viernes, 22 de noviembre de 2013

20. UNA PUERTA A LA OSCURIDAD

20
UNA PUERTA A LA OSCURIDAD
Clary gritó de pura frustración mientras el trozo de vidrio se hundía en el suelo de madera, a unos
centímetros del cuello de Sebastian.
Lo notó reír debajo de ella.
—No puedes hacerlo —dijo él—. No puedes matarme.
—Vete a la mierda —gruñó ella—. No puedo matar a Jace.
—Es lo mismo —repuso él, y se sentó a tal velocidad que ella casi ni lo vio moverse; la golpeó en la
cara con tal fuerza que la envió deslizándose por el suelo lleno de vidrios. Su viaje terminó cuando se
topó contra la pared, tuvo arcadas y tosió sangre. Hundió la cabeza en el antebrazo; el sabor y el olor
metálicos de su propia sangre estaban por todas partes, le provocaban náuseas. Un momento después,
Sebastian la agarró por la chaqueta y la puso en pie.
Ella no se resistió. ¿Qué sentido tendría? ¿Por qué luchar contra alguien que estaba dispuesto a matarte
y sabía que tú no estabas dispuesto a matarlo a él, o incluso a herirlo de gravedad? Se quedó quieta
mientras él la examinaba.
—Podría ser peor —comentó él—. Parece que la chaqueta te ha protegido de daños mayores.
¿Daños mayores? Clary se sentía como si la hubieran cortado por todas partes con finos cuchillos. Lo
miró con ojos entrecerrados y furiosa, mientras él la cogía en brazos. Era como había sido en París,
cuando él la alejó de los demonios dahak, pero entonces ella había estado… si no agradecida, al menos
confusa; pero en ese momento estaba ardiendo de odio. Ella mantuvo el cuerpo tenso mientras él la
llevaba arriba. Clary estaba tratando de no pensar que era él quien la tocaba, que no era su brazo el que
tenía bajo los muslos, sus manos posesivas en la espalda.
«Lo mataré —pensó—. Encontraré la manera, y lo mataré.»
Sebastian entró en la habitación de Jace y la dejó en el suelo sin contemplaciones. Ella se tambaleó
dando un paso hacia atrás. Él la cogió y le arrancó la chaqueta. Debajo, ella sólo llevaba una camiseta.
Estaba hecha jirones, como si se hubiera pasado un rallador por encima, y manchada de sangre por
todas partes.
Sebastian soltó un silbido.
—Estás hecha un asco, hermanita —dijo—. Será mejor que te metas en el cuarto de baño y te limpies
esa sangre.
—No —replicó ella—. Déjalos que me vean así. Déjalos que vean lo que has tenido que hacerme para
que vaya contigo.
Él la agarró por la barbilla y la obligó a alzar el rostro. Sus caras quedaron sólo a unos centímetros. Ella
quiso cerrar los ojos, pero se negó a darle esa satisfacción. Le devolvió la mirada, a los lazos de plata
de sus ojos negros; la sangre en el labio, donde ella le había mordido.
—Me perteneces —repitió él—. Y te tendré a mi lado, tenga lo que tenga que hacer para que estés allí.
—¿Por qué? —preguntó ella, notando la rabia tan amarga en la lengua como el sabor de la sangre—.
¿Y qué te importa? Sé que no puedes matar a Jace, pero podrías matarme a mí. ¿Por qué no lo haces?
Por un instante, los ojos de Sebastian se volvieron distantes, vidriosos, como si estuviera viendo algo
que a ella le resultaba invisible.
—Este mundo será consumido por el fuego —contestó—. Pero, si haces lo que te digo, yo os llevaré a
Jace y a ti entre las llamas sin que os ocurra nada malo. Es una gracia que no le concedo a nadie más.
¿No ves lo tonta que eres al rechazarla?
—Jonathan —repuso Clary—. ¿No ves lo estúpido que resulta pedirme que luche a tu lado cuando lo
que quieres es reducir el mundo a cenizas?
Él enfocó de nuevo los ojos y la miró. —Pero ¿por qué? —Era casi un ruego—. ¿Qué le ves de valioso a este mundo? Sabes que hay otros. —
Su sangre destacaba muy roja contra su pálida piel—. Dime que me amas. Dime que me amas y que
lucharás conmigo.
—No te amaré nunca. Te equivocas cuando dices que tenemos la misma sangre. Tu sangre es veneno.
Veneno de demonio. —Escupió las últimas palabras.
Él se limitó a sonreír, con los ojos reluciéndole sombríos. Ella notó que algo le quemaba en el brazo, y
pegó un bote antes de darse cuenta de que era una estela; Sebastian le estaba trazando un iratze en la
piel. Le odió incluso cuando el dolor desapareció. El brazalete le resonó sobre la muñeca cuando movió
la mano ágilmente, acabando la runa.
—Sabía que mentías —le dijo ella de repente.
—Digo muchas mentiras, cariño —repuso él—. ¿Cuál en concreto?
—Tu brazalete —contestó ella—. «Acheronta movebo.» No significa «Así siempre a los tiranos»: eso
es «Sic semper tyrannis». Esto es de Virgilio. «Flectere si nequeo superos, Acheronta movebo.» «Si no
puedo convencer al Cielo, moveré a los Infiernos.»
—Tu latín es mejor de lo que pensaba.
—Aprendo rápido.
—No lo suficiente. —Le soltó la barbilla—. Y ahora, métete en el baño y límpiate —le ordenó a
empujones. Cogió el vestido de ceremonias de su madre de la cama y se lo puso en los brazos—.
Queda poco tiempo, y mi paciencia se agota. Si no sales en diez minutos, iré a buscarte. Y te aseguro
que no te gustará.
—Me muero de hambre —dijo Maia—. Parece como si hiciera días que no como. —Abrió la puerta de
la nevera y miró—. Oh, aj.
Jordan la apartó, la rodeó con los brazos y le rozó la nuca con los labios.
—Podemos pedir algo. Pizza, tailandés, mexicano…, lo que prefieras. Mientras no cueste más de
veinte dólares.
Ella se volvió entre sus brazos, riendo. Llevaba una de las camisas de Jordan; a él le iba un poco
grande, y a ella le llegaba casi a las rodillas. Se había recogido el pelo en un moño en la nuca.
—Derrochador —bromeó ella.
—Por ti, lo que sea. —La alzó por la cintura y la sentó en uno de los taburetes de la barra de la cocina
—. Puedes comerte un taco. —La besó. Los labios de Jordan eran dulces, con un leve sabor a menta de
la pasta de dientes. Ella notó la excitación que le provocaba tocarlo, que le comenzaba en la base de la
columna y se le extendía por todos los nervios.
Rió en la boca de él, echándole los brazos al cuello. Un seco timbre atravesó el zumbido de su sangre,
mientras Jordan se apartaba, frunciendo el ceño.
—Mi móvil. —Sin soltarla, palpó la barra con la otra mano hasta que encontró el teléfono. Había
dejado de sonar, pero de todas formas lo abrió, y frunció el ceño—. Es el Praetor.
El Praetor no llamaba nunca, o al menos lo hacía muy rara vez. Sólo cuando algo era de una
importancia vital. Maia suspiró y se apartó de él.
—Cógelo.
Él asintió, mientras ya se llevaba el móvil a la oreja. Su voz se convirtió en un suave murmullo en el
fondo de la conciencia de Maia mientras saltaba de la barra e iba a la nevera, donde estaban
enganchados los menús de la comida a domicilio. Los fue mirando hasta que encontró el del restaurante
tailandés cercano que a ella le gustaba; se volvió con el papel en la mano.
Jordan estaba de pie en medio del salón, pálido, con el teléfono olvidado en la mano. Maia podía oír
una vocecita distante que salía de él, llamándolo.
Maia dejó caer el menú y corrió hacia él. Le cogió el teléfono de la mano, cortó la llamada y lo dejó en
la barra.
—¿Jordan? ¿Qué ha pasado? —Mi compañero de cuarto, Nick, ¿recuerdas? —contestó él, con la incredulidad marcada en sus ojos
de color avellana—. No lo llegaste a conocer, pero…
—Vi fotos suyas —repuso ella—. ¿Le ha pasado algo?
—Está muerto.
—¿Cómo?
—El cuello abierto, y toda la sangre desaparecida. Creen que localizó a su misión y ella lo mató.
—¿Maureen? —Maia estaba sorprendida—. Pero si sólo es una niña.
—Ahora es una vampira. —Tragó aire—. Maia…
Ella se lo quedó mirando. Tenía los ojos vidriosos y el cabello revuelto. Un pánico inesperado se
despertó en su interior. Besarse, acariciarse y practicar sexo era una cosa. Consolar a Jordan afectado
por la muerte de alguien era algo muy diferente. Significaba compromiso. Significaba cariño.
Significaba querer aliviar el dolor y, al mismo tiempo, dar gracias porque lo malo que hubiera pasado,
no les hubiera pasado a ellos.
—Jordan —dijo con suavidad, se puso de puntillas y lo abrazó—. Lo siento.
Notó el corazón del chico latiendo con fuerza contra el de ella.
—Nick sólo tenía diecisiete años.
—Pero era un Praetor, como tú —repuso ella en voz baja—. Sabía que era peligroso. Tú sólo tienes
dieciocho. —Él la abrazó con más fuerza, pero no dijo nada—. Jordan —continuó ella—. Te amo. Te
amo y lo siento.
Notó que él se quedaba parado. Era la primera vez que decía esas palabras desde unas semanas antes de
que la mordiera. Él parecía estar aguantando la respiración. Finalmente soltó un pequeño grito
ahogado.
—Maia —dijo con voz quebrada. Y luego, increíblemente, antes de que él pudiera decir nada más…
sonó el móvil de ella.
—No importa —dijo ella—. No lo cojo.
Él la soltó, mirándola con ternura; su rostro estaba desconcertado de pena y sorpresa.
—No —repuso él—. No, podría ser importante. Cógelo.
Maia suspiró y fue a la barra. Cuando llegó, el móvil había dejado de sonar, pero había un mensaje de
texto parpadeando en la pantalla. Notó que se le tensaban los músculos del estómago.
—¿Quién es? —preguntó Jordan, como si hubiera notado la repentina tensión de Maia. Tal vez así
fuera.
—El 911. Una emergencia. —Se volvió hacia él, sujetando el móvil—. Una llamada a la lucha. Han
avisado a todos los de la manada. De Luke… y Magnus. Tenemos que marcharnos inmediatamente.
Clary se hallaba sentada en el suelo del cuarto de baño de Jace, con la espalda contra la bañera y las
piernas estiradas al frente. Se había lavado la sangre de la cara y el cuerpo, y se había enjuagado el
cabello en el lavabo. Llevaba el vestido de ceremonias de su madre remangado hasta los muslos y
notaba las losetas del suelo frías contra las pantorrillas y los pies descalzos.
Se miró las manos. Pensó que deberían ser diferentes. Pero eran las mismas manos que siempre había
tenido, con dedos delgados, uñas cuadradas (una artista no quería tener uñas largas) y pecas en los
nudillos. Su rostro también era el mismo. Toda su cuerpo seguía siendo igual, pero ella no. Esos
últimos días la habían cambiado de maneras que ni ella misma llegaba a entender del todo.
Se levantó y se miró en el espejo. Estaba pálida, en contraste con los intensos colores de su cabello y
del vestido. Tenía el cuello y los hombros decorados con morados.
—¿Admirándote?
No había oído abrir la puerta a Sebastian, pero ahí estaba, apoyado en el marco. Llevaba un tipo de
traje de cazador de sombras que ella no había visto nunca: el material duro de siempre, pero del color
escarlata de la sangre fresca. También había añadido un accesorio a su indumentaria: una ballesta
curvada. La sostenía tranquilamente en una mano, aunque debía de ser pesada.
—Estás encantadora, hermana. Una compañera adecuada para mí. Clary se tragó lo que le iba a contestar, acompañado del sabor a sangre que aún le permanecía en la
boca, y fue hacia él. Sebastian la cogió por el brazo cuando ella trató de pasar entre él y la puerta. Le
pasó la mano por el hombro desnudo.
—Bien —dijo él—. No estás Marcada aquí. No me gusta que las mujeres destrocen su piel con
cicatrices. Ponte Marcas sólo en los brazos y las piernas.
—Preferiría que no me tocaras.
Él soltó un bufido y alzó la ballesta. Tenía el dardo colocado, listo para ser disparado.
—Camina —le ordenó—. Estaré detrás de ti.
Clary tuvo que hacer un gran esfuerzo para no apartarse de él. Se volvió y fue hacia la puerta, notando
un ardor entre los omoplatos, en el punto donde suponía que le apuntaba la ballesta. Bajaron así la
escalera de vidrio y atravesaron la cocina y el salón. Sebastian gruñó al ver la runa que Clary había
trazado en la pared, pasó la mano ante ella y apareció una puerta. La hoja de la puerta se abrió a un
cuadrado de oscuridad.
La ballesta empujó con fuerza a Clary por la espalda.
—Camina.
Clary respiró hondo y avanzó hacia las sombras.
Alec golpeó el botón de la pequeña jaula del ascensor, y se apoyó en la pared.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
Isabelle miró la pantalla de su móvil.
—Unos cuarenta minutos.
El ascensor comenzó a subir. Isabelle miró de reojo a su hermano. Parecía cansado, tenía grandes
ojeras. A pesar de su fuerza y su altura, Alec, con sus ojos azules y su suave cabello negro hasta los
hombros, parecía más frágil de lo que era.
—Estoy bien —repuso él, contestando la silenciosa pregunta de Isabelle—. Tú eres la que se va a meter
en un lío por pasar las noches fuera de casa. Yo tengo dieciocho años. Puedo hacer lo que quiera.
—Le he enviado mensajes a mamá todas las noches que me he quedado contigo y con Magnus —dijo
Isabelle mientras el ascensor paraba—. Tampoco es que ella no supiera dónde estaba yo. Y hablando de
Magnus…
Alec pasó ante ella y abrió la puerta del ascensor.
—¿Qué?
—¿Estáis bien? Me refiero a si os va bien juntos.
Alec le lanzó una mirada incrédula mientras salía del ascensor.
—¿Todo se está yendo a la porra y tú quieres saber cómo va mi relación con Magnus?
—Siempre me ha sorprendido esa expresión —repuso Isabelle pensativa, mientras corría detrás de su
hermano por el pasillo. Alec tenía unas piernas muy, muy largas y, aunque ella era rápida, era difícil
seguirle el paso cuando él lo quería—. ¿Por qué una porra? ¿Qué es una porra, y qué tiene de especial
para que haya que ir allí?
—Magnus y yo estamos bien, supongo —contestó Alec, que había sido el parabatai de Jace durante el
tiempo suficiente para aprender a prescindir de las tangentes en la conversación.
—Uy, uy —repuso Isabelle—. ¿Bien, supones? Ya sé lo que significa cuando dices eso. ¿Qué ha
pasado? ¿Os habéis peleado?
Alec toqueteaba la pared con los dedos mientras corrían, una señal segura de que estaba incómodo.
—Deja de meterte en mi vida amorosa, Izzy. Y tú ¿qué? ¿Por qué Simon y tú no sois novios? Es
evidente que te gusta.
Isabelle soltó un graznido.
—No es tan evidente.
—Lo es, la verdad —replicó Alec, que parecía como si eso también le sorprendiera—. Lo miras con
ojos de cordero degollado. La forma en que te pusiste cuando el Ángel apareció en el lago…
—¡Creí que Simon estaba muerto! —¿Qué?, ¿más muerto? —replicó Alec sin ninguna compasión. Al ver la expresión en el rostro de su
hermana, se encogió de hombros—. Mira, si te gusta, está bien. Pero no veo por qué no estáis saliendo.
—Porque yo no le gusto.
—Claro que le gustas. Les gustas a todos los chicos.
—Perdóname si pienso que tu opinión es parcial.
—Isabelle —dijo Alec, y en ese momento sí había cariño en su voz, un tono que ella asociaba con su
hermano: amor y exasperación mezclados—. Sabes que eres muy hermosa. Los tíos te han ido detrás
desde… siempre. ¿Por qué iba a ser Simon diferente?
Isabelle se encogió de hombros.
—No lo sé. Pero lo es. Supongo que la pelota está en su tejado. Sabe lo que siento. Pero no parece que
esté corriendo para hacer nada al respecto.
—Para ser justos, tiene otras cosas en que pensar.
—Lo sé, pero… siempre ha sido así. Clary…
—¿Crees que sigue enamorado de Clary?
Isabelle se mordisqueó el labio.
—Esto… No exactamente. Creo que ella es lo único que conserva de su vida humana, y no puede
dejarla ir. Y mientras no la deje ir, no sé si habrá espacio para mí.
Casi habían llegado a la biblioteca. Alec miró de reojo a su hermana a través de las pestañas.
—Pero si sólo son amigos…
—Alec. —Isabelle alzó una mano para indicarle que se callara. Se oían voces procedentes de la
biblioteca; la primera, estridente, y la reconocieron inmediatamente como la de su madre.
—¿Qué quieres decir con que ha desaparecido?
—Nadie la ha visto en los últimos dos días —dijo otra voz, suave, femenina y con un ligero tono de
disculpa—. Vive sola, así que la gente no estaba segura; pero pensamos que ya que conoces a su
hermano…
Sin detenerse, Alec abrió de golpe la puerta de la biblioteca. Isabelle pasó ante él y vio a su madre
sentada detrás del enorme escritorio de caoba situado en el centro de la sala. Frente a ella había dos
personas conocidas: Aline Penhallow, vestida de uniforme, y junto a ella, Helen Blackthorn, con su
rizado cabello revuelto. Ambas se volvieron, sorprendidas, cuando la puerta se abrió. Helen estaba
pálida bajo las pecas; también iba de uniforme, lo que aún la hacía más pálida.
—Isabelle —exclamó Maryse mientras se ponía en pie—. Alexander. ¿Qué ha ocurrido?
Aline le cogió la mano a Helen. Anillos de plata destellaron en ambas manos. El anillo Penhallow, con
su dibujo de montañas, brillaba en el dedo de Helen, mientras que el dibujo de espinos entrelazados del
anillo de la familia Blackthorn adornaba el de Aline. Isabelle notó que se le alzaban las cejas:
intercambiar anillos era un asunto serio.
—Si estamos interrumpiendo, podemos irnos… —comenzó Aline.
—No, quedaos —repuso Isabelle dirigiéndose hacia ellos—. Podemos necesitaros.
Maryse volvió a sentarse.
—Bien —dijo—. Mis hijos me honran con su presencia. ¿Dónde habéis estado?
—Ya te lo dije —contestó Isabelle—. En casa de Magnus.
—¿Por qué? —preguntó Maryse—. Y no te lo pregunto a ti, Alec. Se lo pregunto a mi hija.
—Porque la Clave dejó de buscar a Jace —respondió Isabelle—. Pero nosotros no.
—Y Magnus ha querido ayudarnos —añadió Alec—. Se ha pasado las noches en vela, rebuscando en
libros de hechizos, tratando de averiguar dónde podría estar Jace. Incluso invocó a…
—No. —Maryse alzó la mano para silenciarlo—. No me lo digas. No quiero saberlo. —El teléfono
negro de su escritorio comenzó a sonar. Todos lo miraron. Una llamada por el teléfono negro era una
llamada de Idris. Nadie fue a contestar, y al cabo de un momento dejó de sonar—. ¿Por qué estáis aquí?
—preguntó Maryse, volviendo la atención hacia sus hijos.
—Estábamos buscando a Jace… —comenzó Isabelle de nuevo. —Eso es trabajo de la Clave —replicó Maryse. Isabelle notó que parecía cansada, con la piel tirante
bajo los ojos. Unas arrugas en los extremos de la boca le tensaban los labios. Estaba tan delgada que los
huesos de las muñecas le sobresalían—. No el vuestro.
Alec dio una palmada en la mesa, tan fuerte que los cajones repicaron.
—¿Quieres escucharnos? La Clave no ha encontrado a Jace, pero nosotros sí. Y a Sebastian con él. Y
ahora sabemos qué están planeando, y tenemos… —miró hacia el reloj de la pared— casi nada de
tiempo para detenerlos. ¿Vas a ayudarnos o no?
El teléfono negro sonó de nuevo. Y de nuevo Maryse no contestó. Miraba a Alec, pálida por la
impresión.
—¿Que habéis hecho qué?
—Sabemos dónde está Jace, mamá —contestó Isabelle—. O, al menos, dónde va a estar. Y lo que va a
hacer. Conocemos el plan de Sebastian, y hay que detenerlo. Oh, y sabemos cómo matar a Sebastian y
no a Jace…
—Para. —Maryse negó con la cabeza—. Alexander, explícate. Conciso y sin histeria. Gracias.
Alec explicó la historia, omitiendo, en opinión de Isabelle, todo lo mejor, aunque así consiguió resumir
las cosas adecuadamente. Y pese a que su versión fuera abreviada, tanto Aline como Helen estaban
boquiabiertas al final. Maryse permanecía muy quieta, con los rasgos inmóviles.
—¿Por qué habéis hecho todo eso? —preguntó ella cuando Alec acabó, en una voz apagada.
Su hijo parecía perplejo.
—Por Jace —contestó Isabelle—. Para recuperarlo.
—¿Os dais cuenta de que, al ponerme en esta posición, no me dais más elección que notificarlo a la
Clave? —preguntó Maryse con la mano sobre el teléfono negro—. Ojalá no hubierais venido aquí.
A Isabelle se le secó la boca.
—¿Estás muy enfadada porque al final te hemos explicado qué está pasando?
—Si informo a la Clave, enviarán refuerzos. Jia no tendrá más remedio que ordenar que maten a Jace
en cuanto lo vean. ¿Tenéis idea de cuántos cazadores de sombras siguen al hijo de Valentine?
Alec negó con la cabeza.
—Parece que unos cuarenta.
—Digamos que llevamos el doble. Podremos estar bastante seguros de derrotar a sus fuerzas, pero ¿qué
posibilidades tendrá Jace? No tenemos ninguna certeza de que acabe vivo. Lo matarán sólo para
asegurarse.
—Entonces no podemos decírselo —repuso Isabelle—. Iremos nosotros. Tendremos que hacerlo sin la
Clave.
Pero Maryse, mirándola, ya negaba con la cabeza.
—La Ley dice que tenemos que informar.
—A la porra con la Ley… —comenzó Isabelle enfadada. Se fijó en que Aline la estaba mirando y cerró
la boca.
—No te preocupes —dijo Aline—. No voy a decirle nada a mi madre. Os lo debo. Sobre todo a ti,
Isabelle. —Alzó el mentón, e Isabelle recordó la oscuridad bajo un puente en Idris, y su látigo
clavándose en un demonio, cuyas garras se cerraban sobre Aline—. Además, Sebastian mató a mi
primo. El auténtico Sebastian Verlac. Tengo mis propias razones para odiarle.
—De todas formas —repuso Maryse—, si no se lo decimos, estaremos violando la Ley. Nos podrían
sancionar, o algo peor.
—¿Algo peor? —preguntó Alec—. ¿De qué estamos hablando? ¿Exilio?
—No lo sé, Alexander —respondió su madre—. Corresponderá a Jia Penhallow, y a quien consiga el
cargo de Inquisidor, decidir el castigo.
—Tal vez será papá —mascullo Izzy—. Quizá no sea muy duro con nosotros.
—Si no le informamos de esta situación, Isabelle, tu padre no tendrá ninguna posibilidad de conseguir
el puesto de Inquisidor. Ninguna —afirmó Maryse.Isabelle respiró hondo.
—¿Podrían quitarnos las Marcas? —inquirió—. ¿Podríamos… perder el Instituto?
—Isabelle —respondió Maryse—. Podríamos perderlo todo.
Clary parpadeó mientras los ojos se le iban adaptando a la oscuridad. Se hallaba en una planicie
pedregosa, azotada por el viento, sin nada que rompiera la fuerza del vendaval. Parches de hierba
crecían entre losas de piedra negra. En la distancia, colinas calizas, erosionadas, pedregosas y sombrías,
se recortaban, de negro y hierro, contra el cielo nocturno. Había luces más adelante. Clary reconoció el
resplandor blanco e irregular de la luz mágica. La puerta del apartamento se cerró tras ellos.
Se oyó una explosión apagada. Clary se volvió y vio que la puerta había desaparecido; había un pedazo
de tierra y hierba chamuscado, aún humeante, donde ella había estado. Sebastian lo miraba con total
perplejidad.
—¿Qué…?
Clary rió. Sintió una oscura alegría al ver la expresión del rostro de su hermano. Nunca lo había visto
tan sorprendido; toda su seguridad se había desvanecido, tenía la expresión descarnada y horrorizada.
Volvió a alzar la ballesta, a centímetros del corazón de Clary. Si disparaba a esa distancia, el dardo le
atravesaría el corazón y la mataría al instante.
—¿Qué has hecho?
Clary lo miró con una sombría expresión de triunfo.
—Aquella runa. La que pensaste que era una runa de apertura sin acabar. No lo era. Era algo que no
habías visto nunca. Una runa que yo he creado.
—¿Una runa de qué?
Clary recordó haber puesto la estela contra la pared, la forma de la runa que había inventado la noche
que Jace había ido a por ella a casa de Luke.
—Para destruir el apartamento en cuanto alguien abriera la puerta. El apartamento ya no está. No
puedes volver a usarlo. Nadie puede.
—¿No está? —La ballesta tembló; a Sebastian se le tensaban nerviosos los labios y tenía los ojos
enloquecidos—. Zorra. Maldita…
—Mátame —lo retó ella—. Va, mátame. Y explícaselo después a Jace. Te desafío.
Él la miró, respirando agitado, con los dedos temblando sobre el disparador. Lentamente apartó la mano
de él. Tenía los ojos entrecerrados y furiosos.
—Hay cosas peores que morir —afirmó—. Y te las haré todas, hermanita, después de que hayas bebido
de la Copa. Y te gustarán.
Ella le escupió. Él le golpeó con fuerza en el pecho con la punta de la ballesta.
—Date la vuelta —rugió, y ella lo hizo, mareada por una mezcla de terror y triunfo, mientras Sebastian
la empujaba por una subida rocosa. Clary llevaba unos zapatos finos, y notaba cada piedra y grieta de
las rocas. A medida que se acercaban a la luz mágica, Clary fue viendo el panorama que se abría ante
ella.
Por delante, el suelo se alzaba formando una colina baja. En lo alto, mirando al norte, se hallaba un
enorme túmulo de piedra. Le recordó un poco a Stonehenge: había dos estrechos menhires que
sujetaban una piedra plana; el conjunto parecía una puerta. Frente a la tumba, una losa, como el suelo
de un escenario, se extendía sobre la pizarra y la hierba. Agrupados ante la losa había un semicírculo de
unos cuarenta nefilim, con túnicas rojas, portando antorchas de luz mágica. En medio del semicírculo,
contra el oscuro fondo, relucía un pentagrama azul y blanco.
Sobre la losa se hallaba Jace. Llevaba un uniforme escarlata como el de Sebastian; nunca se habían
parecido tanto.
Clary veía el brillo de su cabello incluso en la distancia. Iba de un lado a otro sobre el borde de la losa,
y a medida que se fueron acercando, Clary, empujada por Sebastian, que la seguía, consiguió oír lo que
decía. —… gratitud por vuestra lealtad, incluso en estos últimos años tan difíciles, y también os agradezco
vuestra lealtad hacia nuestro padre, y ahora hacia sus hijos. Y su hija.
Un murmullo se extendió por la plaza. Sebastian volvió a empujar a Clary hacia delante; avanzaron
entre las sombras y luego subieron a la piedra por detrás de Jace. Éste los vio e inclinó la cabeza antes
de volverse hacia su público; sonreía.
—Sois aquellos que se salvarán —dijo—. Hace mil años, un ángel nos dio su sangre para hacernos
especiales, para hacernos guerreros. Pero no fue suficiente. Han pasado mil años, y aún nos
escondemos entre las sombras. Protegemos a mundanos a quienes no amamos de fuerzas cuya
existencia ellos siguen ignorando, y una Ley antigua y anquilosada nos impide mostrarnos a ellos como
sus salvadores. Morimos a cientos, sin recibir ningún agradecimiento, sin que nos lloren más que los
nuestros y sin poder recurrir al ángel que nos creó. —Se acercó más al borde de la plataforma de roca.
Su cabello parecía fuego pálido—. Sí. Me atrevo a decirlo. El ángel que nos creó no nos ayudará, y
estamos solos. Más solos que los mundanos, porque como dijo uno de sus grandes científicos, ellos son
como niños jugando con guijarros en la orilla, mientras que a su alrededor, el gran océano de la verdad
permanece sin descubrir. Pero nosotros sabemos la verdad. Somos los salvadores de esta tierra, y
nosotros deberíamos gobernarla.
Con una especie de dolor en el corazón, Clary pensó que Jace era un buen orador, como lo había sido
Valentine. Sebastian y ella ya estaban detrás de él, ante la llanura y la multitud concentrada ahí; Clary
notó que los cazadores de sombras reunidos los miraban.
—Sí. Gobernarlo. —Jace sonrió, una bonita sonrisa llena de encanto, bordeada de tinieblas—. Raziel es
cruel e indiferente a nuestros sufrimientos. Es hora de volvernos contra él. Volvernos hacia Lilith, la
Gran Madre, que nos dará poder sin castigo, liderazgo sin la Ley. Nuestro derecho de nacimiento es el
poder. Es hora de reclamarlo. —Miró de reojo, sonriendo a Sebastian cuando se ponía junto a él.
»Y ahora, os dejaré oír el resto de boca de Jonathan, de quien es este sueño —dijo Jace, y retrocedió,
dejando que Sebastian tomara su puesto. Dio otro paso atrás y se quedó junto a Clary; su mano se
enlazó en la de ella.
—Buen discurso —masculló la chica. Sebastian estaba hablando; pero ella sólo prestó atención a Jace
—. Muy convincente.
—¿Eso crees? Iba a empezar con «Amigos, romanos, malhechores…», pero no creo que le hubieran
visto la gracia.
—¿Crees que son malhechores?
Jace se encogió de hombros.
—La Clave lo creería. —Apartó la vista de Sebastian y la miró a ella—. Estás muy hermosa —le dijo,
pero su voz era extrañamente plana—. ¿Qué ha ocurrido?
Pilló por sorpresa a Clary.
—¿Qué quieres decir?
Se abrió la chaqueta. Debajo llevaba una camisa blanca. El costado y la manga estaban manchados de
sangre. Clary notó que llevaba cuidado de dar la espalda a la gente mientras le enseñaba la sangre—.
Siento lo que él siente. ¿O lo habías olvidado? He tenido que ponerme un iratze sin que nadie lo notara.
Era como si alguien me estuviera rajando la piel con una navaja.
Clary lo miró a los ojos. No servía de nada mentir. No había vuelta atrás, tanto figurativa como
literalmente.
—Sebastian y yo nos hemos peleado.
Él le escrutó el rostro con los ojos.
—Bueno —dijo, y dejó que se le cerrara la chaqueta—. Espero que lo hayáis solucionado, fuera lo que
fuese.
—Jace… —comenzó Clary, pero él ya estaba pendiente de Sebastian. Su perfil se dibujaba, frío y claro,
bajo la luz de la luna como una silueta recortada en papel oscuro. Delante de ellos estaba Sebastian, que
había dejado la ballesta y alzaba los brazos. —¡¿Estáis conmigo?! —gritó.
Un murmullo recorrió la plaza, y Clary se tensó. Uno de los del grupo de nefilim, un anciano, se echó
la capucha atrás y lo miró con el ceño fruncido.
—Tu padre nos hizo promesas. Ninguna se cumplió. ¿Por qué debemos confiar en ti?
—Porque yo os traeré el cumplimiento de mis promesas ahora. Esta noche —respondió Sebastian, y
sacó la imitación de la Copa Mortal, que relució suavemente bajo la luna.
El murmullo ganó intensidad.
—Espero que esto no se complique —dijo Jace, bajo la cobertura del murmullo—. Me parece que
anoche no pude dormir nada.
El chico estaba mirando hacia la multitud y el pentagrama, con una expresión de profundo interés en el
rostro. Sus rasgos eran delicadamente angulares bajo la luz mágica. Clary le veía la cicatriz de la
mejilla, los hoyuelos de la sien y la bonita forma de la boca.
«No recordaré esto —había dicho él—. Cuando vuelva a estar como estaba, bajo su control, no
recordaré haber sido yo.»
Y era cierto. Había olvidado hasta el último detalle. De algún modo, aunque ella había sabido que
pasaría y le había visto olvidar, el dolor de la realidad le resultaba muy intenso.
Sebastian bajó de la losa y fue hacia el pentagrama. En el borde comenzó a salmodiar:
—Abyssum invoco. Lilith invoco. Mater mea, invoco.
Se sacó una fina daga del cinturón. Se colocó la Copa bajo la curva del brazo, y con la hoja se hizo un
corte en la palma de la mano. Corrió la sangre, negra bajo la luz de la luna. Volvió a meterse el cuchillo
en el cinturón y colocó la mano sangrante sobre la copa, aún recitando en latín.
Era entonces o nunca.
—Jace —susurró Clary—. Sé que éste no eres tú en realidad. Sé que hay una parte de ti que no puede
estar de acuerdo con esto. Intenta recordar quién eres, Jace Lightwood.
Él volvió la cabeza de golpe y la miró atónito.
—¿De qué estás hablando?
—Por favor, Jace, trata de recordar. Te amo. Tú me amas…
—Sí que te amo, Clary —dijo él con la voz tensa—. Pero dijiste que lo entendías. Esto es la
culminación de todo por lo que hemos trabajado.
Sebastian lanzó el contenido de la Copa al centro del pentagrama.
—Hic est enim calix sanguinis mei.
—No «hemos» —susurró Clary—. Yo no soy parte de esto. Ni tú tampoco…
Jace aspiró secamente. Por un momento, Clary pensó que era por lo que le había dicho; que tal vez, de
alguna manera, estaba llegando a él, pero siguió su mirada y vio que en el centro del pentagrama había
aparecido una bola rodante de fuego. Era del tamaño de una pelota de béisbol, pero mientras la miraba,
comenzó a crecer, alargándose y formándose, hasta que se convirtió en la silueta de una mujer, hecha
de llamas.
—Lilith —dijo Sebastian en una voz resonante—. Como tú me invocaste, te invoco yo. Como tú me
diste vida, así te doy vida yo.
Lentamente, las llamas se fueron oscureciendo. Ella estaba ante ellos ahora, Lilith, de la mitad de la
altura que un humano corriente, desnuda, con el cabello negro cayéndole por la espalda hasta los
tobillos. Su cuerpo era gris como la ceniza, agrietado, con líneas negras como lava volcánica. Miró a
Sebastian, y sus ojos eran unas serpientes negras que se removían.
—Mi hijo —susurró.
Sebastian parecía relucir como la propia luz mágica: piel pálida, cabello pálido y su ropa que parecía
negra bajo la luz de la luna.
—Madre, te he llamado como deseabas de mí. Esta noche, no sólo serás mi madre sino la madre de una
nueva raza. —Señaló a los cazadores de sombras reunidos, que estaban inmóviles, seguramente por la impresión. Una cosa era saber que se iba a invocar a un Demonio Mayor, y otra verlo ahí—. La Copa
—continuó Sebastian, y se la tendió a ella, con el blanco borde manchado de sangre.
Lilith rió por lo bajo. Sonó como unas enormes piedras que rascasen la una contra la otra. Cogió la
Copa y, con toda la naturalidad con que alguien puede coger un insecto de una hoja, con los dientes se
abrió una brecha en la cenicienta muñeca. Muy lentamente, una sangre negra y espesa fue manando, y
salpicó la Copa, que pareció cambiar y oscurecerse bajo su mano, mientras su limpio traslucimiento se
convertía en barro.
—Al igual que la Copa Mortal ha sido para los cazadores de sombras tanto un talismán como un medio
de transformación, así será esta Copa Infernal para ti —dijo ella con su voz quemada y perdida en el
viento. Se arrodilló y tendió la Copa a Sebastian—. Toma mi sangre y bebe.
Sebastian cogió la Copa de sus manos. Se había vuelto negra, un negro brillante como la hematites.
—Como crece tu ejército, igual hará mi fuerza —siseó Lilith—. Pronto tendré la fuerza suficiente para
regresar de verdad, y compartiremos el fuego del poder, hijo mío.
Sebastian inclinó la cabeza.
—Te proclamamos Muerte, madre mía, y manifestamos tu resurrección.
Lilith rió mientras alzaba los brazos. El fuego le lamió el cuerpo; ella se lanzó al aire y estalló en
docenas de partículas de luz giratorias que se fueron apagando como las brasas de un fuego muerto.
Cuando hubieron desaparecido por completo, Sebastian rompió la continuidad del pentagrama con el
pie, y alzó la cabeza. Había una horrible sonrisa en su rostro.
—Cartwright —dijo—. Haz avanzar al primero.
El gentío se apartó, y un hombre dio un paso adelante, con una mujer tambaleándose a su lado. Una
cadena la ligaba al brazo del hombre, y el cabello largo y enredado le ocultaba el rostro. Clary se puso
tensa.
—Jace, ¿qué es esto? ¿Qué está pasando?
—Nada —contestó él, mirando al frente concentrado—. No van a hacer daño a nadie. Sólo Cambiarán.
Mira.
Cartwright, cuyo nombre Clary recordaba vagamente de su estancia en Idris, puso la mano en la cabeza
de su prisionera y la obligó a arrodillarse. Luego se inclinó, la agarró por el pelo y le hizo alzar la
cabeza. Ella miró a Sebastian, parpadeando de terror y desafío, con el rostro claramente iluminado por
la luna.
Clary tragó aire.
«Amatis.»

19. AMOR Y SANGRE

19
AMOR Y SANGRE
Metódica y cuidadosamente, Clary estaba registrando de arriba abajo la habitación de Jace. Aún llevaba
el top, pero se había puesto unos vaqueros; se había recogido el cabello en un moño hecho de cualquier
manera, y las uñas se le habían llenado de polvo. Había buscado bajo la cama y el escritorio, en todos
los cajones y armarios, y en los bolsillos de todas las prendas en busca de una segunda estela, pero no
había encontrado nada.
Le había dicho a Sebastian que estaba exhausta, que necesitaba ir arriba y tumbarse un rato; él había
parecido despistado y la había despedido con un gesto de la mano. No paraban de pasarle imágenes de
Jace ante lo ojos en cuanto los cerraba: la forma en que la había mirado traicionado, como si ya no la
conociera.
Pero era inútil darle vueltas. Podía quedarse sentada en la cama y llorar todo lo que quisiera, pensando
en lo que había hecho, pero no serviría de nada. Tenía que hacer algo; se lo debía a Jace, y a sí misma.
Si encontrara una estela…
Estaba levantando el colchón, rebuscando en el espacio que quedaba entre los muelles, cuando
llamaron a la puerta.
Dejó caer el colchón, aunque no antes de ver que no había nada debajo. Apretó los puños, respiró
hondo, fue hasta la puerta y la abrió.
Sebastian estaba en el umbral. Por primera vez iba vestido con algo que no fuera blanco o negro. Los
mismos pantalones y botas, sí, pero también una túnica escarlata de cuero con intrincados adornos de
runas en plata y oro sujeta por delante con una fila de cierres de metal. En ambas muñecas lucía
brazaletes de plata repujados y llevaba el anillo Morgenstern.
Ella parpadeó al mirarlo.
—¿Rojo?
—Ceremonial —repuso él—. Los colores tienen significados diferentes para los cazadores de sombras
que para los humanos. —Dijo la palabra «humanos» con desprecio—. Conoces el viejo verso infantil
nefilim, ¿no?
Para cazar en la noche es el negro
Para la muerte y el dolor, el blanco.
En un vestido de novia, oro,
Y los encantamiento, en rojo.
—¿Los cazadores de sombras se casan de oro? —preguntó Clary. No le importaba especialmente, pero
estaba tratando de meterse en el espacio entre la puerta y el marco, para que él no pudiera ver el lío que
había organizado en la habitación de Jace, normalmente tan ordenada.
—Lamento chafarte el sueño de una boda en blanco. —Le sonrió—. Y hablando de eso, te he traído
algo para que te pongas.
Sacó la mano de la espalda. Llevaba una prenda doblada. Clary la cogió y la desplegó. Era una larga
columna de tela escarlata con un tono dorado, como el borde de una llama. Los tirantes eran dorados.
—Nuestra madre solía llevar esto en las ceremonias del Círculo antes de traicionar a nuestro padre —
explicó Sebastian—. Póntelo. Quiero que lo luzcas esta noche.
—¿Esta noche?
—Bueno, no puedes ir a la ceremonia tal como vas vestida. —La recorrió con la mirada, desde los pies
descalzos hasta el top, que se le había pegado al cuerpo por el sudor, y los pantalones polvorientos—.
Tu aspecto esta noche, la impresión que puedas causar a nuestros nuevos acólitos, es importante.
Póntelo.
Clary le estaba dando vueltas a la cabeza. «La ceremonia es esta noche. Nuestros nuevos acólitos.»
—¿De cuánto rato dispongo para… arreglarme? —preguntó —Como una hora —contestó él—. Debemos estar en el lugar sagrado a medianoche. Los otros ya se
estarán reuniendo allí. No querría llegar tarde.
«Una hora.»
Con el corazón golpeándole dentro del pecho, Clary tiró el vestido sobre la cama, donde destelló como
una cota de mallas. Cuando se volvió, él seguía en la puerta, con una medio sonrisa en el rostro, como
si pretendiera esperar mientras ella se cambiaba.
Clary fue a cerrar la puerta. Él la agarró por la muñeca.
—Esta noche me llamarás Jonathan. Jonathan Morgenstern. Tu hermano.
Un estremecimiento le recorrió todo el cuerpo, y bajó la mirada, esperando que él no pudiera verle el
odio en los ojos.
—Lo que tú digas.
En cuanto él se fue, ella cogió una de las chaquetas de cuero de Jace. Se la puso, reconfortada por el
calor y por el olor a él. Se calzó las botas y salió sigilosamente al pasillo, deseando una estela y una
nueva runa de insonoridad. Oyó como el agua corría abajo, y a Sebastian, silbando desafinado, pero sus
propios pasos aún le sonaban como cañonazos. Avanzó en silencio, contra la pared, hasta que llegó a la
habitación de Sebastian y se metió dentro.
Había poca luz; la única iluminación procedía de las luces de la ciudad que entraban por la ventana,
que tenía las cortinas corridas. La habitación era un caos, igual que la primera vez que la había visto.
Comenzó por el armario, lleno de ropa cara: camisas de seda, chaquetas de cuero, trajes de Armani,
zapatos de Bruno Magli. En el suelo del armario había una camisa blanca, hecha un lío y manchada con
sangre, sangre tan vieja como para haberse vuelto marrón. Clary la miró durante un largo instante y
luego cerró la puerta.
Después fue a por el escritorio, sacando cajones y revolviendo papeles. Prefería encontrar algo simple,
como un papel arrancado de una libreta con «MI MALVADO PLAN» escrito como título, pero no tuvo
suerte. Había docenas de papeles con complicados cálculos numéricos y alquímicos, e incluso un papel
que comenzaba con «Mi hermosa», en la apiñada letra de Sebastian. Gastó un momento en pensar
quién sería la «hermosa» de Sebastian; nunca había pensado en él como alguien capaz de tener
sentimientos románticos hacia nada. Luego pasó a registrar la mesilla junto a la cama.
Abrió un cajón. Dentro había una pila de notas. Sobre ellas, algo brilló. Algo metálico y circular.
El anillo de las hadas.
Isabelle rodeaba a Simon con los brazos mientras regresaban a Brooklyn en la camioneta. Él estaba
agotado, le dolía la cabeza y sentía todo el cuerpo magullado. Aunque Magnus le había devuelto el
anillo en el lago, no había podido contactar con Clary a través de él. Y lo peor: tenía hambre. Le
gustaba lo cerca que Isabelle estaba de él, la manera en que le apoyaba una mano sobre el interior del
codo, acariciándolo con los dedos, a veces bajándoselos hasta la muñeca. Pero el olor de ella, a
perfume y sangre, le hacía rugir el estómago.
Estaba oscureciendo; el ocaso de finales de otoño seguía de cerca al día, y reducía la iluminación del
interior de la cabina. Las voces de Alec y de Magnus eran murmullos en la oscuridad. Simon dejó que
se le cerraran los ojos; veía al Ángel contra los párpados, una explosión de luz blanca.
«¡Simon! —La voz de Clary estalló dentro de su cabeza, despertándolo al instante—. ¿Dónde estás?»
Un grito ahogado se le escapó de entre los labios.
«¿Clary? Estaba tan preocupado…»
«Sebastian me quitó el anillo. Simon, no tenemos mucho tiempo. Tengo que contártelo. Tienen una
segunda Copa Mortal. Planean invocar a Lilith y crear un ejército de cazadores de sombras oscuros,
con los mismos poderes de los nefilim, pero aliados con el mundo de los demonios.»
—Estás de broma —exclamó Simon. Tardó un instante en darse cuenta de que había hablado en voz
alta; Isabelle se movió a su lado, y Magnus lo miró con curiosidad.
—¿Te encuentras bien, vampiro? —Es Clary —contestó Simon. Los tres lo miraron con idéntica expresión de sorpresa—. Está
hablándome. —Se cubrió las orejas con las manos, se arrellanó en el asiento e intentó concentrarse en
las palabras de Clary.
«¿Cuándo lo van a hacer?»
«Esta noche. Pronto. No sé dónde exactamente…, pero aquí son como las diez de la noche.»
«Entonces nos sacas unas cinco horas. ¿Estás en Europa?»
«No tengo ni idea. Sebastian mencionó algo llamado el Séptimo Sitio Sagrado. No sé lo que es, pero he
encontrado unas notas y, al parecer, es una tumba antigua. Parece una especie de puerta, y se puede
invocar a los demonios a través de ella.»
«Clary, nunca había oído hablar de nada de eso…»
«Pero Magnus o los otros igual sí. Por favor, Simon. Díselo en cuanto puedas. Sebastian va a resucitar
a Lilith. Quiere la guerra. La guerra total contra los cazadores de sombras. Tiene unos cuarenta o
cincuenta nefilim dispuestos a seguirle. Todos estarán allí. Simon, quiere arrasar el mundo. Tenemos
que hacer todo lo que podamos para detenerlo.»
«Si las cosas están tan mal, necesitas salir de ahí.»
Clary sonó cansada.
«Lo estoy intentando. Pero puede que sea demasiado tarde.»
Simon era vagamente consciente de que todos en la camioneta lo estaban mirando con cara de
preocupación. No le importó. La voz de Clary en su cabeza era como una cuerda tendida sobre un
abismo, y si podía agarrar el extremo en ese lado, quizá pudiera tirar de ella y ponerla a salvo, o al
menos evitar que siguiera cayendo.
«Clary, escucha. No te puedo decir cómo, es una larga historia, pero tenemos una arma. Se puede usar
con Jace o con Sebastian sin que hiera al otro, y según… la persona que nos la ha dado, puede que
corte su conexión.»
«¿Cortar su conexión? ¿Cómo?»
«Dijo que quemaría la maldad del que la recibiera. Si la empleamos con Sebastian, supongo que
quemará el lazo que lo une a Jace, porque ese lazo es maligno. —Simon sintió como si le palpitara la
cabeza y esperó sonar más seguro de lo que lo estaba—. No estoy seguro. De todas formas, es muy
poderosa. Se llama Gloriosa.»
«¿Y la quieres emplear contra Sebastian? ¿Quemaría su unión sin matarlos?»
«Bueno, ésa es la idea. Quiero decir, puede que quizá acabe con Sebastian. Depende de cuánto bien
quede dentro de él. “Si más del Infierno que del Cielo.” Creo que eso es lo que dijo el Ángel…»
«¿El Ángel? —Su alarma era palpable—. Simon, ¿qué has…?»
Su voz se cortó de repente, y Simon notó un clamor de emociones: sorpresa, furia, terror. Dolor. Gritó,
y se incorporó de golpe.
«¿Clary?»
Pero sólo silencio, resonándole en la cabeza.
«¡Clary!», gritó, y luego exclamó en voz alta:
—Mierda. Se ha vuelto a ir.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Isabelle—. ¿Está bien? ¿Qué está ocurriendo?
—Creo que tenemos mucho menos tiempo del que pensábamos —dijo Simon en una voz mucho más
tranquila de lo que se sentía—. Magnus, para el coche. Tenemos que hablar.
—Bien —dijo Sebastian, llenando el hueco de la puerta con su presencia mientras miraba a Clary—,
¿sería un déjà vu si te preguntara qué estás haciendo en mi dormitorio, hermanita?
Clary tragó saliva que casi se le atoró en la garganta, repentinamente seca. La luz del pasillo brillaba
detrás de Sebastian y lo transformaba en una silueta. No podía verle la expresión del rostro.
—¿Buscarte? —aventuró Clary.
—Estás sentada en mi cama —repuso él—. ¿Pensabas que me escondía debajo?
—Yo… Sebastian entró en la habitación, con una curiosa tranquilidad, como si supiera algo que ella ignoraba.
Algo que nadie más sabía.
—Y ¿por qué me estás buscando? ¿Y por qué no te has cambiado para la ceremonia?
—El vestido —repuso ella—. No me cabe.
—Claro que te cabe —replicó él, mientras se sentaba a su lado en la cama. Se apoyó en el cabezal y
volvió el rostro hacia Clary—. Toda la otra ropa te cabe. El vestido debería ser de tu talla.
—Es de seda y chiffon; no se da.
—Eres una cosita delgaducha. No tendrías que tener problema. —Le cogió la muñeca, y ella cerró los
dedos, tratando desesperadamente de ocultar el anillo—. Mira, te puedo rodear la muñeca con los
dedos.
Notó la piel de él caliente contra la suya; se le erizó la piel. Recordó que, en Idris, su contacto la había
quemado como ácido.
—El Séptimo Sitio Sagrado —dijo, sin mirarlo—. ¿Es ahí adonde ha ido Jace?
—Sí. Lo he enviado por delante. Está preparando las cosas para nuestra llegada. Nos reuniremos con él
allí.
El corazón le dio un vuelco.
—¿No va a volver?
—No antes de la ceremonia —contestó él. Y ella captó el asomo de la sonrisa de Sebastian—. Lo que
ya está bien, porque se decepcionará mucho cuando le hable de esto. —De un rápido gesto le cubrió la
mano con la suya y le abrió los dedos. El anillo dorado le relució en la palma, como una señal de fuego
—. ¿Creíste que no reconocería el trabajo de las hadas? ¿Crees que la reina es tan tonta que te enviaría
a recuperar esos anillos sin saber que te los quedarías? Ella quería que lo trajeras aquí, donde yo lo
encontraría. —Le sacó el anillo del dedo con una sonrisita de suficiencia.
—¿Has estado en contacto con la reina? —preguntó Clary—. ¿Cómo?
—Con el anillo —ronroneó Sebastian, y Clary recordó a la reina diciendo en su voz dulce y aguda:
«Jonathan Morgenstern puede ser un poderoso aliado. Los seres mágicos son gente vieja; no tomamos
decisiones precipitadas, sino que esperamos primero a ver en qué dirección sopla el viento.»—. ¿De
verdad te creías que la reina te iba a dejar poner las manos sobre algo que te permitiera comunicarte
con tus amiguitos sin poder escuchar ella? Desde que te lo cogí, he hablado con ella y ella ha hablado
conmigo. Has sido una tonta al confiar en ella, hermanita. A la reina Seelie le gusta estar del lado del
vencedor. Y ese lado será el nuestro, Clary. El nuestro. —Su voz era baja y suave—. Olvida a tus
amigos cazadores de sombras. Tu lugar está con nosotros. Conmigo. Tu sangre ansía poder, al igual que
la mía. Sea lo que sea que tu madre haya hecho para lavarte el cerebro, sabes bien quién eres. —La
volvió a coger por la muñeca y tiró de ella hacia sí—. Jocelyn se equivocó en todas sus decisiones. Se
puso del lado de la Clave y contra su familia. Ésta es tu oportunidad de rectificar su error.
Clary trató de zafarse de él.
—Suéltame, Sebastian. Lo digo en serio.
Él le subió la mano y la cogió por el brazo.
—Eres una cosita muy menudita. ¿Quién iba a pensar que serías tan fogosa? Sobre todo en la cama…
Ella se puso en pie de un bote y se soltó de él.
—¿Qué has dicho?
Él también se levantó, y las comisuras de la boca se le curvaron en una sonrisa irónica. Era mucho más
alto que ella, casi tan alto como Jace. Él se inclinó sobre ella al hablar, y su voz era grave y áspera.
—Todo lo que marca a Jace, me marca a mí —dijo él—. Hasta tus uñas. —Sonreía burlón—. Ocho
arañazos paralelos en mi espalda, hermanita. ¿No me vas a decir que no me los hiciste tú?
Clary sintió una suave explosión en la cabeza, como un apagado petardo de rabia. Miró el sonriente
rostro de Sebastian y pensó en Jace, y en Simon, y en las palabras que habían intercambiado. Si la reina
realmente podía oír su conversación, entonces ya sabría que tenían a Gloriosa. Pero Sebastian no lo
sabía. No podía saberlo. Clary le arrebató el anillo y lo tiró al suelo. Lo oyó gritar, pero ella ya lo estaba pisoteando; notó que
cedía, y el oro se convirtió en polvo.
Él la miró incrédulo mientras ella apartaba el pie.
—Tú…
Ella echó hacia atrás la mano derecha, la más fuerte, y le dio un puñetazo en el estómago.
Él era más alto, más ancho y más fuerte que ella, pero Clary contaba con el elemento sorpresa. Él se
dobló en dos, sin aire, y ella le arrancó la estela del cinturón de armas. Luego echó a correr.
Magnus dio un volantazo con tal rapidez que las ruedas chirriaron. Isabelle chilló. Traquetearon hasta
el arcén, bajo la sombra de un bosquecillo de árboles parcialmente desnudos.
Antes de que Simon se diera cuenta, las puertas estaban abiertas y los demás estaban saltando al
asfalto. El sol se estaba poniendo, y los faros de la camioneta estaban encendidos, iluminándolos con
un tenebroso resplandor.
—Muy bien, chico vampiro —dijo Magnus, meneando la cabeza con fuerza suficiente para repartir
purpurina—. ¿Qué diablos está pasando?
Alec se apoyó en la camioneta mientras Simon se explicaba, y repetía la conversación con Clary con
tanta exactitud como podía antes de que todo se le fuera de la cabeza.
—¿Ha dicho algo sobre salir de ahí con Jace? —preguntó Isabelle cuando Simon acabó, pálida bajo el
resplandor amarillento de los faros.
—No —contestó Simon—. E Izzy no creo que Jace quiera salir. Quiere estar donde esté ella.
Isabelle se cruzó de brazos y miró hacia el suelo; el negro cabello le cayó sobre la cara.
—¿Qué es el Séptimo Sitio Sagrado? —preguntó Alec—. Conozco las siete maravillas del mundo, pero
¿siete sitios sagrados?
—Son más interesantes para lo brujos que para los nefilim —contestó Magnus—. Cada uno es un lugar
donde las antiguas líneas de fuerza convergen y forman una matriz, una especie de red dentro de la cual
los hechizos mágicos resultan amplificados. El séptimo es una tumba de piedra en Irlanda, en Poll na
mBrón; el nombre significa «la cueva de las penas». Se halla en una zona muy árida y deshabitada
llamada el Burren. Un buen lugar para invocar a un demonio, si es grande. —Se tiró de una de las
puntas del cabello—. Eso es malo. Muy malo.
—¿Crees que puede hacerlo? ¿Crear… cazadores de sombras oscuros? —preguntó Simon.
—Todo tiene una adscripción, Simon. La adscripción de los nefilim es seráfica, pero si fuera
demoníaca, aún serían tan fuertes y poderosos como ahora. Pero se dedicarían a la erradicación de la
humanidad en vez de a su salvación.
—Tenemos que ir allí —apremió Isabelle—. Debemos detenerlos.
—«Lo», quieres decir —le corrigió Alec—. Debemos detenerlo. A Sebastian.
—Ahora Jace es su aliado. Tienes que aceptarlo, Alec —dijo Magnus. Una fina llovizna había
comenzado a caer. Las gotas relucían como oro bajo el brillo de los faros.
—Irlanda va con cinco horas de adelanto. Van a realizar la ceremonia a medianoche. Aquí son las
cinco. Tenemos una hora y media, quizá dos como mucho, para detenerlos.
—Entonces, no deberíamos esperar. Debemos irnos —dijo Isabelle, con un tono de pánico en la voz—.
Si vamos a detenerlo…
—Izzy, sólo somos cuatro —indicó Alec—. Ni siquiera sabemos a qué cantidades nos enfrentamos…
Simon miró a Magnus, quien observaba la discusión de ambos hermanos con una expresión de
desapego.
—Magnus —comenzó—. ¿Por qué no fuimos a la granja a través de un Portal? Tú trasladaste así a
medio Idris a la llanura de Brocelind.
—Quería darte tiempo suficiente para que cambiaras de opinión —contestó el brujo, sin quitarle la
vista de encima a su novio.
—Pero puedes usar un Portal desde aquí —repuso Simon—. Quiero decir…, puedes hacerlo por
nosotros. —Sí —respondió Magnus—. Pero, como dice Alec, no sabemos a qué número nos enfrentamos. Soy
un mago bastante pacífico, pero Jonathan Morgenstern no es un cazador de sombras cualquiera, ni
tampoco Jace, pensándolo bien. Y si consiguen invocar a Lilith… será mucho más débil de lo que era,
pero sigue siendo Lilith.
—Pero está muerta —exclamó Isabelle—. Simon la mató.
—Los Demonios Mayores no mueren —replicó Magnus—. Simon… la repartió entre los mundos. Le
llevaría mucho tiempo recuperar una forma y sería débil durante años. A no ser que Sebastian la llame
de nuevo. —Se pasó la mano por el cabello mojado y en punta.
—Tenemos la espada —le recordó Isabelle—. Podemos derrotar a Sebastian. Te tenemos a ti, y a
Simon…
—Ni siquiera sabemos si la espada funcionará —replicó Alec—. Y no nos servirá de nada si no
podemos coger a Sebastian. Y Simon ya no es el señor Indestructible. Puede morir como el resto de
nosotros.
Todos miraron al vampiro.
—Tenemos que intentarlo —afirmó él—. Mirad… no, no sabemos cuántos van a estar allí; pero
tenemos algo de tiempo. No mucho, pero si usamos un Portal, es el suficiente para conseguir refuerzos.
—¿Refuerzos de dónde? —quiso saber Isabelle.
—Yo iré a hablar con Maia y Jordan en el apartamento —respondió Simon, pensando rápidamente las
posibilidades—. A ver si Jordan consigue ayuda del Praetor Lupus. Magnus, ve a la comisaría de
policía e intenta enrolar a cualquier miembro de la manada que esté por ahí. Isabelle y Alec…
—¿Nos estás separando? —preguntó Isabelle, alzando la voz—. ¿Y si usamos mensajes de fuego o…?
—Nadie va a confiar en un mensaje de fuego sobre algo como esto —respondió Magnus—. Además,
los mensajes de fuego son para los cazadores de sombras. ¿De verdad quieres comunicar esta
información a la Clave con un mensaje de fuego en vez de ir en persona al Instituto?
—Muy bien. —Isabelle se fue al otro lado de la camioneta. Abrió la puerta de golpe, pero no entró: en
vez de eso, metió la mano y sacó a Gloriosa. Ésta brillaba bajo la tenue luz como un rayo oscuro, y las
palabras grabadas en la hoja destellaron bajo los faros. «Quis ut Deus?»
A Isabelle, la lluvia estaba comenzando a pegarle el cabello a la nuca. Tenía un aspecto inponente
cuando fue a reunirse con el grupo.
—Entonces, dejamos el coche aquí. Nos separamos, pero nos volveremos a encontrar en el Instituto en
una hora. Luego nos marcharemos, tengamos a quien tengamos con nosotros. —Miró a sus compañeros
a los ojos, uno a uno, retándolos a que se atrevieran a desafiarla—. Simon, coge esto.
Le tendió a Gloriosa, con la empuñadura por delante.
—¿Yo? —Simon se quedó sorprendido—. Pero yo no… nunca he usado espadas antes.
—Tú la invocaste —replico Isabelle—. El Ángel te la dio a ti, Simon, y tú serás el que la portará.
Clary se lanzó por el pasillo y bajó los escalones haciendo mucho ruido, corrió hacia abajo y hacia el
punto de la pared que Jace le había dicho que era la única entrada y salida del apartamento.
No se hacía ilusiones sobre poder escapar. Sólo necesitaba unos instantes para hacer lo que debía hacer.
Oyó las botas de Sebastian resonando en la escalera de vidrio, y se dio más prisa, casi estrellándose
contra la pared. Clavó la estela y comenzó a dibujar muy rápido: «un dibujo tan simple como una cruz
y tan nuevo en el mundo…».
Sebastian la agarró por la espalda de la chaqueta y tiró de ella hacia atrás; la estela salió volando. Clary
ahogó un grito cuando él la alzó del suelo y la tiró contra la pared, dejándola sin respiración. Sebastian
miró la Marca que ella había hecho en la pared, y sus labios se curvaron en una sonrisa despectiva.
—¿La runa de apertura? —preguntó. Se inclinó hacia delante y le siseó en la oreja—: Y no la has
acabado. Aunque no importa. ¿De verdad crees que existe algún lugar en este mundo donde yo no
pueda encontrarte?
Clary le respondió con un epíteto que habría conseguido que la echaran de clase en una universidad
privada. Cuando él comenzó a reír, ella le cruzó la cara con una bofetada tan fuerte que le dolió la mano. Sorprendido, él relajó la fuerza con la que la agarraba y ella se soltó de él, saltó por encima de la
mesa y corrió hacia el dormitorio de abajo, que al menos tenía un pestillo en la puerta…
Y él estaba ante ella; la agarró por las solapas de la chaqueta y la volteó. Ella perdió pie, y se habría
caído si él no la hubiera aplastado contra la pared con su cuerpo, un brazo a cada lado, creando una
jaula alrededor de ella.
La sonrisa de Sebastian era diabólica. El elegante chico que había paseado por el Sena con ella, había
bebido chocolate caliente y le había hablado sobre sus orígenes había desaparecido. Sus ojos eran
totalmente negros, sin pupilas, como túneles.
—¿Qué te pasa, hermanita? Pareces preocupada.
Ella casi no podía respirar.
—Me… he… estropeado… la laca de uñas… al cruzarte… tu asquerosa cara. ¿Lo ves? —Ella le
mostró el dedo, sólo uno.
—Muy mono —bufó él—. ¿Sabes por qué supe que nos traicionarías? ¿Cómo supe que no podrías
evitarlo? Porque eres exactamente como yo.
Él la apretó con más fuerza contra la pared. Clary notaba el pecho de Sebastian hinchándose y
vaciándose contra el suyo. Sus ojos estaban a la altura de la recta línea de su clavícula. Su cuerpo era
como una prisión alrededor de ella, inmovilizándola.
—No soy para nada como tú. Suéltame…
—Eres como yo en todo —le gruñó a la oreja—. Te infiltraste entre nosotros. Fingiste amistad, fingiste
cariño.
—Nunca he tenido que fingir cariño con Jace.
Ella vio que algo destellaba en los ojos de Sebastian, unos celos negros, y ella no estuvo segura de
quién estaba celoso. Le puso los labios en la mejilla, tan cerca que ella los notó moverse contra su piel
cuando él habló.
—Nos has jodido —murmuró. Le apretaba el brazo izquierdo con fuerza; lentamente comenzó a
bajarlo—. Lo más probable es que jodieras literalmente a Jace…
Ella no pudo evitar una mueca. Lo notó aspirar con fuerza.
—Lo hiciste —dijo él—. Te acostaste con él. —Sonaba como si se sintiera traicionado.
—Eso no asunto tuyo.
Él le cogió el rostro y se lo volvió para que lo mirara, clavándole los dedos en la mejilla.
—No puedes joder a alguien para hacerlo bueno. Un agradable truco cruel, debo reconocerlo. —Su
bonita boca se curvó en una fría sonrisa—. Sabes que no recuerda nada, ¿verdad? ¿Te lo hizo pasar
bien, al menos? Porque yo sí lo habría hecho.
Ella notó el sabor a bilis en el cuello.
—Eres mi hermano.
—Esas palabras no significan nada para nosotros. No somos humanos. Sus reglas no se nos aplican.
Leyes estúpidas sobre qué ADN puede mezclarse con cuál. Muy hipócritas, la verdad, si se piensa bien.
Nosotros ya somos experimentos. Los faraones del antiguo Egipto solían casarse con sus hermanas.
Cleopatra se casó con su hermano. Refuerza la línea de sangre.
Ella lo miró con desprecio.
—Sabía que estabas loco —dijo—. Pero no me había dado cuenta de que habías perdido la cabeza de
una forma tan absoluta y espectacular.
—Oh, yo no creo que haya nada de locura en eso. ¿A quién pertenecemos sino el uno al otro?
—Jace —replicó ella—. Yo pertenezco a Jace.
Él hizo un sonido de menosprecio.
—Puedes quedarte con él.
—Pensaba que lo necesitabas.
—Es cierto. Pero no para lo que lo necesitas tú. —De repente, le puso las manos en la cintura—.
Podemos compartirlo. No me importa lo que hagas. Mientras sepas que me perteneces a mí. Ella alzó las manos con la intención de apartarlo de un empujón.
—No te pertenezco. Me pertenezco a mí.
La mirada en los ojos de Sebastian la dejó helada.
—Creo que eres más lista que todo eso —replicó él, y puso la boca sobre la de ella, con fuerza.
Por un momento, Clary se halló de vuelta en Idris, delante de las ruinas quemadas de la mansión
Fairchild; Sebastian estaba besándola y ella se sentía como si estuviera cayendo hacia la oscuridad, por
un túnel infinito. En aquel momento había pensado que algo no iba bien en ella. Que no podía besar a
nadie más que a Jace. Que estaba averiada.
Pero ya sabía la verdad. Sebastian movió la boca sobre la de ella, tan dura y fría como un navajazo en
la oscuridad; ella se puso de puntillas y le mordió los labios con fuerza.
Él gritó y se apartó de ella, mientras se llevaba la mano a la boca. Clary notó el sabor de su sangre, a
cobre amargo; le caía por la barbilla mientras la miraba incrédulo.
—Tú…
Ella giró y le dio una patada en el estómago, con fuerza, esperando que aún lo tuviera resentido del
puñetazo de antes. Cuando él se dobló en dos, ella salió corriendo hacia la escalera. Estaba a medio
camino cuando notó que la cogía por detrás del cuello de la chaqueta. Él la movió en un arco como si
fuera un bate de béisbol y la lanzó contra la pared. Se golpeó con fuerza y cayó de rodillas, sin aliento.
Sebastian fue hacia ella, flexionando los puños a los costados, mientras los ojos relucían negros como
los de un tiburón. Era terrorífico; Clary sabía que debería estar asustada, pero un distanciamiento frío y
vidrioso se apoderó de ella. El tiempo parecía ir más despacio. Recordó luchar en la tienda de Praga,
cómo se había perdido en su propio mundo donde cada movimiento era tan preciso como el de un reloj.
Sebastian se agachó hacia ella, y Clary se apoyó en el suelo, tomó impulsó y lanzó las piernas de lado;
le golpeó en las pantorrillas y le hizo perder el equilibrio.
Sebastian cayó hacia delante; ella rodó sobre sí misma, se apartó y se puso en pie de un salto. Esta vez
no se molestó en correr, sino que cogió un jarrón de porcelana de la mesa y, cuando Sebastian se
levantaba, se lo estrelló en la cabeza. El jarrón se hizo añicos, salpicando agua y hojas, y Sebastian se
tambaleó hacia atrás, mientras la sangre comenzaba a mancharle el cabello blanco plateado.
Él rugió y saltó sobre ella. Fue como ser golpeada por una bola de demolición. Clary voló de espaldas,
se estrelló contra el tablero de la mesa, lo atravesó y golpeó el suelo en un estallido de vidrios rotos y
dolor. Gritó cuando Sebastian aterrizó sobre ella, empujándole el cuerpo contra los añicos de vidrio,
con los labios contraídos en un rugido. Él le cruzó la cara de un guantazo. La sangre la cegó; se
atragantó con su sabor en la boca, y la sal le picó en los ojos. Clary alzó la rodilla y le dio en el
estómago, pero era como golpear una pared. Él le agarró las manos y se las inmovilizó a los lados.
—Clary, Clary, Clary —dijo él. Jadeaba. Al menos lo había dejado sin aliento. La sangre le caía en un
lento hilillo del corte que tenía a un lado de la cabeza, y le teñía el cabello de rojo—. No está mal. En
Idris no eras una gran luchadora.
—Sal de encima…
Él acercó el rostro al de ella. Sacó la lengua. Ella trató de apartarse, pero no se movió con suficiente
rapidez. Él le lamió la sangre que ella tenía en el rostro y sonrió. La sonrisa le partió el labio, y por la
barbilla le cayó más sangre.
—Me preguntaste a quién pertenecía yo —susurró él—. Te pertenezco a ti. Tu sangre es mi sangre; tus
huesos, mis huesos. La primera vez que me viste, te resulté conocido, ¿verdad? Igual que tú me
resultaste familiar a mí.
Ella lo miró con ojos muy abiertos.
—Estás como una regadera.
—Está en la Biblia —continuó él—. El Cantar de los Cantares. «Me has robado el corazón, hermana y
novia mía, me has robado el corazón, con una sola mirada, con una vuelta de tu collar.» —Le rozó el
cuello con los dedos, enredándolos en la cadena que llevaba ahí, la cadena de la que había colgado el
anillo de los Morgenstern. Clary se preguntó si le aplastaría la tráquea—. «Yo dormía, velaba mi corazón. ¡La voz de mi amado que llama!: “¡Ábreme, mi hermana, mi amor!”» —La sangre de él le
goteaba en la cara a Clary. Se quedó quieta, con el cuerpo vibrándole por el esfuerzo, mientras él le
bajaba la mano del cuello, por el costado, hasta la cintura. Metió los dedos en la cintura del pantalón.
Tenía la piel ardiendo; Clary notaba que él la deseaba.
—Tú no me amas —dijo ella. Su voz era un hilillo; él le estaba chafando los pulmones. Recordó lo que
su madre había dicho: que cualquier emoción que mostraba Sebastian era fingida. Clary tenía la cabeza
clara como el cristal; en silencio, agradeció a la euforia de la pelea por mantenerla concentrada
mientras Sebastian la asqueaba con sus caricias.
—Y a ti no te importa que sea tu hermano —repuso él—. Sé lo que sentías por Jace, incluso cuando
pensabas que era tu hermano. A mí no puedes mentirme.
—Jace es mejor que tú.
—Nadie es mejor que yo. —Sonrió con superioridad, todo él dientes blancos y sangre—. «Un jardín
escondido es mi hermana. Arroyo cerrado, fuente sellada.» Pero ya no, ¿verdad? Jace se encargó de
eso. —Él trató de desabrochar el botón de los vaqueros, y ella aprovechó su distracción para agarrar un
trozo de vidrio triangular de buen tamaño del suelo y clavarle la quebrada punta en el hombro.
El vidrio se le resbaló por los dedos y le hizo un corte. Él lanzó un alarido y se echó hacia atrás, pero
más por la sorpresa que por el dolor; el uniforme lo protegía. Clary le volvió a clavar el vidrio, esta vez
con más fuerza y en el muslo, y cuando él se echó hacia atrás, le golpeó con el otro codo en el cuello.
Sebastian se fue de lado, ahogándose, y ella rodó sobre él mientras le arrancaba el vidrio ensangrentado
de la pierna. Bajó el vidrio hacia la vena que le palpitaba a Sebastian en el cuello, y se detuvo.
Él reía. Estaba bajo ella, y reía; y su risa le hacía vibrar todo el cuerpo a Clary. La piel de Sebastian
estaba salpicada de sangre; de la sangre de Clary, que le goteaba encima; de su propia sangre allí donde
ella lo había golpeado, con el blanco cabello pegado con ella. Sebastian dejó caer los brazos a ambos
lados, abiertos como alas, como un ángel roto, caído del cielo.
—Mátame, hermanita —la desafió—. Mátame y matarás también a Jace.
Ella bajó el trozo de vidrio.

jueves, 21 de noviembre de 2013

18. RAZIEL

TERCERA PARTE
Todo cambiado
Todo cambiado, cambiado del todo:
Una terrible belleza ha nacido.
WILLIAM BUTLER YEATS, «Pascua, 1916»

18
RAZIEL
«¿Clary?»
Simon se hallaba sentado en los escalones del porche trasero de la casa de la granja, mirando hacia el
camino que atravesaba el manzanar y llevaba al lago. Isabelle y Magnus estaba en el sendero; Magnus
miraba hacia el lago y luego hacia las colinas que rodeaban la zona. Estaba tomando notas con una
pluma cuya punta brillaba de un chisporroteante verde azul. Alec estaba un poco más lejos, mirando los
árboles que bordeaban la cresta de las colinas que separaban la granja de la carretera. Parecía querer
estar lo más lejos de Magnus, pero manteniéndose a una distancia que le permitiera oírlos. A Simon le
parecía, aunque era el primero en admitir que no resultaba ser un gran observador en esos temas, que a
pesar de las bromas en el coche, desde hacía poco existía una perceptible distancia entre Alec y
Magnus; era algo que no podía explicar, pero que sabía que estaba ahí.
La mano derecha de Simon estaba apoyada en la izquierda, y los dedos sobre el anillo de oro.
«Clary, por favor.»
Había tratado de contactar con ella cada hora desde que recibió el mensaje de Maia sobre Luke. No
había conseguido nada. Ni la más leve sensación de respuesta.
«Clary. Estoy en la granja. Me acuerdo de ti aquí, conmigo.»
Era un día sorprendentemente cálido para la estación, y un leve viento removía las últimas hojas en las
ramas de los árboles. Después de pasar mucho rato preguntándose qué ropa debía ponerse para un
encuentro con los ángeles (un traje le parecía excesivo, aunque tuviera uno de la fiesta de compromiso
de Jocelyn y Luke), iba en vaqueros y camiseta, con los brazos al aire bajo la luz del sol. Tenía tantos
recuerdos felices en aquel lugar, en aquella casa. Clary y él habían ido allí con Jocelyn casi todos los
veranos desde que podía recordar. Se bañaban en el lago. Simon se bronceaba, y la pálida piel de Clary
se quemaba una y otra vez. Le salían un millón más de pecas en los hombros y los brazos. Jugaban al
«béisbol manzana» en el manzanar, que era pringoso y divertido, y al Scrabble y al póquer en la casa, y
Luke siempre ganaba.
«Clary, estoy a punto de hacer algo estúpido, peligroso y quizá suicida. ¿Tan malo es que quiera hablar
contigo por última vez? Hago esto para que estés a salvo, y ni siquiera sé si sigues viva para ayudarte.
Pero si estás muerta lo sabría, ¿verdad? Lo sentiría.»
—Muy bien. Vamos —dijo Magnus, que apareció al pie de los escalones. Miró el anillo que Simon
llevaba en el dedo, pero no hizo ningún comentario.
Simon se puso en pie y se sacudió los vaqueros; luego fue en cabeza por el serpenteante camino a
través del manzanar. El lago relucía por delante como una fría moneda azul. Al acercarse, Simon vio el
viejo muelle que se metía en el agua, donde en un tiempo se ataban kayaks, antes de que un gran trozo
del muelle se rompiera y se fuera a la deriva. Pensó que casi podía oír el perezoso zumbido de las
abejas y notar el peso del verano en los hombros. Cuando llegaron a la orilla del lago, se volvió y miró
la casa, de listones pintados de blanco con contraventanas verdes y un viejo porche cubierto con
cansados muebles de mimbre blanco.
—Te gusta esto, ¿eh? —comentó Isabelle. Su cabello negro ondeaba como una bandera bajo la brisa
del lago.
—¿Cómo lo sabes?
—Por tu expresión —contestó ella—. Como si estuvieras recordando algo bueno.
—Fue bueno —afirmó Simon. Se fue a subir las gafas por la nariz, recordó que ya no las llevaba y bajó
la mano—. Fui muy afortunado.
Isabelle miró el lago. Llevaba unos pequeños pendientes dorados de aro; en uno se le había enredado
un poco de pelo, y Simon tuvo ganas de soltárselo y de tocarle el rostro con los dedos.

—¿Y ahora ya no? Simon se encogió de hombros. Estaba observando a Magnus, que sujetaba lo que parecía una vara larga
y flexible, y estaba dibujando en la arena mojada al borde del lago. Tenía abierto un libro de hechizos y
salmodiaba mientras tanto. Alec lo contemplaba, con la expresión de alguien que mira a un
desconocido.
—¿Tienes miedo? —le preguntó Isabelle, mientras se acercaba a Simon.
Él notó el calor del brazo de ella contra el suyo.
—No lo sé. Gran parte de estar asustado consiste en la sensación física. El corazón se acelera, sudas y
el pulso late con fuerza. No tengo nada de eso.
—Es una pena —murmuró Isabelle, mirando al agua—. Los tíos sudados son sexis.
Él le dedicó una media sonrisa; era más difícil de lo que había pensado que sería. Quizá sí estuviera
asustado.
—Ya basta de tu descaro e impertinencia, señorita.
A Isabelle le tembló el labio como si fuera a sonreír. Luego suspiró.
—¿Sabes lo que nunca se me pasó por la cabeza que pudiera querer? —preguntó—. Un tío que me
hiciera reír.
Simon se volvió hacia ella y le cogió la mano, sin importarle en ese momento que su hermano los
estuviera mirando.
—Izzy…
—Muy bien —exclamó Magnus—. Ya he acabado. Simon, ven aquí.
Se volvieron. Magnus estaba dentro del círculo, que relucía con una leve luz blanca. En realidad eran
dos círculos concéntricos, uno un poco más pequeño dentro del mayor, y en el espacio entre ellos,
había docenas de símbolos dibujados. Éstos también relucían, de un color azul blanquecino acerado,
como el reflejo del lago.
Simon oyó inspirar a Isabelle, y se alejó procurando no mirarla. Eso sólo lo haría todo más difícil.
Avanzó, cruzó el borde del círculo y se situó en el centro, junto a Magnus. Mirar hacia fuera desde el
centro del círculo era como mirar a través de agua. El resto del mundo resultaba confuso y parecía
agitarse.
—Toma. —Magnus le puso el libro en las manos. El papel era fino, cubierto con runas dibujadas, pero
Magnus había pegado una copia impresa de las palabras, tal y como se pronunciaban, sobre el propio
encantamiento—. Limítate a decir esto —masculló—. Debería funcionar.
Simon sujetó el libro contra el pecho, se sacó el anillo de oro que lo conectaba con Clary y se lo pasó a
Magnus.
—Si no… —dijo, preguntándose de dónde le venía esa extraña tranquilidad—, alguien debe tener esto.
Es nuestra única conexión con Clary y con lo que sabe.
Magnus asintió y se puso el anillo en el dedo.
—¿Preparado, Simon?
—¡Eh! —exclamó éste—. Te has acordado de mi nombre.
Magnus le lanzó una mirada indescifrable desde sus ojos verde dorado, y salió del círculo. Al instante,
él también fue una mancha confusa. Alec se puso a un lado de él e Isabelle al otro; ésta se cogía por los
codos y, aun a través del ondulante aire, Simon vio lo triste que parecía.
Simon carraspeó para aclararse la garganta.
—Supongo que será mejor que os marchéis, chicos.
Pero no se movieron. Parecían estar esperando a que él dijera algo más.
—Gracias por venir aquí conmigo —añadió finalmente, después de haberse estrujado el cerebro para
decir algo trascendente; parecían estar esperándolo. No era de los que hacían grandes discursos de
despedida o decían adiós de una manera dramática. Primero miró a Alec.
»Hum, Alec. Siempre me has caído mejor que Jace. —Se volvió hacia Magnus—. Magnus, me gustaría
tener el valor de ponerme pantalones como los que tú llevas. Y la última, Izzy. La podía ver observándolo a través de aquella especie de bruma, con los ojos tan
negros como la obsidiana.
—Isabelle —comenzó Simon. La miró. Vio la pregunta en sus ojos, pero no parecía haber nada que
pudiera decir delante de Alec y Magnus, nada que pudiera expresar todo lo que sentía. Retrocedió hacia
el centro del círculo, inclinando la cabeza—. Adiós, supongo.
Le pareció que le contestaban, pero la ondulante neblina entre ellos apagó sus palabras. Les observó
volverse, retroceder por el camino cruzando el manzanar e ir hacia la casa, hasta que se convirtieron en
motitas oscuras. Hasta que no pudo verlos más.
No acababa de aceptar no hablar con Clary una última vez antes de morir; ni siquiera podía recordar las
últimas palabras que se habían dicho. Y sin embargo, si cerraba los ojos, podía oír su risa flotando
sobre el manzanar; recordaba cómo había sido entonces, antes de que crecieran y todo cambiara. Si
moría ahí, quizá resultara apropiado. Algunos de sus mejores recuerdos estaban en ese lugar, a fin de
cuentas. Si el Ángel lo abatía con fuego, sus cenizas se esparcirían por el manzanar y sobre el lago.
Algo en esa idea le resultó tranquilizador.
Pensó en Isabelle. Luego en su familia: su madre, su padre y Becky.
«Clary —pensó por último—. Dondequiera que estés, eres mi mejor amiga. Siempre serás mi mejor
amiga.»
Alzó el libro de hechizos y comenzó a recitar.
—¡No! —Clary se puso en pie, y dejó caer la toalla mojada—. Jace, no puedes hacerlo. Te matarán.
Él cogió la camisa limpia y se la puso sin mirarla, mientras se abrochaba los botones.
—Primero tratarán de separarme de Sebastian —dijo él, aunque no parecía creerlo realmente—. Pero si
eso no funciona, entonces me matarán.
—No me vale. —Fue a cogerle, pero él se apartó y se puso las botas. Cuando se volvió hacia ella, su
expresión era sombría.
—No tengo elección, Clary. Es lo que debo hacer.
—Es una locura. Aquí estás seguro. No puedes tirar tu vida por…
—Salvarme es traición. Es poner una arma en manos del enemigo.
—¿A quién le importa la traición? ¿O la Ley? —quiso saber Clary—. A mí me importas tú.
Solucionaremos esto juntos…
—Nosotros no podemos solucionarlo. —Jace se metió en el bolsillo la estela que estaba en la mesilla, y
luego cogió la Copa Mortal—. Porque yo sólo voy a ser yo un rato más. Te amo, Clary. —Inclinó el
rostro y le dio un prolongado beso—. Hazlo por mí —le susurró.
—Ni hablar —replicó ella—. No voy a ayudarte a que hagas que te maten.
Pero él ya estaba yendo hacia la puerta. La arrastró con él, y juntos avanzaron a trompicones por el
pasillo, hablando en susurros.
—Esto es una locura —siseó Clary—. Ponerte así en peligro…
Él soltó un resoplido exasperado.
—Como si tú no lo hicieras.
—Vale, y a ti te pone furioso —le susurró ella mientras corría tras él por la escalera—. Recuerda lo que
me dijiste en Alacante…
Habían llegado a la cocina. Él dejó la Copa sobre la barra y sacó la estela.
—No tenía ningún derecho a decirte aquello —le aseguró—. Clary, esto es lo que somos. Somos
cazadores de sombras. Esto es lo que hacemos. Corremos riesgos que no son sólo los inherentes a la
lucha.
Clary negó con la cabeza, y lo agarró por ambas muñecas.
—No te lo permitiré.
Una expresión de dolor cruzó el rostro de Jace.
—Clarissa…Ella respiró hondo, casi incapaz de creer lo que estaba a punto de hacer. Pero en su cabeza estaba la
imagen de la morgue de la Ciudad Silenciosa, los cadáveres de los cazadores de sombras sobre losas de
mármol, y no pudo soportar que Jace fuera uno de ellos. Todo lo que había hecho: ir ahí, aguantar todo
lo que había soportado, había sido para salvarle la vida, y no sólo para sí. Pensó en Alec e Isabelle, que
la habían ayudado, y en Maryse, que lo quería y, casi sin saber lo que estaba a punto de hacer, alzó la
voz y llamó:
—¡Jonathan! —gritó—. ¡Jonathan Cristopher Morgenstern!
Los ojos de Jace se abrieron como esferas.
—Clary… —comenzó, pero ya era demasiado tarde. Ella lo había soltado y estaba retrocediendo.
Sebastian podría estar llegando; no había manera de decirle a Jace que no era que ella confiara en
Sebastian, sino que Sebastian era la única arma de la que disponía que podía lograr que se quedara.
Hubo un destello de movimiento, y Sebastian apareció allí. No se molestó en bajar corriendo la escalera
saltó por el lado y aterrizó entre ellos. Tenía el cabello desordenado por haber estado durmiendo;
llevaba una camiseta oscura y pantalones negros, y Clary se preguntó sin pensar si habría estado
durmiendo vestido. Él miró a su hermana y luego a Jace, mientras sus ojos negros valoraban la
situación.
—¿Una pelea de amantes? —preguntó. Algo le brilló en la mano. ¿Un cuchillo?
—Su runa está dañada —dijo Clary con voz trémula. Le puso la mano sobre el corazón a Jace—. Está
tratando de volver, para entregarse a la Clave…
Como un rayo, Sebastian le arrebató a Jace la Copa de la mano. La dejó con fuerza sobre la barra de la
cocina. Jace, aún blanco por la sorpresa, lo observó; no movió ni un músculo cuando Sebastian se
acercó a él y lo agarró por la pechera de la camisa. Los botones altos saltaron, y el cuello le quedó al
descubierto; Sebastian pasó el punto a su estela por él, grabándole un iratze en la piel. Jace se mordió el
labio, con los ojos cargados de odio mientras Sebastian lo soltaba y daba un paso atrás, estela en mano.
—La verdad, Jace —dijo Sebastian—. Me sorprende que llegaras a pensar que podrías conseguirlo.
Jace apretó los puños mientras el iratze, negro como el carbón, comenzó a hundírsele en la piel. Las
palabras le fueron saliendo con gran esfuerzo, sin aliento.
—La próxima vez… que quieras sorprenderte… me encantará ayudarte. Quizá con un ladrillo.
Sebastian chasqueó la lengua.
—Más tarde me lo agradecerás. Incluso tú tienes que admitir que ese deseo de suicidarte es un poco
exagerado.
Clary esperaba que Jace le replicara de nuevo. Pero no lo hizo. Su mirada recorrió el rostro de
Sebastian. Por un momento, estuvieron los dos solos en la habitación, y cuando Jace habló, las palabras
le salieron claras y frías.
—Más tarde no recordaré esto —repuso—. Pero tú sí. Esa persona que actúa como si fuera tu amigo…
—Dio un paso adelante y cubrió el espacio que lo separaba de Sebastian—. Esa persona que actúa
como si tú le gustaras… Esa persona no es real. Esto es real. Esto soy yo. Y te odio. Te odiaré siempre.
Y no hay magia ni hechizos en este mundo, ni en ningún otro, que pueda cambiar eso.
Por un momento, la sonrisita de suficiencia de Sebastian se desdibujó. Jace, sin embargo, seguía
impertérrito. Apartó la mirada de Sebastian y miró a Clary.
—Necesito que sepas la verdad —le explicó—: No te la he dicho toda.
—La verdad es peligrosa —intervino Sebastian, con la estela sujeta ante él como un cuchillo—. Ten
cuidado con lo que dices.
Jace hizo una mueca de dolor. El pecho le subía y bajaba con rapidez; era evidente que la curación de la
runa del pecho le estaba causando dolor.
—El plan… —consiguió decir—. Invocar a Lilith, hacer una nueva Copa, crear un ejército oscuro… no
se le ocurrió a Sebastian. Se me ocurrió a mí.
Clary se quedó helada.
—¿Qué?—Sebastian sabía lo que quería —contestó Jace—. Pero yo ideé cómo hacerlo. Una nueva Copa
Mortal. Yo le di la idea. —Se sacudió de dolor; Clary podía imaginar lo que estaba ocurriendo bajo la
tela de la camisa: la carne uniéndosele, sanando, la runa de Lilith entera y brillante una vez más—. ¿O
debería decir que se la dio él? ¿Esa cosa que es como yo pero no soy yo? Él arrasará el mundo con
fuego si Sebastian quiere que lo haga, y se reirá mientras lo hace. Eso es lo que estás salvando, Clary.
Eso. ¿No lo entiendes? Preferiría estar muerto…
Se le estranguló la voz mientras se doblaba por la mitad. Los músculos de los hombros se le tensaron
mientras ondas de lo que parecía dolor lo recorrían. Clary recordó la vez que lo había sujetado en la
Ciudad Silenciosa mientras los Hermanos le rebuscaban respuestas en la mente… Y, de repente, Jace
alzó los ojos, con una expresión de sorpresa.
Sus ojos fueron primero hacia Sebastian, no hacia ella. Clary sintió que el corazón se le caía a los pies,
aunque sabía que ella se lo había buscado.
—¿Qué está pasando? —preguntó Jace.
Sebastian le sonrió.
—Bienvenido a casa.
Jace parpadeó, confuso por un momento; y luego su mirada pareció ir hacia dentro, como lo hacía
siempre que Clary sacaba algún tema que él no podía procesar: el asesinato de Max, la guerra en
Alacante, o el dolor que estaba causando a su familia.
—¿Es la hora? —preguntó.
Sebastian se miró el reloj de forma exagerada.
—Casi. ¿Por qué no vas delante y nosotros te seguimos? Puedes comenzar a prepararlo todo.
Jace miró alrededor.
—La Copa… ¿Dónde está?
Sebastian la cogió de la barra.
—Aquí. Estás un poco despistado.
La boca de Jace se curvó en la comisura y cogió la Copa. Con buen humor. No había ni rastro del chico
que había estado ante Sebastian unos minutos antes y le había dicho que lo odiaba.
—Muy bien. Nos veremos allí. —Se volvió hacia Clary, que seguía parada por la impresión, y la besó
en la mejilla—. Y a ti también.
Jace se apartó y le guiñó el ojo. Había cariño en su mirada, pero no importaba. Ése no era su Jace, en
absoluto su Jace, y lo observó como atontada mientras cruzaba la sala. Su estela destelló, y una puerta
se abrió en la pared; Clary captó un vistazo de cielo y una planicie rocosa, y luego él cruzó la puerta y
desapareció.
Ella se clavó las uñas en las palmas.
«¿Esa cosa que es como yo pero no soy yo? Él arrasará el mundo con fuego si Sebastian quiere que lo
haga, y se reirá mientras lo hace. Eso es lo que estás salvando, Clary. Eso. ¿No lo entiendes? Preferiría
estar muerto.»
Las lágrimas le quemaban en la garganta, e hizo todo lo que pudo por contenerlas mientras su hermano
se volvía hacia ella, con ojos muy brillantes.
—Me has llamado —dijo.
—Quería entregarse a la Clave —susurró, sin saber muy bien ante quién se estaba justificando. Había
hecho lo que tenía que hacer, había usado la única arma que tenía disponible, aunque fuera una que
despreciaba—. Lo habrían matado.
—Me has llamado a mí —repitió él, y dio un paso hacia ella. Tendió la mano, le apartó un largo rizo
del rostro y se lo puso tras la oreja—. Entonces, ¿te lo ha contado? ¿El plan? ¿Entero?
Ella contuvo un escalofrío de asco.
—No todo. No sé qué va a ocurrir esta noche. ¿Qué quería decir Jace con «Es la hora»?
Él se inclinó y le besó la frente; ella notó que le quemaba el beso, como una marca de fuego entre los
ojos. —Ya lo verás —contestó él—. Te has ganado el derecho a estar ahí, Clarissa. Puedes verlo desde tu
lugar a mi lado, esta noche, en el Séptimo Sitio Sagrado. Los dos hijos de Valentine, juntos… por fin.
Simon mantuvo los ojos sobre el papel, repitiendo las palabras que Magnus había escrito para él.
Tenían un ritmo que era como música, ligero, aguado, fino. Le recordó a cuando leía en voz alta su
parte de haftará durante su bar mitzvá, aunque entonces había sabido lo que significaban las palabras, y
en ese momento no.
Mientras proseguía con el cántico, notó una tensión a su alrededor, como si el aire se estuviera
volviendo más denso y pesado. Le presionaba el pecho y los hombros. Cada vez se sentía más
sofisticado. De haber sido humano, el calor en aumento le habría resultado insoportable. Pero tal como
era, podía notar el ardor en la piel, cómo le chamuscaba las pestañas y la camisa. Siguió con los ojos
fijos en el papel que tenía ante sí mientras una gota de sangre le resbalaba por el nacimiento del pelo y
caía sobre el libro.
Y entonces acabó. La última palabra, «Raziel», fue pronunciada, y Simon alzó la cabeza. Notaba que le
corría sangre por la cara. La niebla alrededor había aclarado y delante de sí vio el agua del lago, azul y
brillante, tan plana como un cristal.
Y entonces estalló.
El centro del lago se volvió dorado, y luego negro. El agua se apartó de él, vertiéndose hacia las orillas,
derramándose a los lados y volando por el aire, hasta que Simon quedó mirando a un anillo de agua,
como un círculo de cascadas continuas, todas brillando y vertiendo agua de arriba abajo, un efecto raro
y extrañamente hermoso. Gotitas de agua se estremecían sobre él y le enfriaban la piel ardiente. Echó la
cabeza hacia atrás, justo cuando el cielo se oscurecía; todo el azul se había ido, tragado por un súbito
impacto de oscuridad y grises nubes clamorosas. El agua volvió a caer al lago, y de su centro, de la
mayor densidad de su plata, se alzó una figura de oro.
A Simon se le secó la boca. Había visto incontables cuadros de ángeles, creía en ellos, había oído la
advertencia de Magnus. Y aun así, se sintió como si lo hubiera atravesado una lanza cuando un par de
alas se desplegaron ante él. Parecían cubrir todo el cielo. Eran enormes, blancas, doradas y plateadas;
las plumas con ardientes ojos dorados, que lo miraron con desprecio. Luego las alas se agitaron,
deshaciendo las nubes, y se volvieron a plegar; un hombre, o mejor, una forma humana, de varios pisos
de alto, se desplegó sobre sí mismo y se alzó.
A Simon le habían comenzado a castañetear los dientes. No estaba seguro de por qué. Pero oleadas de
poder, y de algo más que poder, de las fuerzas elementales del universo, parecían manar del Ángel
cuando éste se alzó en toda su altura. El primer pensamiento de Simon, algo extravagante, fue que
parecía como si alguien hubiera cogido a Jace y lo hubiera ampliado al tamaño de una valla
publicitaria. Sólo que no se parecía en nada a Jace. Era dorado por todas partes: las alas, la piel y los
ojos, que no tenían blanco, sino sólo un brillo de oro, como una membrana. Su cabello era oro y parecía
hecho de piezas de metal cortado que se curvaban como hierro forjado. Era ajeno y terrorífico.
«Demasiado de cualquier cosa puede acabar contigo», pensó Simon. Demasiada oscuridad podría
matar, pero demasiada luz podría cegar.
«¿Quién osa invocarme?», dijo el Ángel sobre la cabeza de Simon, con una voz que era como de
grandes campanas repicando.
«Pregunta complicada», pensó Simon. Si fuera Jace, diría: «Uno de los nefilim», y si fuera Magnus,
podría decir que era uno de los hijos de Lilith y Gran Mago. Clary y el Ángel ya se conocían, así que
supuso que se tutearían. Pero él era Simon, sin ningún título que unir a su nombres o grandes gestas en
el pasado.
—Simon Lewis —contestó finalmente, mientras dejaba el libro en el suelo y se erguía—. Hijo de la
Noche y… tu sirviente.
«¿Mi sirviente? —La voz de Raziel estaba cargada de helada desaprobación—. ¿Me haces acudir como
a un perro y osas llamarte mi sirviente? Serás borrado de este mundo, y tu destino servirá de advertencia para otros que pretendan hacer lo mismo. Está prohibido que mis propios nefilim me
invoquen. ¿Por qué iba a ser diferente contigo, vampiro diurno?»
Simon supuso que no debía sorprenderle que el Ángel supiera quien era él, pero de todas formas era
asombroso, tan asombroso como el tamaño del Ángel. De alguna manera, había pensado que Raziel
sería más humano.
—Yo…
«¿Crees que por el hecho de llevar la sangre de uno de mis descendientes debo mostrarte piedad? En tal
caso, has jugado y has perdido. La misericordia del Cielo es para quien la merece. No para aquellos que
violan nuestras Leyes de Alianza.»
El Ángel alzó la mano, y apuntó a Simon directamente con un dedo.
Simon se preparó. Esa vez no trató de decir las palabras, sólo las pensó.
«¡Escucha, oh, Israel! El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno…»
«¿Qué Marca es ésa? —Raziel sonaba confundido—. En tu frente, criatura.»
—Es la Marca —tartamudeó Simon—. La primera Marca. La Marca de Caín.
El gran brazo de Raziel descendió lentamente.
«Te mataría, pero la Marca me lo impide. Esa Marca debería haber sido colocada en tu ceño por la
mano del Cielo, mas sé que no es así. ¿Cómo es posible?»
La evidente perplejidad del Ángel envalentonó a Simon.
—Una de tus hijos, los nefilim —contestó—. Una con un don especial. Ella la puso ahí para
protegerme. —Dio un paso hacia el borde del círculo—. Raziel, he venido a pedirte un favor, en
nombre de esos nefilim. Se enfrentan a un grave peligro. Uno de ellos ha… ha sido vuelto hacia la
oscuridad y amenaza al resto. Necesitan tu ayuda.
«Yo no intervengo.»
—Pero sí interviniste —replicó Simon—. Cuando Jace estaba muerto, lo volviste a la vida. No es que
no te lo agradezcamos, pero si no lo hubieras hecho, nada de esto habría ocurrido. Así que, en cierto
modo, te toca a ti arreglarlo.
«Quizá no pueda matarte —planteó Raziel—, pero no hay ninguna razón por la que deba prestarte la
ayuda que me pides.»
—Ni siquiera he dicho lo que pido —indicó Simon.
«Quieres una arma. Algo que pueda separar a Jonathan Morgenstern de Jonathan Herondale. Matarías a
uno y preservarías la vida del otro. El modo más fácil es matarlos a los dos. Jonathan estuvo muerto, y
quizá la muerte aún lo ansía, y él a ella. ¿Se te ha pasado por la cabeza?»
—No —contestó Simon—. Sé que no somos mucho comparado contigo, pero no matamos a nuestros
amigos. Intentamos salvarlos. Si el Cielo no lo quiere así, nunca debería habernos dado la capacidad de
amar. —Se echó el pelo hacia atrás para dejar al descubierto toda la Marca—. No, no tienes por qué
ayudarme. Pero si no lo haces, nada me impide llamarte una y otra vez, ahora que sé que no puedes
matarme. Piensa en mí apoyado en tu puerta celestial… por toda la eternidad.
Por increíble que pareciera, Raziel pareció reír por lo bajo.
«Eres obstinado —afirmó—. Un auténtico guerrero de tu gente, como aquel cuyo nombre llevas,
Simón Macabeo. Y al igual que él lo dio todo por su hermano Jonathan, todo lo darás tú por tu
Jonathan. ¿O acaso no estás dispuesto?»
—No es sólo por él —respondió Simon, un poco sorprendido—. Pero sí, lo que quieras. Te lo daré.
«Si te doy lo que quieres, ¿me juras también que no volverás a molestarme?»
—No creo que eso vaya a ser ningún problema —contestó Simon.
—Muy bien —repuso el Ángel—.Te diré lo que deseo. Deseo esa Marca blasfema de tu frente. Te
borraré la Marca de Caín, porque nunca fuiste quién para llevarla.
—Pero… si me sacas la Marca, entonces puedes matarme —replicó Simon—. ¿No es lo único que se
interpone entre mí y tu furia divina?
El Ángel se lo pensó un momento. «Juraré no herirte. Tanto si llevas la Marca como si no.»
Simon vaciló. La expresión del Ángel se volvió tormentosa.
«El juramento de un Ángel del Cielo es lo más sagrado que existe. ¿Te atreves a no fiarte de mí,
subterráneo?»
—Yo… —Simon calló durante un penoso momento. Ante sus ojos tenía el recuerdo de Clary de
puntillas, con la estela sobre su frente; la primera vez que había visto funcionar a la Marca, cuando se
había sentido como el conductor de un rayo, energía pura atravesándolo con una fuerza letal. Era una
maldición, una que lo había aterrorizado y lo había convertido en objeto de deseo y de miedo. La
odiaba. Y sin embargo, en ese momento, ante la idea de renunciar a ella, a lo que le hacía especial…
Respiró hondo.
—Bien. Sí, acepto.
El Ángel sonrió, y su sonrisa fue terrible, como mirar directamente al sol.
«Entonces, juro que no te haré ningún daño, Simón Macabeo.»
—Lewis —corrigió Simon—. Mi apellido es Lewis.
«Pero eras de la sangre y la fe de los Macabeos. Algunos dicen que los Macabeos fueron marcados por
la mano de Dios. En cualquier caso, eres un guerrero del Cielo, vampiro diurno, te guste o no.»
El Ángel se movió. A Simon se le humedecieron los ojos, porque Raziel parecía llevar el cielo consigo
como una capa, en remolinos negros, plateados y blancos como nubes. El aire alrededor se estremeció.
Algo destelló en lo alto como el reflejo de la luz sobre el metal, y un objeto cayó sobre la arena y las
rocas junto a Simon, con un ruido metálico.
Era una espada; nada muy llamativo a simple vista: sólo una gastada espada de hierro viejo con un
mango ennegrecido. Los bordes estaban dentados, como comidos por ácido, aunque la punta era
afilada. Parecía algo que un arqueólogo podría haber desenterrado y aún no hubiera acabado de limpiar.
El Ángel habló.
«En una ocasión, cuando Josué estaba cerca de Jericó, alzó la mirada y vio a un hombre ante él con una
espada desenvainada en la mano. Josué fue a él y le dijo: “¿Eres uno de los nuestros, o uno de nuestros
adversarios?” Él contestó: “Ninguno, sino un comandante del ejército del Señor, y he venido ahora”.»
Simon miró el modesto objeto que tenía a los pies.
—¿Y ésta es esa espada?
—Es la espada del Arcángel Miguel, comandante de los ejércitos del Cielo. Posee el poder del fuego
celestial. Hiere a tu enemigo con esta arma y le quemará la maldad. Si es más malo que bueno, más del
Infierno que del Cielo, también le quemará la vida. Sin duda cortará el lazo de tu amigo, y sólo puede
herir a cada uno por separado.
Simon se agachó y recogió la espada. Ésta pareció enviarle una descarga por la mano, por el brazo,
hasta su inmóvil corazón. Instintivamente, la alzó, y las nubes en lo alto parecieron abrirse durante un
instante, y un rayo de luz cayó sobre el apagado metal de la espada y la hizo cantar.
El Ángel lo miró con ojos fríos.
«El nombre de la espada no puede ser pronunciado por tu lengua humana. Puedes llamarla Gloriosa.
—Te… —comenzó Simon—. Te doy las gracias.
«No me lo agradezcas. Yo te habría matado, vampiro diurno, pero tu Marca, y ahora mi voto, me lo
impiden. La Marca de Caín era para que Dios la impusiera, y no fue así. Te la borraré de la frente y su
protección desaparecerá. Y si me llamas de nuevo, no te ayudaré.»
Al instante, el rayo de luz que caía entre las nubes se intensificó, cayó sobre la espada como un látigo
de fuego y rodeó a Simon en una jaula de luz brillante y calor. La espada ardía; Simon gritó y cayó al
suelo, mientras el dolor le atravesaba la cabeza. Era como si alguien le estuviera clavando un hierro al
rojo vivo entre los ojos. Se cubrió el rostro, ocultó la cabeza entre los brazos, y dejó que le traspasara el
dolor. Era la peor agonía que había sentido desde la noche en que murió.
El dolor fue cediendo lentamente, y se alejó como la marea. Simon se volvió para ponerse de espaldas,
mirando a lo alto, con la cabeza aún dolorida. Las nubes negras comenzaban a deshacerse, y cada vez se veía más azul; el Ángel había desaparecido; el lago se hinchaba bajo la creciente luz como si el agua
hirviera.
Simon comenzó a sentarse lentamente, y guiñó los ojos dolorosamente para protegerlos del sol. Vio a
alguien que corría por el camino que llevaba de la casa al lago. Alguien con largo cabello negro y una
chaqueta púrpura que se le abría hacia atrás como las alas. Llegó al final del camino y saltó a la orilla
del lago, levantando arena con las botas tras ella. Llegó a él y se tiró al suelo, rodeándolo con los
brazos.
—Simon —susurró.
Éste notó el fuerte y firme latido del corazón de Isabelle.
—Pensaba que estabas muerto —continuó ella—. Te vi caer, y… pensaba que habías muerto.
Simon la dejó abrazarlo mientras se incorporaba apoyado en las manos. Se dio cuenta de que se
escoraba como un barco con un agujero en el casco, y trató de no moverse. Temía que si lo hacía, se
caería.
—Ya estoy muerto.
—Lo sé —replicó Izzy—. Me refería a más muerto de lo normal.
—Izzy —Alzó el rostro hacia ella. Isabelle estaba arrodillada sobre él, con una pierna a cada lado, y le
rodeaba el cuello con los brazos. Parecía una posición incómoda. Él se dejó caer de nuevo sobre la
arena, llevándola consigo. Cayó sobre la espada en la fría arena con ella encima y miró a sus negros
ojos. Parecía ocupar todo el cielo.
Ella le tocó la frente, maravillada.
—Tu Marca ya no está.
—Raziel me la ha quitado. A cambio de la espada. —Hizo un gesto hacia el arma. En la casa, vio dos
manchas negras de pie en el porche, observándolos. Alec y Magnus—. Es la espada del Arcángel
Miguel. Se llama Gloriosa.
—Simon… —Isabelle le besó en la mejilla—. Lo has logrado. Has visto al Ángel. Has conseguido la
espada.
Magnus y Alec habían comenzado a recorrer el camino hacia el lago. Simon cerró los ojos, agotado.
Isabelle se inclinó sobre él, con el cabello rozándole las mejillas.
—No hables. —Isabelle olía a lágrimas—. Ya no estás maldito —susurró—. No estás maldito.
Simon entrelazó los dedos con los de ella. Se sentía como si estuviera flotando en un río negro, con las
sombras cerrándose sobre él. Sólo la mano de Isabelle lo anclaba a la tierra.
—Lo sé.