siquiera lo había pensado.
—Tengo razón, ¿verdad? —dijo Sebastian—. Dime que me equivoco. Dime que no te caigo bien.
Clary siguió mirando su taza de chocolate, ya frío. Se sentía como si se le hubiera desatado un remolino
en la cabeza que estuviera tragándose las ideas y las palabras.
—Creía que pensabas que Jace era como tú —repuso finalmente con voz ahogada—. Pensaba que por
eso lo querías tener contigo.
—Necesito a Jace —afirmó Sebastian—. Pero en su corazón no es como yo. Tú sí. —Se puso en pie.
Debía de haber pagado la cuenta en algún momento; Clary no podía recordarlo—. Ven conmigo.
Le tendió la mano. Ella se puso en pie sin cogérsela y volvió a ponerse la bufanda, sin pensarlo; el
chocolate que había bebido era como ácido retorciéndosele en el estómago. Siguió a Sebastian fuera del
café y al callejón, donde él estaba mirando al cielo azul.
—No soy como Valentine —insistió Clary, que se detuvo a su lado—. Nuestra madre.... —Tu madre —replicó Sebastian— me odiaba. Me odia. Ya la viste. Trató de matarme. Quieres decirme
que has salido a tu madre; pues muy bien. Jocelyn Fairchild es despiadada. Siempre lo ha sido. Durante
meses, quizá años, fingió amar a nuestro padre para poder reunir información y traicionarlo. Ella ideó
el Alzamiento y vio cómo masacraban a todos los amigos de su marido. Te robó los recuerdos. ¿La has
perdonado? Y cuando huyó de Idris, ¿de verdad crees que alguna vez pensó en llevarme con ella?
Debió de quedarse muy aliviada al creer que yo había muerto…
—¡No es cierto! —exclamó Clary—. Tenía una caja con cosas de cuando eras bebé. Solía sacarla y
llorar sobre ella. Todos los años por tu cumpleaños. Y sé que tú la tienes ahora en tu habitación.
Sebastian retorció sus labios elegantes y finos. Se apartó de ella y comenzó a caminar por el callejón.
—¡Sebastian! —lo llamó Clary—. Sebastian, ¡espera! —No estaba segura de por qué quería que él
regresara. Era cierto que no tenía ni idea de dónde se encontraba o de cómo volver al apartamento, pero
era más que eso. Quería quedarse y pelear, probarle que ella no era como él decía. Alzó la voz en un
grito—: ¡Jonathan Christopher Morgenstern!
Él se detuvo y se volvió lentamente, ladeando la cabeza para mirarla.
Ella fue hacia él, y él la observó caminar con los negros ojos entrecerrados.
—Apuesto a que ni siquiera sabes cuál es mi segundo nombre —lo desafió ella.
—Adele. —Lo dijo de una forma musical, con una familiaridad que a Clary le resultó incómoda—.
Clarissa Adele.
Ella llegó junto a él.
—¿Por qué Adele? No lo he sabido nunca.
—Ni yo tampoco —respondió él—. Sé que Valentine no quería llamarte Clarissa Adele. Quería
llamarte Seraphina, como su madre. Nuestra abuela. —Se volvió y siguió caminando; en esta ocasión
ella se mantuvo a su lado—. Murió de un ataque al corazón después de que mataran a nuestro abuelo.
Valentine siempre decía que había muerto de pena.
Clary pensó en Amatis, que nunca había olvidado a su primer amor, Stephen; pensó en el padre de
Stephen, que había muerto de pena; en la Inquisidora, toda su vida dedicada a la venganza; en la madre
de Jace, que se cortó las muñecas cuando su marido murió.
—Antes de conocer a los nefilim, habría dicho que era imposible morir de pena.
Sebastian soltó una risita seca.
—Nuestro cariño no es como el que se profesan los mundanos —repuso él—. Bueno, a veces sí, claro.
No todo el mundo es igual. Pero los lazos entre nosotros tienden a ser muy intensos e irrompibles. Por
eso nos cuesta tanto relacionarnos con los que no son como nosotros. Subterráneos, mundanos…
—Mi madre se va a casar con un subterráneo —replicó Clary, dolida. Se habían detenido delante de un
edificio de piedra con contraventanas pintadas de azul, casi al final del callejón.
—Una vez, él fue nefilim —repuso Sebastian—. Y mira a nuestro padre. Tu madre lo traicionó y lo
dejó, y él aún se pasó el resto de su vida esperando volver a encontrarla y convencerla de que regresara
con él. Ese armario lleno de ropa… —Meneó la cabeza.
—Pero Valentine le dijo a Jace que el amor es una debilidad —dijo Clary—. Que te destruye.
—¿No pensarías eso si te pasaras media vida buscando a una mujer aunque te odie a muerte, porque no
puedes olvidarla? ¿Si tuvieras que recordar que la persona que más has amado en el mundo te acuchilló
por la espalda y retorció el cuchillo? —Se inclinó hacia ella un momento, mientras hablaba, y su
aliento agitó el cabello de Clary—. Quizá tú seas más como tu madre que como nuestro padre. Pero ¿y
qué importa? Tienes la crueldad en los huesos y hielo en el corazón, Clarissa. No me digas que no.
Él se apartó antes de que ella pudiera contestarle, y subió el escalón delantero de la casa de
contraventanas azules. Había una fila de timbres en la pared junto a la puerta, cada uno con un nombre
escrito a mano en una plaquita al costado. Apretó el timbre junto al nombre de Magdalena, y esperó. Al
cabo de un momento, una voz rasposa se oyó en el interfono.
—Qui est là?
—C’est le fils et la fille de Valentine —contestó él—. Nous avions rendez-vous. Hubo un silencio y luego se oyó el zumbido de la puerta al abrirse. Sebastian la empujó y la sujetó
abierta, educadamente, para que Clary pasara ante él. La escalera era de madera, tan gastada y pulida
como el costado de un barco. Subieron en silencio hasta el último piso, donde la puerta estaba
entreabierta. Sebastian entró primero, y Clary lo siguió.
Se encontró en un espacio grande e iluminado por la luz del exterior. Las paredes eran blancas, igual
que las cortinas. Por una de las ventanas pudo ver la calle de abajo, flanqueada de restaurantes y
boutiques. Pasaban coches, pero su sonido no parecía penetrar en el apartamento. El suelo era de
madera pulida; los muebles, de madera pintada de blanco y los sofás tapizados cubiertos de
almohadones de colores. Una sección del apartamento estaba montada como una especie de estudio. La
luz caía por las claraboyas sobre una larga mesa de madera. Había caballetes, con trapos encima para
ocultar su contenido. Un mono manchado de pintura colgaba de un gancho de la pared.
Junto a la mesa había una mujer. Clary habría supuesto que tendría más o menos la edad de Jocelyn, si
no fuera porque varios factores enmascaraban su edad. Llevaba un mono negro sin forma que le
ocultaba el cuerpo; sólo estaban al descubierto las blancas manos, el rostro y el cuello. En ambas
mejillas tenía tatuada una gruesa runa negra, que le iba desde el rabillo del ojo hasta los labios. Clary
nunca había visto esas runas, pero notó su significado: poder, habilidad, capacidad manual. La mujer
tenía un espeso cabello rojizo oscuro, que le caía ondulado hasta la cintura, y los ojos, cuando los alzó,
eran de un peculiar color naranja plano, como una llama agonizante.
La mujer juntó las manos ante sí.
—Tu dois être Jonathan Morgenstern. Et elle, c’est ta soeur? Je pensáis que…
—Soy Jonathan Morgenstern —afirmó Sebastian—. Y ésta es mi hermana, sí, Clarissa. Por favor, no
hables en francés delante de ella, no lo entiende.
La mujer carraspeó.
—Mi inglés está muy oxidado. No lo he usado en años.
—A mí me parece lo bastante bueno. Clarissa, ésta es la hermana Magdalena. De las Hermanas de
Hierro.
Clary se quedó sin palabras de la sorpresa.
—Pero creía que las Hermanas de Hierro nunca dejaban su fortaleza…
—No la dejan —repuso Sebastian—. A no ser que hayan caído en desgracia porque se descubriera su
participación en el Alzamiento. ¿Quién crees que armó al Círculo? —Sonrió a Magdalena sin ninguna
alegría—. Las Hermanas de Hierro son hacedoras, no luchadoras. Pero Magdalena escapó de la
fortaleza antes de que se descubriera su participación en el Alzamiento.
—En quince años no había vuelto a saber nada de los nefilim, hasta que tu hermano se puso en contacto
conmigo —explicó Magdalena. Era difícil decir a quién miraba al hablar; sus ojos inexpresivos
parecían no parar de moverse, pero resultaba evidente que no era ciega—. ¿Es cierto? ¿Tienes el…
material?
Sebastian metió la mano en una bolsa que le colgaba del cinturón de las armas y sacó un trozo de lo
que parecía cuarzo. Lo dejó sobre la larga mesa, y un rayo perdido de sol, al pasar por la claraboya,
pareció encenderlo desde dentro. Clary tragó aire. Era el adamas de la tienda de trastos en Praga.
Magdalena soltó una exhalación siseante.
La Hermana de Hierro rodeó la mesa y puso las manos sobre el adamas. Éstas, también con las
cicatrices de múltiples runas, le temblaban.
—Adamas pur —susurró—. Han pasado años desde la última vez que toqué el material santo.
—Es todo tuyo para trabajar —dijo Sebastian—. Cuando acabes, te pagaré con más de él. Eso es, si
crees que puedes crear lo que te pedí.
Magdalena se cuadró los hombros.
—¿Acaso no soy una Hermana de Hierro? ¿Acaso no hice los votos? ¿Acaso mis manos no moldean la
materia del Cielo? Puedo entregarte lo que te prometí, hijo de Valentine. Nunca lo dudes. —Me alegro de oírlo. —Había un deje de humor en la voz de Sebastian—. Entonces, regresaré esta
noche. Ya sabes cómo llamarme si es necesario.
Magdalena asintió con la cabeza. Toda su atención estaba concentrada en la sustancia traslúcida. La
acarició con los dedos.
—Sí. Puedes irte.
Sebastian asintió y dio un paso atrás. Clary vaciló. Quería agarrar a la mujer, preguntarle qué le había
pedido Sebastian que hiciera y por qué había violado la Ley de los Acuerdos para trabajar junto a
Valentine. Magdalena, como si notara su vacilación, la miró y sonrió levemente.
—Los dos —dijo, y por un momento, Clary pensó que Magdalena iba a decir que no entendía por qué
estaban juntos, que la hija de Jocelyn era una cazadora de sombras, mientras que el hijo de Valentine
era un criminal. Pero la mujer sólo meneó la cabeza—. Mon Dieu —exclamó—, sois clavados a
vuestros padres.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario